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Junio 07, 2005

Preliminares a las correspondencias y correlaciones de tecnologia, cultura y sociedad en el valle de Quibor

La ocupación cerámica más antigua del valle de Quíbor se correspondería a la de la Fase Tocuyano. Los Tocuyanoides, definidos por la serie cerámica que para Cruxent y Rouse comprendía los estilos del Período II Tocuyano (presente en Quíbor), Aeródromo (Yaracuy), Agua Blanca (Portuguesa) y Cerro Machado (Vargas), y del Período III, Sarare (sureste de Lara). Se correspondería a estilos polícromos tempranos relacionados con u originados del Primer Horizonte Pintado (estilos Horno y Loma) del noreste de Colombia definido por Reichel-Dolmatoff, a través del Estilo La Pitía, del noroeste del Zulia. Su cronología, segunda mitad del Período II, se le adjudicó desde los hallazgos larenses por esta semejanza o relación con Colombia, cronología “confirmada” por la datación radiocarbónica del 2180 ± 300 a. p. o 150 a. C. Cruxent y Rouse juzgaron a la Serie Tocuyanoide como posible ancestro de los estilos polícromos tardíos que comprenden la Serie Tierroide (en su desarrollo tierra adentro) y la Serie Dabajuroide (en su desarrollo más costero), sin haber alcanzado el oriente de Venezuela. La presencia del Estilo Tocuyano para el 300 a. C. en Quíbor significaría la introducción de la agricultura en la región. El Estilo Tocuyano se caracterizaría por tiestos finos y medio-gruesos, la arena como desgrasante, pero también piedra molida, las bases variadas (anulares, de pata, de anillo y pata, de fondo plano), siendo sus patas huecas globula-res características. Presenta dibujos incisos y excisos geométricos, curvos, complejos, ofidioideos, ros-tros humanos, etc. sobre las panzas. Hay pintura negro y/o roja sobre engobe blanco, sin combinación de pintura e incisió. La vajilla incluiría boles y botijas de borde sencillo, siendo raros los apéndices y las asas. Se manufacturaron por medio de enrollado, no hay pulitura, y hay frecuencia de ahumado. No aparecen budares (relacionados a vegecultura) ni pipas (relacionados a comercio). Aparecen asociadas hachas petaloides, piedras martillo y afiladores. No es concluyente la reconstrucción de la tecnoeconomía de Tocuyano, y por lo tanto, existen aún dudas sobre el tipo de sociedad productora que existiría en Quíbor para este momento. Aparte de sus relaciones estilísticas con regiones más o menos lejanas en el espacio, no se conocen sus antecedentes locales, pues quedan alejadas en el tiempo las evidencias de sociedades de cazadores recolectores. Tampoco se comprende bien qué sucedió entre la ocupación Tocuyanoide de Quíbor y el inicio de la Fase Boulevard, a la que se la han asignado muestras de complejidad social y política.

Según los datos de Cruxent y Rouse, En el valle de Quíbor primeramente aparecía un vacío entre el Estilo Tocuyano del Período II y el Estilo Tierra de los Indios de los Períodos IV-V, más no así para el Estado Lara. Para el Período II aparecerían en Lara también estilos independientes, similares a los Tocuyanoides: Santa Ana y Betijoque, definidos para el Área de Trujillo, y para el Período III el Estilo Sarare, del sureste del Área de Barquisimeto. La Serie Tierroide aparecería en el Período IV con el Estilo Tierra de los Indios, junto con los estilos Mirinday (Trujillo), Chipepe (Mérida), San Pablo (Yaracuy) y Caño del Oso (Apure). Todo este panorama se modificaría: no sólo Caño del Oso conformaría parte de una Serie Osoide bastante más antigua, sino que particularmente para Quíbor ocurre el descubrimiento y definición de una Fase Boulevard entre los II-VII de nuestra era, homologada luego como etapa temprana del Estilo San Pablo. La cerámica de Santa Ana, que aparecería años más tarda en las excavaciones del Cementerio Las Locas, contemporáneo al del Boulevard de Quíbor, originalmente se encontró en cuevas funerarias. Es fina, bien pulida, ornamentada con formas complejas, presenta las patas y la pintura tocuyanoides. Hay punteado, incisión, apéndices modelado-incisos como los que se presentan en los estilos Barrancoides. A la cerámica del estilo Santa Ana se la asignaba a los Períodos II al V, al igual que al Estilo Betijoque, presente en Trujillo (donde constituiría una Fase) y Santa Elena, sitio andino entre Carora y Quíbor, en el río Tocuyo, que desemboca en el Caribe. También se presentaría en el Cementerio de Camay, en Carora. Se la presentaba similar a Santa Ana, con dibujos más complejos, asas tubulares horizontales, sin modelado inciso pero sí con líneas incisas rectas. Su larga cronología se justificaba por las evidencia de contacto con materiales españoles. El Estilo Sarare habría sido el único representante tocuyanoide del Período III. Se lo definió a partir de los hallazgos en la Cueva Sarare, en las montañas del sureste de Lara hacia Portuguesa. Su cerámica no presenta engobe blanco ni fondos pintados, y las vasijas tienen lados altos y ligeramente entrantes.

El Estilo San Pablo se definió originalmente para Yaracuy, con presencia en Carabobo, dentro de la Serie Tierroide Sus tiestos aparecían ásperos y gruesos, con patas largas y macizas, con ornamentación más simple que la del Estilo Tierra de los Indios. Presentaba dibujos en sólo 2 colores, sin budares, y con pipas de arcilla. Se lo definió como perteneciente a los Períodos IV-V. Sin embargo, aparecería como una extensión tardía y más oriental de la cerámica funeraria que aparece en algunos sitios de Lara, especialmente a partir de los 1960 con el (re)descubrimiento accidental de un cementerio en el Boulevard de la ciudad de Quíbor (LJ1). Para 1988, se reportan como recuperadas “386 vasijas cerámicas, miles de objeto de concha, varios cientos de fragmentos cerámicos, algunos instrumentos líticos y de hueso, así como restos alimenticios y de carbón”, asociados a cerca de 287 enterramientos, evidenciando algunos la existencia de cestería [Toledo, 1995: 76]. Aunque con una grave pérdida de información contextual como resultado de la manera en que se recuperaron los materiales en la primera campaña de excavaciones, a cargo de Adrián Lucena, Toledo establece a partir de 371 vasijas y 283 fragmentos, al menos 16 formas cerámicas presentes en LJ1. Debido a su desgaste, forma, distribución y contexto, 14 de estas formas se suponen manufacturadas para fines exclusivamente rituales, y sólo 2 parecerían estar asociadas con usos domésticos, ligados aun así a funciones de culto. Las formas más populares son los cuencos multí-podes (más de tres), asociados ocasionalmente a cuencos semiglobulares con pedestal; siguen vasijas globulares trípodes, asociadas a microbotellas. La tercera forma más popular es la de botellones. Se concluye que los objetos cerámicos de LJ1 presentan poca variabilidad formal. La pasta consiste de arci-lla y arena, compuesta de cuarzo, mica y arcilla ferruginosa, mayormente de grano fino-medio. Otros desgrasantes incluyen conchas y tiestos molidos e incluso materiales orgánicos. Se construían las piezas generalmente por enrollado y las más pequeñas por ahuecado. Se utilizaba decoración plástica y hay evidencias de alisado (frecuente) y el pulido; el engobe se observa principalmente en fragmentos. La pintura no es frecuente, combinada siempre con técnicas plásticas. Las zonas de los bordes y las panzas son las preferenciales para presentar decoración. Los fragmentos, probablemente aquellos que Cruxent y Rouse reportan como discos, y que en realidad presentan formas más variadas (siendo las más populares las discoidales y las cuadrangulares) son constante en los yacimientos arqueológicos quiboreños, siendo parte de los objetos de caza/saqueo de olicornios tradicional de Lara. La decoración de los frag-mentos se corresponde a las de las piezas completas, pero también hay algunos con rasgos atípicos. El ahumado también era utilizado como decoración, especialmente para los bordes de las piezas completas. El ahumado por cocción y por uso posterior es común, excepto en los fragmentos. La cocción parece ser reductora, pero existen ejemplares oxidados. Algunos esquemas teóricos interpretan los fines claramente especializados y la escasa variabilidad formal y técnica de la tecnología cerámica como correspondiente a un “patrón cultural rígido” y a una tradición cultural “fuertemente arraigada” (?), que indicaría la existen-cia de productores alfareros especializados soportados por el plusproducto del trabajo de los miembros de una sociedad compleja jerarquizada, puesto que esta jerarquía sería “condición necesaria” (?) para garantizar la organización de la producción, a través de una “ideología cohesionadora”. Semejantes inter-pretaciones son discutibles y disputables, y si bien pudieran o no ser plausibles en la caracterización o descripción de la tecnoeconomía, su concepción y teoría de la cultura (relegada a fantasmagórica super-estructura excrecente o refleja de la base económica, o a mero “subsistema ideológico” de un sistema cuyo “fin” es la teleológica adaptación) claramente no pertenecería a la etnología y a la antropología, con posibles graves deficiencias a nivel explicativo e interpretativo.

La mayor dificultad que confrontan estas interpretaciones es la ausencia de sitios de habitación, talleres y otras áreas de actividad, al menos en Quíbor. La presencia de cerámica funeraria de LJ1 en otras zonas donde existen unidades habitacionales con vajilla doméstica distinta a la reconocida como perteneciente a la Fase Boulevard, complica el cuadro. ¿Han sido suficientes o insuficientes las prospecciones arqueo-lógicas? ¿El conocimiento exhaustivo de LJ1 ha sido un velo para el conocimiento al menos superficial de la arqueología regional? ¿Habitaban Quíbor aquellos difuntos? La enorme importancia que cobra en los cementerios la industria que elaboraba objetos a partir de materia prima exótica no hace sino resaltar estos problemas: ámbar, conchas y moluscos marinos, asfalto, piedra andina, ¿quién las trabajó? Los artefactos de concha que aparecen con prominencia en el Cementerio del Boulevard han sido el caballo de Troya de las interpretaciones que favorecen una desusada complejidad social en el Quíbor del primer milenio de nuestra era. A través de estas cuentas, discos, cubre-sexos, tapa-ojos, y pectorales alados, se ha logrado o se ha intentado una sofisticada reconstrucción de los procesos y gestos técnicos de artífices precolombinos. Semejante tecnología, industria o cultura material ha permitido la postulación de la pre-sencia de especialistas de tiempo completo o al menos itinerantes en o entre las hasta ahora invisibles aldeas Boulevard, sin talleres locales de confección conocidos. Sin embargo, se ha llegado a postular que Quíbor fue centro de difusión de esta industria hacia Valencia. Ciertamente, relaciones de intercambio a larga distancia están evidenciadas, pero cómo se conciben, explican e interpretan estas rutas comercia-les depende en enorme medida del marco teórico adoptado. Unos exigen cacicazgos poderosos como Estados tropicales sin carta magna ni monumentos, otros enfoquen permiten la igualdad más rasa. El caso es que la importancia de la industria de la concha en forma de collares está ampliamente registrada por la etnografía y la etnología, donde se evidencia su intermediario ceremonial, su valor de cambio pre-monetario en enormes redes que exceden el parentesco y que no exigen el poder mas sí el prestigio, y así como también queda registrada su importancia por la arqueología, teniendo pues amplias coordena-das espaciales y temporales en las sociedades sin Estado. Sin embargo, a pesar de su uniformidad en cuanto a los objetos (collares) y su valor de uso funerario, su dinámica, evolución y su contenido como valor de cambio muestra una gran dependencia de los procesos socioeconómicos y políticos globales según la etnohistoria, que el recurso a la analogía etnográfica o a la información etnohistórica no puede ser plausible sin una exhaustiva caracterización del modo de vida, que pese a toda inferencia funeraria, sigue faltando en un Quíbor sin unidades residenciales, áreas de producción y trabajo.

La ocupación Tierroide o Fase Guadalupe, que se iniciaría en el 1000 A. D., se relaciona de nuevo con el noreste de Colombia. Como parte de una tradición tardía de estilos polícromos que incluye a las series Tierroide y Dabajuroide, Cruxent y Rouse la conciben como un posible desarrollo en el interior, hacia el suroeste de la región Occidental, de la Serie Tocuyanoide, pero también como relacionada con el Segun-do Horizonte Pintado de Colombia (Estilos Los Cocos y Portacelli de la Guajira), el Estilo Coclé del sures-te de Panamá y la alfarería Chibcha de las tierras altas de Colombia (como la Sierra Nevada). De los estilos más occidentales con presencia larense está Mirinday, quizá presente en Camay, que tendría entonces una cronología bastante prolongada. Al Estilo o Fase Mirinday originalmente se lo definió a partir de sitios de habitación y cavernas. Sus tiestos son menos finos que los de Tierra de los Indios. No hay cuellos con pliegues característica del Estilo Dabajuro de la Serie Dabajuroide, y que ocurrirían oca-sionalmente en Tierra de los Indios. Igualmente sus formas y ornamentación son simples. Entre sus objetos ocurren incensarios. Su cronología es del Período IV, 580 ± 50 a. p., esto es para 1350 A. D. Pero el estilo que define la serie, con clara presencia en Quíbor, es Tierra de los Indios. Su cerámica es fina y dura, utilizando como desgrasante arena fina, y con acabado suave y pulimentado. No habría impresio-nes de tejido. Sus formas son sencillas, sus bases redondas con patas globulares huecas o sin patas, sus bordes engrosados y redondeados. Tiene asas tubulares horizontales, apéndices sencillos en la parte superior de las patas. Existe poca importancia de la aplicación, el modelado y la incisión, presentándose pintura roja, negra y blanca, con dibujos rectilíneos, espirales, pájaros, motivos pectiniformes. Se encuentran figulinas femeninas. Hay fragmentos de budares, hachas líticas, metates, manos y colgantes. Su base económica es amplia, con gran importancia del cultivo de maíz y quizá la complejidad política, seña-lada como claramente correspondiente a cacicazgo, pudiera tener relación con la explotación de sal de tierra que subsistiría hasta tiempos históricos. Los sitios de habitación se levantan sobre la acumulación de basura en montículos, llegando algunos investigadores a transpolar quizá con un buen grado de exa-geración, el concepto de verticalidad o control vertical andino para explicar la aparente jerarquía de los sitios y la centralización, interrelación y subordinación de las aldeas periféricas a una principal en la que residiría el cacique mayor. Los reportes tempranos de los españoles complican el panorama histórico y antropológico en cuanto muestran a Quíbor como una región multiétnica, relacionados a su vez con otras grandes regiones con muestras de diversidad social y tecnológica, en las que convivieron grupos de filiación lingüística Arawak, Betoy-Chibcha, Caribe y de familias desconocidas o independientes, sin que una zona pueda adjudicarse efectivamente a al menos los miembros de un mismo tronco, siendo difíciles, a veces imposibles y buenas veces irrelevantes los esfuerzos por establecer etnicidades a través de co-rrespondencias de la lengua con la cultura material.

Bibliografía consultada

CRUXENT, José María, e Irving ROUSE [1958] (1982): Arqueología cronológica de Venezuela. Caracas: Ernesto Armitano Editor. Ediciones Unidad Prehispánica de la Asociación Juan Lovera.

TOLEDO, María Ismenia (1995): La cerámica funeraria en el sitio Boulevard de Quíbor, Estado Lara, Venezuela. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 4: 75-112.

VARGAS ARENAS, Iraida, María Ismenia TOLEDO, Luis E. MOLINA CENTENO, y Carmen Elena MOUNTCOURT (1997): Los artífices de la concha: ensayo sobre tecnología, arte y otros aspectos socio-culturales de los antiguos habitantes del Estado Lara. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV. Quíbor: Museo Arqueológico de Quíbor. Alcaldía del Municipio Jiménez, Estado Lara. Fundacultura.

[Miércoles 12 de mayo de 2004]

Posted by dalegrett at Junio 7, 2005 07:47 PM Posted to Arqueología | Arqueología venezolana | Estado Lara | Etnología | Quíbor | Venezuela

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