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Junio 15, 2005

Sobre las posibles correspondencias entre cultura material, intercambio y desarrollos de complejidad social en el valle de Quibor

La ocupación cerámica más antigua de Lara parece ser la Fase Tocuyano. Tan sólo la presencia de esta tecnología alfarera correspondería a la introducción de la agricultura, pero aún faltaría evidencia concluyente acerca de si correspondería a la vegecultura o a la incorporación de la semicultura, existiendo evidencias contemporáneas o poco más antiguas de semicultura en regiones cercanas (por ejemplo, los llanos). Aunque casi seguramente la ocupación Tocuyanoide corresponde a una sociedad tribal, no sería prudente esbozar una reconstrucción superficial de su sistema sociopolítico particular sin una mejor noción del grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Quizá por esto mismo ha sido apresurada la caracterización de la que se estima sería la ocupación siguiente del valle de Quíbor, la Fase Boulevard, definida como correspondiente a una sociedad cacical a partir de la diferenciación de trato funerario, la presencia de materia exótica y la industria de concha o alfarera posiblemente a cargo de especialistas, indicadores que sin embargo pueden admitir otras explicaciones, especialmente ante la ausencia de sitios de habitación, áreas de actividad o de producción. Los sitios de habitación contemporáneos a esta Fase en Sicarigua-Los Arangues tienen su propia alfarería doméstica, siendo distinta a la funeraria (Boulevard/San Pablo), que además de una función especializada, podría estar indicando que podría ser de elaboración no local, lo que de extenderse al propio Quíbor, comprometería seriamente las reconstrucciones vigentes.

Un indicador arqueológico favorito para la reconstrucción arqueológica ha sido la asociación de grandes obras “públicas” con complejidad social, especialmente aquellas relacionadas con modificación del paisaje natural: montículos, calzadas y campos elevados (y acequias, tanques y sistemas de regadío), que según alguna noción de la dialéctica entre el hombre y la naturaleza, requerirían de una “élite” capaz de coordinar el trabajo de las masas y de justificarlo ideológicamente. Se establecería en estos restos materiales de grandes obras, una relación entre jerarquización política (cacicazgos), con ceremonialismo, teocracia, intensificación agrícola, producción de excedentes (apropiados o redistribuidos por las “élites”), movilización de recursos (al menos humanos) y hasta militarismo. Mientras en los llanos occidentales hay cierta certidumbre para hablar de “cacicazgos” durante el primer milenio de nuestra era a partir de esta modificación tecnológica del paisaje, en Lara su poca presencia debilita hipótesis similares acerca de la organización sociopolítica. Mientras que ausentes, hasta ahora, en el registro arqueológico quiboreño, las modificaciones culturales del paisaje de Sicarigua-Los Arangues no parecen responder a la intensificación de la agricultura, como tampoco los montículos habitacionales, elevados sobre basureros, de la Fase Guadalupe en el Segundo Milenio, a pesar de la supuesta jerarquización de sus sitios. Respecto a esto quizá explorar las variaciones del material cerámico según el nivel del asentamiento o sitio en la jerarquía regional, que se ha observado en los llanos, podría ser una alternativa más viable para discutir acerca de la complejidad social que la ausencia o presencia en Lara, y Quíbor en particular, de grandes obras que señalasen una correspondencia entre intensificación de la producción y jerarquía. Si la concepción de la economía sigue basada en la producción (y sobre todo, desde los estudios acerca de la “opulencia primitiva”, de la idea de producción de excedentes), tal vez los estudios de cultura material que se orienten hacia los aspectos tecnológicos deban salir del estrecho marco de una dicotomía o binomio yuca-maíz para incluir otros cultivos (o recolecciones), o aun más lejos, trascender la visión de la producción de alimentos como única fuente de producción de valor correlacionada al trabajo social y su organización. La complejidad social podría estar asociada a otras actividades productivas (explotación de sal, por ejemplo), o incluso a actividades no productivas, tales como un importante rol en la intermediación o control de redes regionales e interregionales de intercambio. Esto no exigiría ni siquiera factores asociados por algunas teorías a las sociedades complejas y jerárquicas, como el crecimiento/presión demográfica, la circunscripción territorial o la guerra. Y quizá la presencia en el registro arqueológico de amplia diversidad estilística en una colección, la multiplicidad de influencias exteriores, y una marcada formalización (que aparentemente se mostraría con una pobreza estética del material), esté indicando esta posibilidad.

Allí donde el análisis estilístico del material alfarero ha encontrado variabilidad o diversidad de tradiciones influyentes, se supone un área de “confluencia cultural”, si no necesariamente para la habitación u ocupación permanente, al menos para el intercambio. Áreas para las que se ha reconstruido esta situación, como los llanos altos de Portuguesa, están lo suficientemente cerca de Lara y aun del valle de Quíbor como para ser pasadas por alto en el estudio de la región de nuestro interés, especialmente cuando esto no hace sino corroborar su aparentemente privilegiada situación geográfica entre los Andes, el Caribe, la cuenca de Maracaibo y los llanos, en el noroccidente venezolano, conectado a su vez al área intermedia (con todas las implicaciones de estar entre las sociedades andinas centrales y las mesoamericanas). Parece que la cronología favorece sentido norte-sur en la difusión de estilos polícromos tempranos, como había sido establecido en las intuiciones de Cruxent y Rouse por las relaciones entre el Primer Horizonte Pintado de Colombia, La Pitía y los Tocuyanoides, mientras que no ha salido la hipótesis de Oliver de un sentido sur-norte, quizá debida a su interés en la expansión de los grupos de lengua Arawak desde el Amazonas central. En todo caso, las hipótesis contrapuestas mantienen el mismo eje larense. La extensión en otras áreas de Tocuyanoides y Tierroides, originalmente definidos para Lara, y la presencia en Lara de materiales definidos originalmente para Falcón, Yaracuy, Trujillo o Zulia, así como la posible relación del noroccidente de Venezuela con Colombia o Panamá, es evidencia de una “confluencia” con sus propias particularidades señalada con cierta seguridad ya desde al menos el trabajo de Kidder, descontando las especulaciones de quienes lo precedieron, que extendían la transferencia tecnológica incluso a procedencias mesoamericanas. Sin embargo, como la evidencia de tradiciones alfareras diversas o de estilos híbridos en una misma región puede ser imputada a comunidades multiétnicas, se ha hecho preferible para la arqueología conjeturar acerca del intercambio de ideas y de bienes y su relación con desarrollos culturales a partir de objetos claramente exógenos, sea por su elaboración foránea o al menos por su materia prima exótica.

Además de las ideas difusionistas que marcaron el desarrollo de las teorías recibidas, desde el contacto con los europeos los documentos de valor etnohistórico han mostrado la importancia o notoriedad de la circulación de bienes, de circuitos “comerciales” en el territorio venezolano, especialmente registrados en el sur y el oriente (las regiones amazónica, guayanesa o costera). Aunque existe menos documentación escrita al respecto en el occidente, el registro arqueológico ha resaltado la distribución peculiar de objetos, especialmente cuentas de collar, elaborados en concha marina en el interior de tierra firme, y de placas aladas, a veces elaboradas en concha marina, pero predominantemente lítica. La presencia de ambos grupos de objetos es notada en contextos funerarios, por lo tanto, su valor de uso parece ser conferido como objeto votivo. Este uso especializado es una situación distinta a su manufactura por parte de posibles especialistas. Vargas y colaboradores en su reconstrucción de los procesos técnicos, la imputan a especialistas de tiempo completo, lo que para ellos sería indicador de estructura cacical, ya que estando fuera de la producción de alimentos, esta sociedad debe producir excedentes para mantenerlos mientras están ocupados en la elaboración de los objetos suntuarios de concha y piedra destinados a una élite. Perera, en cambio, no estima necesario que se tratasen de artesanos especializados ocupacional o rutinariamente como una forma de vida particular en su manufactura. Esto implicaría que el acceso a esta actividad era libre, por la edad, la destreza y según las aptitudes personales individuales, antes que a un “gremio” o una “casta” para la cual el oficio estaba adscrito antes del nacimiento. Por lo tanto, queda abierta la posibilidad de que su manufactura se realizara dentro de una sociedad policéntrica al menos en este aspecto, y no necesariamente a una sociedad de linajes políticamente jerarquizados.

La presencia de una elaborada industria de concha manufacturada como objetos no utilitarios (es decir, de objetos diferentes a las herramientas de concha asociadas a los desarrollos costeros mesoindios) no es del todo sorprendente dada su amplia distribución americana y mundial en forma de cuentas de collar, pero es precisamente esta forma y distribución la que ha revelado para la etnología y la arqueología su importancia como objeto y medio de intercambio (primordialmente ceremonial antes que “comercial”) asociado a élites, y no precisamente por su valor de uso meramente ornamental. Su valor ornamental funerario debe considerarse desde los aspectos ceremoniales y suntuarios, más que a sus valores estéticos. Obliga a trascender interpretaciones economicistas de los modos de producción, pues tal vez señala la “dominación” de la ideología y la política como relación de producción antes que la mera infraestructura tecnoeconómica. Sin embargo, los procesos técnicos de trabajo se muestran necesarios para una interpretación acertada de su presencia en los cementerios de Lara, debido a las dificultades antecitadas para la reconstrucción del modo de vida de la Fase Boulevard. En una sociedad más o menos igualitaria, la presencia de este bien suntuario significaría un esfuerzo de cada unidad doméstico o grupo parental en honrar lo mejor posible a cada uno de sus muertos, debiéndose la diferencialidad en el trato a la casualidad o a las circunstancias, sin implicar una verdadera desigualdad de los vivientes; pero si otras evidencias mostraran la posible existencia de diferenciación política del poder, el tratamiento funerario diferencial corroboraría reflejamente la desigualdad política (el problema —el menor quizá— de una teoría del reflejo, para complicar las reconstrucciones arqueológicas, es siempre hay la posibilidad inversa: tratamientos indiferenciados —todos somos “objetivamente” iguales ante la muerte— en sociedades fuertemente jerarquizadas, pero este no es el caso). Sin embargo, sin otras posibilidades de reconstruir la sociedad y las actividades de sus miembros a partir de sus sitios de habitación y áreas de trabajo, la industria de la concha no es necesariamente local y posiblemente tan extranjera como la materia prima. Si este fuera el caso, la depresión de Quíbor durante el I Milenio d. C. sólo habría sido utilizada como cementerio por grupos de microrregiones vecinas, quizá del Yaracuy de aceptarse la equivalencia cerámica de Fase Boulevard y Estilo San Pablo, pero ese vacío de ocupaciones entre Fase Tocuyano y Fase Guadalupe parece más bien improbable para un período tan prolongado. El progreso de la arqueología regional debe fundarse en el atrevimiento a salir a pasear fuera del Boulevard, con un presupuesto basado más en la prudencia que en una duda acerca del poder teorías arqueológicas vigentes: debe evitarse en lo posible utilizar un único indicador (“bienes suntuarios” elaborados en materias exóticas) para caracterizar un conjunto arqueológico como residuo de una sociedad cacical. Sólo cuando una cantidad de indicadores diferentes —pero relacionados— lo pareciera señalar, podría el investigador atreverse a tanto. Y aún contando con cinco, seis o cantidad de indicadores que lo señalen, elaborar un modelo alterno de contraste que muestre cuán plausible es una reconstrucción u otra.

Aunque por las razones expuestas acerca de los asentamientos quiboreños del primer milenio de nuestra era no quedan bien definidas la naturaleza técnica de las relaciones entre el Caribe, el Golfo de Venezuela y el Lago de Maracaibo con Quíbor para el uso funerario de objetos de concha, las hipótesis manejadas por Perera respecto a las placas líticas aladas son interesantes respecto a las relaciones andinas de este problema, puesto que si bien la materia prima es reconocida como proveniente de la cordillera andina venezolana, donde sí se han encontrado las canteras y talleres de extracción y manufactura de estas placas, Perera concluye que su origen está en las tierras bajas de Lara y en el piedemonte oriental andino, como centros de difusión. Esto es, aunque las placas líticas son elaboradas en la cordillera, la oferta y la demanda son de tierras bajas vecinas. O en otros términos: la producción en una periferia andina, y su distribución y consumo ceremonial en un centro larense y/o piemontano. Esto supone un control de los asentamientos de tierras bajas sobre la producción andina, con sugerencia de complejidad social y poder político para esta región basados antes en la ideología y la mediación en redes de intercambio interregional, que en la producción, económica (en sentido estrecho) de alimentos y tecnologías sofisticadas asociadas. Quizá también podría resaltar la guerra, también fundamentada en el ritual y la ceremonia antes que en factores meramente ecológicos (implicando dos concepciones y dos usos distintos del territorio y del espacio). Por lo tanto, existen las posibilidades alternas de desarrollos de complejidad social basados 1) en el control territorial de microambientes locales distintos (aldeas, relativamente iguales), donde el intercambio es resultado de una necesaria complementaridad o simbiosis de las localidades dentro de un ecosistema mayor (que sería la unidad política englobante de todas las aldeas, en un “cacicazgo”); y 2) en el control de redes (espacializadas en rutas y “ferias”, y señalizadas por petroglifos) de intercambio, esta vez como causa del desarrollo de complejidad social, debido a la competencia de diversos grupos productores favorecidos desigualmente por los grupos controladores o intermediarios, que como tales, se benefician sin la necesidad de adoptar un complejo tecnológico material, y por el contrario, haciendo relativamente uniformes y bastante difundidas ideologías o tradiciones ceremoniales sobrepuestas a los objetos y medios de intercambio, que como sugiere Perera, corresponderían a un complejo mítico-religioso, con variantes locales, ampliamente distribuido en diferentes regiones vecinas. Insistimos que esto parece orientar el interés de los modelos de análisis hacia la ideología y la política, críticamente entendidos, antes que a la economía (en sentido estrecho, quizá más aplicable a una sociedad capitalista) o a la ecología (quizá más aplicable a las “bandas”), como se ha sugerido tantas veces para sociedades precapitalistas.

Bibliografía consultada

Gassón P., Rafael A. (1996): La evolución del intercambio a larga distancia en el nororiente de Suramérica: bienes de intercambio y poder político en una perspectiva diacrónica. En: Chieftains, power & trade: regional interaction in the Intermediate Area of the Americas. Caciques, intercambio y poder: interacción regional en el área intermedia de las Américas, editado por Carl Henrik Langebaek Rueda y Felipe Cárdenas Arroyo. Bogotá: Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes. Pp. 133-154.

Gassón P., Rafael A. (1999): El piedemonte oriental andino y los Llanos altos de Barinas y Portuguesa. En: El arte prehispánico de Venezuela, editado por Miguel Arroyo, Lourdes Blanco y Erika Wagner. Caracas: Fundación Galería de Arte Nacional GAN. Petróleos de Venezuela PDVSA. Pp. 74-89.

Kidder, Alfred, II (1944): Archaeology of Northwestern Venezuela. Papers of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology 26 (1). Cambridge: Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology. Harvard University.

Perera Gálvez, Miguel Ángel (1979): Arqueología y arqueometría de las placas líticas aladas del occidente de Venezuela. Colección Libros. Caracas: División de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV.

Vargas Arenas, Iraida, María Ismenia Toledo, Luis E. Molina Centeno, y Carmen Elena Mountcourt [1984] (1997): Los artífices de la concha: ensayo sobre tecnología, arte y otros aspectos socio-culturales de los antiguos habitantes del Estado Lara. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV. Quíbor: Museo Arqueológico de Quíbor. Alcaldía del Municipio Jiménez, Estado Lara. Fundacultura.

Posted by dalegrett at Junio 15, 2005 10:30 PM Posted to Arqueología | Arqueología venezolana | Estado Lara | Quíbor | Venezuela

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