« Acerca de la 'mendicidad' Warao redefinida como 'recoleccion de dinero' | Main | Pre-Proyecto Concepcion del espacio en los Mapoyos, desde el siglo XIX [Segunda Version] »
Julio 14, 2005
Sobre la intensificacion de la agricultura en el valle de Quibor: preliminares a la discusion de la organizacion social
La existencia dentro de la arqueología de esquemas teóricos fundamentados en determinismos tecnológicos para los desarrollos societarios antes que en la dinámica interna de las relaciones humanas en su seno o su interacción con sus diferentes vecinos, se han manifestado en Venezuela en una dicotomía cultural prehispánica basada en la distinción técnica de vegecultura-semicultura y su aparente localización espacial en oriente y occidente, respectivamente. Un esquema causal semejante ha resultado en concebir la producción de alimentos como correspondiente a las organizaciones tribales. Estudios de etnociencia y etnotecnología con un mínimo de orientación o preocupación histórica, y evidencia arqueológica acumulada desde hace ya varias décadas, señalan reservas y fuertes objeciones al respecto, pero en los esquemas teóricos antes mencionados los procesos de trabajo más simples se adjudican a la vegecultura, cuya “simpleza” técnica y logística y modos de trabajos asociados se mostrarían como supuestos impedimentos para el crecimiento demográfico y la complejización social. A su vez, los grados de desarrollo de las fuerzas productivas más avanzados se adjudican a la semicultura, el cual resultaría ser el supuesto único motor de la complejización social, con nucleación de asentamientos, crecimiento demográfico y eventual diferenciación política en el seno de la organización tribal, hasta disolver las relaciones sociales basadas en el parentesco y sustituirlas por relaciones fundamentadas en el poder político y económico, legitimado por la ideología. Debido a que en la evolución social estos esquemas contemplan como importante factor la oposición dentro del modo de producción entre el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, se supone al momento del cambio en unas, una contradicción entre la infraestructura económica y la superestructura jurídico-político-ideológica. De este modo se comprende la caracterización de grupos vegecultores siempre igualitarios y de grupos semicultores eventualmente jerarquizados, que se ven mediados por una etapa semicultora igualitaria, que se correspondería al momento de adopción inicial de esta forma de subsistencia.
Aunque sería una grosera falsificación por parte de otros bandos teóricos decir que de manera tan burda, mecánica y determinista han sido los esquemas históricos planteados por los arqueólogos que han dominado —al menos por su presencia, trabajo continuo y vocalidad— la discusión de las sociedades pasadas de la región noroccidental, no podría negarse que grosso modo ésta es su reconstrucción. La imagen que se ha delineado representa como introductores de la agricultura en la región a los grupos Tocuyanoides, de finales del primer milenio antes de la era cristiana, portadores de un primer horizonte de cerámica polícroma y consumidores (al menos) de maíz, como evidencian los hallazgos de metates y manos de moler, y que habrían cultivado de manera extensiva (horticultura, roza y quema) como revelaría la dispersión de los sitios en los que aparece su cerámica. De acuerdo al esquema arqueoetnológico mínimo al que hacíamos referencia, esto plantearía que sus desarrollos societales estaban limitados a la organización tribal igualitaria segmentaria, para sostener su forma de subsistencia. Su complejidad y más grandes elaboraciones culturales se limitarían al plano de ultratumba, como revelan sus sitios funerarios, donde practicaron enterramientos secundarios en elegantes urnas, especialmente “museables” en el caso de Camay. Arvelo ha planteado la extensión de los Tocuyanoides en el registro arqueológico del 400 a. C. al 400 A. D., pero con dos modelos alternos: en el primero (Cronología I), estarían representados por un Estilo Tocuyano, del 400 a. C. al 1 A. D., y un Estilo El Dividival del 1 A. D. al 400 A. D. señalado por la disminución en la decoración de las ollas y motivos menos curvilíneos, pero sin poder plantear mayores explicaciones sociales acerca de la variación estilística temporal. En la Cronología II (que no divide el lapso 400 a.C.-400 A. D.), plantea que la distinción estilística se corresponde a una distinción emblemática de los segmentos tribales, lo que no agrega a las reconstrucciones vigentes más que un refinamiento en las clasificaciones estilísticas, pues confirmaría el modo de vida (semicultor) igualitario.
Así como no se conoce bien el destino de la ocupación Tocuyanoide del valle de Quíbor, tampoco se conoce suficientemente bien ni el origen ni la tecnoeconomía de la siguiente ocupación, correspondiente a la Fase Boulevard, situada por Lucena, Molina y Toledo entre los siglos II a VII de nuestra era (100-600 A. D.). Arvelo y Wagner la equiparan al Estilo San Pablo, definido por Cruxent y Rouse para el Yaracuy dentro de la tardía Serie Tierroide, pero que con la redefinición Arvelo la ubicaría entre el 300 y 1400 A. D., y con posible origen o relación Osoide (serie que a su vez era también producto de una redefinición estilística y cronológica de la Serie Tierroide). El programa de investigación de Arvelo se fundamenta en la puesta a prueba de la hipótesis de Vargas (al menos como la lee y la entiende Arvelo) del surgimiento de formas sociales complejas (en este caso, léase “cacicazgo”) para este período temprano en el valle de Quíbor hacia el 600 A. D. a partir de la introducción del cultivo (¿intensivo?) del maíz, lo que resulta en una crítica al supuesto determinismo tecnológico de Sanoja y Vargas con respecto a la relación entre la semicultura y una estructura social jerarquizada de los “cacicazgos” del Primer y del Segundo Milenio de nuestra era, rechazando formas jerarquizadas locales en cualquier momento en el valle de Quíbor, y sustituyéndola por una complejidad social no cacical a partir del segundo milenio a partir de la explotación de sal de tierra por los portadores del Estilo Guadalupe. No discutiremos aquí acerca de las formas políticas, y señalaremos que si bien concordamos fuertemente con el espíritu de las objeciones de Arvelo a las reconstrucciones de modos de vida cacicales, no concordamos con muchos de sus detalles ni con su representación algo sesgada y distorsionada de los planteamientos de Sanoja y Vargas, a pesar de nuestro distanciamiento de estos.
Un nuevo planteamiento de Arvelo, y que nos parece que hace no sólo complejo sino un poco extraño el panorama, es el de la cronología (en su modelo I) del Estilo Tierra de los Indios, ubicado entre el 400 al 1000 A. D., que se vería continuado entre el 1000 y el 1600 A. D. por el nuevo Estilo Guadalupe, que habrían competido espacialmente con (y dominado a) los portadores del Estilo San Pablo por las fuentes de sal de tierra. La distinción estilística, temporal y funcional entre Guadalupe y Tierra de los Indios se introduce por la menor frecuencia de la decoración, y la aparición de una olla (Tipo C) de labios exteriores engrosados en el Estilo Guadalupe. En la Cronología II, Arvelo mantiene la cronología tradicional (1000-1600 A. D.) para los Tierroides, siendo la distinción estilística, local, no temporal, y funcional, asociando siempre, en cualquiera de los dos modelos cronológicos, el Tipo C de Guadalupe con la especialización en la explotación de la sal de tierra al norte del valle de Quíbor, mientras que sus hermanos portadores del Estilo Tierra de los Indios se habrían preocupado por labores agrícolas, manteniendo en todo caso los Tierroides competencia y dominio sobre los San Pablo, complejizando las estructuras sociales mas sin llegar a formas políticas cacicales en el valle de Quíbor, aunque quizá sí existiese un cacicazgo tardío a nivel macrorregional, dominado por los Caquetíos de Falcón. Reservaremos esta discusión para un informe posterior, señalando que lo pertinente aquí es la reconstrucción que hace Arvelo de los patrones de asentamiento y la población prehispánica de Quíbor, a partir del tamaño y distribución de sitios con cerámica. Basándose en modelos de William T. Sanders y de Kirkby para Mesoamérica y datos sobre la calidad de suelos cultivables y la producción maicera reciente del valle de Quíbor, Arvelo estima el máximo de población para los portadores de cada estilo o tradición cerámica, y su relación con un estimado de capacidad de carga para la depresión. Aunadas estas estimaciones a la pobreza en el registro de restos botánicos, concluye que no hay bases agrarias (es decir, no hay intensificación agrícola) para suponer la existencia de cacicazgos en ningún momento: la población y su producción y demanda de maíz siempre se habrían mantenido muy por debajo de la capacidad de carga. La distribución espacial de sitios (igualada a patrones de asentamiento) confirmaría esta conclusión negativa, atribuyéndose a delimitaciones territoriales interétnicas y control de fuentes de sal de tierra, único factor de nucleación de asentamientos en Guadalupe, y no al acceso y control de zonas cultivables. Objeciones que se nos ocurren se refieren
- 1) al modelo demográfico, que si bien supone máximos (que parece la suposición más prudente) de acuerdo a la distribución bidimensional (superficies, áreas de los sitios, medidos en hectáreas) no nos queda claro de qué manera en el modelo se tomó (o no) en cuenta y se evalúa la densidad de tiestos en los sitios: quizá la población podría estimarse más grande en sitios de mayor densidad cerámica, además de su tamaño superficial;
- 2) a la capacidad de carga y los suelos disponibles: la estimación podría estar inflada o disminuida, esto es incierto, ¿se estima la capacidad de acuerdo a clasificaciones de suelos y tecnologías de los agronomistas científicos industriales, o de los “agronomistas” indígenas prehispánicos tradicionales y/o artesanales?
Puede ser confuso adjudicar a qué sistema agrario corresponde una percepción del medio como más o menos productivo: por ejemplo, en el Delta del Orinoco la CVG sobreestimó en los 1960 la capacidad agrícola de los suelos, causando un desastre ecológico su modificación del régimen de aguas para habilitar tierras. Por el contrario, el Amazonas suele ser representado como oligotrófico, subestimado por su escaso valor agrícola intensivo industrial, percepción que es contradicha por el aprovechamiento indígena. ¿A qué sistema tecnológico corresponde la evaluación de la capacidad de carga de Quíbor por Arvelo?
A pesar de que Arvelo toma en cuenta informaciones históricas (incluyendo las etnicidades reconocidas para el momento del contacto) y realiza prospecciones arqueológicas, parece leer sesgadamente la información. ¿Qué sucede con la constante mención en los documentos históricos de la maestría indígena en el control de aguas y las estructuras artificiales? Aunque insistimos en que se debe mantener duda sobre su relación con cacicazgos (como si sociedades policéntricas o no centralizadas no pudiesen desarrollar complejas tecnologías) y que se debe evaluar bien si efectivamente se correspondían o no a la intensificación de la producción, nos parece que no deben ser pasadas por alto.
Preparando el terreno a las correspondencia posible entre Historia y Arqueología, al menos para las ocupaciones prehispánicas tardías, Salazar y Gil anotan de información histórica para Lara, y de cierta manera microcósmica para Quíbor (en el aspecto climático), una zona norte seca, con escasa lluvia, donde habrían habitado Gayones, Achaguas, Jirajaras, Camagos, que recolectaban plantas silvestres y que habrían cultivado granos y tubérculos en el invierno (estación de lluvias); y una zona sur, húmeda, con agua abundante de ríos y lluvia, cultivos de maíz y yuca, habitada por Achaguas, Cuibas y Gayones, que aprovechaban todo el año para la producción de alimentos: roza en enero (tiempo seco), siembra y quema en abril, cosecha y nueva siembra en agosto, nueva cosecha en enero, y así el ciclo. Se reconocía la vegecultura en esquejes y estacas, por montones, por roza y quema, de yuca amarga, yuca dulce, ñame, ocumo, batata, guapo, apio, etc. Para la semicultura se conoce la caraota, el maíz pollo y el maíz cuarentón (“Cariaco” y “Yucatán”) de diferentes rendimientos. Los frutales comprendían el mamey, el anón, la guanábana, la lechoza, el aguacate, las ciruelas, guayabas, piñas, la hierbamora y la auyama. Toda esta información se corresponde y completa muy bien con la disponible para otras regiones venezolanas cercanas y lejanas, quedando quizá el inventario más corto de lo que debe haber sido en realidad, siendo exóticas sólo plantas de zonas más húmedas (por ejemplo, selva lluviosa tropical) o más altas (Andes), y marinas. Plantas medicinales o rituales, como coca, yopo, tabaco, helechos y un largo etcétera podrían contemplarse, y el caso es que está o debe ser bien notada la variedad de ecosistemas presentes en Lara y aún en Quíbor, pese su tendencia a la aridez y el calor.
Los sistemas locales y regionales de conocimientos botánicos y agrarios se manifiestan en la evidencia de conucos con policultivo que reproducen el paisaje natural y que de hecho lo enriquecen en variedades antes que empobrecerlo (esto incluso excluyendo toda imagen romántica del indígena como ecologista deudo feroz de la “Madre Tierra”). La información histórica también añade la variedad de fuentes posibles y efectivas de proteína animal. Se establece la semipermanencia de los asentamientos y los ciclos residenciales según los tiempos de labranzas, el destino final de los conucos que son quemados al retirarse (que no sólo promueve el barbecho, sino quizá también la competencia conflictiva por el espacio). Además, los juicios de valor contenidos en los documentos históricos que llaman a los indígenas poco amantes del trabajo y mucho del ocio, muestra que de hecho existía cierta opulencia: se producía lo suficiente en las jornadas de trabajo, y trabajos ulteriores eran plustrabajo, que podría ser evitado en aras de evitar la desigualdad entre las unidades socioeconómicas, o por el contrario ser redistribuido en ceremonias colectivas ora para establecer equilibrios y solidaridades entre todos por un Great Man (chamán sin poder político) o para promover algún Big Man (ambos mecanismos ulteriormente policéntricos e igualitaristas) que había organizado esta precaria acumulación temporal, o tal vez apropiado como tributo por un linaje predominante, una élite o un jefe central, quizá surgidos originalmente de las formas igualitarias anteriores, resultando entonces la desigualdad permanente sancionada por la ideología.
Con las actividades de saqueo —mercantil o tradicional— de sitios, aún desde antes de las investigaciones arqueológicas pioneras ha sido notada la presencia en el valle de Quíbor de estructuras monticulares, asociadas con los Tierroides. Aunque quizá primordialmente habitacionales en Quíbor, las analogías con otras regiones los han asociado con los cultivos, y debido a las informaciones históricas, a la agricultura de maíz por montones. En los 1960 las excavaciones de Sanoja revelaron la presencia de mazorcas de maíz pollo en los montículos, lo que reforzaba la noción de un uso agrícola, y junto con el viraje conceptual que tomara más tarde, se establecería una cadena de inferencias que van de la presencia de montículos, a través de su supuesto papel en la intensificación de la agricultura, hasta la existencia de cacicazgos. Constituyendo posibles aldeas, la estructura circular o semicircular de sitios monticulados rodeando lo que se ha supuesto una “plaza” o espacio público común a los montículos, la distribución espacialmente desigual (implicando jerarquización del consumo) de manos, metates, budares aripos, maíz, fogones, restos zooarqueológicos y el tamaño desigual de los objetos en los espacios domésticos y en los espacios públicos, así como el contraste de sitios Tierroides sin montículos, indicaba a Sanoja y Vargas la jerarquización de asentamientos y la diferenciación social que en su marco teórico es interpretada como desigualdad política dentro de un cacicazgo.
Fuera de Quíbor, el yacimiento L11 del valle de Oroche (Sicarigua-Los Arangues) fue identificado debido a la presencia superficial de gran cantidad de manos de moler, metates y cerámica, muy fragmentada por trabajos de remoción de tierra, relacionada con estilos polícromos tardíos de Quíbor (Tierra de los Indios), Trujillo (Mirinday), y la cuenca del lago de Maracaibo (Bachaquero, costa oriental), cuya fuerte similitud y claro parentesco ha sido tempranamente establecido por los arqueólogos, para los que el noroeste del Área Intermedia en Suramérica (noroeste de Venezuela, norte de Colombia, Panamá, y sur de Costa Rica) mostraría unidad estilística. Caracterizado L11 como sitio de habitación, presentaba montículos y una unidad de almacenamiento de agua, el “Tanque de los Indios”, construido en tiempos prehispánicos, en conexión a canales. Su relación con la práctica de la semicultura queda bien establecida por los artefactos líticos ya mencionados, acompañados de hachas pulidas, percutores, abrasivos y lascas. Budares de arcilla indican que se acompañaba de vegecultura. Se registra la lechosa. Los restos de vertebrados muestran la amplia gama de la dieta apoyada por la cacería de venados, báquiros, conejos e iguanas, principalmente, junto con la recolección esporádica de crustáceos, mientras que la mayor parte de los diversos moluscos asociados no se estiman comestibles, y algunos no correspondientes al biotopo actual, existiendo la posibilidad de ser indicadores paleoecológicos (a falta de datación) de una trasgresión marina claramente anterior a la ocupación humana en cuestión, o posiblemente debidos al intercambio de estos pobladores con grupos costeros, que podría estar apoyada por la presencia de ornamentos de concha (y de hueso, arcilla y lignito), de la que se fabricó una figura de rana, que ha sido relacionada por arqueólogos, etnógrafos y tradiciones, a la propiciación de la siembra y/o las lluvias. La tecnología en cuestión no necesitó establecer relación con una organización política jerarquizada y centralizada.
Como se indicó, la cerámica pone en relación al valle de Oroche con Quíbor y Carache, donde para Mirinday y el Chao se reporta el cultivo de papa, apio, olluco, consumo de caracoles terrestres, venados, conejos, aves, y el cultivo y/o procesamiento del algodón para tejidos, como indican las agujas de hueso, volantes de huso, y figuras femeninas con representaciones de tejido. Existen allí hachas y azadas líticas y restos vegetales carbonizados en los enterramientos. Para la Fase Guadalupe en Quíbor también se señalaban recipientes de calabaza, el cultivo o procesamiento del algodón y la cocuiza, según los volantes de huso para el tejido, que habría sido teñido con el tinte extraído de las semillas de dividivi. En el sitio LJ-313 de La Pura y Limpia en Quíbor y en Oreja de Mato, en Sicarigua-El Jagüey, se presentan también terrazas, canales, aljibes y otros medios de control de aguas estacionales, que presentan variaciones según la cota, lo que se corresponde con diferentes regímenes naturales de agua. Existirían terrazas lineales y semicirculares de 1 a 4 m de diámetro con sistemas de represamiento y drenaje de aguas cuando los cerros no superan los 30 metros de altitud. En los sitios más bajos, como en la Ciénaga de Cabra, habría aprovechamiento del nivel freático. En los sitios más altos de Oreja de Mato, existirían hoyas circulares para el almacén de aguas de lluvia que son distribuidas por cursos de aguas naturales y artificiales. Queda por establecer la productividad de estas construcciones artificiales de montículos (si se corresponden a la intensificación o al rescate de tierras entre las zonas inundables) y de control de aguas, y si los procesos de trabajo implican grupos domésticos familiares u organizaciones más sofisticadas dentro de la complejidad social. El programa de investigación de Molina y Toledo se planteó la evaluación de la existencia de cacicazgos en esta región, que comenzó a ser interpretada como localización de la “gran aldea” de un sistema cacical regional por Sanoja y Vargas, debido a los trabajos de terracería, y de almacenamiento y distribución de aguas naturales, y la jerarquización de sitios según su distribución desde el piedemonte hasta las zonas planas. A nivel local, la distribución del espacio al interior de las viviendas indicaría un sistema de mitades en los grupos domésticos. A menos que se demostrase una desigualdad en la distribución de otros recursos (o en la “donación” o “recepción” de “mujeres”), a nivel puramente local no quedaría verificado un cacicazgo. Éste tendría que considerarse a nivel regional, macrorregional o interregional.
La recurrencia de cultivos y cacería-recolección de plantas y animales en regiones diferentes podría no apoyar la interdependencia de comunidades, localidades y/o regiones para la autosubsistencia, y sería necesario recurrir a otros productos muy especializados o consumos (por ejemplos de bienes suntuarios por ser exóticos a una región o por el trabajo que debe invertirse en su elaboración) para establecer niveles de integración políticos y económicos. Sin embargo, esto sería una interpretación economicista superficial de las dinámicas tribales, puesto que no necesariamente se produce para el consumo local por la existencia de mecanismos que exijan el intercambio y la reciprocidad (al menos en la apariencia ideológica), haciendo circular entre regiones productos alimenticios no exóticos a las localidades receptoras. Es a través de este sistema de prestaciones y contraprestaciones exigido por la ideología antes que por la tecnoeconomía donde habría que establecer si se produce y reproduce igualdad o desigualdad. Como recordaba Arvelo acerca de lo que verdaderamente habría dicho Marx, lo determinante en las relaciones sociales de producción no es la tecnología en sí “contra” el medio ambiente, sino las interacciones que los hombres establezcan (voluntaria o involuntariamente) para sí.
Bibliografía
Arvelo B., Lilliam M. (1995): The evolution of Prehispanic complex social systems in the Quíbor Valley, Northwestern Venezuela. Submitted to the Graduate Faculty of Arts and Sciences in partial fulfillment of the requirements for the degree of Doctor of Philosophy. Pittsburgh: Graduate Faculty of Arts and Sciences de la University of Pittsburgh.
Molina Centeno, Luis E. (1982): El área arqueológica de Sicarigua, Venezuela: investigaciones en curso. Boletín de Antropología Americana 5: 139-149.
Molina Centeno, Luis E., y María Mercedes Monsalve C. [1979] (1985): Sicarigua: estudio preliminar del modo de vida y las formas agrarias en un yacimiento arqueológico del Noroeste de Venezuela. Serie Monografías y Ensayos, 1. Caracas: Ediciones de la Sociedad Venezolana de Arqueólogos SOVAR.
Salazar, Juan José, y Félix Alberto Gil (1998): Tecnoeconomía agrícola en el Centro-Occidente de Venezuela. Técnicas y tecnologías en Venezuela durante la Época Colonial, editado por Luis E. Molina y Emanuele Amodio. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 6: 7-28.
Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1999): Orígenes de Venezuela: regiones neohistóricas aborígenes hasta 1500 d. C. Caracas: Fundación Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela.
Vargas Arenas, Iraida [1987] (1990): Arqueología, ciencia y sociedad: ensayo sobre teoría arqueológica y la formación económico-social tribal en Venezuela. Caracas: Editorial Abre Brecha.
Posted by dalegrett at Julio 14, 2005 10:27 AM Posted to Agricultura | Arqueología venezolana | Estado Lara | Formas políticas | Formas políticas | Organización social | Quíbor | Venezuela
Trackback Pings
TrackBack URL for this entry:
http://www.anthroblogs.org/mt/mt-tb.cgi/140