Agosto 30, 2005
Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (V y última)
A modo de conclusión provisional de esta obra en marcha

En la distancia que se ha recorrido de Morgan a Radcliffe-Brown están los cimientos de la posición que cobrará figura frente al fondo antropológico, en un cierre del circuito representado por el estructuralismo encabezado por Lévi-Strauss.

Con el cese de la persecución de una posibilidad de poder y control social que el evolucionismo y el funcionalismo permitían a los imperios y a los agentes coloniales, coincide el fin de estos mismos, y las voces que harán coro en la antropología serán cónsonos con posiciones críticas contra tal Voluntad de Poder.

El proceso de descolonización hará eco en la disciplina a través de la función crítica que dentro del proyecto moderno cumplía el marxismo. Sin embargo, se asomó, se insinúo o se creyó inminente el mismo fin del proyecto moderno, su agotamiento.

No podemos saber muy bien si la crisis de identidad que el posmodernismo cree o creía representar, garantiza la esperanza de Morgan de que la disolución de la organización social hasta ahora dominante a fortiriori a nivel global amenace
“claramente ser la terminación de una empresa de la cual la propiedad es el fin y la meta, pues dicha empresa contiene los elementos de su propia destrucción. La democracia en el gobierno, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y privilegios y la educación universal anticipan el próximo plano más elevado de la sociedad, al cual la experiencia, el intelecto y el saber tienden firmemente. Será una resurrección, en forma más elevada, de la libertad, igualdad y fraternidad de las antiguas gentes” (Morgan, 1980: 544).
Quizá lo importante es que la antropología puede asumir responsabilidades en la constitución de ese posible “estadio” del “progreso humano” si verdaderamente puede dar cumplimiento a esa esperanza y no callar ni ser instrumento de poder de un nuevo orden que quiere desembarazarse con violencia del Viejo Orden, donde si bien no era perfecta, la vida era posible.
Elaborado por
- Daniel Alberto Alegrett Salazar
- Daniel Rodríguez Galán
- Gabriel Ernesto José Torrealba
Bibliografía
- Duvignaud, Jean (1977): El lenguaje perdido: ensayo sobre la diferencia antropológica. México: Siglo Veintiuno Editores. 248 pp.
- Evans-Pritchard, E. E. (1987): Historia del pensamiento antropológico. Madrid: Ediciones Cátedra. 265 pp.
- Fortes, Meyer (1974): “Malinowski y el estudio del parentesco”. En: Raymond W. Firth (ed.), Hombre y cultura: la obra de Bronislaw Malinowski. Madrid: Siglo Veintiuno Editores. Pp. 161-200.
- Gellner, Ernest (1987): “Introducción”. En: E. E. Evans-Pritchard, Historia del pensamiento antropológico. Madrid: Ediciones Cátedra. pp. 15-39.
- Godelier, Maurice (1978): “Lewis Henry Morgan (1818-1881)”. En: Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores. pp. 256-264.
- Kuper, Adam (1973): Antropología y antropólogos: la Escuela Británica: 1922-1972. Barcelona: Editorial Anagrama. 281 pp.
- Lisón Tolosana, Carmelo (1980) “Prólogo”. En: Lewis H. Morgan, La sociedad primitiva. Madrid: Editorial Ayuso. Bogotá: Editorial Pluma. pp. 9-68.
- Lubbock, John (Lord Avebury) (1943): Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre: estado intelectual y social de los salvajes. Buenos Aires: Editorial Albatros. xxiv + 372 pp.
- Malinowski, Bronislaw K. (1971): La vida sexual de los salvajes del Noroeste de la Melanesia: descripción etnográfica de las relaciones eróticas y conyugales y de la vida de la familia entre los indígenas de las Trobiand (Nueva Guinea Británica). Madrid: Ediciones Morata. 396 pp.
- Morgan, Lewis Henry (1980): La sociedad primitiva. Madrid: Editorial Ayuso. Bogotá: Editorial Pluma. 559 pp.
- Radcliffe-Brown, A. R. (1982): “Introducción”. En: A. R. Radcliffe-Brown y C. Darryl Forde (editores), Sistemas africanos de parentesco y matrimonio. Barcelona: Editorial Anagrama. pp. 11-97.
- Radcliffe-Brown, A. R. (1996): Estructura y función en la sociedad primitiva. Barcelona: Ediciones Península. 251 pp.
Posted by dalegrett at 11:31 AM | Comments (0) | TrackBack
Agosto 29, 2005
Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (IV)
La “Antropología Social” estructural-funcionalista de A. R. Radcliffe-Brown en Introducción a Sistemas Africanos de Parentesco y Matrimonio

Las principales propuestas de Radcliffe-Brown acerca de lo que debe ser el objeto de estudio y el proceder de la antropología social están formuladas en el marco de los modelos del pensamiento empírico analítico del positivismo, el cual predominaba con gran fuerza en el quehacer científico para las primeras décadas del siglo XX. Para Radcliffe-Brown la antropología social como toda ciencia, tenia la obligación de basar sus estudios en una realidad concreta observable, realidad esta que se encontraba para él plasmada en las llamadas sociedades “primitivas”.
Sin embargo, a la hora de definir más concretamente el objeto de estudio de la antropología social o lo que constituiría la realidad observable, Radcliffe-Brown no habla en términos de entidades sociales o culturales sino más bien en términos de proceso social, concepto éste fundamental, pues, para toda la elaboración de su teoría. Así, la realidad a estudiar debe pasearse a través de la observación, descripción y clasificación, la concibe como un proceso en donde la unidad de investigación la constituye la vida social. Dicha vida social para los intereses de su investigación se estudia de forma sincrónica, en donde espacio y tiempo están particularmente determinados.
La propuesta teórica del antropólogo británico establece su diferenciación, de esta manera, ante lo que propuso el evolucionismo y la reconstrucción histórica de lo hechos sociales. Un “rasgo cultural” no es un indicador de una historia pasada de la cultura, sino que es un elemento regulador del sistema presente. Al contrario que para todos los evolucionistas decimonónicos y hasta para su maestro Rivers, Radcliffe-Brown no aceptaba que el matrimonio determinara la terminología del parentesco, según postulaba Morgan: “las regulaciones del matrimonio y la terminología necesariamente eran coherentes”, no existen “razones para argumentar que unas u otras fueran anteriores o unas determinaran a la otra” (Kuper, 1973: 78-79). El descarte teórico de las determinaciones históricas y el método comparativo conjetural se justifica en que “para la utilización del método comparativo se requiere la idea de «sistema» o «estructura»” (Evans-Pritchard, 1987: 252-253), lo que explica la negativa, que sería más bien incapacidad, de Malinowski a recurrir a los estudios históricos. La debilidad de su antropología “se hace patente cuando trata de decir algo general sobre las sociedades humanas y no sobre una sociedad en particular” [íbid, 253], al faltar los principios comparativos proporcionados las nociones de estructuras y sistemas.
Para Radcliffe-Brown el origen o las condiciones para la existencia de un determinado hecho social no se presentan como lo primordial, señalando que las deducciones históricas del evolucionismo carecen de cierta validez científica puesto que estas no tienen un basamento empírico suficientemente sólido que las sustenten. De esta manera Radcliffe-Brown, como buen empirista, propone que los estudios a nivel sincrónico (sin descartar lo diacrónico) tienen como fin ultimo la búsqueda y el establecimiento teórico de leyes generales. Y dice: “El método aquí adoptado no es ni el de la historia ni el de la pseudo historia, sino una combinación de la comparación y el análisis. Comparamos los sistemas sociales para poder definir sus diferencias y descubrir bajo estas, semejanzas más esenciales y generales. Uno de los fines de la comparación es proporcionar esquemas de clasificación. Sin clasificación no es posible la ciencia” (Radcliffe-Brown, 1982: 12).
Ahora bien, para la realización del análisis social, Radcliffe-Brown utiliza una serie de conceptos que sustentan su marco teórico empleado para abordar lo fenómenos sociales. Entre estos conceptos encontramos tres categorías fundamentales que son: el proceso, la estructura y la función. Antes de definir cada una resulta importante citar al autor en cuanto a su definición de lo que es una teoría:
“Lo que se da a entender por teoría es un esquema de interpretación que se aplica o se concibe para aplicarlo, a la comprensión de una cierta clase de fenómenos. Una teoría consiste en una serie de conceptos analíticos que pueden definirse claramente en su referencia a la realidad concreta y que deben relacionarse lógicamente” (Radcliffe-Brown: 1996: 9).
Se justifica el juicio de que Radcliffe-Brown “era un hacedor de herramientas conceptuales.” (Evans-Pritchard, 1987: 255).
Proceso
Como primer concepto de este cuerpo teórico tenemos al ya mencionado proceso social. Como ya se dijo, el proceso social representa el objeto de estudio concreto o la realidad fenomenológica observable del análisis antropológico. Según Radcliffe-Brown “El proceso social consiste en una inmensa multitud de acciones e interacciones de seres humanos, actuando individualmente o en combinaciones o grupos” (Radcliffe-Brown, 1996: 12). Dentro de este concepto Radcliffe-Brown denota lo que es el proceso en términos de vida social. Lo que se estudia es la vida en sociedad enmarcada en un proceso. Igualmente, todo este proceso de la vida social genera una gran variabilidad de particularidades que, de donde, sin embargo, se pueden extraer ciertas condiciones que son generales a toda la sociedad. De aquí surge lo que Radcliffe-Brown llama formas de vida social que constituyen los “rasgos generales de la vida social de una región determinada” (Ídem). Al hablar de proceso es necesario hablar también de cambios. Los cambios para Radcliffe-Brown corresponden al análisis diacrónico que va a describir los hechos que rompen la continuidad en una sociedad, el cual implica un periodo de tiempo más extenso que el del análisis sincrónico.
Estructura
Siguiendo con la trilogía conceptual, el otro concepto que sigue al proceso es el de la estructura. La concepción de estructura presente en Radcliffe-Brown aporta cierta postura biomecanicista en donde a dicho concepto se le atribuyen las semejanzas de los modelos de cuerpos naturales como por ejemplo la célula. Según Radcliffe-Brown “cuando usamos el termino estructura nos referimos a algún tipo de disposición ordenada de partes o componentes… Los componentes o unidades de la estructura social son personas y una persona es un ser humano considerado no como organismo, sino como individuo que ocupa una posición en la estructura social” (Radcliffe-Brown, 1996: 18). De esta manera, como los componentes de la estructura social son las personas, la unión de la estructura va a estar signada por las relaciones que se tejen entre cada una de estas personas. Igualmente estas relaciones van a estar denotadas por un determinado tipo de organización que garantiza el orden de la vida social; y esta organización va a estar a su vez regulada por una serie de normas y estamentos que fundamentan las instituciones.
Función social
La función social viene a ser para Radcliffe-Brown el concepto que une al proceso y a la estructura social. Al igual que el concepto de estructura, el concepto de función adquiere aquí las analogías de los modelos naturalistas de manera que de forma similar a un órgano de nuestro cuerpo, una institución social cumple una función y desempeña un papel que resulta ser necesario para el desarrollo de la vida. Es decir, su existencia se justifica por cumplir o llenar una necesidad básica que Radcliffe-Brown va a llamar “condiciones nece-sarias de existencia”, existencia entendida más como la de un mecanismo (como el explica-do por la fisiología) más bien que la de una entidad biopsíquica. Dice: “en relación con cualquier rasgo de un sistema podemos preguntarnos cómo contribuye al funcionamiento del sistema. Eso es lo que queremos decir cuando hablamos de función social” (Racliffe-Brown, 1982: 13)
A diferencia de Malinowski, Radcliffe-Brown no asume la concepción de función como la conexión de una institución con la totalidad del sistema social en donde cada una de ellas se relaciona entre sí. Además, para él, la función no toma tanta relevancia como en el trabajo del antropólogo polaco, inclusive el británico llega a decir que “la afirmación de que soy un ‘funcionalista’ me parecía carente de contenido” (Radcliffe-Brown, 1996: 215)
La institución social por excelencia a la cual Radcliffe-Brown aplica sus estudios para el análisis de la organización social es el parentesco. El estudio del parentesco en las llamadas sociedades “primitivas” resulta fundamental para el trabajo de Radcliffe-Brown. En la introducción de Sistemas africanos de parentesco y matrimonio, obra colectiva de quienes entonces se consideraban sus más cercanos discípulos, llega a decir: “para entender cualquier aspecto de la vida social de un pueblo africano —económico, político o religioso—, es esencial tener un conocimiento completo de su sistema de parentesco y matrimonio” (Radcliffe-Brown, 1982: 11).
Para fines del análisis social, Radcliffe-Brown toma al parentesco como un tipo de instancia anterior o de carácter primario a cualquier otro ámbito de la vida social, donde este determinaría los atributos básicos del los contenidos de las relaciones sociales. Por ejemplo, líneas de filiación que determinan el ordenamiento político de un pueblo.
Observando la relación de determinación la organización social por los principios del parentesco y la residencia, y los grupos residenciales (grupos domésticos, obviamente grupos familiares) también a su vez por esos principios del sistema de parentesco, a Radcliffe-Brown se le hace necesario concluir que en las sociedades “primitivas” “el estudio de la estructura social significa fundamentalmente el estudio del sistema de parentesco” y que “el eje del sistema de parentesco sería la familia” (Kuper, 1973: 79). Ya no considera como aquellos etnólogos evolucionistas, que las terminologías de parentesco sean restos fosilizados (supervivencias) de antiguos sistemas de parentesco, de antiguas prácticas matrimoniales. Como para Malinowski que considera un aspecto dado de la totalidad como totalmente conectado a esa totalidad presente y por lo tanto es un aspecto necesario, un hecho social cumple una función social contribuyente al mantenimiento de la estructura y la forma sociales aquí y ahora, y no hay lugar para vestigios afuncionales. Sin embargo, una manera de diferenciar burdamente el funcionalismo de Malinowski del “estructural-funcionalismo” de Radcliffe-Brown, es que para Malinowski un aspecto es explicativo del total, pues ese total satisface la necesidad que es el aspecto; mientras que para Brown el total explica la parte, pues ésta sirve a la solidaridad y mantenimiento del sistema). Según Radcliffe-Brown
“Una relación social existe entre dos o mas organismos individuales cuando hay algún ajuste de sus respectivos intereses, por convergencia de intereses o por limitación de los conflictos que podrían provocar la divergencia de intereses” (Radcliffe-Brown, 1996: 227).
De aquí podemos deducir la noción de solidaridad que se hace necesaria para la convivencia de un grupo. Para la posibilidad de la organización existen comportamientos naturales de mínima ayuda mutua que deben tener gran presencia en una sociedad para fines de supervivencia. Se invierte la relación establecida en Malinowski: aquí lo individual y biológico tiene finalidad social:
“Radcliffe-Brown veía el sistema de parentesco y matrimonio como un conjunto de usos sociales interrelacionados que se basaba en el reconoci-miento de ciertas relaciones biológicas para propósitos sociales. Los sis-temas incluían la terminología de parentesco, las redes de relaciones entre parientes, el conjunto de derechos, obligaciones entre parientes, el con-junto de derechos, obligaciones y usos asociados con los roles concretos de parentesco y las creencias y prácticas rituales asociadas con el parentesco, incluyendo, por ejemplo, las creencias sobre la procreación o la ve-neración de los antepasados” [Kuper, 1973: 78].
Según Radcliffe-Brown “un sistema de parentesco y matrimonio puede considerarse como un convenio que permite a las personas vivir juntas y cooperar unas con otras en una vida social ordenada... Un sistema en funcionamiento que vincula a los seres humanos en una disposición ordenada de influencias mutuas” (Radcliffe-Brown, 1982: 13).
De los estudios de parentesco se extraen una gran variedad de particularidades que Radcliffe-Brown llama rasgos superficiales, que de donde sin embargo se pueden descubrir “unos pocos principios estructurales generales aplicados y combinados de diferentes formas” (Ibíd.: 12). Llega a establecer tres principios básicos: la unidad de los siblings, la unidad de los linajes y el principio de la generación. He aquí las intenciones de su modelo teórico que consiste en la búsqueda de leyes y generalidades como fin último de nuevo.
Radcliffe-Brown realiza una importante diferenciación entre lo que es la relación consanguínea y la relación de parentesco, señalando que a menudo se tienden a asumir como la misma cosa. Para él, la relación de parentesco no tiene que ser necesariamente consanguínea a pesar de que esto sea lo más común y que a menudo así suceda. Así, el parentesco lo constituye la relación netamente social, en las conductas y normas que conlleva una relación; mientras que la consanguinidad viene dada solo por la relación física, o sea, el compartir los mismos genes. Ilustrativas de la noción que adquiere Radcliffe-Brown acerca de la contribución de las practicas sociales al mantenimiento de la asociación, alianza, cohesión o solidaridad social son sus conclusiones acerca del respeto (tipo las relaciones con los padres) vs. la familiaridad (tipo relaciones con los siblings) y de las relaciones burlescas (tipo primos cruzados) vs. relaciones de evitación (generalmente en generaciones alternadas y entre parientes políticos). En cuanto a las relaciones de evitación, estas maneras de relacionarse “protegen la delicada relación entre las personas que están unidas en un conjunto de lazos, pero separados por otros; por ejemplo, entre miembros de distintos linajes que están aliados por matrimonio” (Kuper, 1973: 83).
Finalmente, los estudios acerca del parentesco que propone la antropología social de Radcliffe-Brown se pasean por los análisis en términos de la estructura y la función social.
“Los componentes de las estructuras sociales son seres humanos, y una estructura es una distribución de personas en relaciones definidas y reguladas institucionalmente” (Radcliffe-Brown, 1982: 94).
La antropología tendría que realizar aquí los diferentes análisis comparativos que según Radcliffe-Brown brindarán los conocimientos generales de una determinada forma de vida social.
Elaborado por:
- Gabriel Ernesto José Torrealba
- Daniel Rodríguez Galán
- Daniel Alberto Alegrett Salazar
Bibliografía
La bibliografía se incluirá en la última entrega
Posted by dalegrett at 11:12 AM | Comments (0) | TrackBack
Agosto 28, 2005
Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (III)
La “Escuela Funcional” biocultural de Bronislaw K. Malinowski en La Vida Sexual de los Salvajes del Noroeste de la Melanesia

La obra de Bronislaw Malinowski es de vital importancia para el desarrollo y afianza-miento de la Antropología social británica de principios del siglo XX; su obra ampliamente discutida sentó bases para el impulso de una nueva forma de hacer antropología cuyo legado todavía hoy es palpable.
Iniciándose en investigaciones documentales sobre Australia, Malinowski se interesó por las costumbres, instituciones y particularidades o aspectos culturales de las sociedades “primitivas” y desde la década del 10 y el 20 se erige a sí mismo como el estandarte de una nueva escuela en la Antropología: “la escuela funcional”, conocida como funcionalismo. Leamos de sus propias palabras a que se refiere cuando se habla de teoría funcionalista:
“Esta clase de teoría aspira a explicar las realidades Antropológicas en todos sus niveles de desarrollo por su función, por la parte que juegan dentro del sis-tema integral de la cultura, por la manera como se hallan relacionadas unas con otras dentro del sistema y por la forma en que este sistema se halla vinculado en su contorno físico” (Malinowski, 1971: 34).
Mientras se señalan sus innovaciones y fortalezas metodológicas, los juicios acerca de Malinowski suelen mostrar que es un autor muy criticado y atacado por su lado teórico:
“Malinowski fue en todo caso un pensador fútil… Lo que Malinowski denomina teoría no es en absoluto una teoría, sino una guía para la recolección y la ordenación de datos, un vade mecum para el investigador de campo, un prolijo Notas y dudas [Notes and queries]. No supera nunca el nivel descriptivo y operativo del análisis; y es en su mayor parte una elaboración verbosa de lo obvio y la elevación de lugares comunes a conceptos científicos” (Evans-Pritchard, 1987: 254).
Esto no deja de hacer notar que si diéramos un paseo general por su obra, nos daríamos cuenta que uno de los principales aportes de este autor a la Antropología fue el de la “investigación directa” y su importancia en los estudios. A partir de Malinowski se pudiera decir algo así como “el que no iba a campo no hacía Antropología”. A pesar de que esta suerte de cliché puede ser un poco exagerado, es una muestra del espíritu reinante de la época en la cuál Malinowski era el principal propagador.
Para este antropólogo la investigación directa, empírica e inductiva era fundamental para la comprensión de las culturas primitivas; el investigador —afirmaba el autor— debía recoger la mayor cantidad de datos posibles en el “trabajo en el terreno”, para después pasar a otra fase que sería la de gabinete, de análisis de los datos y construcción teórica. Con el evidente peligro de hacer lucir científico el sentido común, en la obra de un Malinowski interesado en las prácticas culturales, todos los acontecimientos sociales son registrados por el etnógrafo tal y como él los observa y como los miembros de la comunidad piensan que son. Malinowski abogaba a la “practica como realidad de la vida social, contrapuesta a lo ideal, a la teoría, la formulación meramente verbal” (Fortes, 1974: 165). Debe entenderse que Malinowski estaba provocando una fuerte ruptura con las especulaciones y conjeturas de alto vuelo que la antropología venía formulando apriorística y etnocéntricamente desde que el siglo XIX historiadores del derecho y de la instituciones dieran pie a esta nueva ciencia. Sin entender este contexto científico donde Malinowski innovaba con un acerca-miento directo a las prácticas sociales que se querían explicar, no se puede ver en él más que el abandono empirista de la teoría y la mediocridad epistemológica, como lo hace Evans-Pritchard con la particular dureza de sus últimos años cuando reseña Los argonautas del Pacífico occidental del físico-matemático polaco devenido en antropólogo británico:
“Malinowski no tenía idea de lo que era un análisis abstracto y, por tanto, de la estructura. En la medida en que tenía alguna idea de «sistema» social» era puramente en un nivel descriptivo. Un suceso sigue a otro y son descritos sucesivamente con disgresiones explicativas... Al no tener idea de la estructura, no hay una pauta que sea pertinente sociológicamente. La pauta no consiste más que en los vínculos entre los acontecimientos reales y el supuesto análisis no es más que un comentario... El intento fallido de eludir un mero registro de las observaciones y de llevar a cabo un análisis mediante una serie de abstracciones significa no sólo que no se nos transmite nada sobre las interrelaciones políticas de las comunidades implicadas en el kula y nada sobre el sistema de parentesco, sino incluso que se omiten los hechos esenciales respecto al kula.” (Evans-Pritchard, 1987: 252).
Un africanista como Evans-Pritchard, con una preocupación teórica de tan alto vuelo como es el problema de la estructura social, parece olvidar —a pesar de ser un magnífico ejemplo de los preceptos malinowskianos con sus prolongadas estadías en el campo entre los Nuer—, cuál era el verdadero aporte de Malinowski: éste se manifestó abiertamente opuesto a la escuela evolucionista y su reconstrucción del pasado (en donde Morgan era uno de los principales activistas), aunque no negó que en algún momento de su carrera defendía algunas premisas del evolucionismo e incluso creer en la evolución biológica del hombre. Básicamente para el método funcional el interés por el pasado era inútil e infructífero en el estudio de las sociedades primitivas. El estudio sincrónico es el aplicable para el desentrañamiento de las instituciones, sus funciones y sus relaciones; para reconocer la naturaleza de la cultura. El interés de Malinowski no radicaba en “como se ponen en marcha las cosas o como se siguen unas a otras, sino la relación de los elementos y factores que controlan el crecimiento de una cultura y de la organización social” (Malinowski, 1971: 28). Es decir que la indiferencia por el pasado se debía a cuestión de método y prudencia:
“Mi deseo es que se reconstruya el pasado sobre las bases de un método científico preciso, y la ciencia nos enseña antes que nada que sólo podemos reconstruir cuando conocemos la regularidad de un proceso, cuando conocemos las leyes de crecimiento, desarrollo y correlación. Mientras ignoremos estas leyes y regularidades podremos entregarnos a arrebatos imaginativos, pero no a una reconstrucción científica. Así, pues, tras de establecer las leyes de un proceso, nos es lícito, dentro de ciertos límites, reconstruir el pasado... A menos que usemos exclusivamente el método comparativo desde el punto de vista funcional, obteniendo mediante él las leyes de relación, de proceso cultural y de parentesco legal entre diversos aspectos de la civilización humana, construiremos inevitablemente en la arena todo nuestro vasto edificio de hipótesis reconstructivas o de reflexiones filosóficas” (Malinowski, 1971: 29).
La metodología evolucionista y difusionista implicaban un “aislar los hechos”, aislar los rasgos de su entorno, lo que consiste en un craso error, pues “en la relación de un detalle de estructura con el conjunto radican su significación y su virtud reconstructiva, y aislar en la ciencia de la cultura una costumbre que pertenece a cierto contexto, que es parte de él, cuya existencia real debe determinar toda la obra que se realice dentro de ese contexto, aislarla violentamente, adherirse a ella excesivamente con espíritu de coleccionista o «de cazador de curiosidades», no conduce a parte alguna” (Malinowski, 1971: 29).
Malinowski tampoco defendía el carácter etnocéntrico del evolucionismo. Un ejemplo de esto sería él referente a los matrimonios en grupos considerados por los evolucionistas como instancias anteriores al matrimonio monogámico solo practicado en los tiempos anti-guos y aún conservados por los primitivos. Malinowski utiliza esta teoría como ejemplo de cómo “se cae en el error de ignorar el marco institucional total del matrimonio y del sexo” (Fortes, 1974: 162)
Para Malinowski la función de muchos aspectos de la cultura humana es la satisfacción de lo que él llamó “necesidades instrumentales”, necesidades de útiles con la finalidad del bienestar biológico, el desarrollo espiritual de la persona y la cooperación social. A través del ejemplo concreto de las Islas Trobriand intenta mostrar como
“un tema... [como el] del sexo sólo puede tratarse dentro del marco institucional y a través de sus manifestaciones en otros aspectos de la cultura. El amor, los contactos sexuales, el erotismo, combinados con la magia erótica y la mitología del amor, son sólo una parte del cortejo habitual en-tre los trobriandeses. El cortejo, a su vez, no es más que una fase, fase preparatoria, del matrimonio, y éste sólo un aspecto de la vida de familia. La familia misma encuentra ramificaciones en el clan, en las relaciones entre parientes matrilineales y patriarcales; y todos estos tópicos, tan íntimamente unidos unos a otros, constituyen en realidad un gran sistema de parentesco, sistema que controla las relaciones sociales de los hombres de la tribu entre sí, domina su economía, satura su magia y su mitología y penetra en su religión y hasta en sus producciones artísticas... Sea cual fuere el punto de observación, el problema sexual, la familia y el parentesco presentan una unidad orgánica imposible de romper” (Malinowski, 1971: 26).
En muchos aspectos de su obra se observa, si bien diluida, la influencia del psicoanálisis —muy en boga en esa época— de Freud. Para este antropólogo originario de Cracovia, la presencia del psicoanálisis sirvió para realizar nuevas síntesis de sus ideas y aportar nuevas formas de análisis de los pueblos, de las relaciones padrehijo, así como el desarrollo de la vida sexual de los salvajes en sus diversos aspectos (un ejemplo de esto sería “la actitud sexual reprimida de la tentación del incesto con la hermana”). Otro ejemplo claro de su afinidad con el psicoanálisis tradicional que se fundamenta biopsicológicamente es su afirmación de que “en la doctrina de la identidad corporal como derivado de la procreación, sólo buscamos la significación de esa doctrina como una base de la descendencia matrilineal, como determinante del parentesco entre padre e hijo, y como más o menos directa en muchos aspectos del parentesco” (Malinowski, 1971: 29-30), que puede explicar las relaciones en la sociedad desde las relaciones con el propio cuerpo. La cultura y la sociedad se inician en el sí mismo individual, y al mismo tiempo, éste es el fin. La cultura y la sociedad son medios para el desarrollo personal, de la misma manera que un estudio científico es el medio para el desarrollo de Malinowski: “los hechos de la antropología me atraerán únicamente como los mejores medios para conocerme a mí mismo” (Malinowski, 1971: 29). Al contrario de la práctica real de sus críticos, dirigidas a él como si se tratara de un empirista vulgar, los sentimientos, el afecto, la conducta, eran de sumo interés para este funcionalista que permaneció 2 años en las islas Trobiand, observando todas las actividades de los trobriandeses y recopilando datos, rasgos y expresiones de la conducta del pueblo.
Las teorías de Malinowski y Radcliffe-Brown mostraban serias divergencias; incluso como anécdota Malinowski llego a decir una vez que la diferencia entre ellos dos radicaba en que Radcliffe-Brown era estructuralista y el funcionalista. Sus diferencias no solo se referían a puros puntos conceptuales, como por ejemplo el concepto de función, sino que iba mucho más allá: a la concepción y las terminologías de parentesco. Malinowski repudiaba todo lo referido a las terminologías de parentesco llamándolo despreciativamente “el álgebra de parentesco”, para él, el parentesco eran simple metáforas, construcciones “ideales”, todos los aspectos de un pueblo para Malinowski convergían en la familia, y las relaciones de estos se entablaban en los lazos familiares y las relaciones extra familiares ordenadas genealógicamente. Para algunos críticos, entonces, Malinowski esta obviando que las terminologías de parentesco son un “indicador de relaciones sociales y de modos de agrupar y de disponer a las personas, modos que están presentes en la estructura social de cualquier pueblo como relaciones familiares y que a la vez sirven para insertar a la familia en el orden jurídico y político total”. (Fortes, 1974: 183).
Malinowski insistió desde un primer momento que el parentesco no iba más allá de la familia individual; subordinaba todo a la familia, todas las practicas de un pueblo convergían en el punto central de la organización familiar, en la institución de la procreación humana; es decir, que Malinowski todos los hechos de las sociedades primitivas como la sexua-lidad, el matrimonio, el clan se encuentran interrelacionados en una institución integral, el de la procreación humana. “La familia era básicamente un medio: domestica el sexo y se encarga del cuidado y la educación de los hijos. También es el molde de la personalidad, el lugar de los vínculos emocionales primarios y el nexo dentro del cual se constituyen las emociones sociales primarias” (Kuper, 1973: 44). Esto es muy a contrario de Radcliffe-Brown, en donde el parentesco es una “relación genealógica referida a efectos sociales”; se ve entonces el parentesco como una organización social con un sistema de relaciones sociales, llamada “red de relaciones” que cumplen una función de equilibrio. El polaco insiste en una función ontogenética de lo social y no en una función homeostática del sistema:
“La familia es siempre la institución doméstica par excellence. Domina la primera vida del individuo; controla la cooperación doméstica; es el estadio de los primeros cuidados maternales y de la educación. El clan, por otra parte, nunca es una institución doméstica. Los lazos de pertenencia al clan se desarrollan mucho más tarde y, aunque nacen del parentesco primario de la familia, este desarrollo se somete a la distorsión unilateral del énfasis legal patrilineal o matrilineal, y funciona en una esfera de intereses completamente distinta: legales, económicos y, sobre todo, ceremoniales” (Malinowski, citado en Kuper, 1973: 44).
“En el parentesco, Malinowski centra la atención sobre la «situación inicial», el niño que crece en la supuestamente universal familia nuclear, y la gradual generalización de los sentimientos por los padres a sus parientes hasta que se ha creado de nuevo todo un sistema de parientes y clan. No hacía ninguna concesión al sistema como estructura preexistente que el niño más bien aprende que crea... Para Malinowski, cualquier conjunto de relaciones constituye un sistema” (Kuper, 1973: 45).
Al no ver Malinowski las relaciones de parentesco englobadas en la estructura social, e interesado en un primer plano por las relaciones afectivas y los rasgos psicológicos de los Trobriand, omite a veces (o deja en segundo plano) la importancia que tiene el rango, la norma de rango, las cuales tienen una gran incidencia en el parentesco; las cuales no están dadas simplemente por las relaciones biológicas- familiares. El psiquismo malinowskiano se enfrenta al sociologismo de sus contemporáneos franceses, de Radcliffe-Brown y de sus sucesores:
“Al admitir la experiencia de la sexualidad como el núcleo fundamental alrededor del cual se articula todo el sistema de vida de los trobriandeses, Malinowski prolonga los pasos iniciados en Los Argonautas, que encuentra en la construcción de las piraguas el principio del cambio y de la circulación a gran escala, entrañando en esta espiral todas las actividades y todas las prácticas del grupo [pudiendo Mauss designar al kula investigado por Malinowski como un hecho social total]... La sexualidad realiza así una espiral tal que engloba a partir del núcleo familiar simple y del dato fundamental de la experiencia concreta del trobriandés: la indiferencia o la ignorancia de la relación entre el coito y el nacimiento, que implican el debilitamiento de los lazos del padre con el hijo, y valorizan (lo que llama una línea matriarcal) así, frente al hijo, las relaciones con el pariente más cercano de la madre: su hermano.”
“Dato de base tanto más fundamental cuanto que está en el origen de toda experiencia de la sexualidad y de toda relación de parentesco, dato donde se mezclan en el psiquismo presente la tradición matrimonial eventual y los comportamientos actuales.” La sexualidad trobriandesa también es un “fenómeno social total”. “El elemento de base que [Malinowski] toma como principio de su análisis... [es como] comparable a un núcleo astral, un sol, un electrón cuyo movimiento espiral de expansión conlleva en su movimiento todo lo que llamamos instituciones... La sexualidad produce o moviliza los mecanismos económicos..., los mecanismos políticos y sociales, los mecanismos globales, económicos, por los que se encuentra el kula, las magias y actitudes religiosas fundamentales antes de la muerte y el nacimiento: las grandes instancias del hombre son así descubiertas y suscitadas no como los elementos de una nomenclatura sino en la trama dramatizada de la vida” (Duvignaud, 1977: 174-175).
Habría que esperar hasta algunas problemáticas acerca del sujeto, la persona y el “agente”, surgidas en el postmodernismo, para que los temas de Malinowski vuelvan a atraer a los antropólogos. Curiosamente, se hablará de un abandono posmoderno de la teoría, en particular una teoría de núcleo duro como las que surgen en un Radcliffe-Brown y sus interlocutores franceses.
Elaborado por
- Daniel Rodríguez Galán
- Gabriel Ernesto José Torrealba
- Daniel Alberto Alegrett Salazar
Bibliografía
La bibliografía se incluirá en la última entrega
Posted by dalegrett at 10:41 AM | Comments (0) | TrackBack
Agosto 27, 2005
Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (II)
El evolucionismo de Lewis H. Morgan en La sociedad primitiva

Si hay un denominador común, más o menos implícito, a lo que se ha venido llamando evolucionismo, es una organización de las diferencias ante todo en un orden jerárquico, más que cronológico. Se jerarquizan las diferencias, en lugar de mostrarlas como la manifestación de la diversidad humana, en un orden universal de progresión. La idea de progreso, la de una sucesión de formas necesarias cada vez más complejas y “mejores” de acuerdo a un juicio de valor, que la idea de una sucesión temporal, que tan sólo sirve de marco. El progreso es un movimiento hacia la forma ideal, o idealizada, que es siempre identificada con el presente. El pasado sólo fue la ausencia de lo presente, de sus supuestos logros, y el futuro será aquello que queramos sea ya presente. Ahora bien, al hablar de formas hemos apartado, con la justicia que le merece, a Morgan, frente a otros “evolucionistas”. Si distinguimos entre forma y contenido, otros estarán evidentemente apegados a una exposición del progreso de los contenidos culturales del Occidente Moderno: lo ilustra cómo abusan de citas eruditas a historiografías y etnografías ingenuas, mientras que Morgan, y de allí su novedad y actualidad, se preocupa por establecer una progresión de formas, una secuencia o historia lógica de correspondencias estructurales. Se puede entender así, pese a tratarse de un yankee liberal y de ética protestante, como el libro de Morgan puede ser apropiado por el marxismo a manera de “Biblia antropológica” (Lisón, 1980: 59), según la síntesis que puede hacer un Godelier, aun considerando el trayecto de su marxismo particular desde las apreciaciones de Marx y Engels acerca de Morgan:
“Morgan ha demostrado que las relaciones de parentesco dominan la historia primitiva de la sociedad y que estas relaciones tienen una lógica y una historia… Morgan trató de establecer relaciones de correspondencia funcional entre formas de producción, formas de parentesco y formas de conciencia social… Supuso que la decadencia de los sistemas clasificatorios y el predominio de los sistemas descriptivos en la historia occidental debían estar vinculados al desarrollo de la propiedad privada y del Estado. El desarrollo de la propiedad privada… habría transformado los problemas de la herencia… y hecho imperiosa la distinción entre las líneas directas y las líneas colaterales… El desarrollo del Estado… al sustituir la protección de los parientes por la de la ley, habría debilitado la solidaridad interna de los amplios grupos de parentesco” (Godelier, 1978: 259-260).
Para el marxismo, la vitalidad del evolucionismo de Morgan, más que su énfasis en la evolución en sí, es la capacidad que tuvo de interrelacionar las instituciones, las prácticas, el desarrollo tecnológico y las formas jurídicas dentro de un proceso histórico universal, mas no transhistórico. Sin embargo, aun esta apreciación de Morgan puede ser contestada si se da un peso mayor a la particularidad de cada cultura, por lo que sería más prudente evaluar la obra de Morgan en un campo más delimitado (aunque no necesariamente deje de ser omni-abarcante). Éste puede ser, como es de notar si estamos en el ámbito antropológico, los sistemas de parentesco y matrimonio. La originalidad de Morgan está en la aproximación formal y tipológica que tuvo a ellos. Como lo señalan Lisón y Duvignaud, la valoración positiva viene del análisis estructural:
“El problema en tela de juicio [por Morgan] tiende sobre todo a buscar el fundamento lógico de las formas o de los tipos sociales definidos y menos a justificar una sucesión inevitable: leer a Morgan, o al menos intentar comprenderlo en lo que propuso realmente como sistema de explicación, no consiste en repetir un evolucionismo exasperado por los comentadores.” (Duvignaud, 1977: 69).
Para señalar su alcance, es notable cómo Morgan puede establecer analogías formales aún para dar cuenta de la progresión evolutiva:
“Las tribus del género humano pueden ser ordenadas, como las distintas formaciones geológicas, de acuerdo con sus condiciones relativas, en estratos sucesivos. Así ordenadas muestra, con cierto grado de certidumbre, todo el campo del progreso humano, desde el salvajismo hasta la civilización. El estudio detenido de cada estrato sucesivo sacará a luz lo que hubiese de especial en su cultura y características y ofrecerá una concepción definitiva del todo, en sus diferencias y relaciones” (Morgan: 1980, 495).
La capacidad de Morgan para dar cuenta del progreso humano con una analogía estratigráfica que señale la sistematicidad del todo con las partes, de sus diferencias y relaciones, se funda seguramente en el padre de la geología, James Hutton (que además trascendió una simple descripción morfológica a través de una explicación funcional), lo pone en un mismo plano con Marx, Freud o Lévi-Strauss, que en algún momento u otro utilizaron la misma analogía estructural.
También lo aparta de otros evolucionistas el que el grupo humano estudiado comienza a ser interrogado (al menos desde la encuesta), más que visto desde fuera y desde el gabinete, y es esta respuesta que pone el foco sobre las categorías “nativas” sobre sí mismos, un intento, aún prematuro, de captación del “punto de vista del nativo” que muestra la propia lógica de su sociedad. Como nos recuerda Duvignaud:
“Cuidémonos... de ahogar a Morgan en las ideologías evolucionistas o funcionalistas que, en el siglo pasado, impregnan toda reflexión original y a menudo oscurecen... la fuerza de la verificación. Una lectura de Morgan no es una lectura de Engels comentando a Morgan, ni de los historiadores de la antropología criticando o defendiendo al evolucionismo, es una revelación de lo que Morgan ha descubierto, de la identificación del habla india con los sistemas de parentesco y de las supervivencias imbricadas en la realidad presente, con la aparición de la familia y el parentesco” (Duvignaud, 1977: 56, negritas nuestras).
“[Halló una] identificación entre los términos [de parentesco] expresados confusamente por los salvajes y una estructura lógica interna, la que componía el sistema [de parentesco] sin el cual las palabras no hubieran sido más que charla” [Duvignaud, 1977: 59-60].
El descubrimiento de Morgan es cómo la terminología de parentesco propia de cada grupo indígena (“el habla india”) es identificable no sólo con la historia de sus prácticas (aunque se haya equivocado tanto en esto), sino con la misma organización social. Descubre un universo de las reglas que penetra en todo el sistema social organizado a partir de la codificación/regulación de las “relaciones sexuales” en una terminología de parentesco, y descubre en estas terminologías particulares, un principio universal de organización de las relaciones humanas:
“Seguramente es el primero [de los occidentales] en definir... [la] organización [social de los indios de América] a partir de las relaciones de parentesco y luego en deducir de estos lazos las relaciones de poder y de propiedad. La genialidad reside en esta comprobación: la trama de la vida colectiva está constituida por el núcleo de las relaciones sexuales tal como lo codifica el grupo según sus reglas. Una relación tal es universal” (Duvignaud, 1977: 57).
En este descubrimiento de la posibilidad del parentesco como estructurante de la sociedad primitiva está el interés que presenta Morgan, más que en la exposición didáctica del “ya superado” programa o paradigma evolucionista de la antropología y la teoría social. No nos importa cuánto de Morgan se corresponda fielmente a esa falsa homogeneidad que hoy la historia de la ciencia quiere ver en un evolucionismo, sino que la fuerza teórica de Morgan se manifiesta desde que en su Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family de 1871,
“postula la existencia de un sistema común a los diversos agrupamientos, aunque estos últimos sean... distintos de nosotros... Esta identidad de regla es el principio de todo el análisis de Morgan, mucho antes del ajuste de unos tipos en otros, en la continuidad del tiempo, o la justificación de la familia monógama como resultado ideal de todos los sistemas salvajes y bárbaros. La idea de que una reglamentación formal se relaciona con la sexualidad es probablemente la matriz de toda la antropología... Hay que alabar a Morgan por no extraer de esto ninguna conclusión filosófica, psicológica o metafísica, y por atenerse a la exacta observación de la continuidad así definida” (Duvignaud, 1977: 579).
Nótese que, por lo tanto, Morgan ha descubierto parcialmente lo que un Freud o un Lévi-Strauss pasarán a exponer en años muy posteriores acerca del tabú del incesto: la regulación de la sexualidad (en Morgan el abandono progresivo del matrimonio consanguíneo) es la que puede dotar de especificidad al hombre, y de ser la matriz de las relaciones que un hombre puede establecer con otro (en Freud, la "dolorosa" renuncia a tomar determinadas mujeres, en Lévi-Strauss, cómo esta renuncia señala el paso de la naturaleza a la cultura, y cómo permite la posibilidad de establecer otras relaciones más amplias a través del intercambio de las mujeres a las que se renuncia). La de Morgan es una
“clasificación en tipos, en sistemas diferentes, diferenciados por la relación del hombre y de la naturaleza, de la materia y del deseo, sin la que el ser humano sería una piedra o nada: esta búsqueda y satisfacción de la subsistencia preceden al surgimiento del poder..., de la comunicación..., de «la organización de la sociedad sobre la base sexual” (la familia), de las creencias sobrenaturales..., de la vida doméstica indisolublemente ligada a la organización del medio..., de la propiedad privada” (Duvignaud, 1977: 60).
Si bien está equivocado en el nivel empírico, cuando establece que las terminologías de parentesco señalan la continuidad y la ruptura con una práctica pretérita de interrelación de los hombres, se está intuyendo la dirección apropiada.
“Aquí comienza, a través de la identificación de los términos y de los sistemas, de la lógica compleja de los ajustes y de las supervivencias, de la composición de una lógica que responde a una política del deseo traspuesto en lógica formal del cambio... La lógica de Morgan no deduce al hombre por el lugar que ocupa en una cabalgata histórica sino del desgarramiento continuo, interno que opone las «supervivencias» y el presente” (Duvignaud, 1977: 83).
Aunque se haya equivocado en las formas familiares, en las costumbres matrimoniales y en las instituciones sociales supuestas en el pasado universal humano, lo importante de Morgan es haber establecido una relación de una “serie de instituciones” con el progreso de las costumbres, “el progreso de la familia a través de sus formas sucesivas” (Morgan, 1980: 494) y etapas globales (períodos étnicos) del progreso de la humanidad como especie señaladas por avances tecnológicos, por mucho que semejantes etapas no sean ni universales, ni necesarias ni posiblemente reales en un grupo histórico-cultural particular (ni siquiera se ajusta a la historia “real” de Occidente). Cuando encuentra que “el sistema de parentesco permanece inerte y resiste al cambio, mientras la familia, en tanto que grupo, constituye un elemento dinámico, innovador” [Duvignaud, 1977: 70], lo que lo conduce a
“inventar y a reconstruir lógicamente una situación que... llama «original» [promiscuidad sexual, familia consanguínea, en el salvajismo inferior] y que corresponde a una realidad atestiguada a contrario [a decir, por su ausencia] por todas las formas salvajes... deducida de la contradicción entre familia y parentesco punalúa o sindiásmico: este tipo de familia debe de haber existido, ya que el estado de la familia observable supone necesariamente esta promiscuidad sexual original y puesto que el sistema de Hawai... remite a ella inevitablemente a ella... Una necesidad lógica basta para crear la existencia real” (Duvignaud, 1977: 71).
La existencia real es discutible, pero que una necesidad lógica (o al menos una opción posible en un número limitado de ellas) en las prácticas primitivas pueda ser establecida, es un gran avance y una gran evidencia de vigencia. De hecho, Morgan nunca es tan rígido y deja lugar a la duda, pues la “ordenación en series es, en parte, hipotética” (Morgan, 1980: 494) que “puede ser modificada y tal vez puede experimentar cambios esenciales en algunos de sus postulados” (Ibíd.: 503). Si bien los cambios esenciales no fueron de algunos, sino quizá de todos, en forma de una negación, lo considerable es que el orden en series se establezca por “una conexión íntima e indiscutible entre ellas” (Ibíd.: 494) si esta conexión se entiende como aquella que se da en la estructura profunda de cada cultura en particular, y que su intimidad e indiscutibilidad se refiera a su lógica subyacente, a su determinación estructural.
“La tipología o la nomenclatura de los sistemas resulta de... [un] equilibrio que permite a las experiencias dispersas en el tiempo y en el espacio cristalizarse según configuraciones simples cuyo principio o idea conciernen a una definición única y válida más allá de las particularidades fragmentarias e históricas.” (Duvignaud, 1977: 64).
La noción de la unidad psíquica de la humanidad está siempre presente tras esto, y es lo que unirá a Morgan con las búsquedas del estructuralismo del Espíritu Humano.
“Cada forma o cada tipo humano (salvajismo, barbarie, civilización) encarna según su propia forma y siguiendo soluciones siempre originales, los pocos elementos de una racionalidad que descansa sobre un reducido número de «ideas». La discontinuidad entre estos tipos está... acentuada más que la evolución de un tipo a otro” (Duvignaud, 1977: 56).
Lo rescatable de Morgan está en el señalamiento en la posible pluralidad (discontinuidad) de las racionalidades, detrás de la que subyacen los universales humanos, la Racionalidad del Hombre. Si bien la idea, especulativa y conjetural, es lo que requerirá una ruptura de los antropólogos inmediatamente posteriores (p. ej., Malinowski y Radcliffe-Brown) con el programa evolucionista, la especificidad de Morgan concedida por su intuición de una visión estructural y la gesta del Grial del Universal Humano, es lo que le concede su vitalidad desde el estructuralismo y su capacidad de ser antídoto, igualmente humanista, del acérrimo anticientificismo posmoderno.
Elaborado por
- Daniel Alberto Alegrett Salazar
- Daniel Rodríguez Galán
- Gabriel Ernesto José Torrealba
Bibliografía
La bibliografía se incluirá en la última entrega.
Posted by dalegrett at 10:32 AM | Comments (1) | TrackBack
Agosto 26, 2005
Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (I)
Introducción
La historia es bien conocida por todos. Al cierre del siglo XVIII en Francia —hasta poco antes el poder hegemónico en Europa, y “por ende” (quiérase o no), el poder hegemónico en el mundo—, una “revolución” colocó a la burguesía en una posición dominante, destro-nando y haciendo rodar las cabezas de la aristocracia —centro del poder del fenecido régimen feudal—, mientras la masa del pueblo, del que se sirvieran los burgueses, entonaba ilustrados cantos de «libertad, igualdad y fraternidad», que justificaban ante todos el movimiento revolucionario.
Libertad, igualdad y fraternidad concebidas dentro de un proyecto de clase para la organización social y política. Eran la libertad, la igualdad y la fraternidad del burgués. No resultaron serlo para nadie más si no servía a sus intereses. La culminación de la disolución de la sociedad feudal en la doble decapitación de los nobles y la formación, con el revolucionario desarrollo industrial, de un proletariado explotado en el irrisorio precio de su fuerza de trabajo, liberado para su venta únicamente del vasallaje feudal, para el cual a su vez había sido manumiso por el esclavista.
Un sistema tal, basado en la oculta explotación del hombre alienado de su trabajo por el hombre (cada vez más ocioso pero también cada vez más astuto) apropiador de los excedentes producidos, tenía que resultar de una o en otra ocasión en crisis. Y estas se iniciaron bien pronto tras el triunfo de la burguesía.
A los pies del burgués, los aristócratas bregaban por restaurar sus feudos y sus afeites; los pequeños burgueses, los artesanos y otros ubicados en los redefinidos sectores medios bregaban ante la competencia desleal de la producción industrial y las actividades financieras. Sufrían la amenaza de deslizarse hacia el proletariado. Secundados por intelectuales surgidos de sus propias filas y que hacían eco a sus intereses (sea recuperar el viejo orden feudal o establecer un nuevo orden agrícola-industrial), prolongaron durante años contraataques, contrarrevoluciones al burgués que no tenían otro efecto que producir reacomodos del sistema en mayor beneficio del capital: las revoluciones destinadas a destruir la máquina, terminaban alimentándola, como decía Marx en el 18 Brumario (sin prever que las “revoluciones” inspiradas por él tuvieron resultado similar). Pero esta mayor integración e integridad del sistema es correlato a una mayor diferenciación dentro del sistema. De la diferencia (social) surgía su conciencia (social).
En el principio la parte de los intelectuales había sido empujar la Revolución Burguesa con el proyecto inacabado de la Ilustración. Encontrándola oscurantista, derrocaron a la Fe y entronaron a la Razón, una Razón que se convirtió en la Razón ya no del Verbo Divino, sino en la Razón del Estado. El Estado era la Razón. Lo racional era lo real y lo real, la existencia real, era la condicionada por el capital, el agente diferenciador. El capital era la razón social. El capital era la relación social. Ya no había otros hombres sino sólo los propietarios de los medios de producción, y la fuerza de trabajo que se entregaba a ellos en prostitución estaba desprovista de toda humanidad. La tecnología sólo contribuía a arrancarles (de) su naturaleza (humana). Una ilusión arcaica comenzaba a ser un sueño recurrente en los durmientes revolucionarios.
La diferencia ya no podía pretender ser invisible. El eje de la apropiación situaba claramente en opuestos simétricos a los componentes del cuerpo social. La anatomía bilateral era demasiado evidente para pasar desapercibida a los intelectuales, que debían justificar el sistema o manifestar su descontento ante él.
La noción de la diferencia les había venido por choques. Las ansias acumulativas habían desarrollado las fuerzas productivas. El interés por la extensión de las tierras laborables, la optimización de los instrumentos de trabajo, y por el aumento de los trabajadores efectivos había desplegado al naciente capital hacia el Oriente y hacia el Occidente. Y, oh sorpresa, se encontraron con quien lidiar sus ansias... o tal vez mejor... con quien satisfacer sus ansias. Eran extraños, pero bien podían ser útiles. Si no, simplemente se les barría.
La estrategia de expoliación metalista de los ya pretéritos Imperios Mercantilistas que ilustraron los últimos tiempos del Despotismo Monárquico, los llevó a desconocidos lugares donde la diferencia no hacía sino brillar. Los intelectuales se iniciaron a explicarla, ora por la curiosidad, ora para justificar las actividades, ora para dirigir las actividades. Las tres no son excluyentes sino, antes bien, lo contrario.
Pero cuando la diferencia no sólo estaba fuera de casa sino dentro de ella, y se hacía cada vez más insalvable, los intelectuales también se vieron abocados a ella. De nuevo, para justificar el sistema, para espolear el sistema o para desacordar del sistema. Algo estaba ocurriendo dentro de él que hacía necesario que se le pusieran las riendas, en una dirección o en otra.
Y es así, como hijas de la disolución de formas sociales y advenimiento de nuevas, hijas de encuentros entre extraños y dominación de ellos (el Colonialismo), hijas del interruptor entre el Oscurantismo y la Ilustración, hijas en fin de los grandes proyectos sociales (siempre proyectos de clase), nacieron las Ciencias Sociales.
En la propia casa empezaban a abundar las locas: desde la simple histérica, el profeta psicótico hasta el revolucionario “sociópata”. ¿Cómo había que enfrentarse a algo tan extraño como la loca de la casa? La lógica que se tuvo fue igualar la extrañeza que producía esta loca con la extrañeza del extranjero.
“Por la naturaleza misma de las materias tratadas en el presente volumen, tendré que consignar muchas ideas y muchos hechos, para nosotros abominables; tantos, en verdad, que, si paso por ellos sin comentarlos y condenarlos, es por temor de fatigar al lector con una repetición enojosa de desaprobaciones sin cuento” (Lubbock, 1943: xi).
Las extravagancias del anómico propio podían equipararse a las extravagancias del retrasado ajeno. El antisocial, el neurótico, el primitivo. De una Ciencia Social de lo extraño, de una Sociología de lo extravagante nació la Antropología (si le metes al niño lo convier-tes en Psicología): el intento de explicar al hombre, el Uno, por lo que se duda que pueda serlo: el Otro.
En casa, en Europa, la situación estaba difícil. ¿A dónde iba la cosa? El orden social era regido por instituciones diferenciadas situadas alrededor de la Razón del Estado. Si se que-ría llevar el orden social a algún lado, había que entender el orden social. Y la explicación para la ontogenia del orden social quizá se encontrara en su filogenia. Todo evolucionaba desde un estado primitivo más simple, ¿no? Se había progresado a una complejidad más alta, pero no estaba produciendo todo el gusto que se quería. Luego, si se retrocedía a una explicación de sus orígenes, quizá se hallaran las leyes que lo regían, y una vez que se conociesen semejantes leyes, al aparato se le podía poner una dirección bien definida, ¿no?
Así que los “antropólogos” entraron al servicio de los profetas sociológicos que querían darle una dirección al orden social. Se encargarían de hacer un seguimiento hacia atrás, un rastreo, de las instituciones fundamentales del orden social burgués, convencidos, como estaban, por resignación, o por reacción edípica de negación y renegación de la perfección y condición prístina de la creación de Yahvé, de que el hombre (el burgués) venía del mono, el civilizado del salvaje. Sólo así podía saber cuánto había ganado en el nuevo orden.
“Nada hay quizá más instructivo sobre la verdadera condición de los salvajes que sus ideas a propósito del parentesco y el matrimonio; como no cabe prueba más concluyente de las grandes ventajas de la civilización que el progreso realizado, gracias a ella, en las relaciones de los sexos” (Lubbock, 1943: 53).
Mas el carromato del Estado tenía una quinta rueda estorbando. La familia tenía una quinta rueda. La economía tenía una quinta rueda. Y así, todas las instituciones con quintas ruedas que sólo complicaban su adecuado funcionamiento dentro de los intereses dominantes (¡oh, que cuidado y se olvidan, son los intereses de la clase dominante!). Había que optimizar su desempeño. “¿Cómo se optimiza el Estado? ¿Cómo se optimiza la familia? ¿Cómo puedo optimizar mi apropiación? ¿Cómo se optimiza etc.?” se respondía a veces primero a la manera metafísica y luego a la manera ilustrada con un “Dime primero qué es el Estado, qué es la Familia, qué es la Propiedad, etc.” Pero la Ilustración inacabada no acabó sus respuestas al Espíritu Positivo, y la opción finisecular de responder a las preguntas ilustradas a las preguntas de las crisis decimonónicas fue responder con otro grupo de pre-guntas: “Dime primero, ¿de dónde viene el Estado? ¿De dónde viene la Familia? ¿De dónde viene la Propiedad? ¿De dónde el Derecho? Etc.” El nuevo orden exigía principios, y los principios eran cronológicos.
“El estudio de las razas inferiores, aparte de su utilidad inmediata para un Imperio como el nuestro, es de gran interés desde tres puntos de vista. En primer lugar, la condición y las costumbres de la vida salvaje se asemejan bajo muchos aspectos, aunque no en todos, a la de nuestros propios ante-pasados en una época ya lejana. En segundo lugar, ilustran mucho de lo que ahora está pasando entre nosotros —muchas costumbres que eviden-temente no tienen ninguna relación con las circunstancias actuales, y al-gunas ideas que se han incrustado en nuestros espíritus, como los fósiles en las rocas—. Por último, gracias a ellas, podemos disipar una parte de las nieblas que separan el presente del porvenir” (Lubbock, 1943: 1).
Con la curiosa lógica circular de preguntarse de dónde viene algo para responder qué es ese algo, lo que nos dice que ya se sabe qué respuesta se le quiere encontrar, se dedicó a la tarea la ciencia de los estados (aquí se quiere decir “estadio”) prístinos, que ya eran tan extraños en un orden social evolucionado: la Antropología. Con la opción, claro está por tantas veces sugerido, del Evolucionismo Sociocultural. Si el problema era que las cosas cambiaban (o quizá, realmente, que las cosas cambiaran) las soluciones tenían que ser teorías que tuvieran por centro el cambio. El cambio idealizado. El cambio arrastrado a la metafísica: la evolución.
“El evolucionismo… fue algo más que una mera teoría: fue una filosofía, una teodicea, una visión moral, un sustituto de la religión. Vio en la evolución y en el progreso las nociones clave para la interpretación de la vida humana y para la justificación del sufrimiento humano; estas nociones no se reducían meramente a explicar, conferían significado moral y orden al mundo. Dada una concepción tal, era bastante inevitable que los pueblos arcaicos, «primitivos», adquirieran un interés especial, ya no como curiosidades, sino como prueba de nuestro propio pasado definitivamente evolucionista. La antropología nació, de hecho, como la ciencia de la máquina del tiempo”
“El planteamiento de máquina del tiempo tuvo el curioso efecto de hacer que se viera a las sociedades como manojos de supervivencias: aun cuando el investigador viera en los pueblos tribales la prueba de nuestro pasado, la perspectiva profundamente diacrónica le llevaba a su vez a explicar en cierta manera sus propias peculiaridades en función de otro pasado más remoto, remontándose todavía más. (Este pasado más remoto únicamente podía ser reconstruido mediante una teoría cuyas bases empíricas resultaban ser la reconstrucción deducida a partir de la teoría misma, un procedimiento descaradamente circular…)” (Gellner, 1987: 20-21).
El Espíritu de la Época era el cambio. El Espíritu de la Época hablaba a través del cambio. La época misma era el cambio, así que en una época de novedades, ¡no era novedad el cambio! Son leyendas las del siglo XX las que colocan en el siglo XIX una lucha sangrienta por establecer una matriz epistémica que construía su espacio en la Evolución. Las disputas, si bien animosas eran académicas y amistosas, eran más generalizadas que pertenecientes a una élite de pocos genios iluminados y pioneros, más dentro de la Ciencia y de la Re-ligión que entre la Ciencia y la Religión. No eran disputas de la Evolución, sino discusiones acerca de los mecanismos y los caminos de la tal evolución. Las matrices de opinión pertenecían a los distintos intereses detrás de la evolución, y no a las distintas teorías sobre la evolución, que eran el producto de esos intereses.
Y está bien dentro del espíritu de la época… o recuperando el tono materialista del espíritu de la época en una de sus voces: más que bien correspondía al modo de producción que las nociones que se forjaran acerca de la evolución fueran modelos que consideraran la competencia y el conflicto (si no son lo mismo para varios). Las reminiscencias del viejo orden eran conflictivas en el nuevo régimen, pero eran indesechables para establecer necesarias desigualdades y diferenciaciones dentro del sistema: conocerlas era controlarlas. Mientras la nostalgia y la presencia de los residuos Antiguo Régimen explicaban la desfun-cionalidad del sistema, la explicación fue histórica, pero cuando las contradicciones dentro del sistema se hicieron inherentes a la diferenciación estructural del sistema, la explicación se refirió a su mecánica más que a su historia. Sin embargo, subyace una necesidad de control por parte de los sectores institucionales del poder por controlar las contradicciones in-ternas de su nuevo orden. La antropología podía proveer los principios para asumir estas diferencias como necesarias al sistema tanto por su historia como por su función estructurante, a fin de que los órganos del poder controlaran, pudieran manejar la diferencia a su servicio.
“El conocimiento de los salvajes modernos y de su género de vida nos permite concebir más claramente y descubrir con más exactitud los usos y costumbres de nuestros lejanos antecesores” (Lubbock, 1943: xi).
La antropología podía ver en los sistemas ajenos (ahora apropiados) cómo se había dado este control. El evolucionismo y el funcionalismo (bioculturalista o estructural) fueron exigencias lógicas del nuevo orden. La optimización de cada institución requería que esta fuese explicada en su historia y en su función:
“Siento el deseo de dar a luz esta parte de mi obra, con la esperanza de que pueda contribuir en algo al progreso de una ciencia, de profundísimo interés en sí misma, y de especial importancia para un imperio como el nuestro, que abraza razas en todos los grados de civilización alcanzados hasta el día por el hombre” (Lubbock, 1943: xiii).
Tal es el contexto en el que surge el pensamiento de Morgan, Malinowski y Radcliffe-Brown, señalando procesos más que hitos del Espíritu Humano.
Elaborado por:
- Daniel Alberto Alegrett Salazar
- Daniel Rodríguez Galán
- Gabriel Ernesto José Torrealba
Bibliografía
Posted by dalegrett at 10:15 AM | Comments (1) | TrackBack