Septiembre 05, 2005

Familia tomada por sociedad: Reflexión sobre Incesto y Parentesco como principios de la Organización Social en el Estructuralismo y en el Marxismo (VI y última)

¿Por qué las mujeres como don excelente? ¿Se las valora como mercancías? ¿Maquinaria reproductora en un sistema de transferencia tecnológica?

“La prohibición del incesto lógicamente tiene como primera meta congelar a las mujeres en el seno de la familia, con el fin de que el reparto de mujeres, o la competencia por ellas, se haga en el grupo y bajo el control del grupo y no bajo un régimen privado” (Lévi-Strauss, 1998: 80);

es decir que la prohibición del incesto, al igual que la exogamia como la expresión social ampliada,

“constituye una regla de reciprocidad. La mujer que se rechaza y que os rechaza es por ello mismo ofrecida” (Ibíd.: 89).

Se sustituye al azar por la organización, la filiación que es un hecho azaroso pasa a la alianza que es un hecho que implica organización.

Dado que la prohibición de mujeres es la regla que ordena ceder mujeres para recibir otras, y que

“la prohibición del incesto no es una prohibición como las otras; es la prohibición bajo su forma más general… La prohibición del incesto es universal como el lenguaje” (Lévi-Strauss, 1998: 571; énfasis en el original),

quizá esta referencia al lenguaje permita entrever que la cuestión sea una de comunicación.

“Las mujeres… son tratadas como signos, de los que se abusa cuando no se les confiere el empleo reservado a los signos, que es el de ser comunicados” (Lévi-Strauss, 1998: 574).

¿La intelectualidad en rosa de Lévi-Strauss cedería su lugar a la crítica de la sociedad? Si la propiedad es robo, apropiarse las propias mujeres lo es también. Robo es la negativa a comunicar, a intercambiar lo propio.

“El matrimonio es la condición para que se realice la reciprocidad y así cada vez pone en juego la existencia de la reciprocidad” (Lévi-Strauss, 1998: 566).

El principio de la reciprocidad constituye lo que son las obligaciones por parte de un grupo de retornar lo que le ha sido dado a través del intercambio de los bienes.

“El intercambio, fenómeno total, es en primer lugar un intercambio integral que incluye el alimento, objetos fabricados, y esa categoría de los bienes más preciosos: las mujeres” (Lévi-Strauss, 1998: 101).

Según Lévi-Strauss los regalos recíprocos se basan en una forma especifica de transmisión de los bienes cargada de una connotación que va más allá de lo meramente económico.

“Las mercaderías no solo son bienes económicos sino son vehículos e instrumentos de realidades de otro orden: potencia, poder, simpatía, status, emoción; y el sabio juego de los intercambios… consiste en un conjunto complejo de maniobras, conscientes o inconscientes, para ganar seguridades y precaverse contra riesgos en el doble terreno de las alianzas y las rivalidades” (Lévi-Strauss, 1998: 93).

Al parecer, los actos de intercambios están presentes en todas las sociedades, no obstante, el intercambio que se presenta como forma de donaciones recíprocas obtendría una mayor presencia entre las sociedades “primitivas” que en la nuestra.

“Porque el matrimonio es intercambio, porque el matrimonio es arquetipo del intercambio, el análisis del intercambio puede ayudar a comprender esa solidaridad que une la donación y la contradonación, un matrimonio con los matrimonios restantes” (Lévi-Strauss, 1998: 560).

El intercambio representaría un principio de la movilidad de la organización social ya que permitiría establecer relaciones que evitarían los aislamientos excesivos que, según Lévi-Strauss, resultan dañinos a la convivencia de un grupo (reñirse por la propiedad de lo propio). Igualmente, los intercambios mantienen de alguna forma a raya hostilidades potenciales presentes en los distintos grupos, es decir, los intercambios significan alianzas, o como dice Lévi-Strauss, son las resoluciones pacificas de las guerras que además pueden ser el resultado de transacciones desiguales (Lévi-Strauss, 1998: 107) De esta manera, plenamente funcionalista, con la reciprocidad se eliminarían (no de manera definitiva) las situaciones de miedo y desconfianza para pasar a alianzas amistosas, necesarias para la convivencia dentro y entre los grupos.

“Las reglas del parentesco y del matrimonio agotan, en la diversidad de sus modalidades históricas y geográficas, todos los métodos posibles para asegurar la integración de las familias biológicas en el seno del grupo social” (Lévi-Strauss, 1998: 570-571).

Así, cada grupo tendría la necesidad social de intercambiar bienes, ya sean los más sencillos, como los bienes más personales (tierra y mujeres) con el fin de establecer ciertas alianzas que conllevaran beneficios para la organización de la vida den sociedad. El intercambio por el intercambio, no por el beneficio avaricioso. Seguiremos sin hallar un crítico en Lévi-Strauss, sino a un filósofo, más que marxista, buensalvajista marxistoide. Es manifiesto que la noción post-marxista de la racionalidad económica estrecha, es reproducida por marxistas que fungen como sus críticos (no podía ser de otro modo al negar oligofrénicamente Marx la existencia de un Proudhon —“pequeño-burgués—, un Bastiat —economista vulgar—, o un Bakunin —el primer traductor del Capital al ruso—).

Las relaciones de poder en los sistemas de intercambio obviamente se pasean por la doble acción de dar y recibir. El tener la capacidad de ofrecer marca una fuerza que se ejerce sobre el otro grupo, fuerza esta que se contrarresta con una reciprocidad equivalente. El grupo que dona los bienes más valiosos tiende a subyugar simbólicamente al otro que no lo iguala, originando así los desvaríos (crecimiento o disminución) de los estatus grupales. De la misma manera, los recibimientos son una forma de donación, el acto de aceptar desplaza los posibles rechazos que despertarían las hostilidades. Al aceptar se donaría confianza.

En la vida de los llamados pueblos “primitivos”, el carácter económico es manejado por instituciones “plurifuncionales” como la del parentesco.

“Las reglas del parentesco y del matrimonio no se hacen necesarias por el estado de sociedad. Son el estado de sociedad mismo” (Lévi-Strauss, 1998: 568).

El intercambio marca las situaciones de alianza entre y dentro los grupos que van a suplantar las hostilidades y los intercambios hechos por los grupos.

“Lo que, para todo pensamiento social, hace del matrimonio un misterio sagrado es que, para cruzarse, es necesario que los términos [amor conyugal y amor familiar] se junten por lo menos un instante. En ese momento, todo matrimonio roza el incesto; aun más, es incesto, por lo menos incesto social: si es cierto que el incesto… consiste en obtener por sí mismo y para sí mismo, en lugar de otro y para otro” (Lévi-Strauss, 1998: 567).

Es aquí donde entran de nuevo las reglas de la exogamia y la prohibición del incesto que según Lévi-Strauss se explican, junto con la donación reciproca, a través de un carácter común que seria la repulsión de lo individual y la “reprobación social contra el consumo unilateral de ciertos bienes” (Lévi-Strauss, 1998: 101). Para la realización de los intercambios se ritualizan los usos de los excedentes económicos para adquirir prestigio grupal o individuales. De esta manera vemos que a partir de una cierta desviada sobreproducción de bienes materiales a complacer zalameramente (un opio) a los congéneres (huele a marxismo, pero no es) se estarían erigiendo una serie de hechos de carácter más simbólico donde se tejerían complejas relaciones de poder político que rigen un tipo especifico de organización social.

Uno de los postulados de la propuesta de Lévi-Strauss se basa en la presencia de una cierta unidad y coherencia que se esconde detrás de los hechos empíricos (Martin, 1995: 22) Uno de los principios que emergen según Lévi-Strauss detrás de la realidad social es una tendencia presente en casi todas las partes del mundo a la

“bipartición de los seres y de las cosas en el universo y las mitades están asociadas con oposiciones características…: lo Claro y lo Sombrío; el Día y la Noche; el Invierno y el Verano…; lo bueno y lo malo)” (Lévi-Strauss, 1998: 109).

Una organización dualista del mundo de los hombres.

Las organizaciones dualistas no se presentan en todo el mundo pero sus esquemas según Lévi-Strauss subyacen en todos lados agregando además que se asocian con mayor frecuencia a las culturas “primitivas”, en donde este tipo de organización surge antes con un carácter funcional que como un origen único y primigenio (Lévi-Strauss, 1998: 110).

La organización de tipo dualista adquiere una gran fuerza en lo que es la cosmovisión de los pueblos, enmarcados precisamente en lo que son las mitologías.

“Las organizaciones dualistas presentan muchos rasgos en común: la descendencia es, por lo general, matrilineal; dos héroes culturales, a veces hermano mayor y menor, a veces gemelos, desempeñan un papel importante en la mitología” (Ibíd.: 109),

a veces de antagonismo, otras de necesaria complementariedad, otras de inversión de términos: oposiciones binarias.

En cuanto a lo que es la organización social y específicamente la de los pueblos “primitivos”, la organización dualista la define Lévi-Strauss como

“un sistema en el que los miembros de la comunidad-tribu o aldea-se reparten en dos divisiones, las cuales mantienen entre si relaciones complejas que van desde la hostilidad declarada hasta una intimidad muy estrecha y donde, en general, se encuentran asociadas diversas formas de rivalidad y de cooperación” (Lévi-Strauss, 1998: 109).

El sistema dualista constituiría la puesta en forma de la reciprocidad, ya que los grupos se dividen en mitades exogámicas para intercambiar bienes que les hagan falta pero sobre todo para el intercambio de las mujeres.

“A menudo estas mitades son exogámicas, vale decir, que los hombres de una no pueden elegir a sus esposas mas que entre las mujeres de la otra y viceversa. Cuando la división en mitades no regula los matrimonios a menudo otras formas de agrupamiento asumen esta función… clanes, sub-clanes, o linajes exogámicos; por fin, por modalidades del matrimonio que dependen de formaciones especializadas denominadas clases matrimoniales” (ídem).

Las separaciones de los grupos en mitades resultan ser actitudes muy frecuentes en cualquier parte del mundo. En el seno de nuestra sociedad resultaría ser muy evidente, entre otras actividades, en las de tipo deportivo (Caracas y Magallanes). Igualmente, en las actividades del ámbito político suceden con frecuencia los mismos actos, existen siempre bifurcaciones que dan cabida a la hegemonía de dos grupos principales, quedando siempre terceros y cuartos desplazados en importancia (Socialismo y Capitalismo; Demócratas y Republicanos; Oficialismo y Oposición). No obstante estas dualidades no mantienen en ningún momento cierto equilibrio estable, su tendencia es a que uno de los componentes domine sobre el otro. ¿Se alivia la desigualdad intercambiando mujeres en las sociedades con estructuras “complejas”? La elementalidad de ceder una escuálida a cambio de una chavista es allí imposible. Pero si consideráramos que una sociedad “simple” no significa estructura compleja (como lo prueban algunos australianos, los Crow, los Omaha), ¿hasta dónde llegan las estructuras elementales en las sociedades “primitivas”?

Para Lévi-Strauss la exogamia y la prohibición del incesto marcan al mismo tiempo que una prohibición una orden, la cual consiste en tomar las mujeres de los otros grupos en los cuales los respectivos hombres también cumplieron con esa regularidad de ceder a sus mujeres. “El incesto es socialmente absurdo antes de ser moralmente culpable” (Lévi-Strauss, 1998: 562). La prohibición del incesto es más bien “el principio de la división de los derechos matrimoniales entre las familias”, pues “simplemente viene a afirmar que las familias… pueden solamente casarse entre ellas y no dentro de ellas” (Lévi-Strauss, 1975: 379). Es así como a partir de normas fundamentales de la cultura como la prohibición del incesto y la exogamia el principio de la reciprocidad se ancla en el centro de la organización social, siendo el intercambio de mujeres uno de los actos de mayor trascendencia. De esta manera, las mujeres (que constituyen el bien por excelencia) representarían un valor constituido por los estímulos naturales (¿?) de la reproducción, y que además, su utilización para la satisfacción de los instintos (¿?) sexuales no tienen un carácter inmediato aunque fundamental; lo que permite darle una connotación de otro orden ante el resto de los bienes.

Los intercambios ya sean de bienes económicos como de mujeres atenderían a principios de equilibrio en la organización social marcados por la reciprocidad. La reciprocidad permitiría evitar la excesiva endogamia negativa, establecer alianzas, amistades ante la potencialidad de las guerras producto de las desigualdades, o como dice Lévi-Strauss, se pasaría de la angustia a la confianza y de las hostilidades a las amistades. (Lévi-Strauss, 1998: 101)

La importancia de los intercambios de las mujeres que vendrían siendo los actos consecuentes a la prohibición de las relaciones sexuales entre los miembros de un mismo grupo se explican según Lévi-Strauss de la siguiente manera:

“Como la exogamia, la prohibición del incesto es una regla de reciprocidad ya que únicamente renuncio a mi hija o a mi hermana con la condición de que mi vecino también renuncie a las suyas” (Lévi-Strauss, 1998: 102).

Sin embargo, en algunas sociedades la repartición de las mujeres no se da equitativamente. Se ha observado en algunos casos que una persona en particular posee más de dos esposas en una sociedad en donde las mujeres no abundan; pero esto no indicaría un verdadero desequilibrio, la persona polígama es en cierta forma un líder que esta en una suerte de deuda con su pueblo y la salda ofreciendo garantías y protección a sus subordinados, ofreciéndoles seguridad. Habría que recompensarlo por sus servicios. Para Lévi-Strauss la monogamia y la poligamia corresponde a

“dos tipos de relaciones complementarias: por una parte, el sistema de prestaciones y de contraprestaciones que conecta entre si a los miembros individuales del grupo; por otra, el sistema de prestaciones y de contraprestaciones que conecta entre si el conjunto del grupo y su jefe” (Lévi-Strauss, 1998: 81).

Prestaciones y contraprestaciones. Reciprocidad a pesar del desequilibrio. ¿No es esta una afirmación ideológica? Lévi-Strauss deja lugar para la crítica de la sociedad, pero es refractario a ella. El estructuralismo no está preocupado por transformar la sociedad. Ni siquiera la contempla en su gusto por una Psicología del Espíritu Humano, genérico, abstracto, universal.

Ya va. Un alto a los efluvios barrocos del conceptismo. El pretendiente a revolucionario debe tener los pies en la tierra. Hay historicidades de los hombres.

“La universalidad de la prohibición del incesto está lejos de haber sido probada y es dema­siado dudosa como para servir de base a toda la teoría del parentesco. Por otra parte es inútil para explicar la movilidad matrimonial” (Meillassoux, 1999: 24).

Meillassoux discute si la causa de la prohibición del incesto es sociológica, “la necesidad del intercambio de mujeres” y si “esta prohibición se vincula al derecho y a la moral”, o si su origen está en la naturaleza, constituyendo un dato “sobre el cual los hombres no tienen ningún poder” (Meillassoux, 1999: 23-24). Meillassoux no termina por creerle a Lévi-Strauss, a Robin Fox ni a Godelier. Un marxista no acepta las razones de un funcionalista demográfico, un estructuralista ni un estructural-marxista. Crítica a la economía política de la teoría antropológica.

“La prohibición del incesto es la transformación cultural de las prohibiciones endogámi­cas (es decir, proscripciones de carácter social) en prohibiciones sexuales (vale decir «natu­rales» o morales y de proyección absoluta) cuando el control matrimonial se convierte en uno de los elementos del poder político... El incesto es una noción moral producida por una ideología ligada a la constitución del poder en las sociedades domésticas como uno de los medios de dominio de los mecanismos de la reproducción, y no una proscripción innata que sería, en la ocurrencia, la única de su especie: lo que es presentado como pecado contra la naturaleza es en realidad un pecado contra la autoridad” (Meillassoux, 1999: 25-26, énfasis en el original).

En la época de la descolonización y de la teoría de la dependencia, del feminismo, en la fase neocolonial del imperialismo y a inicios del capitalismo tardío, ¿cómo puede ser comprendido rehuírle al incesto, tan caro a los hombres tan ansiosos por él?

“La religión, la magia, los ritos, el terrorismo supersticioso infligido a los subordinados, a los jóvenes y especialmente a las mujeres púberes, se incrementan; las prohibiciones sexuales y los castigos por su violación se multiplican adquiriendo un carácter absoluto… La endogamia se convierte en incesto, la prohibición en proscripción” (Meillassoux, 1999: 71).

¿Qué hay de emancipador en suponer que

“la sociedad pertenece al dominio de la cultura mientras que la familia es la emancipación, al nivel social, de esos requerimientos naturales sin los cuales no puede haber sociedad, ni tampoco humanidad” (Lévi-Strauss, 1975: 387)?

Prohibir el incesto, más que inútil, es fútil. Es un acto de coerción de los varones (mayores) de un grupo a expensas de otros varones (menores) del grupo a través del saber esotérico acerca del intercambio de mujeres. Es la manera de reservar para sí el privilegio y el beneficio propio (convertidos en deberes sociales) de la manipulación de las mujeres en los intercambios. El efecto de tal ginecomovilidad controlada por los mayores es la virtual esclavitud de mujeres y menores. Los menores deben agotar esfuerzos para conseguir una compañera. Sin embargo, la iniciativa individual está convenientemente descartada. Necesitan una compañera que lo complemente para su completitud como ser humano. La división sexual del trabajo es “una invención para hacer a los sexos mutuamente dependientes en materia social y económica, estableciendo así claramente que el matrimonio es mejor que el celibato” (Lévi-Strauss, 1975: 379), a conveniencia de los mayores. Las constricciones no dejan de pesar sobre la nueva pareja:

“Todas las prohibiciones matrimoniales tienen como único propósito el establecimiento de una dependencia mutua entre las familias…, las reglas expresan el rechazo por parte de la sociedad de admitir la existencia exclusiva de la familia biológica” (Lévi-Strauss, 1975: 383).

Si las prohibiciones la fundan, las prohibiciones la concluyen.

“Una familia no puede existir y reproducirse a través de las generaciones independientemente de otras familias. Esta interdependencia viene impuesta ante todo por la existencia universal de la prohibición del incesto y de la regla de exogamia que la acompaña” (Godelier, 1978: 224).

Si dos familias se han aliado a través de hombre y mujer, se han fundido y excluyen dentro de sí tomar de sí.

“La prohibición del incesto establece una dependencia mutua entre las familias, obligándolas a que, para perpetuarse, den origen a nuevas familias” (Lévi-Strauss, 1975: 379).

Ciclos largos o cortos, simétricos o asimétricos, se las arreglan para impedir toda autosubsistencia reproductiva.

“La prohibición del incesto establece una dependencia mutua entre las familias, obligándolas a que, para perpetuarse, den origen a nuevas familias” (Lévi-Strauss, 1975: 379).

Las familias se agotan al infinito y habrá que considerar mayores niveles. “No puede decirse que la sociedad consiste en familias… Son al mismo tiempo su condición y su negación” (Lévi-Strauss, 1975: 387). Fundándose en familias, las comunidades deben negarlas para considerarse a sí mismas, pues

“la proposición según la cual la comunidad se basta a sí misma sólo es cierta en lo que concierne a la producción; mientras que su reproducción, por el contrario, depende de su inserción en un conjunto de comunidades semejantes” (Meillassoux, 1999: 14).

¿Qué sucede cuando no es sólo los mayores de una comunidad, sino una comunidad mayor la que se reserva el derecho de promover la ideología “terrorista” de las reglas del parentesco y del matrimonio? ¿No se está reservando, en última instancia, el beneficio de reproducir las relaciones de producción? En último análisis, ¿no hace a otras comunidades dependientes de ella en lo económico? Ya hace tiempo que las sociedades habrán dejado de ser igualitarias y se asomarán los rangos y privilegios. Deberán integrar a otras comunidades subordinadas. Si les conceden alguna identidad, serán segmentos, castas o clases. Si se niegan a aceptarlos como su propia sangre pero sí como sus bestias, serán los imperios. De la comunidad doméstica por las jefaturas y cacicazgos hasta los reinos, Estados e Imperios.

La filiación deja de ser cuestión de flujo continuo de una misma sangre y la alianza deja de ser cuestión de juntar casas y huertos, de apilar ñames y tubérculos, de redistribuir semillas entre semejantes. Lo personal es lo político. Se convierte en una tarea de originar explotados, movilizarlos por los centros de producción y asegurarse la apropiación de sus obras por la naturalidad o divinidad de los impuestos, las elecciones por voto universal y la socialización del trabajo. Se desoye que a cada quien le toca lo suyo según su trabajo, y los Maestros Pensadores desde los centros esotéricos de la Universidad “autónoma” reproducen a través del parentesco, que establece el árbol de nuestras tres raíces en la ciudadanía y la Nación, que a cada uno según sus necesidades. ¿Necesidades que aprendemos a través de alocuciones presidenciales, entonamiento de himnos, izamiento de banderas, deferencias ante el Padre de la Patria, revoluciones que matan de hambre y desvisten de carne al ya desnudo? ¿Patria o muerte, valga la redundancia? ¿La Edad Dorada de la Comuna Primitiva es el fusil en la mano del trabajador?

Dudosamente...

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Bibliografía


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Septiembre 02, 2005

Familia tomada por sociedad: Reflexión sobre Incesto y Parentesco como principios de la Organización Social en el Estructuralismo y en el Marxismo (III)

Según una célebre división del trabajo intelectual entre Lévi-Strauss y Sartre, al corresponderle a la ciencia de la historia el análisis de la praxis, los antropólogos ya no debemos contentarnos con estudiar las prácticas, sino esquemas conceptuales dentro de una teoría de las superestructuras (Lévi-Strauss, 1997). La antropología marxista se aparta del empirismo del que es culpable el funcionalismo (cuando entendía como su objeto de estudio el quehacer diario de las comunidades) y del eleatismo estructuralista, y en su análisis de las infraestructuras de las sociedades “primitivas” sofisticadamente disuelve la distinción entre antropología e historia, abriendo el camino “correcto” hacia el entendimiento y la transformación de la praxis:

“El método marxista consiste en partir, no de la división técnica del trabajo en el seno de los diversos procesos concretos de producción [procesos de trabajo], caza, recolección, pesca, fabricación de instrumentos y artesanía, preparación y cocción de los alimentos, etcétera, sino de los «medios de trabajo», es decir, de las fuerzas productivas de la sociedad, de las constricciones que imponen y de las posibilidades que ofrecen a cada sociedad para extraer de la naturaleza sus condiciones materiales de existencia” (Godelier, 1978: 247).

Ante todo, como todos los viejos evolucionistas que los rodeaban en el s. XIX, los marxistas suponen a las sociedades que son el objeto de estudio tradicional de la antropología, próximas a la naturaleza. De hecho, el entendimiento original es que

La “comunidad tribal” es una “comuna salida directamente de la naturaleza: la familia ampliada a la tribu o ampliada por uniones matrimoniales entre familias, la asociación de tribus. Puede suponerse que el estado pastoral y el nomadismo en general son los primeros modos de existencia” (Marx, 1974: 112)

“La comunidad tribal, salida directamente de la naturaleza, o si se prefiere la horda (comunidad de sangre, de costumbres, etc.) es la primera condición de la apropiación de las condiciones objetivas de existencia y de la actividad reproductiva y objetiva (pudiendo esta actividad ser aquella de los pastores, cazadores, cultivadores, etc.).” (Ibíd.: 112-113)

Allí, “la apropiación real a través del proceso de trabajo se efectúa en condiciones que no están ligadas al producto del trabajo sino que aparecen como naturales o divinas” (Ibíd.: 113)

He aquí el esquema germinal para una antropología marxista que estudie las economías, organizaciones sociales e ideologías “primitivas”, pues estas mismas ya tienen una forma constante. Lo que primeramente se establece para ellas es una indiferenciación aparente de estas instancias, lo que las distingue del MPC, y sobre las que se monta la noción del parentesco.

“La ausencia precisamente de esa diferenciación entre base y superestructura que presu­pone la concepción materialista, es en efecto el sello distintivo de lo «primitivo» en el con­junto de las culturas humanas… La sociedad está ordenada por un único sistema coherente de relaciones, dotadas de las propiedades que reconocemos como características del «pa­rentesco», el que se despliega o dispone sobre varios planos de acción social. Los grupos y relaciones tribales son «polivalentes» o «multifuncionales»: ordenan todas las actividades que, en la civilización occidental, son objeto de desarrollos institucionales especiales. El parentesco, que es Occidente es una de esas especializaciones, confinada al aspecto domés­tico de la vida social, es en cambio el diseño de una sociedad como la de los talense [es decir, de sociedades como las tribales]. Sin embargo, desde la perspectiva del materialismo clásico, el parentesco es «superestructura», por más que sea la base de la estructura de la sociedad tribal… Son las principales relaciones de producción. Son también relaciones ju­rídico-políticas y rituales” (Sahlins, 1997: 17)
.

Paralelamente al marxismo clásico, la etnología clásica se aproximó a las distintas sociedades midiendo su organización por la vara de sus actividades. Con un materialismo “vulgar” común a toda la secularización del pensamiento reflexivo, la naturaleza técnica y económica de estas sociedades las pasó a caracterizar: sociedades cazadoras y recolectoras, horticultoras, agricultoras, y al fin de la escala, las industriales, observando además que en ello las distintas sociedades distribuyen las actividades diferentemente de acuerdo a edad, sexo, rango, clase, etc. Esta representación es la que a su vez caracterizó a los científicos sociales como “empiristas”, señores que no quieren ver más allá de sus narices y que por ello contribuyen a la reproducción del sistema, en lugar de transformarlo según la praxis “correcta” que estipula:

“Lo importante no es lo que producen los hombres sino la manera como lo producen” (Meillassoux, 1999: 21)

“Lo que distingue a las épocas económicas unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace, con qué instrumentos de trabajo se hace” (Marx, 1975: 132; citado también en Godelier, 1978: 247).

Los “empiristas” habían confundido la actividad técnica, el “proceso técnico de trabajo”, con el proceso social del trabajo que caracteriza un modo de producción. Mientras el “proceso [técnico] de trabajo es el proceso concreto de producción que se opera cada día” (Godelier, 1978: 245), el proceso social de producción, en cambio,

“pone en juego, por encima de la división sexual y generacional del trabajo, la posición de todos los individuos y de todos los grupos con relación a las condiciones de la producción, posición basada en su pertenencia a las secciones y en la relación de reciprocidad y de complementariedad de cada sección con las demás” (Ibíd.: 246).

De esta manera se constituyen las relaciones de producción, dado que

"estas relaciones sociales son a la vez las relaciones de los individuos y de los grupos entre sí en la división técnica del trabajo y su relación con los medios de producción y con el producto de su trabajo” (Ibíd.: 247).

Este trabajo o producción es de una manera particular, y finalmente los maestros pensadores del marxismo pueden hablar de la base de la sociedad, la infraestructura económica,

“el conjunto de las fuerzas productivas y de las relaciones sociales de los hombres entre sí y con la naturaleza, relaciones que dependen del nivel alcanzado por las fuerzas productivas y que programan y controlan el proceso social de producción de la condiciones materiales de la existencia” (Ibíd.: 242).

La nomenclatura hegeliana colocada sobre sus pies en lugar de su cabeza confunde al “empirista” como un trabalenguas y su incapacidad para la abstracción crítica le impide no reproducir el deseo técnico de control subyacente a la ideología capitalista. ¿Pero la Inmaculada Concepción ha librado a la autoconciencia crítica de la burguesía (alias “marxismo”) de esta falsa conciencia y de este deseo pernicioso de la Razón Instrumental? Como reflexionaba Marshall D. Sahlins alrededor del experimento de Peter Worsley, a su vez “crítico” del estructural-funcionalismo de Meyer Fortes, encontrando que el marxismo de Worsley no ha sido sino un eventual continuador de todo positivismo:

“Una condición al parecer necesaria para que pueda aplicarse el materialismo histórico clásico a las sociedades primitivas consiste en la reducción de las relaciones de producción concretas e históricas a una abstracta estructura de sombras que representa las necesidades de producción… Tal imposición del modelo de infraestructura-superestructura es justifi­cada a veces como el paso «científico» de las realidades aparentes a las realidades ocultas; sin embargo, más exactamente consiste en un intercambio analítico simultáneo de lo real por lo formal y lo histórico por lo eterno. Las relaciones concretas de producción son toma­das como una mera apariencia de necesidades técnico-formales, esta última abstracción es después cosificada como verdadera infraestructura. En consecuencia, el modo histórico real de producción es «explicado» mediante su reducción a pobres reglas positivistas de eficacia material” (Sahlins, 1997: 19n).

El resultado es que no había que esperar a un Godelier estructural-marxista para casar al materialismo con el idealismo, para encajar lo concreto en lo abstracto, y el contenido en las formas. ¿Son cosas distintas para el intelectual a la violeta el socialismo científico del materialismo histórico, el positivismo empirista del funcionalismo y el positivismo racionalista del estructuralismo? Como el delito puede ser inculpado más a los hijos que comieron del tótem que al padre asesinado por acumular mujeres, pasamos sin querer acusar de nuevo al poco inocente Marx y encontramos que para 1955 Lévi-Strauss declaraba en el juicio:

“Hacia los diecisiete años fue iniciado en el marxismo… La lectura de Marx me arrebató tanto más cuanto que a través de ese gran pensamiento tomaba contacto por primera vez con la corriente filosófica que va de Kant a Hegel; todo un mundo se me revelaba… Este fervor nunca se vio contrariado y rara vez me pongo a desentrañar un problema de sociolo­gía o de etnología sin vivificar mi reflexión previamente con algunas páginas del 18 Bru­mario de Luis Bonaparte o de la Crítica de la economía política… Marx enseñó que la ciencia social ya no se construye en el plano de los acontecimientos, así como tampoco la física se edifica sobre los datos de la sensibilidad: la finalidad es construir un modelo, estu­diar sus propiedades y las diferentes maneras como reacciona en el laboratorio, para aplicar seguidamente esas observaciones a la interpretación de lo que ocurre empíricamente, y que puede hallarse muy alejado de las previsiones… [Se demuestra que] comprender consiste en reducir un tipo de realidad a otro; que la realidad verdadera no es nunca la más mani­fiesta, y que la naturaleza de lo verdadero ya se trasluce en el cuidado que pone en sus­traerse” (Lévi-Strauss, 1973: 45-46).

Aunque es de lo más dudoso proclamarse teórico marxista sin apegarse a la praxis revolucionaria del marxismo, Lévi-Strauss siguió en sus trece en los Ochenta:

“Marx fue el primero en utilizar de forma sistemática en las ciencias sociales el método de los modelos. Todo El Capital, por ejemplo es un modelo construido en el laboratorio, que su autor hace funcionar para luego confrontar los resultados con los hechos observados” (Lévi-Strauss y Eribon, 1990: 148-149)

Pero más absurdo y ridículo que imaginarse a Marx vestido de bata blanca en lugar de detrás de las barricadas o en congresos obreros, es imaginárselo aplicando Rorschachs y TATs o recogiendo cantos y cuentos en las montañas de Nueva Guinea tras cruzar los mares del sur alborozado de un “sentimiento oceánico” del Imperativo Categórico de la Mente Racional:

Es a una “teoría de las superestructuras, apenas esbozada por Marx a la que deseamos contribuir, reservando para la historia… el trabajo de desarrollar el estudio de las infraes­tructuras propiamente dichas, que no puede ser principalmente el nuestro, porque la etnolo­gía es, en primer lugar, una psicología” (Lévi-Strauss, 1997: 193).

“Lo que vamos a buscar a millares de kilómetros o ahí cerca son medios suplementarios de comprender cómo funciona el espíritu humano. Por tanto, hacemos un género de psicología” (Lévi-Strauss y Eribon, 1990: 150).

Es en este entendimiento de la unidad psíquica del espíritu humano que podemos esperar que se nos hable de principios abstractos. La concreción de la sociedad primitiva se borra en cuanto hace suya ese principio fundamental y funcional universal que constituye la cohesión de cualquier sociedad, en cualquier tiempo y en cualquier espacio (a pesar de la “deshumanización en el capitalismo”), el principio organizador del parentesco. La noción de parentesco

“recubre un principio de organización social muy extendido… que tiende a institucionalizar y regularizar una función común a todas las sociedades…, la reproducción de los individuos en tanto agentes productores y reproductores, y, especial­mente en la economía doméstica, la reproducción social en general” (Meillassoux, 1999: 7).
Continúa en próxima entrega

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  • Daniel Alberto Alegrett Salazar
  • Daniel Rodríguez Galán
  • Gabriel Ernesto José Torrealba

Bibliografía

Se incluirá en la última entrega

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Septiembre 01, 2005

Familia tomada por sociedad: Reflexión sobre Incesto y Parentesco como principios de la Organización Social en el Estructuralismo y en el Marxismo (II)

Cada cultura, según Lévi-Strauss, y cada época marcan una determinada forma de pensar del adulto, que sin embargo surgen de unas condiciones mentales universales

“de tal manera que el niño trae consigo al nacer, y en forma embrionaria, la suma total de posibilidades de las que cada cultura, y cada periodo de la historia, no hacen mas que elegir algunas para retenerlas y desarrollarlas” (Lévi-Strauss, 1998: 135).

De aquí podemos ver que la concepción de ser humano destacada esta constituida por una carga de potencialidades uniformes (égalité) que vienen dadas por los genes (aun mejor que hablar de Contrato Social es hablar de Código Genético... lo que parece Código Napoleónico), iguales para cualquiera al momento de nacer, y en donde además las estructuras mentales que parten de lo biológico van a tomar un forma determinada dependiendo de la situación histórica y cultural.

Así

“las analogías entre pensamiento primitivo y pensamiento infantil no ser fundan pues, sobre una pretensión de carácter arcaico del primero, sino solo sobre una diferencia de extensión que hace del segundo una especie de punto de encuentro, o de centro de dispersión, para todas las síntesis culturales posibles” (Lévi-Strauss, 1998: 137).

La linterna Iluminista recoge (vuelve a coger) en un prisma las luces dispersas para establecer una nueva síntesis.

La Ilustración nos falló. Era el proyecto de clase de la burguesía al servicio de sus inte­reses burgueses de clase. Fue un robo. El naciente proletariado industrial exigía también liberación, recompensa y que le llegara la hora. De nuevo, la burguesía les mintió, pero aún tardan en darse cuenta: toda una nueva escatología milenarista surgió, amenazando Europa como un fantasma. El fantasma del comunismo al que Marx hizo racional.
“En una sociedad que sin cesar se transforma, la edad de oro, el sistema ideal de referencia, también cambia. Por tal razón nuestra crítica es también pensamiento utópico, búsqueda de una edad de oro que sin cesar se transforma. Nuestra sociedad ideal cambia continuamente y no tiene lugar fijo ni en el tiempo ni en el espacio; hija de la crítica, se crea, se destruye y se recrea como el progreso mismo. Un permanente volver a empezar: no un modelo sino un proceso. Tal vez por esto las utopías modernas tienden a presentarse como un regreso a aquello que no cambia: la naturaleza. La seducción del marxismo consiste en ser una filosofía del cambio que nos promete una futura edad de oro que ya el pasado más remoto, «el comunismo primitivo», contenía en germen. Combina el prestigio de la modernidad con el arcaísmo. Condenadas al cambio, nuestras utopías oscilan entre los paraísos anteriores a la historia y las metrópolis de hierro y vidrio de la técnica, entre la vida prenatal del feto y un edén de robots. Y de ambas maneras nuestros paraísos son infernales: unos se resuelven en el tedio de la naturaleza incestuosa y otros en la pesadilla de las máquinas» (Paz, 1967: 95-96).

No parece estar permitido interrogarse acerca de los orígenes del marxismo. Toda la literatura suele ser proletariamente programática y propagandística, y apropiada y convenientemente falta todo repaso a sus trayectos. Cosa curiosa en la que se pretende la ciencia de la historia que no se ubica a sí misma en su contexto histórico. No se nos recuerda que es obra de un judío burgués, que hablaba en alemán y trabajaba en una biblioteca inglesa. ¿Dónde queda el proletario alienado por Iglesia y Propiedad, analfabeta funcional? Nos cuestionaríamos así de qué conciencia de clase es una excreción la crítica de la economía política:

“Las ideas del socialismo moderno no han salido del cerebro de los proletarios, las han inventado los intelectuales, hijos de la burguesía y no de los trabajadores asalariados” (Mises, 1922: 372).

Su lingüística hegeliana nos recuerda constantemente de que buches se alimentó su pico:

“El materialismo histórico es, en verdad, la toma de conciencia de sí misma de la sociedad burguesa, y sin embargo, se diría, una toma de conciencia dentro de los términos de esa sociedad” (Sahlins, 1997: 166).

La crisis de subjetividad de la antropología, como práctica teórica occidental y moderna, ha provenido de la toma de conciencia de un ineludible etnocentrismo en su función crítica del Occidente que es su propio horizonte de sentido. Sin embargo, por milagrosa intervención de las Santas Contradicciones de Capital y Trabajo, el marxismo ha sido inmaculadamente concebido:

“La razón humana, [Marx] afirmaba, está constitutivamente incapacitada para hallar la verdad. La estructura lógica de la mente es diferente en las distintas clases sociales. No hay tal cosa como una lógica universalmente válida. Lo que la mente produce no puede ser nunca nada más que «ideología», esto es… un conjunto de ideas que enmascara los intereses egoístas de la propia clase social del pensador. Por lo tanto, la mente «burguesa» de los economistas es completamente incapaz de no producir una apología del capitalismo… Por virtud de un privilegio especial, la lógica de ciertos burgueses elegidos no está manchada con el pecado original de ser burguesa. Karl Marx, el hijo de un abogado acomodado, casado con la hija de un noble prusiano, y su colaborador Friedrich Engels, un rico fabricante de textiles, nunca dudaron que ellos estuvieran por encima de la ley, y a pesar de su situación burguesa, estaban dotados del poder de descubrir la verdad absoluta” (traducido de Mises, 1996: 74).

No se trata sólo de los pecadillos sexuales de Marx y Engels por lo que hay que proteger su pasado, faltando una historia intelectual del marxismo original que lo salve de su propio análisis de Weltanshauung (Cf. Mises, 2001). Y no es de extrañar la crisis de subjetividad del marxismo provenga de este mismo debate entre su condición de verdad absoluta universal y de producto histórico relativo y particular:

“Ante cada afirmación de la universalidad de la interpretación materialista existe una afirmación contraria de relatividad… El desacuerdo radica en el status teórico del materia­lismo histórico considerado como la ciencia de la historia, o… como autoconciencia crítica de la sociedad capitalista en su última etapa” (Sahlins, 1997: 14).

La opción tras Lenin fue la primera: el absolutismo marxiano, que todo lo permea y que todo lo invade.

“El marxismo posterior a Marx, en vez de convertirse en la ideología dominante del movimiento obrero, se ha convertido en su enemigo principal, en la forma más arrogante de lo peor que ha producido el siglo XIX: el cientificismo. En otras palabras, el marxismo contemporáneo se auto-instituye como El discurso científico sobre la historia de la sociedad, el discurso que enuncia las leyes del movimiento histórico, de la transformación de las sociedades que se engendran unas a otras. El marxismo, por lo tanto, puede hablar de todo tipo de sociedad porque conoce el funcionamiento de éstas de antemano. Pero aún hay más, el marxismo debe hablar de todo tipo de sociedad, posible o real, porque la universalidad de las leyes que descubre no soporta las excepciones. De lo contrario, es la doctrina íntegra la que se derrumba. En consecuencia, para mantener no solamente la coherencia, sino la existencia misma de este discurso, se impone a los marxistas formular la concepción marxista de la sociedad primitiva, constituir una antropología marxista. Sin ésta, no habría teoría marxista de la historia sino simplemente el análisis de una sociedad particular (el capitalismo del siglo XIX), elaborado por un tal Marx” (Clastres, 1996: 177).

Desde entonces, toda otra práctica teórica no tiene sentido a la luz del marxismo. Si éste faltaba, no había más que divagaciones apologistas del capital:

“la antropología, al servicio del imperialismo, además de contribuir a la difusión de la ideología y al poderío occidentales, se revelaría como una gran distracción intelectual, la sociedad burguesa rascándose la cabeza” (Sahlins, 1997: 13).

Antes de la Física Cuántica, ya existía ese agujero negro del ómphalos del que nada escapa… excepto el marxismo.

Porque ciertamente, nada escaparía al marxismo. Éste podía con todo. Incluso, inexorablemente, la etnología:

El marxismo como teoría de la sociedad y de la historia, está naturalmente habilitado para extender su discurso al campo de la sociedad primitiva. Mejor aún: la lógica de la doctrina marxista la obliga a no descuidar ningún tipo de sociedad, forma parte de su naturaleza el dictaminar la verdad a propósito de todas las formaciones sociales que jalonan la historia; y es por ello que hay, inmanente al discurso marxista global, un discurso preparado de antemano sobre la sociedad primitiva» (Clastres, 1996: 170).

Así pues, la antropología marxista tiene su causalidad estructural y su función dentro de la economía política del pensamiento social.

“Seguir un método marxista en antropología o en las ciencias sociales significa… comprometerse a descubrir y a recorrer, a través de caminos aún por inventar, la red invisible de las razones que vinculan las formas, las funciones, el modo de articulación, la jerarquía, la aparición y la desaparición de estructuras sociales determinadas” (Godelier, 1978: 244).

“Este tipo de investigación debería permitir sacar a la luz, poco a poco, diversas formas de racionalidades sociales e históricas que corresponden a diferentes modos de producción y de organización social que se han sucedido en el curso de la historia” (Ibíd.: 252).

“A condición de lograrlo será posible una ciencia de la historia que sea asimismo una ciencia de las poblaciones humanas y que haya abolido las separaciones fetichistas y las divisiones arbitrarias de las ciencias humanas, una ciencia que no sirva solamente para interpretar la historia, sino para hacerla” (Ibíd.: 255; énfasis nuestro).

No se nos suele advertir en estos trabajos cuál es la historia que quieren hacer Fidel Castro, Nicolau Ceaucescu, Pol Pot o Josef Stalin, pero inobjetablemente es a la luz de esta praxis que podemos interpretar la XIª tesis sobre Feuerbach. Quizás nos quede “necesariamente” velado como la ideología proletaria incuestionable, “pura y simple”.
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Elaborado por:

  • Daniel Alberto Alegrett Salazar

  • Daniel Rodríguez Galán

  • Gabriel Ernesto José Torrealba

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Agosto 31, 2005

Familia tomada por sociedad: Reflexión sobre Incesto y Parentesco como principios de la Organización Social en el Estructuralismo y en el Marxismo (I)

El principio de reciprocidad permea la vida tribal.” Bronislaw K. Malinowski, 1926 (Malinowski, 1971).

Como lo hicieron estos antepasados, que tanto nos prometieron y abrieron los ojos tras darnos del fruto prohibido, nos permitiremos disentir.

El primer punto que resalta Lévi-Strauss en Las estructuras elementales de parentesco es el referente a la conceptualización de estructuras elementales y no elementales del parentesco, es decir, qué se entiende por la diferencia entre estructura elemental y estructura compleja. Lejos de tratarse de una distinción de carácter evolucionista, para Lévi-Strauss las estructuras elementales del parentesco son:

“los sistemas cuya nomenclatura permite determinar en forma inmediata el círculo de los parientes y el de los allegados; vale decir, los sistemas que prescriben el matrimonio con cierto tipo de parientes o, si se prefiere, aquellos sistemas que, al definir a todos los miembros del grupo como parientes, distinguen entre ellos dos categorías: los cónyuges y los posibles cónyuges prohibidos. Reservamos la expresión «estructuras complejas» para aquellos sistemas que se limitan a definir el circulo de los parientes y dejan a otros mecanismos, económicos o psicológicos, la tarea de determinar el cónyuge” (Lévi-Strauss: 1998: 11)

Las estructuras elementales pues, se concretarían en aquellas sociedades alrededor del mundo, en donde las relaciones de matrimonio son establecidas de forma mecánica, en donde está prescrito con quién se casa alguien o con cuáles personas son elegibles para escoger cónyuge, al igual que se establece con cuáles no puede hacerse. Una gran mayoría de las poblaciones indígenas (vistas muy someramente) presentarían este tipo de estructuras; mientras que sociedades industriales, en donde la posibilidad de elección aparentemente deja de ser o no solo es un problema de alianza y pasa a una elección “libre”, resultando “complejas” por el grado de libertad (en sentido estadístico: se trata de un modelo probabilístico). Sin embargo, las sobredeterminaciones emotivas, psicológicas, económicas, ideológicas, etc., más que convertir el matrimonio en un asunto privado, lo mantiene como un asunto de grupo. Si bien la relación aparente es establecida entre “hombre” y “mujer”, un yo y un otro, siempre estará presente un Gran Otro subyacente a la misma institución. “El matrimonio no es, nunca será y no puede ser un asunto privado” (Lévi-Strauss, 1975: 372).

Así como en su concreción las estructuras complejas ven disminuida su naturaleza estadística, Lévi-Strauss señala que “no existe una estructura que sea elemental en su forma absoluta” (1998: 11), es decir que las estructuras elementales no siempre presuponen esa suerte de prescripción automática irrenunciable; éstas no llega casi nunca a predeterminar un, y solo un individuo como el cónyuge único posible, sino a una clase de cónyuges preferibles. Las prescripciones se refieren a un cierto grupo de individuos, como por ejemplo las primas de una generación específica; fuera de esa generación sería impensable, se vería con malos ojos o se castigaría todo intento de elección de otro cónyuge. El horizonte que separa las estructuras elementales de parentesco y las estructuras complejas es muy delgado y a veces difícil de delimitar; Lévi-Strauss reservó su análisis a las estructuras elementales prometiendo dedicar un libro posterior a las estructuras complejas, idea que con el tiempo abandonó debido a su “difícil” estudio. Estas estructuras complejas ocurren en sociedades que por su tecnología podrían librar de una prescripción mecánica el dominio de lo sexual y de lo reproductivo. Un proceso productivo tecnológicamente eficiente puede dar esos grados de libertad, dar lugar a toda una ideología erotista del matrimonio (donde lo erótico, paradójicamente, es culposo). Pero si las estructuras complejas no casualmente aparecen en las sociedades complejas, las elecciones que se dan en ella, ¿son complejas por una cantidad numerosa de opciones? ¿O quizá hay una cantidad numerosa y compleja de determinaciones? Al fin al cabo, como que el asunto sí se trata de libertad.

En su momento, la Revolución Industrial prometía grandes cosas. La ciencia y la técnica habrían roto las cadenas del hombre a la Naturaleza en la producción de su vida material. Parecía garantizado el futuro a las “condiciones objetivas de existencia”, y por el otro lado, también parecía que nos habíamos librado de la estrecha vigilancia de un Dios muy bien representado en la Tierra por una Institución plenamente jerarquizada. La Fe y la Autoridad (o la Autoridad de la Fe) abrieron paso al estado de la Razón (o eventualmente, a la Razón de Estado). Ni dependíamos de las letras de las Escrituras ni de las sacrosantas palabras de Aristóteles y Platón. Lo añejo dejaba su lugar a lo nuevo, la novedad de las Luces del burgués librado del feudatario que le negaba el sebo a sus velas. Razón. Luz. Iluminación, Ilustración. Qué novedad. En 1784, Kant todavía tanteaba entre algo de bruma que ya se disipaba:

La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia sino de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. ¡Sapere aude! ¡Ten el valor de servirte de tu propia razón!: he aquí el lema de la ilustración” (Kant, 2000: 25).

Basta de contemplar, que eso es obedecer; es hora de transformar. Hay que saber atreverse. Y finalmente tuvieron el valor y la osadía de destronar a Luis XVI. Rodaron cabezas. Pero lejos de ser el comienzo de la liberación, fue el comienzo del Terror. Al morir, Goethe tuvo que gritar: ¡Más luz!

Algo no salió muy bien en la Revolución Francesa que acabó en Napoleón. Más de uno echó de menos el Antiguo Régimen. Sin embargo, la epidemia libertaria que había comenzado en el XVIII mantuvo sus brotes. Los nostálgicos que con el apoyo electoral masivo del “Pueblo Soberano” alzaron a Napoleón III y su Nuevo Viejo Orden, abonaban el terreno revolucionario del descontento. Y había sobrevenido una segunda Revolución Industrial. También las máquinas continuaban estallando, y para mediados del XIX el “Mundo” ya no era el mismo.

Las revoluciones y las contrarrevoluciones comenzaron a confundir sus sentimientos. Si bien algunos “reaccionarios” extrañaban los viejos tiempos feudales, donde toda la vida era segura y ordenada bajo el Señor, revolviéndose así hacia atrás en sus recuerdos, algunos “revolucionarios” proyectaron hacia delante sus fantasías de aun más añejas nostalgias. Aunque eran una crítica del Hombre a Dios, la presencia de las máquinas era incómoda para algunos y se sentían alejados, arrancados de la Naturaleza, alienados de estar entre los hombres, tan obsesionados con el cambio y el intercambio, que se valoraban entre ellos como cosas y a las cosas como a hombres: amábamos a nuestro dinero y nuestro capital, no a nuestro prójimo. Sí, a algunos les quitaría el hambre, pero esto de hacernos distintos después de ensalzar la fraternité y someterse a las máquinas y al capital a la final nos llevaría al Diablo. ¿No recordaban que en el útero de nuestras madres todos éramos iguales? Desde Rousseau lo primitivo era angélico y todos los revolucionarios eran rousseaunianos. Entonaban un canto internacional a la Era Dorada de la Comunidad, donde los lobos eran vegetarianos, los buhoneros judíos no cobraban en moneda y donde querubes y querubines no usaban arco y flecha unos contra otros. ¿Y no existía eso en ultramar donde el pecado de la expoliación no había llegado?

Es la ilusión arcaica de hallar una supuesta concordancia entre el desarrollo del pensamiento del niño y el pensamiento de los humanos adultos de las culturas “primitivas”, sugiriendo así que el paso de la niñez a la madurez podría presentar similitudes que explicarían el paso de lo arcaico a lo civilizado.

“En verdad resulta tentador ver en la sociedades primitivas una imagen aproximada de una infancia mas o menos metafórica de la humanidad, cuyas etapas principales se reproducirían también, por su parte y sobre el plano individual en el desarrollo intelectual del niño” (Lévi-Strauss, 1998: 129).

Se hace ahora necesario aclarar que no se trata, según el autor, de que el pensamiento del niño civilizado se parezca al del adulto “primitivo” ya que cualquier cultura por mas primitiva que sea va a tener un grado de adultez que no se va a poder comparar con las “manifestaciones infantiles que pueden observarse en la civilización mas evolucionada” (Lévi-Strauss, 1998: 134). Pero en el Emilio no enseñan esto, sino sus potencialidades prístinas.

Continuará

Elaborado por

  • Daniel Alberto Alegrett Salazar

  • Daniel Rodríguez Galán

  • Gabriel Ernesto José Torrealba

Bibliografía

La bibliografía se incluirá en la última entrega

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Agosto 30, 2005

Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (V y última)

A modo de conclusión provisional de esta obra en marcha

En la distancia que se ha recorrido de Morgan a Radcliffe-Brown están los cimientos de la posición que cobrará figura frente al fondo antropológico, en un cierre del circuito representado por el estructuralismo encabezado por Lévi-Strauss.

Con el cese de la persecución de una posibilidad de poder y control social que el evolucionismo y el funcionalismo permitían a los imperios y a los agentes coloniales, coincide el fin de estos mismos, y las voces que harán coro en la antropología serán cónsonos con posiciones críticas contra tal Voluntad de Poder.

El proceso de descolonización hará eco en la disciplina a través de la función crítica que dentro del proyecto moderno cumplía el marxismo. Sin embargo, se asomó, se insinúo o se creyó inminente el mismo fin del proyecto moderno, su agotamiento.

No podemos saber muy bien si la crisis de identidad que el posmodernismo cree o creía representar, garantiza la esperanza de Morgan de que la disolución de la organización social hasta ahora dominante a fortiriori a nivel global amenace

“claramente ser la terminación de una empresa de la cual la propiedad es el fin y la meta, pues dicha empresa contiene los elementos de su propia destrucción. La democracia en el gobierno, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de derechos y privilegios y la educación universal anticipan el próximo plano más elevado de la sociedad, al cual la experiencia, el intelecto y el saber tienden firmemente. Será una resurrección, en forma más elevada, de la libertad, igualdad y fraternidad de las antiguas gentes” (Morgan, 1980: 544).

Quizá lo importante es que la antropología puede asumir responsabilidades en la constitución de ese posible “estadio” del “progreso humano” si verdaderamente puede dar cumplimiento a esa esperanza y no callar ni ser instrumento de poder de un nuevo orden que quiere desembarazarse con violencia del Viejo Orden, donde si bien no era perfecta, la vida era posible.

Elaborado por

  • Daniel Alberto Alegrett Salazar
  • Daniel Rodríguez Galán
  • Gabriel Ernesto José Torrealba

Bibliografía

  • Duvignaud, Jean (1977): El lenguaje perdido: ensayo sobre la diferencia antropológica. México: Siglo Veintiuno Editores. 248 pp.
  • Evans-Pritchard, E. E. (1987): Historia del pensamiento antropológico. Madrid: Ediciones Cátedra. 265 pp.
  • Fortes, Meyer (1974): “Malinowski y el estudio del parentesco”. En: Raymond W. Firth (ed.), Hombre y cultura: la obra de Bronislaw Malinowski. Madrid: Siglo Veintiuno Editores. Pp. 161-200.
  • Gellner, Ernest (1987): “Introducción”. En: E. E. Evans-Pritchard, Historia del pensamiento antropológico. Madrid: Ediciones Cátedra. pp. 15-39.
  • Godelier, Maurice (1978): “Lewis Henry Morgan (1818-1881)”. En: Economía, fetichismo y religión en las sociedades primitivas. Madrid: Siglo Veintiuno de España Editores. pp. 256-264.
  • Kuper, Adam (1973): Antropología y antropólogos: la Escuela Británica: 1922-1972. Barcelona: Editorial Anagrama. 281 pp.
  • Lisón Tolosana, Carmelo (1980) “Prólogo”. En: Lewis H. Morgan, La sociedad primitiva. Madrid: Editorial Ayuso. Bogotá: Editorial Pluma. pp. 9-68.
  • Lubbock, John (Lord Avebury) (1943): Los orígenes de la civilización y la condición primitiva del hombre: estado intelectual y social de los salvajes. Buenos Aires: Editorial Albatros. xxiv + 372 pp.
  • Malinowski, Bronislaw K. (1971): La vida sexual de los salvajes del Noroeste de la Melanesia: descripción etnográfica de las relaciones eróticas y conyugales y de la vida de la familia entre los indígenas de las Trobiand (Nueva Guinea Británica). Madrid: Ediciones Morata. 396 pp.
  • Morgan, Lewis Henry (1980): La sociedad primitiva. Madrid: Editorial Ayuso. Bogotá: Editorial Pluma. 559 pp.
  • Radcliffe-Brown, A. R. (1982): “Introducción”. En: A. R. Radcliffe-Brown y C. Darryl Forde (editores), Sistemas africanos de parentesco y matrimonio. Barcelona: Editorial Anagrama. pp. 11-97.
  • Radcliffe-Brown, A. R. (1996): Estructura y función en la sociedad primitiva. Barcelona: Ediciones Península. 251 pp.

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Agosto 29, 2005

Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (IV)

La “Antropología Social” estructural-funcionalista de A. R. Radcliffe-Brown en Introducción a Sistemas Africanos de Parentesco y Matrimonio

Las principales propuestas de Radcliffe-Brown acerca de lo que debe ser el objeto de estudio y el proceder de la antropología social están formuladas en el marco de los modelos del pensamiento empírico analítico del positivismo, el cual predominaba con gran fuerza en el quehacer científico para las primeras décadas del siglo XX. Para Radcliffe-Brown la antropología social como toda ciencia, tenia la obligación de basar sus estudios en una realidad concreta observable, realidad esta que se encontraba para él plasmada en las llamadas sociedades “primitivas”.

Sin embargo, a la hora de definir más concretamente el objeto de estudio de la antropología social o lo que constituiría la realidad observable, Radcliffe-Brown no habla en términos de entidades sociales o culturales sino más bien en términos de proceso social, concepto éste fundamental, pues, para toda la elaboración de su teoría. Así, la realidad a estudiar debe pasearse a través de la observación, descripción y clasificación, la concibe como un proceso en donde la unidad de investigación la constituye la vida social. Dicha vida social para los intereses de su investigación se estudia de forma sincrónica, en donde espacio y tiempo están particularmente determinados.

La propuesta teórica del antropólogo británico establece su diferenciación, de esta manera, ante lo que propuso el evolucionismo y la reconstrucción histórica de lo hechos sociales. Un “rasgo cultural” no es un indicador de una historia pasada de la cultura, sino que es un elemento regulador del sistema presente. Al contrario que para todos los evolucionistas decimonónicos y hasta para su maestro Rivers, Radcliffe-Brown no aceptaba que el matrimonio determinara la terminología del parentesco, según postulaba Morgan: “las regulaciones del matrimonio y la terminología necesariamente eran coherentes”, no existen “razones para argumentar que unas u otras fueran anteriores o unas determinaran a la otra” (Kuper, 1973: 78-79). El descarte teórico de las determinaciones históricas y el método comparativo conjetural se justifica en que “para la utilización del método comparativo se requiere la idea de «sistema» o «estructura»” (Evans-Pritchard, 1987: 252-253), lo que explica la negativa, que sería más bien incapacidad, de Malinowski a recurrir a los estudios históricos. La debilidad de su antropología “se hace patente cuando trata de decir algo general sobre las sociedades humanas y no sobre una sociedad en particular” [íbid, 253], al faltar los principios comparativos proporcionados las nociones de estructuras y sistemas.

Para Radcliffe-Brown el origen o las condiciones para la existencia de un determinado hecho social no se presentan como lo primordial, señalando que las deducciones históricas del evolucionismo carecen de cierta validez científica puesto que estas no tienen un basamento empírico suficientemente sólido que las sustenten. De esta manera Radcliffe-Brown, como buen empirista, propone que los estudios a nivel sincrónico (sin descartar lo diacrónico) tienen como fin ultimo la búsqueda y el establecimiento teórico de leyes generales. Y dice: “El método aquí adoptado no es ni el de la historia ni el de la pseudo historia, sino una combinación de la comparación y el análisis. Comparamos los sistemas sociales para poder definir sus diferencias y descubrir bajo estas, semejanzas más esenciales y generales. Uno de los fines de la comparación es proporcionar esquemas de clasificación. Sin clasificación no es posible la ciencia” (Radcliffe-Brown, 1982: 12).

Ahora bien, para la realización del análisis social, Radcliffe-Brown utiliza una serie de conceptos que sustentan su marco teórico empleado para abordar lo fenómenos sociales. Entre estos conceptos encontramos tres categorías fundamentales que son: el proceso, la estructura y la función. Antes de definir cada una resulta importante citar al autor en cuanto a su definición de lo que es una teoría:

“Lo que se da a entender por teoría es un esquema de interpretación que se aplica o se concibe para aplicarlo, a la comprensión de una cierta clase de fenómenos. Una teoría consiste en una serie de conceptos analíticos que pueden definirse claramente en su referencia a la realidad concreta y que deben relacionarse lógicamente” (Radcliffe-Brown: 1996: 9).

Se justifica el juicio de que Radcliffe-Brown “era un hacedor de herramientas conceptuales.” (Evans-Pritchard, 1987: 255).

Proceso

Como primer concepto de este cuerpo teórico tenemos al ya mencionado proceso social. Como ya se dijo, el proceso social representa el objeto de estudio concreto o la realidad fenomenológica observable del análisis antropológico. Según Radcliffe-Brown “El proceso social consiste en una inmensa multitud de acciones e interacciones de seres humanos, actuando individualmente o en combinaciones o grupos” (Radcliffe-Brown, 1996: 12). Dentro de este concepto Radcliffe-Brown denota lo que es el proceso en términos de vida social. Lo que se estudia es la vida en sociedad enmarcada en un proceso. Igualmente, todo este proceso de la vida social genera una gran variabilidad de particularidades que, de donde, sin embargo, se pueden extraer ciertas condiciones que son generales a toda la sociedad. De aquí surge lo que Radcliffe-Brown llama formas de vida social que constituyen los “rasgos generales de la vida social de una región determinada” (Ídem). Al hablar de proceso es necesario hablar también de cambios. Los cambios para Radcliffe-Brown corresponden al análisis diacrónico que va a describir los hechos que rompen la continuidad en una sociedad, el cual implica un periodo de tiempo más extenso que el del análisis sincrónico.

Estructura

Siguiendo con la trilogía conceptual, el otro concepto que sigue al proceso es el de la estructura. La concepción de estructura presente en Radcliffe-Brown aporta cierta postura biomecanicista en donde a dicho concepto se le atribuyen las semejanzas de los modelos de cuerpos naturales como por ejemplo la célula. Según Radcliffe-Brown “cuando usamos el termino estructura nos referimos a algún tipo de disposición ordenada de partes o componentes… Los componentes o unidades de la estructura social son personas y una persona es un ser humano considerado no como organismo, sino como individuo que ocupa una posición en la estructura social” (Radcliffe-Brown, 1996: 18). De esta manera, como los componentes de la estructura social son las personas, la unión de la estructura va a estar signada por las relaciones que se tejen entre cada una de estas personas. Igualmente estas relaciones van a estar denotadas por un determinado tipo de organización que garantiza el orden de la vida social; y esta organización va a estar a su vez regulada por una serie de normas y estamentos que fundamentan las instituciones.

Función social

La función social viene a ser para Radcliffe-Brown el concepto que une al proceso y a la estructura social. Al igual que el concepto de estructura, el concepto de función adquiere aquí las analogías de los modelos naturalistas de manera que de forma similar a un órgano de nuestro cuerpo, una institución social cumple una función y desempeña un papel que resulta ser necesario para el desarrollo de la vida. Es decir, su existencia se justifica por cumplir o llenar una necesidad básica que Radcliffe-Brown va a llamar “condiciones nece-sarias de existencia”, existencia entendida más como la de un mecanismo (como el explica-do por la fisiología) más bien que la de una entidad biopsíquica. Dice: “en relación con cualquier rasgo de un sistema podemos preguntarnos cómo contribuye al funcionamiento del sistema. Eso es lo que queremos decir cuando hablamos de función social” (Racliffe-Brown, 1982: 13)

A diferencia de Malinowski, Radcliffe-Brown no asume la concepción de función como la conexión de una institución con la totalidad del sistema social en donde cada una de ellas se relaciona entre sí. Además, para él, la función no toma tanta relevancia como en el trabajo del antropólogo polaco, inclusive el británico llega a decir que “la afirmación de que soy un ‘funcionalista’ me parecía carente de contenido” (Radcliffe-Brown, 1996: 215)

La institución social por excelencia a la cual Radcliffe-Brown aplica sus estudios para el análisis de la organización social es el parentesco. El estudio del parentesco en las llamadas sociedades “primitivas” resulta fundamental para el trabajo de Radcliffe-Brown. En la introducción de Sistemas africanos de parentesco y matrimonio, obra colectiva de quienes entonces se consideraban sus más cercanos discípulos, llega a decir: “para entender cualquier aspecto de la vida social de un pueblo africano —económico, político o religioso—, es esencial tener un conocimiento completo de su sistema de parentesco y matrimonio” (Radcliffe-Brown, 1982: 11).

Para fines del análisis social, Radcliffe-Brown toma al parentesco como un tipo de instancia anterior o de carácter primario a cualquier otro ámbito de la vida social, donde este determinaría los atributos básicos del los contenidos de las relaciones sociales. Por ejemplo, líneas de filiación que determinan el ordenamiento político de un pueblo.

Observando la relación de determinación la organización social por los principios del parentesco y la residencia, y los grupos residenciales (grupos domésticos, obviamente grupos familiares) también a su vez por esos principios del sistema de parentesco, a Radcliffe-Brown se le hace necesario concluir que en las sociedades “primitivas” “el estudio de la estructura social significa fundamentalmente el estudio del sistema de parentesco” y que “el eje del sistema de parentesco sería la familia” (Kuper, 1973: 79). Ya no considera como aquellos etnólogos evolucionistas, que las terminologías de parentesco sean restos fosilizados (supervivencias) de antiguos sistemas de parentesco, de antiguas prácticas matrimoniales. Como para Malinowski que considera un aspecto dado de la totalidad como totalmente conectado a esa totalidad presente y por lo tanto es un aspecto necesario, un hecho social cumple una función social contribuyente al mantenimiento de la estructura y la forma sociales aquí y ahora, y no hay lugar para vestigios afuncionales. Sin embargo, una manera de diferenciar burdamente el funcionalismo de Malinowski del “estructural-funcionalismo” de Radcliffe-Brown, es que para Malinowski un aspecto es explicativo del total, pues ese total satisface la necesidad que es el aspecto; mientras que para Brown el total explica la parte, pues ésta sirve a la solidaridad y mantenimiento del sistema). Según Radcliffe-Brown

“Una relación social existe entre dos o mas organismos individuales cuando hay algún ajuste de sus respectivos intereses, por convergencia de intereses o por limitación de los conflictos que podrían provocar la divergencia de intereses” (Radcliffe-Brown, 1996: 227).

De aquí podemos deducir la noción de solidaridad que se hace necesaria para la convivencia de un grupo. Para la posibilidad de la organización existen comportamientos naturales de mínima ayuda mutua que deben tener gran presencia en una sociedad para fines de supervivencia. Se invierte la relación establecida en Malinowski: aquí lo individual y biológico tiene finalidad social:

“Radcliffe-Brown veía el sistema de parentesco y matrimonio como un conjunto de usos sociales interrelacionados que se basaba en el reconoci-miento de ciertas relaciones biológicas para propósitos sociales. Los sis-temas incluían la terminología de parentesco, las redes de relaciones entre parientes, el conjunto de derechos, obligaciones entre parientes, el con-junto de derechos, obligaciones y usos asociados con los roles concretos de parentesco y las creencias y prácticas rituales asociadas con el parentesco, incluyendo, por ejemplo, las creencias sobre la procreación o la ve-neración de los antepasados” [Kuper, 1973: 78].

Según Radcliffe-Brown “un sistema de parentesco y matrimonio puede considerarse como un convenio que permite a las personas vivir juntas y cooperar unas con otras en una vida social ordenada... Un sistema en funcionamiento que vincula a los seres humanos en una disposición ordenada de influencias mutuas” (Radcliffe-Brown, 1982: 13).

De los estudios de parentesco se extraen una gran variedad de particularidades que Radcliffe-Brown llama rasgos superficiales, que de donde sin embargo se pueden descubrir “unos pocos principios estructurales generales aplicados y combinados de diferentes formas” (Ibíd.: 12). Llega a establecer tres principios básicos: la unidad de los siblings, la unidad de los linajes y el principio de la generación. He aquí las intenciones de su modelo teórico que consiste en la búsqueda de leyes y generalidades como fin último de nuevo.

Radcliffe-Brown realiza una importante diferenciación entre lo que es la relación consanguínea y la relación de parentesco, señalando que a menudo se tienden a asumir como la misma cosa. Para él, la relación de parentesco no tiene que ser necesariamente consanguínea a pesar de que esto sea lo más común y que a menudo así suceda. Así, el parentesco lo constituye la relación netamente social, en las conductas y normas que conlleva una relación; mientras que la consanguinidad viene dada solo por la relación física, o sea, el compartir los mismos genes. Ilustrativas de la noción que adquiere Radcliffe-Brown acerca de la contribución de las practicas sociales al mantenimiento de la asociación, alianza, cohesión o solidaridad social son sus conclusiones acerca del respeto (tipo las relaciones con los padres) vs. la familiaridad (tipo relaciones con los siblings) y de las relaciones burlescas (tipo primos cruzados) vs. relaciones de evitación (generalmente en generaciones alternadas y entre parientes políticos). En cuanto a las relaciones de evitación, estas maneras de relacionarse “protegen la delicada relación entre las personas que están unidas en un conjunto de lazos, pero separados por otros; por ejemplo, entre miembros de distintos linajes que están aliados por matrimonio” (Kuper, 1973: 83).

Finalmente, los estudios acerca del parentesco que propone la antropología social de Radcliffe-Brown se pasean por los análisis en términos de la estructura y la función social.

“Los componentes de las estructuras sociales son seres humanos, y una estructura es una distribución de personas en relaciones definidas y reguladas institucionalmente” (Radcliffe-Brown, 1982: 94).

La antropología tendría que realizar aquí los diferentes análisis comparativos que según Radcliffe-Brown brindarán los conocimientos generales de una determinada forma de vida social.

Continúa...

Elaborado por:

  • Gabriel Ernesto José Torrealba
  • Daniel Rodríguez Galán
  • Daniel Alberto Alegrett Salazar

Bibliografía

La bibliografía se incluirá en la última entrega

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Agosto 27, 2005

Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (II)

El evolucionismo de Lewis H. Morgan en La sociedad primitiva

Si hay un denominador común, más o menos implícito, a lo que se ha venido llamando evolucionismo, es una organización de las diferencias ante todo en un orden jerárquico, más que cronológico. Se jerarquizan las diferencias, en lugar de mostrarlas como la manifestación de la diversidad humana, en un orden universal de progresión. La idea de progreso, la de una sucesión de formas necesarias cada vez más complejas y “mejores” de acuerdo a un juicio de valor, que la idea de una sucesión temporal, que tan sólo sirve de marco. El progreso es un movimiento hacia la forma ideal, o idealizada, que es siempre identificada con el presente. El pasado sólo fue la ausencia de lo presente, de sus supuestos logros, y el futuro será aquello que queramos sea ya presente. Ahora bien, al hablar de formas hemos apartado, con la justicia que le merece, a Morgan, frente a otros “evolucionistas”. Si distinguimos entre forma y contenido, otros estarán evidentemente apegados a una exposición del progreso de los contenidos culturales del Occidente Moderno: lo ilustra cómo abusan de citas eruditas a historiografías y etnografías ingenuas, mientras que Morgan, y de allí su novedad y actualidad, se preocupa por establecer una progresión de formas, una secuencia o historia lógica de correspondencias estructurales. Se puede entender así, pese a tratarse de un yankee liberal y de ética protestante, como el libro de Morgan puede ser apropiado por el marxismo a manera de “Biblia antropológica” (Lisón, 1980: 59), según la síntesis que puede hacer un Godelier, aun considerando el trayecto de su marxismo particular desde las apreciaciones de Marx y Engels acerca de Morgan:

“Morgan ha demostrado que las relaciones de parentesco dominan la historia primitiva de la sociedad y que estas relaciones tienen una lógica y una historia… Morgan trató de establecer relaciones de correspondencia funcional entre formas de producción, formas de parentesco y formas de conciencia social… Supuso que la decadencia de los sistemas clasificatorios y el predominio de los sistemas descriptivos en la historia occidental debían estar vinculados al desarrollo de la propiedad privada y del Estado. El desarrollo de la propiedad privada… habría transformado los problemas de la herencia… y hecho imperiosa la distinción entre las líneas directas y las líneas colaterales… El desarrollo del Estado… al sustituir la protección de los parientes por la de la ley, habría debilitado la solidaridad interna de los amplios grupos de parentesco” (Godelier, 1978: 259-260).

Para el marxismo, la vitalidad del evolucionismo de Morgan, más que su énfasis en la evolución en sí, es la capacidad que tuvo de interrelacionar las instituciones, las prácticas, el desarrollo tecnológico y las formas jurídicas dentro de un proceso histórico universal, mas no transhistórico. Sin embargo, aun esta apreciación de Morgan puede ser contestada si se da un peso mayor a la particularidad de cada cultura, por lo que sería más prudente evaluar la obra de Morgan en un campo más delimitado (aunque no necesariamente deje de ser omni-abarcante). Éste puede ser, como es de notar si estamos en el ámbito antropológico, los sistemas de parentesco y matrimonio. La originalidad de Morgan está en la aproximación formal y tipológica que tuvo a ellos. Como lo señalan Lisón y Duvignaud, la valoración positiva viene del análisis estructural:

“El problema en tela de juicio [por Morgan] tiende sobre todo a buscar el fundamento lógico de las formas o de los tipos sociales definidos y menos a justificar una sucesión inevitable: leer a Morgan, o al menos intentar comprenderlo en lo que propuso realmente como sistema de explicación, no consiste en repetir un evolucionismo exasperado por los comentadores.” (Duvignaud, 1977: 69).

Para señalar su alcance, es notable cómo Morgan puede establecer analogías formales aún para dar cuenta de la progresión evolutiva:

“Las tribus del género humano pueden ser ordenadas, como las distintas formaciones geológicas, de acuerdo con sus condiciones relativas, en estratos sucesivos. Así ordenadas muestra, con cierto grado de certidumbre, todo el campo del progreso humano, desde el salvajismo hasta la civilización. El estudio detenido de cada estrato sucesivo sacará a luz lo que hubiese de especial en su cultura y características y ofrecerá una concepción definitiva del todo, en sus diferencias y relaciones” (Morgan: 1980, 495).

La capacidad de Morgan para dar cuenta del progreso humano con una analogía estratigráfica que señale la sistematicidad del todo con las partes, de sus diferencias y relaciones, se funda seguramente en el padre de la geología, James Hutton (que además trascendió una simple descripción morfológica a través de una explicación funcional), lo pone en un mismo plano con Marx, Freud o Lévi-Strauss, que en algún momento u otro utilizaron la misma analogía estructural.

También lo aparta de otros evolucionistas el que el grupo humano estudiado comienza a ser interrogado (al menos desde la encuesta), más que visto desde fuera y desde el gabinete, y es esta respuesta que pone el foco sobre las categorías “nativas” sobre sí mismos, un intento, aún prematuro, de captación del “punto de vista del nativo” que muestra la propia lógica de su sociedad. Como nos recuerda Duvignaud:

“Cuidémonos... de ahogar a Morgan en las ideologías evolucionistas o funcionalistas que, en el siglo pasado, impregnan toda reflexión original y a menudo oscurecen... la fuerza de la verificación. Una lectura de Morgan no es una lectura de Engels comentando a Morgan, ni de los historiadores de la antropología criticando o defendiendo al evolucionismo, es una revelación de lo que Morgan ha descubierto, de la identificación del habla india con los sistemas de parentesco y de las supervivencias imbricadas en la realidad presente, con la aparición de la familia y el parentesco” (Duvignaud, 1977: 56, negritas nuestras).
“[Halló una] identificación entre los términos [de parentesco] expresados confusamente por los salvajes y una estructura lógica interna, la que componía el sistema [de parentesco] sin el cual las palabras no hubieran sido más que charla” [Duvignaud, 1977: 59-60].

El descubrimiento de Morgan es cómo la terminología de parentesco propia de cada grupo indígena (“el habla india”) es identificable no sólo con la historia de sus prácticas (aunque se haya equivocado tanto en esto), sino con la misma organización social. Descubre un universo de las reglas que penetra en todo el sistema social organizado a partir de la codificación/regulación de las “relaciones sexuales” en una terminología de parentesco, y descubre en estas terminologías particulares, un principio universal de organización de las relaciones humanas:

“Seguramente es el primero [de los occidentales] en definir... [la] organización [social de los indios de América] a partir de las relaciones de parentesco y luego en deducir de estos lazos las relaciones de poder y de propiedad. La genialidad reside en esta comprobación: la trama de la vida colectiva está constituida por el núcleo de las relaciones sexuales tal como lo codifica el grupo según sus reglas. Una relación tal es universal” (Duvignaud, 1977: 57).

En este descubrimiento de la posibilidad del parentesco como estructurante de la sociedad primitiva está el interés que presenta Morgan, más que en la exposición didáctica del “ya superado” programa o paradigma evolucionista de la antropología y la teoría social. No nos importa cuánto de Morgan se corresponda fielmente a esa falsa homogeneidad que hoy la historia de la ciencia quiere ver en un evolucionismo, sino que la fuerza teórica de Morgan se manifiesta desde que en su Systems of Consanguinity and Affinity of the Human Family de 1871,

“postula la existencia de un sistema común a los diversos agrupamientos, aunque estos últimos sean... distintos de nosotros... Esta identidad de regla es el principio de todo el análisis de Morgan, mucho antes del ajuste de unos tipos en otros, en la continuidad del tiempo, o la justificación de la familia monógama como resultado ideal de todos los sistemas salvajes y bárbaros. La idea de que una reglamentación formal se relaciona con la sexualidad es probablemente la matriz de toda la antropología... Hay que alabar a Morgan por no extraer de esto ninguna conclusión filosófica, psicológica o metafísica, y por atenerse a la exacta observación de la continuidad así definida” (Duvignaud, 1977: 579).

Nótese que, por lo tanto, Morgan ha descubierto parcialmente lo que un Freud o un Lévi-Strauss pasarán a exponer en años muy posteriores acerca del tabú del incesto: la regulación de la sexualidad (en Morgan el abandono progresivo del matrimonio consanguíneo) es la que puede dotar de especificidad al hombre, y de ser la matriz de las relaciones que un hombre puede establecer con otro (en Freud, la "dolorosa" renuncia a tomar determinadas mujeres, en Lévi-Strauss, cómo esta renuncia señala el paso de la naturaleza a la cultura, y cómo permite la posibilidad de establecer otras relaciones más amplias a través del intercambio de las mujeres a las que se renuncia). La de Morgan es una

“clasificación en tipos, en sistemas diferentes, diferenciados por la relación del hombre y de la naturaleza, de la materia y del deseo, sin la que el ser humano sería una piedra o nada: esta búsqueda y satisfacción de la subsistencia preceden al surgimiento del poder..., de la comunicación..., de «la organización de la sociedad sobre la base sexual” (la familia), de las creencias sobrenaturales..., de la vida doméstica indisolublemente ligada a la organización del medio..., de la propiedad privada” (Duvignaud, 1977: 60).

Si bien está equivocado en el nivel empírico, cuando establece que las terminologías de parentesco señalan la continuidad y la ruptura con una práctica pretérita de interrelación de los hombres, se está intuyendo la dirección apropiada.

“Aquí comienza, a través de la identificación de los términos y de los sistemas, de la lógica compleja de los ajustes y de las supervivencias, de la composición de una lógica que responde a una política del deseo traspuesto en lógica formal del cambio... La lógica de Morgan no deduce al hombre por el lugar que ocupa en una cabalgata histórica sino del desgarramiento continuo, interno que opone las «supervivencias» y el presente” (Duvignaud, 1977: 83).

Aunque se haya equivocado en las formas familiares, en las costumbres matrimoniales y en las instituciones sociales supuestas en el pasado universal humano, lo importante de Morgan es haber establecido una relación de una “serie de instituciones” con el progreso de las costumbres, “el progreso de la familia a través de sus formas sucesivas” (Morgan, 1980: 494) y etapas globales (períodos étnicos) del progreso de la humanidad como especie señaladas por avances tecnológicos, por mucho que semejantes etapas no sean ni universales, ni necesarias ni posiblemente reales en un grupo histórico-cultural particular (ni siquiera se ajusta a la historia “real” de Occidente). Cuando encuentra que “el sistema de parentesco permanece inerte y resiste al cambio, mientras la familia, en tanto que grupo, constituye un elemento dinámico, innovador” [Duvignaud, 1977: 70], lo que lo conduce a

“inventar y a reconstruir lógicamente una situación que... llama «original» [promiscuidad sexual, familia consanguínea, en el salvajismo inferior] y que corresponde a una realidad atestiguada a contrario [a decir, por su ausencia] por todas las formas salvajes... deducida de la contradicción entre familia y parentesco punalúa o sindiásmico: este tipo de familia debe de haber existido, ya que el estado de la familia observable supone necesariamente esta promiscuidad sexual original y puesto que el sistema de Hawai... remite a ella inevitablemente a ella... Una necesidad lógica basta para crear la existencia real” (Duvignaud, 1977: 71).

La existencia real es discutible, pero que una necesidad lógica (o al menos una opción posible en un número limitado de ellas) en las prácticas primitivas pueda ser establecida, es un gran avance y una gran evidencia de vigencia. De hecho, Morgan nunca es tan rígido y deja lugar a la duda, pues la “ordenación en series es, en parte, hipotética” (Morgan, 1980: 494) que “puede ser modificada y tal vez puede experimentar cambios esenciales en algunos de sus postulados” (Ibíd.: 503). Si bien los cambios esenciales no fueron de algunos, sino quizá de todos, en forma de una negación, lo considerable es que el orden en series se establezca por “una conexión íntima e indiscutible entre ellas” (Ibíd.: 494) si esta conexión se entiende como aquella que se da en la estructura profunda de cada cultura en particular, y que su intimidad e indiscutibilidad se refiera a su lógica subyacente, a su determinación estructural.

“La tipología o la nomenclatura de los sistemas resulta de... [un] equilibrio que permite a las experiencias dispersas en el tiempo y en el espacio cristalizarse según configuraciones simples cuyo principio o idea conciernen a una definición única y válida más allá de las particularidades fragmentarias e históricas.” (Duvignaud, 1977: 64).

La noción de la unidad psíquica de la humanidad está siempre presente tras esto, y es lo que unirá a Morgan con las búsquedas del estructuralismo del Espíritu Humano.

“Cada forma o cada tipo humano (salvajismo, barbarie, civilización) encarna según su propia forma y siguiendo soluciones siempre originales, los pocos elementos de una racionalidad que descansa sobre un reducido número de «ideas». La discontinuidad entre estos tipos está... acentuada más que la evolución de un tipo a otro” (Duvignaud, 1977: 56).

Lo rescatable de Morgan está en el señalamiento en la posible pluralidad (discontinuidad) de las racionalidades, detrás de la que subyacen los universales humanos, la Racionalidad del Hombre. Si bien la idea, especulativa y conjetural, es lo que requerirá una ruptura de los antropólogos inmediatamente posteriores (p. ej., Malinowski y Radcliffe-Brown) con el programa evolucionista, la especificidad de Morgan concedida por su intuición de una visión estructural y la gesta del Grial del Universal Humano, es lo que le concede su vitalidad desde el estructuralismo y su capacidad de ser antídoto, igualmente humanista, del acérrimo anticientificismo posmoderno.

Continuará en próxima entrega

Elaborado por

  • Daniel Alberto Alegrett Salazar
  • Daniel Rodríguez Galán
  • Gabriel Ernesto José Torrealba

Bibliografía

La bibliografía se incluirá en la última entrega.

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Agosto 26, 2005

Progreso y proceso del Parentesco y la Familia en el Evolucionismo y en el Funcionalismo (I)

Introducción

La historia es bien conocida por todos. Al cierre del siglo XVIII en Francia —hasta poco antes el poder hegemónico en Europa, y “por ende” (quiérase o no), el poder hegemónico en el mundo—, una “revolución” colocó a la burguesía en una posición dominante, destro-nando y haciendo rodar las cabezas de la aristocracia —centro del poder del fenecido régimen feudal—, mientras la masa del pueblo, del que se sirvieran los burgueses, entonaba ilustrados cantos de «libertad, igualdad y fraternidad», que justificaban ante todos el movimiento revolucionario.

Libertad, igualdad y fraternidad concebidas dentro de un proyecto de clase para la organización social y política. Eran la libertad, la igualdad y la fraternidad del burgués. No resultaron serlo para nadie más si no servía a sus intereses. La culminación de la disolución de la sociedad feudal en la doble decapitación de los nobles y la formación, con el revolucionario desarrollo industrial, de un proletariado explotado en el irrisorio precio de su fuerza de trabajo, liberado para su venta únicamente del vasallaje feudal, para el cual a su vez había sido manumiso por el esclavista.

Un sistema tal, basado en la oculta explotación del hombre alienado de su trabajo por el hombre (cada vez más ocioso pero también cada vez más astuto) apropiador de los excedentes producidos, tenía que resultar de una o en otra ocasión en crisis. Y estas se iniciaron bien pronto tras el triunfo de la burguesía.

A los pies del burgués, los aristócratas bregaban por restaurar sus feudos y sus afeites; los pequeños burgueses, los artesanos y otros ubicados en los redefinidos sectores medios bregaban ante la competencia desleal de la producción industrial y las actividades financieras. Sufrían la amenaza de deslizarse hacia el proletariado. Secundados por intelectuales surgidos de sus propias filas y que hacían eco a sus intereses (sea recuperar el viejo orden feudal o establecer un nuevo orden agrícola-industrial), prolongaron durante años contraataques, contrarrevoluciones al burgués que no tenían otro efecto que producir reacomodos del sistema en mayor beneficio del capital: las revoluciones destinadas a destruir la máquina, terminaban alimentándola, como decía Marx en el 18 Brumario (sin prever que las “revoluciones” inspiradas por él tuvieron resultado similar). Pero esta mayor integración e integridad del sistema es correlato a una mayor diferenciación dentro del sistema. De la diferencia (social) surgía su conciencia (social).

En el principio la parte de los intelectuales había sido empujar la Revolución Burguesa con el proyecto inacabado de la Ilustración. Encontrándola oscurantista, derrocaron a la Fe y entronaron a la Razón, una Razón que se convirtió en la Razón ya no del Verbo Divino, sino en la Razón del Estado. El Estado era la Razón. Lo racional era lo real y lo real, la existencia real, era la condicionada por el capital, el agente diferenciador. El capital era la razón social. El capital era la relación social. Ya no había otros hombres sino sólo los propietarios de los medios de producción, y la fuerza de trabajo que se entregaba a ellos en prostitución estaba desprovista de toda humanidad. La tecnología sólo contribuía a arrancarles (de) su naturaleza (humana). Una ilusión arcaica comenzaba a ser un sueño recurrente en los durmientes revolucionarios.

La diferencia ya no podía pretender ser invisible. El eje de la apropiación situaba claramente en opuestos simétricos a los componentes del cuerpo social. La anatomía bilateral era demasiado evidente para pasar desapercibida a los intelectuales, que debían justificar el sistema o manifestar su descontento ante él.

La noción de la diferencia les había venido por choques. Las ansias acumulativas habían desarrollado las fuerzas productivas. El interés por la extensión de las tierras laborables, la optimización de los instrumentos de trabajo, y por el aumento de los trabajadores efectivos había desplegado al naciente capital hacia el Oriente y hacia el Occidente. Y, oh sorpresa, se encontraron con quien lidiar sus ansias... o tal vez mejor... con quien satisfacer sus ansias. Eran extraños, pero bien podían ser útiles. Si no, simplemente se les barría.

La estrategia de expoliación metalista de los ya pretéritos Imperios Mercantilistas que ilustraron los últimos tiempos del Despotismo Monárquico, los llevó a desconocidos lugares donde la diferencia no hacía sino brillar. Los intelectuales se iniciaron a explicarla, ora por la curiosidad, ora para justificar las actividades, ora para dirigir las actividades. Las tres no son excluyentes sino, antes bien, lo contrario.

Pero cuando la diferencia no sólo estaba fuera de casa sino dentro de ella, y se hacía cada vez más insalvable, los intelectuales también se vieron abocados a ella. De nuevo, para justificar el sistema, para espolear el sistema o para desacordar del sistema. Algo estaba ocurriendo dentro de él que hacía necesario que se le pusieran las riendas, en una dirección o en otra.

Y es así, como hijas de la disolución de formas sociales y advenimiento de nuevas, hijas de encuentros entre extraños y dominación de ellos (el Colonialismo), hijas del interruptor entre el Oscurantismo y la Ilustración, hijas en fin de los grandes proyectos sociales (siempre proyectos de clase), nacieron las Ciencias Sociales.

En la propia casa empezaban a abundar las locas: desde la simple histérica, el profeta psicótico hasta el revolucionario “sociópata”. ¿Cómo había que enfrentarse a algo tan extraño como la loca de la casa? La lógica que se tuvo fue igualar la extrañeza que producía esta loca con la extrañeza del extranjero.

“Por la naturaleza misma de las materias tratadas en el presente volumen, tendré que consignar muchas ideas y muchos hechos, para nosotros abominables; tantos, en verdad, que, si paso por ellos sin comentarlos y condenarlos, es por temor de fatigar al lector con una repetición enojosa de desaprobaciones sin cuento” (Lubbock, 1943: xi).

Las extravagancias del anómico propio podían equipararse a las extravagancias del retrasado ajeno. El antisocial, el neurótico, el primitivo. De una Ciencia Social de lo extraño, de una Sociología de lo extravagante nació la Antropología (si le metes al niño lo convier-tes en Psicología): el intento de explicar al hombre, el Uno, por lo que se duda que pueda serlo: el Otro.

En casa, en Europa, la situación estaba difícil. ¿A dónde iba la cosa? El orden social era regido por instituciones diferenciadas situadas alrededor de la Razón del Estado. Si se que-ría llevar el orden social a algún lado, había que entender el orden social. Y la explicación para la ontogenia del orden social quizá se encontrara en su filogenia. Todo evolucionaba desde un estado primitivo más simple, ¿no? Se había progresado a una complejidad más alta, pero no estaba produciendo todo el gusto que se quería. Luego, si se retrocedía a una explicación de sus orígenes, quizá se hallaran las leyes que lo regían, y una vez que se conociesen semejantes leyes, al aparato se le podía poner una dirección bien definida, ¿no?

Así que los “antropólogos” entraron al servicio de los profetas sociológicos que querían darle una dirección al orden social. Se encargarían de hacer un seguimiento hacia atrás, un rastreo, de las instituciones fundamentales del orden social burgués, convencidos, como estaban, por resignación, o por reacción edípica de negación y renegación de la perfección y condición prístina de la creación de Yahvé, de que el hombre (el burgués) venía del mono, el civilizado del salvaje. Sólo así podía saber cuánto había ganado en el nuevo orden.

“Nada hay quizá más instructivo sobre la verdadera condición de los salvajes que sus ideas a propósito del parentesco y el matrimonio; como no cabe prueba más concluyente de las grandes ventajas de la civilización que el progreso realizado, gracias a ella, en las relaciones de los sexos” (Lubbock, 1943: 53).

Mas el carromato del Estado tenía una quinta rueda estorbando. La familia tenía una quinta rueda. La economía tenía una quinta rueda. Y así, todas las instituciones con quintas ruedas que sólo complicaban su adecuado funcionamiento dentro de los intereses dominantes (¡oh, que cuidado y se olvidan, son los intereses de la clase dominante!). Había que optimizar su desempeño. “¿Cómo se optimiza el Estado? ¿Cómo se optimiza la familia? ¿Cómo puedo optimizar mi apropiación? ¿Cómo se optimiza etc.?” se respondía a veces primero a la manera metafísica y luego a la manera ilustrada con un “Dime primero qué es el Estado, qué es la Familia, qué es la Propiedad, etc.” Pero la Ilustración inacabada no acabó sus respuestas al Espíritu Positivo, y la opción finisecular de responder a las preguntas ilustradas a las preguntas de las crisis decimonónicas fue responder con otro grupo de pre-guntas: “Dime primero, ¿de dónde viene el Estado? ¿De dónde viene la Familia? ¿De dónde viene la Propiedad? ¿De dónde el Derecho? Etc.” El nuevo orden exigía principios, y los principios eran cronológicos.

“El estudio de las razas inferiores, aparte de su utilidad inmediata para un Imperio como el nuestro, es de gran interés desde tres puntos de vista. En primer lugar, la condición y las costumbres de la vida salvaje se asemejan bajo muchos aspectos, aunque no en todos, a la de nuestros propios ante-pasados en una época ya lejana. En segundo lugar, ilustran mucho de lo que ahora está pasando entre nosotros —muchas costumbres que eviden-temente no tienen ninguna relación con las circunstancias actuales, y al-gunas ideas que se han incrustado en nuestros espíritus, como los fósiles en las rocas—. Por último, gracias a ellas, podemos disipar una parte de las nieblas que separan el presente del porvenir” (Lubbock, 1943: 1).

Con la curiosa lógica circular de preguntarse de dónde viene algo para responder qué es ese algo, lo que nos dice que ya se sabe qué respuesta se le quiere encontrar, se dedicó a la tarea la ciencia de los estados (aquí se quiere decir “estadio”) prístinos, que ya eran tan extraños en un orden social evolucionado: la Antropología. Con la opción, claro está por tantas veces sugerido, del Evolucionismo Sociocultural. Si el problema era que las cosas cambiaban (o quizá, realmente, que las cosas cambiaran) las soluciones tenían que ser teorías que tuvieran por centro el cambio. El cambio idealizado. El cambio arrastrado a la metafísica: la evolución.

“El evolucionismo… fue algo más que una mera teoría: fue una filosofía, una teodicea, una visión moral, un sustituto de la religión. Vio en la evolución y en el progreso las nociones clave para la interpretación de la vida humana y para la justificación del sufrimiento humano; estas nociones no se reducían meramente a explicar, conferían significado moral y orden al mundo. Dada una concepción tal, era bastante inevitable que los pueblos arcaicos, «primitivos», adquirieran un interés especial, ya no como curiosidades, sino como prueba de nuestro propio pasado definitivamente evolucionista. La antropología nació, de hecho, como la ciencia de la máquina del tiempo”
“El planteamiento de máquina del tiempo tuvo el curioso efecto de hacer que se viera a las sociedades como manojos de supervivencias: aun cuando el investigador viera en los pueblos tribales la prueba de nuestro pasado, la perspectiva profundamente diacrónica le llevaba a su vez a explicar en cierta manera sus propias peculiaridades en función de otro pasado más remoto, remontándose todavía más. (Este pasado más remoto únicamente podía ser reconstruido mediante una teoría cuyas bases empíricas resultaban ser la reconstrucción deducida a partir de la teoría misma, un procedimiento descaradamente circular…)” (Gellner, 1987: 20-21).

El Espíritu de la Época era el cambio. El Espíritu de la Época hablaba a través del cambio. La época misma era el cambio, así que en una época de novedades, ¡no era novedad el cambio! Son leyendas las del siglo XX las que colocan en el siglo XIX una lucha sangrienta por establecer una matriz epistémica que construía su espacio en la Evolución. Las disputas, si bien animosas eran académicas y amistosas, eran más generalizadas que pertenecientes a una élite de pocos genios iluminados y pioneros, más dentro de la Ciencia y de la Re-ligión que entre la Ciencia y la Religión. No eran disputas de la Evolución, sino discusiones acerca de los mecanismos y los caminos de la tal evolución. Las matrices de opinión pertenecían a los distintos intereses detrás de la evolución, y no a las distintas teorías sobre la evolución, que eran el producto de esos intereses.

Y está bien dentro del espíritu de la época… o recuperando el tono materialista del espíritu de la época en una de sus voces: más que bien correspondía al modo de producción que las nociones que se forjaran acerca de la evolución fueran modelos que consideraran la competencia y el conflicto (si no son lo mismo para varios). Las reminiscencias del viejo orden eran conflictivas en el nuevo régimen, pero eran indesechables para establecer necesarias desigualdades y diferenciaciones dentro del sistema: conocerlas era controlarlas. Mientras la nostalgia y la presencia de los residuos Antiguo Régimen explicaban la desfun-cionalidad del sistema, la explicación fue histórica, pero cuando las contradicciones dentro del sistema se hicieron inherentes a la diferenciación estructural del sistema, la explicación se refirió a su mecánica más que a su historia. Sin embargo, subyace una necesidad de control por parte de los sectores institucionales del poder por controlar las contradicciones in-ternas de su nuevo orden. La antropología podía proveer los principios para asumir estas diferencias como necesarias al sistema tanto por su historia como por su función estructurante, a fin de que los órganos del poder controlaran, pudieran manejar la diferencia a su servicio.

“El conocimiento de los salvajes modernos y de su género de vida nos permite concebir más claramente y descubrir con más exactitud los usos y costumbres de nuestros lejanos antecesores” (Lubbock, 1943: xi).

La antropología podía ver en los sistemas ajenos (ahora apropiados) cómo se había dado este control. El evolucionismo y el funcionalismo (bioculturalista o estructural) fueron exigencias lógicas del nuevo orden. La optimización de cada institución requería que esta fuese explicada en su historia y en su función:

“Siento el deseo de dar a luz esta parte de mi obra, con la esperanza de que pueda contribuir en algo al progreso de una ciencia, de profundísimo interés en sí misma, y de especial importancia para un imperio como el nuestro, que abraza razas en todos los grados de civilización alcanzados hasta el día por el hombre” (Lubbock, 1943: xiii).

Tal es el contexto en el que surge el pensamiento de Morgan, Malinowski y Radcliffe-Brown, señalando procesos más que hitos del Espíritu Humano.

Continúa en próxima entrega

Elaborado por:

  • Daniel Alberto Alegrett Salazar
  • Daniel Rodríguez Galán
  • Gabriel Ernesto José Torrealba

Bibliografía

La bibliografía será incluida en la última entrega

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