Noviembre 08, 2005

Terceras ideas sueltas y sin elaborar sobre el intercambio interregional y el valle Quíbor

El presente ensayo pretendería ser la conclusión a la discusión que emprendimos acerca de los intercambios interregionales y/o a larga distancia que podrían haberse manifestado arqueológicamente en el valle de Quíbor, orientando esta problemática hacia su rol y sus posibles y distintas relaciones con las formas políticas bajo las que se habría organizado los antiguos habitantes de Quíbor y en especial a la supuesta presencia de dos formas de “cacicazgos” cronológicamente situados, por una parte, en el primer milenio de nuestra era, y por otra, en el segundo milenio de nuestra era, pudiendo haber alcanzado el momento de contacto con los europeos. Para estos cacicazgos tempranos y tardíos el rol del intercambio a larga distancia ha sido o puede señalado de distintas maneras como uno de los indicadores que los caracterizaría como tales organizaciones sociales complejas centralizadas.

Mi exposición está elaborada como breve sumario, en lo que podría ser tocante a nuestra discusión, de la secuencia cultural local tanto en términos más o menos cronológicos como también culturales, esto es, una cierta correspondencia entre las ocupaciones más tempranas como de cazadores recolectores desde al menos 10 milenios antes de nuestro tiempo, las primeras ocupaciones agrícolas (Tocuyanoides) hacia el último milenio anterior a la era cristiana, la Fase Boulevard en el primer milenio de nuestra era, y la Fase Guadalupe en el segundo hasta el siglo XVI con la intervención europea. Para evitar repeticiones y dado que el grueso de la discusión parece estar alrededor de la Fase Boulevard y la Fase Guadalupe, o de los cacicazgos del primer milenio o del segundo milenio, los planteamientos acerca de cazadores-recolectores tempranos y grupos tocuyanoides son aquí menos extensos que en el avance de investigación previo a esta entrega. Nuestros esfuerzos no estuvieron dirigidos hacia grupos precerámicos ni tocuyanoides, por lo que si se nos pidiera ampliar la exposición acerca de ellos, nos limitaríamos a reproducir aquí los párrafos escritos en el texto anterior, tan sólo añadiendo posiblemente ilativos hacia las cuestiones que nos interesan en los momentos posteriores de ocupación del valle de Quíbor.

Grupos precerámicos

Tanto para el valle de Quíbor como para el Noroccidente de Venezuela aún son escasas o incipientes las investigaciones referidas a las Épocas del Paleoindio y del Mesoindio, a pesar de los notables resultados obtenidos por Cruxent y sus asociados en Falcón. La presencia grupos humanos que habrían subsistido de la caza y recolección en la gran región desde finales del Pleistoceno y principios del Holoceno está reconocida, pero los planteamientos se han referido a la búsqueda de las fechas más tempranas posibles, la relación que existiría entre estas fechas y la tecnología lítica y el problema del poblamiento de América, y la relación de éste con las actividades de cacería especializada de megafauna que algunos modelos supusieron como el factor primario para la penetración humana en el continente. Aunque estos problemas se podrían considerar resueltos con un saldo positivo para la región, queda sin explicar la transición de estos modos de vida supuestamente signados por la trashumancia, la simplicidad tecnológica, la organización en bandas y un carácter predatorio o apropiador, a modos de vida productores de alimento, poseedores de cerámica, relativamente sedentarios y tribalizados. Entre los muchos vacíos que existen para este “momento” de la historia amerindia están los referidos a nuestra discusión, si bien en otras regiones americanas y mundiales el tema, por el contrario, ha provocado preocupación por parte de los esfuerzos de investigación debido a la importancia concedida al intercambio y al “comercio” dentro de los modelos clásicos difusionistas o hiperdifusionistas que suponen poca capacidad de innovación al hombre excepto para unos casos privilegiados de repentina invención, muchas veces en ciudades-Estados prístinos que actúan como modelos civilizatorios para el resto de la humanidad, que tomaría prestadas sus creaciones como parte del debido tributo a la grandeza colonizadora de los mercaderes. No es de extrañar que los esfuerzos de algún modo subversivos que enfatizan los desarrollos locales y las invenciones independientes, como fue el caso de las investigaciones en Falcón, no tengan como prioridad análisis litológicos y petrológicos que intenten cotejar la procedencia foránea de la materia prima de los artefactos líticos, ni el acentuar las semejanzas con otras tradiciones de manufactura con preferencia a la discriminación entre ellas.

De esta manera, queda fuera de las posibilidades de esta discusión plantear si en la Serie lítica Joboide del noroccidente de Venezuela hay objetivizaciones de prácticas antiguas de intercambio interregional o a larga distancia. No son exhaustivos en Venezuela los estudios geológicos y geoquímicos que puedan afirmar definitivamente la localización precisa de las formaciones minerales que constituyen la fuente de materia prima para la industria lítica de una regional, pero generalmente se supone con cierta seguridad el carácter local de los artefactos. De hecho, la investigación ha privilegiado el hallazgo de talleres, debido a que el carácter generalmente superficial de los sitios arqueológicos que no corresponden a talleres deja amplio lugar a suponer el siempre posible desplazamiento del material cultural en el espacio, haciendo arriesgada toda conjetura acerca de intercambios. Sin embargo, planteamientos al respecto serán necesarios toda vez que cualquier investigación arqueológica que considere el análisis de material lítico no pueda relacionar éste con fuentes locales. Para Venezuela, como apuntado, esta discusión no es sugerida para material de cazadores-recolectores antiguos, aunque sobran ejemplos mesoamericanos o norteamericanos acerca de la fuente de materiales de, por ejemplo, obsidiana o jaspe. Sin embargo, estas ideas pueden mantenerse en mente para la discusión de los intercambios de los grupos cerámicos del Primer Milenio de la Era Cristiana respecto a ciertos artefactos líticos, y sobre todo, artefactos de concha.

De los cazadores recolectores de la Época Mesoindia tampoco puede decirse nada preciso aquí, sin embargo, de alguna manera permitirá introducir la problemática de la industria de la concha, pues así como los Paleoindios han sido tradicionalmente identificados en Venezuela y América con lítica y caza de megafauna, los Mesoindios también fueron alguna vez esquematizados por recolección en medios acuáticos y concha de moluscos como residuo de la alimentación o como artefacto utilitario. Tampoco la biogeografía y la malacología están plenamente desarrolladas en el país como para discutir extensamente acerca de intercambios si los artefactos zooarqueológicos pertinentes aparecen en contextos mesoindios alejados de fuentes locales de molusco. Pero para las escasas investigaciones realizadas, esto no se ha constituido en un problema, por cuanto los trabajos se han enfocado en sitios costeros o lacustres. Sin embargo, la posibilidad queda abierta, y como modelo ya existen trabajos norteamericanos en sitios del Arcaico con gran cantidad de artefactos de concha marina en contextos funerarios situados en el Medio Oeste de los Estados Unidos y que tuvieron su fuente más cercana y probable en las costas de Florida [Winters, 1970]. Los resultados de tales trabajos del Arcaico tardío norteamericano podrían ser de hecho más pertinentes para los planteamientos alrededor de los cementerios del Primer Milenio de la Era Cristiana que para los intercambios que podrían o no podrían haber realizado los grupos de cazadores-recolectores más antiguos. Sin embargo, el tema de cazadores-recolectores podría ser retomado para un momento mucho más tardío, el del período de contacto, en base a algunas noticias al respecto en los documentos históricos, donde se evidencian sus relaciones de intercambio con grupos de diferentes bases económicas.

Intercambios durante la Fase Tocuyano

Por lo sugerido en el punto anterior, al momento es casi imposible hacer afirmaciones acerca de la transición a la vida agrícola, sedentaria y tribal en el valle de Quíbor desde un “estadio” de cazadores recolectores. La información disponible sólo permite suponer su introducción desde afuera y no un desarrollo local a partir de prácticas de cuidado y domesticación de plantas, ya que la cerámica irrumpiría desde fuera, completamente desarrollada, a partir de cierto momento, relativamente muy cercano a nuestra época a la vez que muy lejano de la de las primeras evidencias de cazadores recolectores.

La alfarería hace su aparición en la región con el Estilo Tocuyano hacia el 300 a. C. Sus orígenes están relacionados bien con la alfarería polícroma y de incisión ancha del noroeste de Venezuela, el norte de Colombia y el este de Panamá, quizá remontándose a un centro de creación mesoamericano dado su sentido de difusión norte-sur, o bien remontándose a un centro amazónico más cercano en el espacio pero más alejado en el tiempo en su introducción al Orinoco en sentido sur-norte, relacionándose con una expansión de antiguos grupos Arawak del Amazonas central. La evidencia que las investigaciones posteriores al planteamiento de Oliver [1989] para una Macro-Tradición Tocuyanoide van arrojando no parece apoyar este sentido de difusión de la cerámica polícroma, aun cuando la penetración humana Arawak supuesta por el modelo pudiera mantenerse con o sin cambios de su cronología. En todo caso, los primeros Arawak en Venezuela habrían visto interactuar sus patrones culturales de selva tropical con grupos previamente establecidos en la región, hayan sido estos remanentes de cazadores-recolectores o portadores de estilos polícromos tardíos.

Sea cual sea el origen de la cerámica polícroma temprana, su manifestación quiboreña, el Estilo Tocuyano habría caracterizado a grupos humanos cuyo modo de vida está aun sujeto a debate por insuficientemente conocido. Sin embargo, sus restos han permitido inferencias acerca de una organización tribal igualitaria cuyo patrón de asentamiento mostraría procesos de fisión ante el crecimiento demográfico, por lo que se ha supuesto una base en la vegecultura o en una semicultura simple y quizá meramente complementaria a la vegecultura, pues la productividad se mantiene tan baja como para no existir la capacidad de nuclear asentamientos. Un uniforme patrón funerario de enterramientos secundarios en urnas corroboraría el carácter igualitario de la organización política, aunque otros grupos relacionados estilísticamente con la Fase Tocuyano habrían preferido las cuevas, y quizá la diferencia pueda deberse a la disponibilidad local de cavidades rocosas en diferentes microrregiones.

Los cementerios Tocuyanoides podrían mostrar ya de por sí la interacción entre distintos grupos portadores de distintos estilos contemporáneos definidos para diferentes regiones, si tal contemporaneidad puede ser verdaderamente establecida por la cronología relativa y absoluta. Si existiese tal caso de confluencia sincrónica de diferentes estilos en un mismo cementerio, se necesitaría saber si los distintos grupos que objetivizaron sus interacciones e intercambios allí eran unidades políticamente equivalentes, sin subordinación de unos a otros, o por el contrario, si la coexistencia de artefactos de diferentes estilos se debe a la acumulación por parte de un único grupo de objetos votivos exóticos adquiridos por vía de intercambio con los grupos foráneos, lo que exigiría la posibilidad de que un grupo Tocuyanoide haya podido producir excedentes que le permitiera tener ese poder de adquisición. Esta última situación posiblemente no sea favorecida por los modelos vigentes acerca de los grupos Tocuyanoides, a menos que Camay pudiera recibir esa interpretación, que sin embargo se aceptaría dentro de la propuesta para la Fase Boulevard, cuya tecnoeconomía quizá es peor conocida que la de la Fase Tocuyano, cuyo modo de intercambio intercomunal sería visto como ceñido al posible entre grupos domésticos o locales interdependientes en una misma región, relacionándose dentro de la más estricta complementaridad y reciprocidad. Esta situación no tiene respuesta por ahora, y más bien sugiere otra: ¿Qué hace diferente a la Fase Boulevard?

Intercambios de (la Fase) Las Locas y de la Fase Boulevard
Primer Milenio de la Era Cristiana

Para comienzos la primera mitad del primer milenio de nuestra era, sobreviven en diversas regiones del occidente de Venezuela estilos o complejos de distintas tradiciones y subtradiciones de la Macro-Tradición Tocuyanoide, al tiempo que se introducirían en el panorama series como la Osoide, entre otras, desde los llanos. En las regiones más cercanas y bien definidas que podrían afectar a Quíbor podríamos tener a novedades como la Fase Miquimú de Carache (Macro-Tocuyanoide) o el Complejo Caño del Oso (Osoide) en los llanos. Para lugares de transición entre lo viejo y lo inédito (Betijoque, Miquimú, San Pablo, Santa Ana, Tocuyano, etc.), como en el avance anterior, nos vemos obligados a excluir de una discusión general y extensa a Camay, Sicarigua-Los Arangues y Cerro Manzano en cuanto ilativos entre las ocupaciones Tocuyanoides del Milenio anterior a la Era Cristiana y el cuadro que se dibuja en el Primer Milenio de nuestra era. Diferentes razones lo motivan: una razón es que están fuera del valle de Quíbor, por lo que son prescindibles, aunque insistimos en imaginar el contexto macrorregional para que el tipo de relaciones o sistemas de intercambio que queremos discutir sea posible. Otra razón es la cronología: Cerro Manzano no la tiene sino por inferencias, en Camay podría estar mezclada por quien ha excavado y reportado el sitio, siendo confusa, y Sicarigua-Los Arangues porque aún en buena parte está en proceso de elaboración y sólo una cronología muy refinada nos asistiría para discutir con propiedad las posibles interacciones entre grupos Macro-Tocuyanoides de extensión más tardía y aquello que los siga en la secuencia local de Quíbor (Fase Boulevard). Esto no sería problema si no fuese porque es información la información que disponemos de allí donde se daría de alguna manera esa transición: el Cementerio Las Locas.

En Las Locas la cerámica se mantiene como Macro-Tocuyanoide. Sin embargo, es similar al estilo Santa Ana, de las montañas de Trujillo, que a su vez es relacionado con Lagunillas, del sur del lago de Maracaibo. Que Quíbor sea vértice de un triángulo así no es extraño para el milenio anterior (por ejemplo Tocuyano y Betijoque) ni para el milenio posterior (Macro-Dabajuroide, por ejemplo Mirinday-Bachaquero-Tierra de los Indios), sin embargo llama la atención que no se trate de Tocuyano ni de una supuesta extensión tardía como El Dividival. Además, el patrón funerario difiere claramente del asociado a Tocuyano, con enterramientos primarios posiblemente directos y ofrendas similares a las que caracterizan a la Fase Boulevard. Las ofrendas son las que importan a esta discusión, por cuanto aparecen objetos líticos y de concha no locales. El objeto lítico es una placa alada en forma de murciélago, lo que se ha asociado materialmente a los altos Andes pero que ideológicamente es asociado por Perera [1979] a las tierras bajas de Lara. Los objetos de concha son de origen marino. La Fase Miquimú de Carache [Wagner, 1988] presenta similar situación: materiales de concha marina y placas líticas aladas, aunque la cerámica se ha definido para esa localidad, aunque Wagner cree que tiene similitudes notables con Rancho Peludo (al noroeste de la cuenca del lago) y Caño del Oso (llanos), ambos contemporáneos.

De esta manera Las Locas relaciona a Quíbor con la costa y con las montañas, situación que sólo se hace más compleja para la Fase Boulevard, dada la presencia de concha marina y placas aladas en contexto funerario, con una cerámica especializada que se pensó independiente y única, pero para la que se han señalado por parte de Lilliam Arvelo equivalencias con el Estilo San Pablo de Yaracuy que Cruxent y Rouse definieron como tardío y de la Serie Tierroide típicamente centro-occidental (y Oliver lo incluyó de tal manera en la Macro-Tradición Dabajuroide), y que ahora aparece como mucho más temprano y relacionado (si no perteneciente) con la Serie Osoide de los llanos. La Fase Boulevard ha sido definida de acuerdo a los hallazgos en el cementerio prehispánico en el Boulevard de Quíbor, donde se hallarían cerca de 300 enterramientos. La industria de concha marina transformada en objetos votivos es lo que ha hecho particularmente relevante a la arqueología a esta necrópolis, dado su origen y particular distribución en el terreno y entre los muertos.

Después de un viraje teórico hacia el materialismo histórico, Sanoja y Vargas habían notado que sus excavaciones en el cementerio Las Locas habían arrojado 22 enterramientos de los cuales una minoría habría recibido un trato preferencial respecto a los demás, es decir, se revelaría la presencia de un patrón funerario diferencial, que dentro de su esquema interpretativo era interpretado como indicador de desigualdad política, correspondiendo el trato preferencial a los miembros de una élite de dominadores. El Boulevard, excavado inicialmente por Adrián Lucena, ofrecía más oportunidades y matices para semejantes interpretaciones.

La profusión de artefactos de concha y la calidad de su elaboración parecía hacer plausible un esquema basado en la economía política, pues este patrón funerario diferencial suponía también el surgimiento y mantenimiento en interés de la élite de una red o sistema de intercambios a larga distancia que procuraran los elementos necesarios al consumo suntuario que distinguía a la élite de la plebe, para la cual la situación era legítima, pues la jerarquía social era naturalizada en el plano de la imaginación. Una infraestructura económica productora intensiva de alimentos era gestionada por la élite, para la cual era un derecho captar sus excedentes como tributo de los comunes. Parte de estos excedentes permitía la participación en esas redes de intercambio a larga distancia para la obtención de materiales y productos exóticos suntuarios. Otra parte de estos excedentes era dirigida al mantenimiento de especialistas responsables de la manufactura de los artefactos distintivos de la élite. De esta manera, aquellos cuyos restos fueron depositados en el Boulevard de Quíbor, en vida habían sido partícipes de una organización política cacical.

En algunos aspectos superestructurales la hipótesis de estos cacicazgos tempranos (Las Locas y Boulevard) parece plausible. Los raros objetos de concha, las placas aladas (líticas o de concha), el “ámbar”, el asfalto, etc., que formaban parte de estos circuitos “comerciales” a larga distancia estaban destinados a usos rituales en interés de una élite que por su posesión final o en ultratumba (no necesariamente poseyeron estos objetos en vida) podía hacer su preeminencia social objetivamente visible. La recurrencia de esta situación en sitios relativamente contemporáneos como Miquimú o los cacicazgos de los llanos de Barinas presta apoyo a una lectura de economía política a la hipótesis de Perera respecto al origen en tierras bajas larenses del “culto del murciélago”, pese a su elaboración en talleres andinos. El complejo mítico-religioso que propone alrededor de las placas líticas aladas, junto con la formalización de la industria de la concha y su particular distribución, podría leerse como una relación de centro-periferia. El centro se valdría de la periferia para la obtención y/o modificación de la materia prima destinada al consumo en el centro a cambio de los productos alimenticios que su infraestructura económica permite; a su vez, el centro difundiría a la periferia sus modelos y patrones, y se crearía finalmente un “estilo internacional” distribuido a lo largo de grandes regiones como distinción de lo elitesco y lo plebeyo. El culto era capaz de integrar intracomunalmente el trabajo y dirigir sus esfuerzos hacia la complacencia de la élite, poseedora de los conocimientos esotéricos que permitían la comunicación entre los hombres y los dioses o la naturaleza.

Infraestructuralmente, sin embargo, el esquema ofrece problemas, lo que modificaría la interpretación de la superestructura. No se conoce bien o del todo ningún tipo de estructura arqueológica que permita reconstruir con seguridad la base económica de la Fase Boulevard. Fuera de las posibles concomitancias superestructurales, no hay nada que afirme que la producción agrícola fuese intensiva ni qué tan excedentaria pudo haber sido, pese a la participación en lo que parecieran ser extensas redes de intercambio. Lo esencial de esta infraestructura económica no tiene que ser la tecnología capaz de producir masivamente, sino los procesos relacionados de organización del trabajo social que pudieron no requerir de una gestión central ni de una creciente desigualdad política. La producción, sin intensificación o sin control o gestión central, pudo haber sido lo suficientemente excedentaria como garantizar la participación en redes de intercambio a larga distancia donde las interacciones entre unidades políticamente equivalentes no exigieran o no permitieran una economía cacical, sino tribal igualitaria. Los cacicazgos no necesariamente se infieren de los cementerios a donde fueron a parar los productos exóticos. Los patrones funerarios diferenciales pudieron no ser diferenciales o podrían recibir otra explicación, en base a, p. ej., edad, sexo, pautas seculares de enterramiento (modas), etc., que no impliquen una fuerte desigualdad política según el consumo diferencial del espacio o de material exótico.

Si la desigualdad política tiende a basarse en el tributo, éste podría crear desigualdades económicas que quizá estén más allá de la estructura que supone un cacicazgo y donde las relaciones políticas, aún basadas en el parentesco o la alianza, anteceden a las puramente económicas (relaciones de clase). Una economía tributaria vería como poco anómalo la existencia de redes de intercambio a larga distancia, ya que produciría especialización y expansión para captar diferentes órdenes y fuentes de tributo, o más aún, podría formalizar el tributo de tal manera que surja una economía monetaria respaldada por esta sociedad clasista inicial, Estado o Imperio, que ya no sería cacicazgo.

Quizá no sea una economía tributaria la exactamente correspondiente al cacicazgo, sino la redistributiva. Pero la redistribución también existe y puede caracterizar a sociedades más “simples” o más policéntricas o acéfalas. Sociedades igualitarias son capaces de mantener extensas redes de intercambio. Aun cuando los objetos podrían ir mano o a mano entre pares, también sociedades tribales relativamente igualitarias son capaces de organizar y gestar expediciones a sitios lejanos, incluso atravesando fronteras interétnicas, para procurarse materiales exóticos. Sociedades indígenas que pudieron haber estado vertical o piramidalmente jerarquizadas para los oficios de guerra o de negociación e intercambio con otras organizaciones, despliegan también mecanismos para horizontalizar el poder y de cierta manera evitar la acumulación de poder y funciones sobre personalidades o unidades centralizadas, por lo que la tipología del cacicazgo o no necesita ser invocada o tiene que ser definida de tal modo que acepta tales descentralizaciones y variaciones seculares o estructurales de acuerdo a las necesidades o exigencias de la estructura social o colectivo. Ante todo, no se debe olvidar que en estas sociedades americanas, cacicazgos o no, la organización permanece tribalizada y probablemente los vínculos políticos y económicos están definidos por el parentesco y la alianza, si bien abundan los ejemplos etnográficos de consciente manipulación de estas estructuras, dinámicas y flexibles, por parte de los individuos pertenecientes al grupo según sus conveniencias, pudiendo llegar a acumular poder, alianzas y subordinaciones que le conceden un papel preeminente en la sociedad. Quizá existe una menor discontinuidad entre instituciones como la del Big Man, el Great Man y el cacique de lo que los esquemas habituales suelen suponer. Ante todo, una economía de redistribución es preferible para caracterizar al cacicazgo que aquella que supone la recolección de tributos, y sin embargo, también queda lugar a una transformación estructural de una forma a otra, tal como la de un Estado. Este tipo de continuidades con instituciones típicamente tribales sujetas a diversas contingencias son las que quizá hacen del cacicazgo una forma inestable e incluso cíclica de organización. De esta manera no es difícil de establecer la importancia que pudieran tener las redes de intercambio entre personajes o grupos elitescos para darse un puesto señalado en la sociedad y a la vez, poder establecer alianzas y confederaciones con otros grupos y sus élites para un mayor control de los propios.

El registro arqueológico señala con la Fase Boulevard un inicio, apogeo y desaparición entre los siglos II y VII de una tan elaborada industria de la concha marina como la que se presenta en el Boulevard como pectorales alados, cuentas de collar, “cubre-sexos”, figuras zoomorfas, etc. Es difícil saber dónde se elaboraron los productos y si ello implicaría especialistas dedicados a su manufactura, pero la gran cantidad de material de concha puede suponer una cierta regularidad de los intercambios a larga distancia con el litoral caribe falconiano y el golfo de Venezuela, y quizá la costa central y oriental, si algunas especies de moluscos así lo pudieran establecer. A su vez, las técnicas y materiales empleados parecen mostrar una racionalidad económica por la cual el aprovechamiento máximo de lo disponible y una reproducción del sistema toda vez que los materiales eran consumidos en su deposición final en el cementerio, no pudiendo distribuirse su posesión después de la muerte del individuo a quien era adjudicado en la muerte. Puede caber dudas acerca de si estos objetos eran también poseídos en vida del individuo, lo que de ser negativo, implicaría que la dotación postmortem de un objeto de concha se corresponde a un esfuerzo de honorificación y no necesariamente a la forma final de una jerarquía social entre la que habría circulado desigualmente los ornamentos de concha.

Diversas de las ideas aquí apuntadas deben ser retenidas al considerarse la posible existencia de cacicazgos posteriores a los inicios del segundo milenio de nuestra era en lo que se ha llamado Fase Guadalupe.

Fase Guadalupe

Para el segundo milenio, el noroccidente de Venezuela parece presentar una gran unidad cultural como quedaría evidenciado en los estilos polícromos tardíos o Macro-Tradición Dabajuroide. La distribución espacial y cronológica de las tradiciones y subtradiciones parece estar menos presta a confusión, siendo incluso posibles intentos como el de Oliver de identificación de grupos históricos del siglo XVI con los estilos cerámicos, aunque sin que tales intentos puedan resolver la relación cerámica y etnicidad. De esta manera, la circunscripción de los estilos permite a la vez que dificulta discusiones acerca de interacción e intercambio fundamentados en los estilos cerámicos, puesto que si bien podría quedar clara la dinámica de intercambios a larga distancia, no pueden resolverse por esta vía interacciones más localizadas, excepto si estructuras arqueológicas dentro de una localidad o de una región pueden permitir una diferenciación de grupos. En una región, los documentos históricos pueden plantear intercambios entre grupos de distinta etnicidad, organización social y económica, pero arqueológicamente quizá nada podría saberse de la distinción en caso de que existiese complementaridad y simbiosis a menos que la visibilidad arqueológica de las distinciones sea muy marcada. Es difícil sin investigación detallada saber si arqueológicamente son distinguibles grupos de cazadores recolectores y agricultores como Guayqueríes y Caquetíos a lo largo de un río, según la simbiosis que Federmann presenta entre ellos. Quizá los Guayqueríes no sean visibles en absoluto o quizá sean velados dado que comparten objetos con los Caquetíos. Las distinciones tendrían que realizarse por finos sondeos de ausencia y presencia de elementos alrededor de un referente que pueda distinguir al menos dos conjuntos (por ejemplo, las dos orillas de un río).

En el valle de Quíbor sucedería algo similar o inverso y que puede señalar como un problema de interacción e intercambio localizado puede tener consecuencias e implicaciones para un problema de interacción e intercambio inter o macro-regional. Dada la escasez de documentos tempranos para la región de Quíbor, muchas veces depende enteramente de la arqueología determinar si al menos dos conjuntos cerámicos fueron contemporáneos o no, y si ello implica la coexistencia de al menos dos grupos humanos que interactúan de una forma u otra. De esta manera se ha propuesto la posible cohabitación del valle de Quíbor, al menos durante cuatro siglos (1000-1400 A. D.) de grupos portadores de cerámica San Pablo y Tierra de los Indios, como lo ha hecho Arvelo (1995). La situación presenta dificultades si se sigue a Oliver con la idea de que San Pablo pertenece a los Caquetíos de Yaracuy y Tierra de los Indios a los Caquetíos de Barquisimeto, siendo el primer problema el que San Pablo pueda ser más antiguo debido a su equivalencia con Fase Boulevard y de hecho, mantener quizá más relaciones con los Osoides que con los Tierroides. Dentro del esquema de Oliver, Tierra de los Indios es un complejo muy cercano a Mirinday, que adjudica a los Cuicas (Chibcha) de Trujillo. Algunos documentos podrían resolver o dificultar la cuestión en tanto los habitantes de Quíbor al momento del contacto serían al menos Ajaguas y Coyones [Nectario María, 1978]. Dado que los Ajaguas aparecerían en los documentos asociados a la población de El Salinero y como efectivos productores y comercializadores de sal, los montículos de Guadalupe y el estilo Tierra de los Indios está claramente relacionado con ellos para la región. Esto no significa que los Gayones, que pudieran ser Chibcha y que se encontraban en franco proceso de extinción para el siglo XVII, sean por descarte los portadores del estilo San Pablo, que también se encontraba en decadencia. Para ello sería necesario que históricamente aparecieran localizados en el oeste del valle, y aún así lo resuelto sería poco, dado que Tierra de los Indios, cercano a un Mirinday que para Carache es Chibcha, es para Quíbor al menos Arawak, mientras que San Pablo, que para Yaracuy podría ser Arawak, para Quíbor podría ser Chibcha. A nuestra manera de ver, estas complicaciones de la relación entre alfarería y etnicidad reflejan lo complejo de las interacciones e intercambios entre grupos tardíos, complejidad cultural mayor si consideramos otras esferas de la cultura material, tal como las obras de acanalado o almacenaje de aguas y monticulado o banqueado de tierras en zonas planas o en pendientes montañosas.

Por su lado, el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las actividades de subsistencia son tan extraordinariamente similares o idénticos entre una y otra región, lo cual parecería descartar la idea de complementaridad económica entre los grupos. El intercambio interregional para este período no puede estar basado ni fundamentado en la provisión de alimentos, a excepción de las diferencias aquellas regiones más o menos favorecidas por las lluvias y los suelos, aunque es evidente que la tecnología agrícola solventaría buena parte de estas restricciones naturales. El intercambio interregional para este período debe seguir basándose en la circulación de bienes de prestigio y materias primas exóticas a una región u otra. Una serie de indicadores económicos indica que esto sería así. El testimonio del joven Titus Neukomm indica hasta qué punto había perdurado para el momento de contacto la concha y piedra exótica como objeto suntuario y bien de prestigio:

“La mujer se adorna con uno o dos collares hechos de piedras rojas y blancas, que entre ellos se aprecian mucho, pero que para nosotros no tienen valor ninguno. Estos los ponen sobre el cuello. Algunos llevan alrededor del cuello unos collares pequeños, hechos de finas y menudas conchas de distintos colores, tan pequeñas como las cabezas de los alfileres. Los lían 40 ó 50 veces alrededor del cuello y los llevan para adorno. Con los collares arriba dichos compran y venden y los miden por palmos. Ésta es su moneda después del oro. “Los dichos collares llevan algunos también abajo, alrededor de las piernas, para el adorno. Y el que es de los más nobles, lleva un pedazo de oro en forma de un animal o de una persona, colgado de las orejas y alrededor del brazo; y también un collar de oro. El hombre lleva además para su adorno, alrededor del cuello, un collar hecho de dichas piedras. Entre ellos esto se aprecia lo mismo que entre nosotros las cadenas de oro. Los hombres llevan también un pedazo de oro hecho en forma rara, colgado de la nariz, y las mujeres un pedazo de oro en las orejas, en la forma arriba dicha” [Neukomm, 1964: 410].

Sin embargo, aparecen varios elementos que o bien no existían para la Fase Boulevard, o que quizá no tienen de visibilidad arqueológica en ese período. Uno es la presencia de objetos de oro, universalmente reconocido como objeto de gran valor, y motivo principal de la presencia de conquistadores en América para el siglo XVI y buena parte de los siguientes. El segundo elemento es que los collares de piedra, los collares de concha y los objetos de oro tienen valor de cambio, pero esto debe entenderse siempre dentro de lo ceremonial y no del comercio, de la compra-venta, lo que podría ser válido para los alimentos: “entre los naturales es el trueque de cosas de comer, lo que unos tiene con lo que tienen los otros; y hay un género de moneda entre ellos que llaman quiteroque, que son unas cuentas pequeñas de caracoles o piedrezuelas de poco valor, y huesos de animales, con que tratan entre ellos” [Ponce de León et al, 1964: 158]. Como en el anillo del Kula en Melanesia, quizá existan dos esferas de intercambio paralelas: aquella más profana en la que se intercambias alimentos, y aquella más sagrada en la que se refuerzan relaciones y se realizan ceremonias. Aunque con poco valor para los europeos, la concha, las piedras y los huesos son valores en tanto que intercambiables, transferibles y no consumibles del mismo modo que los alimentos, en esa “trama de prestaciones y contraprestaciones sociales, económicas y religiosas” [Arvelo-Jiménez, Morales Méndez y Biord Castillo, 1989: 156] como estrategia de control de los recursos y territorios por parte de sociedades descentralizadas, en lugar de organizaciones militares, o al menos, sociedades que no quieren recurrir a soluciones militares a sus conflictos sociales o cósmicos. Los Ayamanes enanos “se habían visto obligados a confederarse con algunos pueblos y con sus habitantes, sus enemigos los Xideharas, que habitaban más al norte, y casarse con ellos” [Federmann, 1964: 175]. Federmann no siempre logra ver ese valor de cambio, pero siempre apunta el valor de uso y las posibles modalidades de intercambio, que podrían incluir no sólo la negociación, sino también la guerra, como anota para los Ayamanes:

“Recibimos pocos presentes o regalos de esta nación, ya que no poseen riquezas o tienen muy pocas; usan como adorno unos granos negros y brillantes que ensartan a manera de cuentas de rosario. También usan algunos mariscos o conchas de mar, que compran de otras naciones, pues por estar alejados de él les parecen muy raras, ya que no conocen nada del mar ni van allá. Es un pueblo enemigo de los pueblos vecinos, no viajan lejos, y ninguna nación necesita los términos de otra ni el dominio sobre ella” [Federmann, 1964: 181].

La modalidad guerrera del “intercambio” tal como era practicada por los Ayamanes era no sólo un modo de hacer circular cuentas de collar y oro, sino también otros bienes preciados como mujeres y niños [Federmann, 1964: 173]. Lo mismo se aplicaba para las negociaciones de paz pues, los Ayamanes “me dieron algunos presentes o regales de oro. El cacique o señor me (presentó) y regaló también una enana de cuatro palmos de altura, de bella y buena proporción y figura, que dijo ser su mujer, pues esto es habitual entre ellos para confirmar la paz” [Federmann, 1964: 180]. Sin embargo, entre los Caquetíos de los llanos norteños la naboría “me fue negada, aunque acostumbraban a comprarlas y venderlas entre sí” [Federmann, 1964: 213], quizá porque en las condiciones y términos de Federmann y lo que podía ofrecer a cambio, o por su carácter extranjero que sólo ofrece guerra o paz, ello no era posible. Las relaciones interétnicas e interregionales de los Jirajaras son similares, por cuanto pese a que regalaron “algunas cositas de oro” a Federmann y su gente,

“esta nación no posee… mucho oro, ni hay minas en las tierras que ocupan, ni comercian con las naciones vecinas, pues cada una de las que habita en las montañas es enemiga de la otra… Aunque me dieron vituallas y algo de oro fue porque tuvieron que hacerlo” [Federmann, 1964: 170].

De nuevo, el problema está en que Federmann pretende forzar los intercambios, y en estas condiciones, la reciprocidad es negativa, como ante los Caquetíos de Vararida que “no sólo no nos hicieron regalo alguno, a pesar de tener mucho oro, sino que en algunos pueblos o aldeas nos exigieron el pago por la comida que necesitábamos, lo que por supuesto no consentimos” [Federmann, 1964: 226]. Si los indígenas consentían a una donación que no sería inmediatamente recíproca, lo hacían con la esperanza implícita de que fuese contradonado, como pudo haber sucedido entre los Caquetíos de Barquisimeto, pues

“En todos estos pueblos o aldeas de esta provincia de Variquecimeto nos dieron muestras de buena amistad y nos hicieron regalos sin obligarles a ello, sino por su propia voluntad y por un valor de tres mil pesos oro, que son alrededor de 5.000 florines del Rhin, pues son gentes ricas que tratan, trabajan, elaboran y venden oro. Y si se les hiciera regalos de objetos de hierro, tales como picos, hachas, cuchillos y cosas semejantes que necesitan, se podría conseguir mucho oro y enormes riquezas” [Federmann, 1964: 191-192].

Una riqueza, transferible, con un valor de uso considerable era la sal. Se ha apuntado que para Quíbor, si no ha sido la agricultura intensiva la responsable de la complejidad social, ha tenido que ser la producción de sal de tierra. En las Relaciones geográficas filipenses de Barquisimeto y el Tocuyo se ha anotado que:

“A 5 leguas de esta ciudad hay un pedazo de tierra salada que será como de una legua, de la cual los indios cogen y destilan en ollas, y de la lejía que sacan de ella, llenan ollas y la cuecen tres días con sus noches sin apagar la candela de debajo, que es de madera recia. Y recogiéndose en el dicho tiempo, cuaja un pan de color de tierra con el cual los naturales se han sustentado de sal, y los españoles la comen a falta (de otra), y sal con ella la carne, y hace mejor cocina que con la sal del mar. Y los naturales que no pueden alcanzar esta sal, queman enea y otras yerbas y la ceniza de ello la comen por sal” [Ponce de León et al, 1964: 157].

“Se hace en ellas [salinas de Nueva Segovia] una poquita de sal que dicen de tierra, que no sirve para los españoles porque amarga un poco. Sólo es buena para hacer cecina, que para el proveimiento de los españoles y su comer, se trae del mar” [González de Arévalo et al, 1964: 196].

La producción de sal de tierra, de acuerdo a Federmann y a documentos recogidos por el Hermano Nectario María respecto a la fundación de Nuestra Señora de Altagracia de Quíbor está incontrovertiblemente relacionada con los Ajaguas o Xaguas, que “contratan y hacen comercio de sal con aquéllos [los Caquetíos de Barquisimeto] pacíficamente” [Federmann, 1964: 190]. En las relaciones geográficas queda asentado además que la producción de sal de tierra aparecía como alternativa a la sal marina y a la sal vegetal. De esta manera, las redes de comercio surgidas alrededor de la sal de tierra producida y “comercializada” por los Ajaguas se explican como la “concurrencia” en un “mercado” de un producto capaz de “competir” frente a otros. Si antes referíamos el intercambio interregional a la economía primitiva como ajena a los principios de la economía capitalista occidental, en este aspecto, los grupos indígenas no diferirían de los europeos. Aún más, la relación entre economía y poder queda establecida en tanto que es posible que esta competencia de la sal Ajagua contra sal vegetal de indígenas más pobres y sal marina de indígenas más ricos y poderosos como los Caquetíos falconianos, pone a los Ajaguas en clara ventaja dentro del "mercado".

Consideraciones finales

Como fue planteado en los avances de investigación y en la introducción a este trabajo, la intención de esta discusión acerca del intercambio regional, interregional, macrorregional y/o a larga distancia, estaba dirigida hacia su relación con las formas políticas que pudieron haber existido en el valle de Quíbor. Nuestro impulso inicial era hacer una amplia discusión de las teorías acerca de los cacicazgos y de teorías del intercambio primitivo según antropólogos políticos y económicos y arqueólogos. Se ha preferido refrenar semejante voluntad de saber por cuanto lo más urgente en una arqueología regional es ordenar los hallazgos en esta orientación antes que adaptarlos a una visión teórica particular. Mientras que la discusión acerca de las formas políticas ha sido suficientemente amplia dentro del Seminario debido a la orientación de éste, no hay lugar en él para que una discusión de teoría económica preceda a una discusión de las evidencias arqueológicas. Por ello, a pesar de los riesgos de empirismo y de debilidad teórica, finalmente se ha preferido un énfasis en la evidencia o cómo podría ser leída en un futuro las evidencias, antes que en las teorías a partir de las cuales se puede hacer una lectura u otra de los hallazgos en el campo a la luz de una teoría del intercambio. Para esto hemos tenido que utilizar deliberadamente nociones más vagas e imprecisas acerca de los intercambios y en particular de los intercambios a larga distancia, para que las posibilidades queden señaladas por el registro antes que por camisas de fuerza teóricas. Sin embargo, se pueden precisar diversos puntos a modo de las pautas que podrían descubrirse tanto en el campo como en las colecciones arqueológicas y que podrían problematizarse para una discusión acerca del rol del intercambio en la discusión de las formas políticas.

Ante todo, si algo puede verse o suponerse en la historia de ocupación de Quíbor, es que el intercambio que pudo extenderse con facilidad a grandes distancias, sea pasando de mano en mano o de localidad a localidad, sea a través de expediciones “comerciales”, podría ser rastreado desde las primeras ocupaciones humanas hasta los tiempos coloniales, tanto en las sociedades indígenas como entre los criollos. La importancia de la región de Lara y Yaracuy en las prácticas de contrabando colonial podría mostrar con facilidad la continuidad de esta situación, que se inicia al nivel más telúrico o geográfico de punto estratégico para las comunicaciones regionales, esto es, por su comunicación con el Caribe a través de las cuencas del Tocuyo, el Aroa y el Yaracuy o a través pasos de la sierra Falcón-Lara, o por la cuenca del lago de Maracaibo, y sus conexiones directas con los Andes y los llanos. Para las sociedades indígenas que nos preocuparon aquí, si bien nuestras consideraciones acerca de los grupos más tempranos pudieron ser más vagas y especulativas, esto es dependiente de los programas de investigación arqueológica que hasta ahora se han realizado y lo que han logrado, y no es primera instancia un problema de falta de registro arqueológico en sí ni de que la situación definitivamente no se haya presentado. Sin embargo, las evidencias para las ocupaciones más recientes son más claras, y de hecho, algunas menos claras podrían recibir tal interpretación en lugar de otras que han recibido.

Esta posibilidad de semejantes prácticas de intercambio a todo lo largo de la ocupación humana de la región modifica en parte, y sólo en parte, el rol del intercambio a larga distancia como indicador de sociedades complejas caracterizadas como cacicazgos. Lo que la evidencia arqueológica podría llegar a indicar, así como lo ha indicado en otras regiones del mundo, es que esa práctica puede ocurrir y ha ocurrido en sociedades no cacicales. Establecerlo fue uno de los objetivos principales de mi discusión. Pero esto no significa que una relación intrincada con formas jerarquizadas, sea por rango, estratos, estamentos o clases, no deje de faltar. Así que si bien la práctica de intercambios a larga distancia grosso modo puede ser establecida para cualquier período arqueológico, sus mecanismos, formas y contenidos son concomitantes a las estructuras sociales implicadas, es decir, están sujetas estas prácticas, redes y sistemas a una historicidad y de acuerdo a ella sus implicaciones difieren. Marx había hablado no meramente de un modo de producción, sino de un modo de producción y de intercambio. De ello se desprende que tanto la producción, la distribución, y el consumo son, dialécticamente, definidas por las relaciones sociales y a la vez definitorias de éstas. No se puede dejar de insistir en que lo define a un modo de producción (y de intercambio) no es la tecnoeconomía, los instrumentos técnicos de producción, sino las relaciones sociales de producción. De acuerdo a éstas tienen que ser explicadas las modalidades de intercambio a larga distancia de acuerdo a distintas, e históricas, racionalidades económicas dentro de esas relaciones sociales.

Por la evidencia, la relación entre complejidad social e intercambio siempre existe, siempre están aparejadas, pero la complejidad social no significa necesariamente formas jerarquizadas, o al menos éstas no significan siempre instancias centralizadas de poder. Lo que invitamos a hacer es a visualizar lo que una ideología antropológica o arqueológica podría tener por simple como más complejo, y quizá aquello que se ha pensado más complejo, pueda visualizarse operando con mecanismos más simples o aún más complejos de los imaginados habitualmente. También invitamos a visualizar la complejidad social no como gradaciones de la distribución del poder (que en última instancia reside en la sociedad en su conjunto y jamás en un chamán, un jefe de aldea, un cacique, un rey o un presidente) sino como resultado de la interacción dentro de y entre sociedades necesariamente distintas entre sí, sea por sus bases económicas o por su etnicidad. De acuerdo a este tipo de complejidad donde pueden existir en todo momento combinaciones o variantes de reciprocidad, redistribución, tributación o contrato, y distintas formas de personalizarse o impersonalizarse las relaciones que se establecen. En una economía tribal, dentro de la que incluiríamos a los cacicazgos puesto que las relaciones políticas siguen basadas (y no desprendidas de) del parentesco (el cual a su vez no debe ser definido igualmente en todas las sociedades ni en todos los tiempos), las relaciones económicas son fundamentalmente personales y esto, en lugar de desprenderlas de la negociación y de racionalidades puramente económicas basadas en la ganancia y el provecho, las intrinca más en las dinámicas sociales. Creemos que las modalidades de intercambio cuando se relacionan a la evolución de formas políticas, están crecientemente formalizadas y despersonalizas cuando están estrechamente definidas por una economía política de mayor centralización y diferenciación de las instancias de poder, producción y consumo. Sin embargo, su formalización en toda sociedad tribal, incluso las “anteriores” a los cacicazgos, está definida por su relación con el ritual, con la cosmología, con la ideología.

Para toda sociedad, indígena o no indígena, occidental o no occidental, la ideología y la política son más definitorias que la economía, al contrario de lo que algunos esquemas evolucionistas y deterministas tecnológicos han querido plantear. Sin embargo, estas formas ideológicas están sujetas a historicidad, y si bien en una sociedad cacical los fundamentos de la relaciones son claramente ideológicos y no necesariamente ligados a un cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas, es imposible construir castillos en el aire, no puede haber ese viraje en las explicaciones hacia enfatizar la ideología sin exigirse a sí mismas una clara explicación de las bases económicas. Y lo mismo ocurriría en sociedades más “simples”, que aunque siempre han sido caracterizadas como dependientes del medio debido a su precariedad tecnológica, la ideología es la que sanciona su relación con el mundo, más allá de sus limitaciones o de sus logros tecnológicos y, de hecho, la tecnología no implica únicamente implementos materiales, también implica conocimientos acumulados y en elaboración que pueden objetivizarse en esos implementos o en modificaciones al medio natural o en la gestión de cualquier sociedad de sus propias relaciones internas y externas. De igual modo, el rol de las prácticas, redes y sistemas de intercambio dentro de las formas políticas debe ser relativizado de acuerdo a la sociedad considerada y las sociedades con las que interactúa. De tal manera, el intercambio como indicador de cacicazgo sólo puede funcionar como tal en tanto que otras esferas de la sociedad indiquen tal forma política. No se trata de una tautología, sino de la consideración de la complejidad interna de todo grupo humano. Ningún indicador puede ser tomado aisladamente y asignar por su sola presencia una caracterización o tipología a un cierto grupo humano. Por supuesto, existiría una jerarquía de indicadores, donde unos deben tener más peso que otros.

Como primera conclusión o problematización, si bien el rol del intercambio a larga distancia dentro de una economía cacical estaría ligado a la satisfacción de una ideología, no puede descartarse que las redes de intercambio también satisfacían necesidades económicas de la población en general en grupos humanos anteriores o posteriores a posibles formas cacicales de organización. No se trata de pequeñas cantidades de objetos transmitidos en el espacio ni pertenecen al “campo de la imaginación” redes extensas [Cf. Gassón, 1996, Langebaek 1992], que de hecho una economía cacical sólo podía formalizar y sistematizar aún más en la creación de “estilos internacionales” y una iconografía del status y del poder, sino que se trata de una forma de interacción entre sociedades que en buena parte se definirían por semejante y constante interacción.

Caracas, martes 6 de julio de 2004

Citas sueltas:

“Contrariamente a la posición vigente que caracteriza a los grupos étnicos orinoquenses como sociedades autocontenidas y que concibe las interacciones extralocales o interétnicas como estrictamente comerciales, interpretamos que la convergencia de relaciones inter-étnicas, tratadas por la literatura como hechos aislados y casuales, implica la existencia de un nivel de integración sociocultural diferente del local o étnico. Este nivel lo denominamos Sistema de Interdependencia Regional del Orinoco. Suponemos que las etnias componentes de este Sistema fueron creando una compleja trama de relaciones interétnicas que llegó a integrarlas de manera horizontal y diferenciada. Este tipo de integración fue posible gracias a que los vínculos inter-étnicos no implicaban pérdida de la autonomía política local ni de la diversidad cultural ni lingüística de las etnias componentes del Sistema… De allí que uno de nuestros objetivos sea identificar los mecanismos articulatorios del nivel inter-étnico, tales como comercio, prestación de servicios rituales, alianzas matrimoniales inter-étnicas, pactos políticos, incursiones bélicas, etc. Sabemos por detalles etnográficos que algunas de las innovaciones que se propagaban a través del Sistema, se incorporaban al mismo como resultado de incursiones bélicas. No obstante esto no condujo a la supremacía político-económica de ningún grupo étnico sobre las decisiones y recursos naturales de los otros” [Arvelo-Jiménez, Morales Méndez y Biord Castillo, 1989: 156].

“La naturaleza de las sociedades indígenas que ocupan el norte de Colombia y el occidente de Venezuela en el siglo XVI sólo se puede entender sobre la base de procesos de largo plazo y considerando dichas sociedades como partes de sistemas regionales más amplios que cada una de ellas” [Langebaek, 1992: 211].

Ni el crecimiento demográfico, “ni cambios tecnológicos, ni climáticos, ni condiciones medioambientales explican satisfactoriamente los procesos de evolución social en nuestra área de interés” [Langebaek, 1992: 211].

“La formación de sistemas regionales sólo se dio en una escala geográfica muy reducida. Las «relaciones» entre grupos tan alejados como los de los Andes orientales y la Sierra Nevada de Santa Marta, pertenecen por completo al campo de la imaginación… El rol del intercambio a larga distancia en el desarrollo de sociedades complejas no fue importante. En primer término la cantidad de artículos involucrados en redes de intercambio a larga distancia era mínima. Además, se trataba de bienes de lujo, muy costosos, que aunque ciertamente podrían servir para realzar el prestigio de algunos caciques, tenían una incidencia muy reducida en el desarrollo de la división del trabajo y la producción artesanal especializada. Estas limitaciones son tan obvias que ni siquiera se desarrolló un sector de especialistas mercaderes encargados de intercambios sobre distancias considerables” [Langebaek, 1992: 213-214].

Ayamanes: “A este señor le di también joyas de oro de las que acostumbraban a llevar para adorno y que me habían sido regaladas, y también algunos cuchillos y tijeras, haciendo la paz con él y con toda su gente” [Federmann, 1964: 174].

Ayamanes:

Los Caquetíos de Barquisimeto “son enemigos de las tres naciones que les rodean y de algunos pueblos o aldeas de los Xaguas, de los que también son enemigos. Pues aunque están confederados con algunos de estos pueblos y otros vecinos con quienes contratan y tienen comunicación, como con los Xaguas, con quienes comercian con sal, son, sin embargo, como he dicho, también sus enemigos” [Federmann, 1964: 192].

Guaycaries tienen sus pesquerías “en la orilla del agua y allí hacen sus mercados, porque la nación de los Caquetíos, que habita en ambas orillas del río, les compra su pescado a cambio de frutas y de otros alimentos; pues la nación de los Guaycaries es sólo pescadora y es señora del agua” [Federmann, 1964: 210].

Cacique Caquetío de Itabana “oímos cacarear un gallo y algunas gallinas, que no habíamos visto desde que salimos de Coro, pues no las tienen los indios. Cuando le pregunté de dónde provenían, me dijo que de Hamadoa, pues los habitantes las habían rescatado y comprado” [Federmann, 1964: 213]

Cuybas: “La india volvió trayéndome una joya de oro, que era una imagen del demonio que llevan como adorno sobre el pecho, diciéndome que su cacique o señor estaba enfermo y no podía venir en persona; por lo que me rogaba aceptase la joya y dejase libres a las dos mujeres cautivas” [Federmann, 1964: 222].

Los Caquetíos de Yaracuy tenían un camino dentro del territorio de los Ciparicotos que “servía a los Caquetíos únicamente para sacar madera para la construcción de sus casas” [Federmann, 1964: 230].

“Daban grandes gritos y alaridos, tocan muchas cornetas hechas de calabazas que se da entre ellos, y unos caracoles grandes que traían del mar (y que) suenan mucho, a manera de cornetas de correo” [González de Arévalo et al, 1964: 191].

“los tratos que tienen es de hacer algún maíz, de que se sustentan (y) que nos hacen los naturales” [González de Arévalo et al, 1964:197].

“Los naturales no tienen otro trato si no es en hacer labranzas y sustentarse, y a sus mujeres y a sus hijos, por ser gente muy pobre” [González de Arévalo et al, 1964: 197].


Bibliografía


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Noviembre 05, 2005

Segundas ideas sueltas sobre el intercambio en el valle de Quíbor

Introducción

Para el presente avance de investigación, se inicia el ordenamiento y análisis preliminar de los datos disponibles en la literatura arqueológica para el tema en cuestión: los intercambios interregionales y/o a larga distancia y sus posibles y distintas relaciones con la organización social, es especial con las formas políticas, dirigido especialmente a la discusión de los “cacicazgos” en el valle de Quíbor.

Manteniendo constante una definición preliminar del intercambio como un tipo de interacción social, mi esquema de trabajo se inicia manejando una noción más vaga y difusa de los intercambios, según una noción culturalista. Estos intercambios serían primeramente concebidos como la difusión o dispersión de elementos culturales, sea a través de la transmisión de ideas, la transferencia tecnológica, o las dinámicas de poblamiento, ocupación y migración, según revelen las relaciones estilísticas de la cerámica como objeto empírico preferido por la arqueología. Esta manera de proceder tiene serias deficiencias, en particular cuando las relaciones estilísticas puedan ser genéticas o de sucesión en el tiempo, y no de contemporaneidad, como habría que suponer para poder hablar de posibilidades de intercambio. Sin embargo, creo que esta manera de proceder es comprensible, especialmente si se toma en cuenta una dimensión normativa o difusionista de las relaciones estilísticas, dado que es lo mínimo que se puede ofrecer cuando se carece de otros datos.

Intento superar este procedimiento pasando a la consideración de los objetos o artefactos que evidencien verdaderas relaciones de intercambio, especialmente las interregionales, macrorregionales o de larga distancia de acuerdo al objetivo del trabajo. De esta manera, el trabajo pudiera ser menos ameno pero también menos especulativo y más ceñido a lo real.

El siguiente movimiento intentado es superar el empirismo y la mera enumeración de objetos que pudieron haberse movilizado en el espacio, por la introducción de la dimensión social en la discusión, tratando de responder de qué modo estos objetos eran parte de sistemas o redes de intercambio, sistemas de interdependencia regional, o esferas de interacción o un sistema-mundo precapitalista. De esta manera, la discusión también se va orientando poco a poco hacia una economía política, entendida como la relación entre la organización social, y eventualmente la distribución o lugar del poder en ella, en base a un sistema económico cuyo aspecto a considerar aquí será el de los modos de intercambio, más que de los modos de producción. Así nos dirigimos a elaborar un discurso más pertinente a la temática global que planteamos para esta investigación documental.

El recurso a un esquema cronológico secuencial o progresivo desde los momentos más tempranos a los más tardíos, no implica adhesión a un paradigma histórico-cultural (estableciendo una historia local) ni aun paradigma evolucionista (estableciendo una trayectoria de desarrollo), sino la mera intención de ordenar preliminarmente los datos empíricos. Sin embargo, este ordenamiento potencialmente sería tal que permitiese una lectura histórica-cultural o evolutiva. El orden o secuencia cultural a seguir, con un ligero emborronamiento, será: 1) posibles precedentes en grupos precerámicos (con la posibilidad de que continúen hasta períodos tardíos como grupos acerámicos); 2) Fase Tocuyano, 3) Fase Boulevard, 4) Fase Guadalupe, 5) Período de contacto. Aproximaciones a esto se logran mediante las consideraciones de los estilos, series o tradiciones cerámicas características de cada fase. La cronología más estrictamente calendárica será: 1) milenio o milenios antes de iniciarse la era cristiana, 2) primer milenio de la era cristiana, 3) segundo milenio de la era cristiana, período que de comprende a grandes rasgos la secuencia cultural antedicha.

Para el próximo y último estudio se pretende reanalizar y reelaborar la discusión aquí presente dentro de un marco teórico y comparativo más explícito, realizando un movimiento racionalista inverso al más empirista intentado aquí, para discutir con propiedad acerca del intercambio y los cacicazgos y producir alguna síntesis. Para referencias de algunos de los trabajos que podríamos utilizar para estos fines, remito a la bibliografía presentada en el primer avance, la que se ha reducido por eliminación y sustitución de nuevos textos, referidos a sistemas de intercambio en la “prehistoria”, economía política de los intercambios cacicales y tribales. A pesar de mis intenciones, no es probable que pueda reunir y agotar la masa de información pertinente, así que mis recolecciones, análisis, reconstrucciones y argumentos serán siempre incompletos. Por lo tanto, no me mostraré aquí muy escéptico ni demasiado crítico con las interpretaciones ofrecidas en la literatura por los arqueólogos que han desarrollado sus investigaciones en Quíbor. Esto se difiere para el trabajo final, quedando abierta la posibilidad del consenso, disenso o incapacidad de establecer alguna posición con respecto a las interpretaciones heredadas, que ya por sí mismas podrían ser no conclusivas, a la espera de ulteriores investigaciones de campo teórica y metodológicamente orientadas a estos fines explícitos.

Intercambios entre grupos no cerámicos

Excluidas del trabajo quedan las ocupaciones precerámicas tales como las de cazadores-recolectores “paleoindios” o “mesoindios”, dada la falta de datos empíricos o teóricos. Sin embargo, analogías etnográficas permitirían argumentar una importancia enorme del intercambio en y entre estos grupos antiguos, supuesta su “precariedad” tecnológica y su concomitante “dependencia” del medio (natural o social), así como aquello que se ha reconocido como característico de su dinámica social: patrones de fisión-fusión grupal cíclicos y la práctica de una exogamia cada vez más amplia. Más objetivamente, un análisis de artefactos líticos tanto por tipología comparada como por su petrología (lítica exótica o local al sitio arqueológico y la región en la que se sitúa) podría establecer qué dinámicas de intercambio, si alguna, podrían suponerse para estos antiguos habitantes según la difusión de rasgos, el contacto entre industrias y/o la migración de poblaciones a través del continente y las regiones de variante dimensión.

Acerca de “paleoindios” y “mesoindios” que resultaran no ser tan tempranas y con la importancia que aquí se concede a la sociodiversidad, debemos considerar la importancia dentro de las redes de intercambio más posteriores o tardías de la coexistencia de grupos humanos de diversa base económica (incluida la contemporaneidad e interrelación de grupos acerámicos y cerámicos), lo que resulta en una primera forma de división (macro)-social del trabajo y la posibilidad de sistemas de interdependencia y simbiosis, como el que se habría establecido entre los pescadores Guaicaríes y los agricultores Caquetíos [Cf. Federmann, 1962], situación que no debe haber sido nada rara en el pasado prehispánico y que de hecho siguió siendo propiciada aún después de una fase imperialista del modo de producción capitalista como articulador de modos de producción anteriores, es decir dentro de un sistema basado en la división internacional del trabajo.

Intercambios entre grupos Tocuyanoides
Finales del primer milenio antes de Cristo, principios de la era cristiana

Para los Tocuyanoides (y/o sus contemporáneos), si nos limitamos a los datos disponibles, podríamos o tendríamos que suponer similar mecanismo explicativo al planteado en el punto anterior: mediante grandes modelos difusionistas/migracionistas acerca de la introducción de la cerámica polícroma y las prácticas agrícolas, aunque un modelo evolucionista que pudiera suponer una creación y desarrollo local independiente de la agricultura a partir del conocimiento y la domesticación de plantas, también tendría que suponer que el grupo o los grupos que alcanzaron tal desarrollo convivió con grupos que no alcanzaron o no habían alcanzado por sí mismos tal “estadio”, estableciéndose una nueva modalidad de interacción entre los diversos grupos.

Si retomamos los modelos difusionistas y/o migratorios, tendríamos que considerar las dinámicas sociales que empujaron a los grupos o a las ideas a movilizarse a través del espacio tomando en cuenta que la práctica de la agricultura supone la estabilidad en la ocupación de un territorio, es decir, un grado de sedentarismo. Un enfoque más normativo establecería el movimiento de las ideas acerca de la cerámica polícroma y de incisión ancha sobre el terreno y a través de la gente, distinta entre sí, lo que supone el intercambio. Un enfoque más migratorio establecería el movimiento de personas portadoras de los estilos, suponiendo cierta presión demográfica en sus lugares de origen, o al menos una competencia por el espacio cultivable. Si la cerámica polícroma siguió un sentido norte-sur, oeste-este, que relaciona a Panamá, el norte de Colombia y el noroeste de Venezuela, ideas foráneas fueron transmitidas e intercambiadas entre grupos ya asentados en interacción. Si la cerámica polícroma siguió un sentido sur-norte, este-oeste, relacionada con una temprana expansión Arawak desde el Amazonas central que conecta al Orinoco con los llanos a través de una red interfluvial de movilización con aspecto dendrítico sobre las tierras bajas tropicales, diversas formas de interacción estaban supuestas al principio, durante y al final del recorrido. Evidencias de este último punto como indicador de una modalidad de intercambio se manifiestan toda vez que se encuentran complejos de distintas tradiciones y subtradiciones Macro-Tocuyanoides, originalmente surgidas como desarrollos locales, presentes en un mismo contexto temporal y espacial (versus dispersos en el espacio y/o en el tiempo, lo que implicaría circunscripción local de los estilos diferenciados en un mismo tiempo, o su sucesión temporal). Pero las cronologías deben estar muy afinadas y refinadas para demostrar tal intercambio: si Betijoque y Tocuyano se encuentran en Camay, habría que probar si efectivamente coexistieron temporalmente para aducir intercambios regionales (aún así Carora y Carache son lo suficientemente cercanos para que los grupos locales puedan haber interactuado en cualquier momento, además con otras terceras partes en la cuenca del Lago como los Lagunilloides, o en los llanos y el piedemonte oriental). En todo caso, la Fase Tocuyano se corresponde a un momento posterior a la tribalización, es decir, se trataría de una sociedad tribal, de alguna manera sedentaria en aldeas (dispersas aún y no nucleadas, según revelarían los patrones de asentamiento) y de alguna manera productora de alimentos, existiendo algún grado de interdependencia entre grupos domésticos para la subsistencia, completada o complementada por productos o bienes que no ocurriesen en una región. Al respecto se ha afirmado “el modo de producción tribal o productor supone… desarrollo de un área o áreas de interacción entre diferentes aldeas de una misma o de varias regiones” [Vargas et al, 1997: 321].

Debido a la vaguedad conceptual de lo que entendemos por intercambio para las ocupaciones precerámicas y las Tocuyanoides, nuestros argumentos acerca del intercambio se referirán a los períodos y fases arqueológicas donde las evidencias podrían ser más claras, especialmente si el intercambio al que nos queremos referir es el de larga distancia o el interregional, y si queremos establecer alguna relación de éste con la organización sociopolítica. Por ello, nos referiremos preferiblemente a la Fase Boulevard y a la Fase Guadalupe, es decir, a los períodos de ocupación de portadores de cerámica San Pablo o Tierroide (Tierra de los Indios).

Intercambios de la Fase Boulevard (y Las Locas)
Primer milenio de nuestra era

Excluyendo en este avance lo referente a sitios larenses no quiboreños como Camay, Sicarigua-Los Arangues y Cerro Manzano, la transición en el valle de Quíbor entre la ocupación Tocuyanoide y lo que sucederá en el posteriormente con respecto al intercambio, podría establecerse en el Cementerio Las Locas, junto a la quebrada Palo Negro, a principios de la era cristiana (sin fechas más precisas), y sin paralelos exactos en el valle de Quíbor. Aunque para este momento todavía los portadores del Estilo Tocuyano se encontrarían en Quíbor y quizá ya habían arribado los portadores del Estilo San Pablo (si suponemos cierta la equivalencia entre la cerámica San Pablo de Yaracuy y la del cementerio del Boulevard), en el Cementerio Las Locas la cerámica que se presenta sería similar a la del Estilo Santa Ana [Sanoja y Vargas, 1967], definido por Cruxent y Rouse para una cueva funeraria en el Estado Trujillo, como semejante pero no igual a la Tocuyanoide (el hallazgo de cerámica Tocuyanoide en una cueva funeraria sucedía también en el Estilo Sarare, del sureste de Lara, y en el Estilo Agua Blanca, del norte de Portuguesa).

La presencia de vasijas tetrápodas en Las Locas recuerda a Sanoja y Vargas [Ibíd.: 42] las opiniones de Kidder [1944: 160], para quien esta característica relacionaba a los Andes venezolanos con el norte de Colombia y Centroamérica, como ha sido el parecer predominante acerca de los estilos polícromos tempranos. En la taxonomía de Oliver, que coloca los orígenes de la alfarería polícroma antigua en el Amazonas, el estilo o complejo Santa Ana es separado de un estilo o complejo Las Locas, que sin embargo, serían ambas miembros de una tradición Lagunilloide, la cual relacionaría el sureste de la cuenca del lago de Maracaibo, las montañas de Trujillo, el valle de Quíbor y quizá la ciudad de Mérida (Estilo Tabay). Además, Oliver duda de esta tradición, preguntándose si no tendría que ver más con la Tradición Tocuyanoide (Sub-tradición Tocuyana) o la Sub-tradición Lomana (Tradición Hornoide) o la Sub-tradición Tortolitana (Tradición Malamboide), lo que implica una relación con el extremo noroeste de Venezuela (Falcón, Maracaibo, La Guajira) y/o el extremo noreste de Colombia (desde la Guajira hasta el Magdalena). Estamos obviando al momento las consideraciones cronológicas de estas relaciones estilísticas, pues en tanto esta no quede clara y no haya coexistencia espacial y temporal en un yacimiento en Quíbor, no quisiéramos especular demasiado respecto al intercambio (evidenciado por difusión) meramente en base a los estilos, como quisimos dejar asentado para el milenio anterior. Si esto fuera posible, también sería posible a través de tipologías de enterramientos u otros rasgos culturales disponibles según las evidencias arqueológicas.

El interés que Las Locas ofrece para nuestra discusión del intercambio a larga distancia se refiere la materia de ciertos artefactos. Estos son la lítica y la concha, más contundentes para nuestro análisis. Los posibles porta-penes de caracol terrestre no significan nada por sí mismos a falta de identificación de la especie, pues no podemos saber si se trata de una especie local o foránea. Sin embargo, hay también fragmentos de conchas no trabajadas, de origen marino. Su falta de elaboración podría ser evidencia negativa respecto a una industria de la concha como la que se revela en Boulevard, pero su sola presencia en el interior como proveniente del litoral muestra su obtención por alguna forma de intercambio. El hallazgo de un caracol con una banda de resina dentro de un bol pentápode [Vargas et al, 1997: 105] tampoco nos puede indicar mucho a falta de identificación del caracol y la resina. Por ello, el otro artefacto de nuestro interés es un pectoral de piedra, posiblemente de serpentina. La industria de placas líticas en Venezuela ha sido relacionada con los Andes. Esto, sumado o no a la relación estilística de la cerámica, ya de por sí sería demostrativo de intercambio interregional, pero su interés se acrecienta al tomar en cuenta el trabajo de Perera [1979].

Éste investigador plantea que si bien pueden existir dudas acerca de la disponibilidad de serpentina en los Andes venezolanos, la procedencia de la materia prima lítica sería fundamentalmente andina. La otra opción, la que supone la ausencia de serpentina en los Andes, de acuerdo a Erika Wagner implicaría el “comercio” entre las Grandes Antillas y los Andes [Perera, 1979: 109]. Aunque este intercambio a enorme distancia no iría contra este análisis (aunque afectaría importantemente su relación con la organización social), la situación parece más bien improbable, así que se acepta el origen andino de la materia prima lítica. Wagner, sin embargo a su noción acerca de la proveniencia de la materia prima, había establecido la presencia de talleres de manufactura de las placas aladas en los Andes, siendo el sitio de Mocao Alto posible indicador de una especialización ocupacional, pero sin que implique para Perera una profesionalización [Ibíd.: 103], quien no obstante indica su gran formalización. Esto significaría que la demanda de este producto está ideológicamente condicionada por una tradición ceremonial. A partir de esta noción, Perera planteó la hipótesis más llamativa del fenómeno de las placas aladas. La más antigua presencia, hacia el 200 A. D., de placas líticas aladas en Venezuela corresponde al Estado Lara, en particular al Valle de Quíbor, y no a los estados andinos, pese a que la materia prima provenga de las montañas. Por otra parte, las placas aladas representarían murciélagos, fauna cuyo hábitat no podría ubicarse en las montañas sino en las tierras bajas. De esta manera, se concluye que las placas líticas aladas que representan murciélagos, aunque extraídas y/o manufacturadas en los Andes, satisfacen una demanda de la tierras bajas larenses para su consumo religioso o ceremonial. Esto implica unas relaciones centro-periferia con foco en Lara. Un “mercado” interregional de placas líticas sería dominado por Lara, puesto que funciona como centro de consumo (establece la demanda de materia prima) y centro de difusión del rasgo “placa alada” (controla la oferta del producto manufacturado).

A partir de aquí, creemos que será más sencillo demostrar la relación entre las dinámicas sociales (culturales y políticas) y las prácticas de intercambio interregional y/o a larga distancia. Diversos elementos que hemos venido estableciendo se harán recurrentes. Volvamos a Las Locas. Todavía la concha no nos ha dado suficientes elementos de discusión, pero ya las placas líticas establecen una primera relación entre la economía y la política, o una economía política, que en Las Locas revelaría su factor humano más claro en los enterramientos. Sin embargo, esto tuvo que esperar al viraje conceptual de Sanoja y Vargas hacia el materialismo histórico, cuando los cementerios empezaron a ser interpretados dentro del marco de una economía política. A partir de entonces, a Sanoja y Vargas les pareció observar un “claro” patrón diferencial en el tratamiento funerario en Las Locas: una pequeña minoría había recibido enterramientos preferenciales indicados por la parafernalia u objetos votivos constituidos por los artefactos mencionados (entre otros). Dentro de su modelo, la diferencialidad es indicador de desigualdad, acceso diferencial al poder, a los recursos y a los privilegios. De este modo se inició el planteamiento arqueológico de cacicazgos tempranos en el valle de Quíbor, siendo el intercambio a larga distancia, señalado por materias exóticas, uno de sus indicadores, en tanto que ingreso de objetos suntuarios a la economía política del cacicazgo, que distingue objetivamente a las élites de los comunes como marca del poder y la autoridad.

El sitio ejemplar para estos planteamientos no será Las Locas, mal difundido en las publicaciones, sino el Cementerio del Boulevard de Quíbor, que a la inversa, es públicamente espectacular, resultando en la fundación de un Museo que según sus funcionarios, ha llegado a convertirse en parte integral de la economía local del Valle de Quíbor en tanto que promotor ante el mercado nacional de sus artesanías (repitiéndose y reformulándose aún en el “estadio arqueológico” la ubicación de la cultura material quiboreña en una economía política).

Definiendo una Fase Boulevard entre los siglos II a VII del primer milenio de la era cristiana, los cerca de 300 enterramientos que se han encontrado en unos 600 m2 estaban asociados de una manera u otra, a una cerámica que por su elaboración y por no haberse hallado asociada a sitios de habitación, se ha revelado como de uso especializado: cerámica funeraria. Esta cerámica, después de diversos avatares de clasificación, ha sido establecida como Estilo San Pablo y relacionada de algún modo con la Serie Osoide de los llanos de Barinas. El Estilo San Pablo estaría presente también durante la Fase Boulevard más al suroeste, en Sicarigua-Los Arangues, y extendiéndose hasta mediados del segundo milenio, en el Estado Yaracuy. La penetración en el valle de Quíbor debió haberse realizado en interacción de los portadores de San Pablo y los remanentes Tocuyanoides, desconociéndose cuán ligada está la desaparición del registro arqueológico de una tradición al ingreso de la otra. Si existió o subsistió alguna interacción entre los grupos llaneros, del piedemonte andino oriental y de San Pablo, debe ser señalada, al menos como evento o proceso contemporáneo, la presencia en Barinas de cacicazgos cíclicos aparentemente basados en las grandes obras, jerarquías (incluso funcionales) de asentamientos y ceremonias públicas y la guerra constante. También queda por explorar si la variabilidad formal de la cerámica funeraria en el Boulevard de Quíbor sería representativa de alguna forma de interacción entre distintos grupos humanos. De nuevo, apuntamos las posibilidades que pudieran establecer las relaciones estilísticas para nuestra discusión, pero prefiriendo mantenernos atentos a las limitaciones.

La pertinencia de la Fase Boulevard para la discusión del intercambio a larga distancia y las formas sociopolíticas se refiere a la presencia en los enterramientos del Boulevard de Quíbor de una distribución particular de objetos elaborados en base a concha marina, mediando entre la extracción de los medios acuáticos y su deposición en el cementerio, no una mera transmisión en el espacio, sino también una industria donde estos objetos eran tecnológicamente manipulados y modificados para su consumo. Como quisimos sugerir en el caso de Las Locas, la mera presencia de concha marina sin modificar habla por sí mismo de un sistema de intercambio o recolección por expediciones del material para su consumo ceremonial final, pero poco más habría que decir acerca de la sociedad. Por el contrario, la mediación de un proceso técnico más complejo que el mero transporte entre la adquisición de la concha y su consumo da matices mayores a las posibles dinámicas de intercambio:

“Dado el volumen de materia prima que debió haber sido necesario transportar para la manufactura de miles de objetos de concha, la extensión de las áreas explotadas, así como la intensidad de estas actividades, es posible que se tratase de una red de intercambios, más o menos estable, que se mantuvo abierta durante un lapso relativamente largo” [Vargas et al, 1997: 325].

Fuera de posibles talleres en Camay, el surgimiento, auge y caída de esta industria de la concha en el Estado Lara y en Venezuela coincide con la Fase Boulevard. Conecta a este momento arqueológico con la presencia, uso e importante circulación de collares de cuentas de concha con valor de cambio en la época prehispánica tardía en Venezuela y aun en la época “indohispánica” [Cf. Gassón, 1997, 2000], así como su práctica generalizada en buena parte del planeta en diferentes momentos, siendo de hecho un objeto empírico fundacional para la antropología económica, indesprendible de sus valores ideales o imaginarios convencionales y por lo tanto objetivos y reales, es decir, simbólicos y eficaces como tales. Este aspecto ideológico y su base económica han quedado salvaguardados para las reconstrucciones arqueológicas gracias a su deposición final en cementerios: “las redes de intercambio se basaban en objetos con valor de cambio —las materias primas— y los enterramientos suponían el consumo de objetos con valor de uso, los objetos rituales” [Vargas et al, 1997: 327].

Vargas, Toledo, Molina y Mountcourt [1997] han intentado la reconstrucción de los gestos técnicos implicados en esta industria de la concha de la Fase Boulevard. Fuera de esto, es poco o nulo lo que se sabe acerca de la producción, circulación y consumo de estos objetos durante el primer milenio. Sin embargo, esquemas teóricos recibidos han permitido plantear el lugar de estos objetos dentro de una economía política. Así, se ha supuesto una economía excedentaria que permitiría la participación en los sistemas de intercambio que movilizan hacia Quíbor los objetos de concha. Estos objetos estarían destinados a su consumo final en rituales funerarios, implicando la honorificación de los fallecidos. Estos fallecidos no habrían sido iguales entre sí, en tanto las ofrendas estaban diferencialmente distribuidas entre ellos. Aquellos que habrían recibido estas ofrendas las habrían merecido debido a una posición o función supuesta después de la muerte, como reflejo de una posición o función antes de este acontecimiento final.

De esta manera, existirían entre la masa poblacional unos privilegiados reconocido por su rango adquirido en vida o adscrito desde el momento del nacimiento, lo que en cualquier caso implicaría una élite. Esta élite cacical se habría apropiado de estos beneficios como una suerte de derecho o tributo concedido por sus funciones preeminentes en la sociedad, quizá como gestores de una economía política que se reproducía al momento de su muerte, por cuanto los objetos de concha adquirida por intercambio serían sacados de circulación en su consumo final, teniendo que ser producidos de nuevo desde su adquisición en las regiones distantes, su transporte hasta la localidad, que “evidentemente nos indican también un proceso de relaciones transterritoriales sincrónico con el desarrollo del modo de vida cacical” [Vargas et al, 1997: 325], hasta su elaboración por unos especialistas que por el tiempo dedicado a estas obras, eran distraídos de la producción agrícola para su autosubsistencia, por lo que de nuevo es requerido el recurso a una economía excedentaria que pudiera mantenerlos. Una economía excedentaria implicaba todo un complejo tecnológico y procesos de trabajo adecuadamente planificados y controlados para su rendimiento, y tal era el papel de las élites en la producción de la vida cotidiana, y para esto se habrían establecido las extensas redes de intercambio que satisfarían sus necesidades de distinción del resto de los mortales. De esta manera, junto a una red de circulación de alimentos que pudiera extenderse más allá de la aldea:

“El intercambio de bienes manufacturados y materias primas, parece ser una de las características del modo de vida cacical en todas las regiones del Nuevo Mundo, constituyendo no sólo la consecuencia de, sino también, una de las causas de la transformación del modo de vida igualitario, donde este proceso se produjo” [Vargas et al, 1997: 324].

Los productos manufacturados en concha se tratarían necesariamente de bienes de prestigio, en tanto que no son precisamente utilitarios sino “ornamentales” o rituales: collares, pendientes, placas aladas de botuto, figuras zoomorfas posiblemente con poderes mágicos sobre la naturaleza y la enfermedad, cubre-sexos, tapa-ojos, etc. Se complementarían con las placas líticas ya discutidas, y rocas relativamente preciosas, asfalto, “ámbar” y resinas, y dada la forma y posible función de algunos recipientes cerámicos, quizá también bálsamos, inciensos y otros posibles productos botánicos relacionados con la esfera mágico-religiosa y ritual o medicinal. Una economía política jerarquizada y desigual puede ser relacionada con la incapacidad de distribuir equitativamente en la población bienes y productos muy raros, que por su condición inédita o escasa eran dotados de valor, dando prestigio y poder a sus poseedores. El que esta racionalidad económica pudiera existir se manifiesta objetivamente en la cultura material de maneras como esta:

“Los pendientes campaniformes son de los menos frecuentes en la colección estudiada… Los pendientes campaniformes provienen de la concha de un bivalvo (Pinctadenia margaritifera) de difícil obtención, ya que no es frecuente en las costas más cercanas a los sitios estudiados. Sus asociaciones muestran claramente que se les usó en una posición prominente en los collares” [Vargas et al, 1997: 316].

Un objeto tan raro no es igual a los demás, y por lo tanto no puede estar dispuesto como cualquier otro. Se le debe situar con preeminencia sobre otros. De esta manera, existe una jerarquía y una desigualdad entre los objetos. Estos objetos a su vez serán portados por ciertas personas y no lo serán por otras. Evidencias precapitalistas de la cosificación y la mercantilización, donde los objetos y los individuos se confunden y son sustituidos unos por otros, y de la misma manera que la concha perlífera se sitúa en una posición prominente en el collar, el portador del collar se sitúa en una posición prominente en la comunidad o sociedad.

El mismo patrón se repite a nivel supraindividual, es decir, grupal o comunal. De la misma manera que en el collar o en la persona se distinguen los objetos que confieren prestigio y poder se objetivan “espacialmente”, por una “posición” entre las cuentas de un collar y entre los miembros de una comunidad, la distinción se reflejaría a nivel intercomunal, es decir, de una aldea frente a otra. Una aldea no poseerá los mismos bienes de prestigio que otra, no poseerán el mismo acceso a los recursos escasos que otra, ni la capacidad de “concurrir” a ese “mercado” o cadena de distribución de bienes, debido a sus diferentes grados de eficiencia en la realización de una economía excedentaria, o a su posición dentro de las rutas estratégicas para la circulación de bienes. De esta manera se establecen “redes de intercambio que, eventualmente podrían pasar de simples relaciones de intercambio a relaciones de subordinación” [Vargas et al, 1997: 328].

Los intercambios y las formas sociopolíticas tardías: el lugar de la Fase Guadalupe dentro de un sistema macrorregional
Segundo milenio de la era cristiana

El grueso de la investigación parece situarse aquí, sin duda por la matriz de datos disponibles por coincidir este momento de la ocupación humana del valle de Quíbor con la penetración europea en los territorios indígenas, dejando para la posteridad registros escritos que complementan, completan o sobrepasan en algunos aspectos al registro arqueológico, mientras que para otros se verían disminuidos, en tanto representan la historia oficial elaborada por los grupos dominadores que establecían selectivamente sus tópicos narrativos.

Sin embargo, por razones de tiempo dividido en diversas obligaciones no he podido completar para la redacción de este avance un cuerpo final de discurso acerca de este momento tardío del intercambio interregional y/o a larga distancia con respecto a la organización política en el valle de Quíbor. Dispongo de abundantes citas pertinentes de las relaciones geográficas filipenses de Barquisimeto y El Tocuyo, de la narración de Federmann, del diario-carta de Hutten y la carta de Neukomm [todas en Gabaldón, 1962], y a las interpretaciones de Oliver [1989], Arvelo [1995] y ocasionalmente Gassón [1997, 2000]. No he tenido acceso al texto de Galeotto Cey. Quizá podría aprovechar la tesis de Rivas [1989], apenas analizada hasta ahora. También con valor etnohistórico se consideran de provecho los textos de Salazar y Gil [1998] y Salazar [2003].

Arqueológicamente las referencias obligadas serían Toledo y Molina [1987], Sanoja y Vargas [1987, 1999], Oliver [1989], Vargas [1990], y Arvelo [1995]. Los trabajos de Arvelo y Oliver introducen matices interesantes y polémicos acerca de los cacicazgos tanto para los tempranos (Arvelo) como para los tardíos (Arvelo y Oliver), ofreciendo elementos para nuestra discusión en base a los intercambios a larga distancia.

Para no dejar del todo incompleto este avance presento un conciso resumen de mis argumentos respecto a esta última etapa: el Estilo Tierra de los Indios como perteneciente a una Macro-Tradición Dabajuroide se sitúa plenamente en un momento donde existían marcadas esferas de interacción regional como ya era reconocido aún antes de Steward o de la dicotomía cultural de Cruxent y Rouse. De nuevo se presentan “claras” las relaciones estilísticas de Tierra de los Indios en el noroccidente de Venezuela y sus relaciones con Colombia o el Amazonas. Los quiteros se manifiestan como un medio de intercambio, una suerte de protomoneda, según algunos. El interior sigue mostrando contactos con el litoral lejano. Sin embargo, la industria de la concha no es tal como la existente para la Fase Boulevard. Podrían explorarse las relaciones de los cambios en el “comportamiento” de la concha al iniciarse el segundo milenio tomando en consideración un evento arqueológico contemporáneo: la penetración de grupos Arauquinoides desde el suroeste y sus eventuales transformaciones locales en el centro y en el occidente de Venezuela. Estos grupos estarían asociados con grupos Caribes y quizá el uso de quiteros como objetos con valor de cambio —si no existía ya en el primer milenio—, pueda tener alguna relación con ellos. Habría que estudiar si existe algún cambio en las preferencias de materiales de concha, orientándose a moluscos de agua dulce, como sería el caso de la quiripa. Como solía ser la interpretación de los pioneros de la antropología y de la arqueología, sería de resaltar que los grupos Caribes, aunque quizá con una tecnología más sencilla que la de algunos grupos de agricultores Arawak y con una organización social aparentemente menos tendente a la jerarquización y la desigualdad, tuvieron un papel política y económicamente destacado en el “comercio” indígena, relacionándose sus procesos de complejización con los roles de mediación y control de las redes interétnicas y macrorregionales de intercambio.

La similitud de las bases económicas amplias de las diferentes regiones podría suponer la falta de necesidad infraestructural de intercambios interregionales y la poca relevancia de plantear un sistema de interdependencia económica macrorregional, sin embargo, éste se podría dar por necesidades superestructurales. Sin embargo, sí se han reconocido relaciones simbióticas para la subsistencia. Los documentos etnohistóricos registran abundantes muestras de intercambios a larga distancia basados en materias primas raras o exóticas (incluido oro). Refuerzo con Lathrap [1973] y Langebaek [1992] las sugerencias que planteé en el primer avance acerca de redes de intercambio basadas en la provisión (una forma diferente de bienes de prestigio) a chamanes o especialistas religiosos de plantas de uso ritual o medicinal, así como también de otros productos botánicos entre la población en general (sin embargo este tipo de especulaciones se reservan al tercer y último trabajo). El panorama es de sociodiversidad y el grueso de mis argumentos apunta a plantear esto y mostrarlo. Oliver ya abrió el camino.

Arvelo [1995], Urbani y Salazar [1996], López [2001] y las relaciones geográficas filipenses me inspiran una discusión acerca del posible rol de la sal de tierra en estas redes de intercambio. Planteo dos posibles argumentos contrarios entre sí. Uno supone que la producción de sal de tierra no produciría complejidad social debido a que los actores sociales en juego tenían diversas fuentes alternas de sal: sal marina, sal de tierra otras áreas salitrosas, sal vegetal y sal de excreta (Langebaek [1992] me informó de estas fuentes alternativas), restando importancia a los salineros quiboreños. Sin embargo, la complejidad social se podría deber a esta misma existencia de fuentes alternativas de sal, puesto que sería la colocación en un “mercado” en términos de oferta y demanda, y mediación en la circulación, de una alternativa a negociar con grupos litorales lejanos una sal de buena calidad pero costosa, o a verse obligados a consumir sal barata pero de muy mala calidad (vegetal o de excreta). Además, hay otros argumentos complementarios: un grupo puede ser productor (¿Coyón?) y otro grupo ser “comerciante” (¿Xagua?) de esta sal de tierra, lo que conduce a diferenciación y complejización, quizá asimetrías y desigualdades. Por otra parte, esta sal no necesariamente estaría confinada a un consumo alimenticio, pues podría relacionarse con la preparación de productos consumidos por especialistas religiosos: el chimó (como lo era la sal de Urao en Mérida) y quizá también yopo (de amplia distribución no sólo en Amazonas, sino también en los llanos), o incluso relacionarse de algún modo con el consumo de coca por los labradores y cazadores.

Estos planteamientos acerca de la Fase Guadalupe deberán ser incluidos en el trabajo final dado que no se los pudo incluir aquí. Luego procederíamos a establecer una comparación con otras situaciones arqueológicas donde se han establecido sistemas “prehistóricos” de intercambio y discutir qué aporta esto a la discusión de los “cacicazgos” de Quíbor. Mi uso de analogías etnográficas se basará en una posición de abogado del diablo, esto es, utilizándolas como posibles contra-argumentos y contra-ejemplos a la existencia de cacicazgos en la región. Esto conducirá a una final discusión acerca de la teoría de los cacicazgos en relación a la economía política de los intercambios, para finalmente intentar fijar alguna posición más definida con respecto a si existieron o no cacicazgos en el valle de Quíbor, o que tan bien o que tan mal se ha planteado la definición de cacicazgos o sociedades tribales menos jerarquizadas o centralizadas en el noroccidente de Venezuela y sugerir nuevas vías de investigación, si ello es posible.

Bibliografía

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Noviembre 02, 2005

Primeras ideas sueltas y sin elaborar sobre el intercambio en el Valle de Quíbor

Para este primer avance, no podemos ofrecer mucho más allá de una propuesta o planteamiento inicial acerca de la investigación que a partir de aquí tomaría curso hasta elaborar una entrega más acabada y sintética en un tercer ensayo. Para el segundo ensayo, la entrega intentará consistir en un más detallado análisis de conceptos, antecedentes, puntos de contraste y el intento de la elaboración de los datos pertinentes. Intentaremos también aquí pasar examen a motivaciones o planteamientos, muchas veces preteóricos, propios y ajenos que aunque anteriores a la investigación en sí, pueden estar condicionando su desarrollo, sus logros y sus errores.

lunes 3 de mayo de 2004

La investigación por intentarse tendría por tema el intercambio regional o a larga distancia en el valle de Quíbor. La problemática particular que quizá merecerá especial tratamiento y discusión en la investigación en curso es la de este tipo de intercambio, como uno entre varios indicadores relacionados utilizados en algunas interpretaciones arqueológicas para señalar la presencia de complejidad social, queriendo decir con ello posibles sociedades con diferenciación política y económica, donde ocurrirían instancias centrales de poder. Esto es, intentaremos dirigir buena parte de los esfuerzos de nuestra investigación hacia una discusión del posible rol del intercambio regional o a larga distancia en los cacicazgos, y a la vez su rol como indicador para la arqueología que permitiría reconstruir históricamente restos materiales como esta forma de sociedades complejas. Esta discusión intentaría ser crítica acerca de estos roles que se le han adjudicado. Evaluaría la calidad, la pertinencia, relevancia y adecuación de suponer tal rol.

La presencia en Lara, en la depresión de Quíbor y más particularmente en el sitio funerario especializado del Cementerio del Boulevard de Quíbor, de objetos elaborados a partir de materia exótica a la región, sería un claro indicador de la existencia de relaciones de intercambio de bienes. En los cementerios, estos bienes aparecen como suntuarias ofrendas funerarias, y se ha interpretado su aparente distribución desigual en los enterramientos y en los sectores espaciales de los cementerios como posibles indicadores de sociedades complejas con diferenciación social jerárquica, generalmente asumidas como sociedades cacicales.

Sin embargo, preferimos mantener una distancia prudencial, esto es, una posición escéptica, frente a semejantes reconstrucciones y tipologías, para evitar partir de un esquema teórico o preteórico, ideológico, que insista en hallar por toda América, Venezuela, Lara o Quíbor, sociedades señoriales, jefaturas, o cacicazgos, para dar cuenta de cualquier señal de “desarrollo” cultural o tecnológico o legitimar desde la “prehistoria” el ejercicio del poder vertical, desde arriba hacia abajo, como factor necesario para la “civilización” o “proceso civilizatorio”, es decir, una suerte de naturalización del Estado como fin o etapa obligatoria de la evolución humana desde la “promiscuidad” y “caos” animal. Creemos relevante e importante en toda investigación, una sociología del conocimiento, donde queden clara las posiciones teóricas y preteóricas del investigador acerca de su propia producción, sus fundamentos y sus antecedentes. Así, pese a la buena voluntad de cualquier investigador pasado y de sus mejores intentos de objetividad, no serían teóricamente inocentes y casuales, y sí geopolíticamente causadas, dicotomías como norte y sur, y occidente y oriente, que se han aplicado a la arqueología prehispánica americana y venezolana. Así, ha habido una fuerte reacción de nuestros científicos hacia liberarse de caracterizaciones de marginal o poco desarrollado que se habían elaborado por enfoques teóricos más añejos, intentando afanadamente buscar mayores “desarrollos”, o al menos más tempranos, en el país, quizá, en el caso que nos interesa, exagerando la localización de cacicazgos en el registro arqueológico. Una ilustración de esto es el ocasional desliz nocional que hemos detectado en la literatura arqueológica pertinente a la región y al problema, de quizá confundir “cacique” y “jefe de aldea”, haciéndolas equivalentes, y por lo tanto, multiplicando la ocurrencia de “cacicazgos” por cada aldea encontrada. Entre los grupos indígenas actuales o del pasado histórico, ningún investigador llamaría a un “capitán” de comunidad “cacique”, como tampoco al “anciano” suegro o tío materno que funge como cabeza visible del grupo doméstico (que coincidiría residencialmente con la “aldea”, “caserío” o “ranchería” cuando el patrón de asentamiento precolonial o poscolonial no exija la dispersión de los miembros del grupo).

Dado que nos permitimos un punto de partida que desconfía de semejante representación (de dirección vertical y de sentido arriba hacia abajo) de la vida social, no queremos partir de la prenoción de dar por sentado la existencia de o correspondencia a cacicazgos, sino que consideraremos hipótesis, modelos y vías alternas para contrastar, y sólo después de que el análisis llegase a imponerlo, aceptaríamos o no la caracterización de tal o cual grupo humano como una sociedad de rango o de estrato, policéntrica o centralizada, igualitaria, de gran hombre o de cacique, o incluso de grandes cacicazgos complejos que abrigan una confederación de aldeas de diversa complejidad social y/o de cacicazgos más pequeños de diferentes regiones. También podríamos terminar por concluir que nada definitivo puede decirse al momento, o que de hecho la discusión es poco relevante. Presentimos que la vía de la sociodiversidad, es decir, la coexistencia de sociedades con organizaciones diferentes, así como la multietnicidad, constituiría un cuadro más interesante y complejo que el de la mera asignación de tipologías analíticas políticas o económicas que poco contribuyan a la comprensión de los procesos y dinámicas históricos de larga duración que desembocan en la actualidad vivida.

Dada la distribución mundial de ejemplos concretos de esta problemática, y la persistencia al menos hasta poco después de la expansión colonial, tanto en regiones lejanas como en estas regiones equinoccionales de extensas redes de intercambio comercial o ceremonial, para la consideración de diferentes alternativas teóricas o interpretativas, se echará mano de bibliografía de corte arqueológico y etnológico, sea esta etnología “etnohistoria” o “etnografía”, por lo que la analogía etnográfica y la representación histórica o etnográfica se presentarían como limitantes y riesgos, lo que habrá que considerar dentro de nuestro planteamiento teórico y nuestra revisión bibliográfica. Buena parte de la literatura consultada o por consultar se refiere al tema del intercambio a larga distancia en otras regiones americanas, lo que permitiría la comparación pero también dejaría colar la proyección y la extrapolación no del todo sostenible. Parte de la literatura etnológica se inscribe dentro de la antropología económica, lo que nos haría depender de distintas escuelas y tendencias dentro de tales investigaciones, siendo nuestras preferencias personales e ideológicas, así como nuestro acceso a las fuentes, condicionantes de nuestra lectura de la “realidad”. Para la consideración, debemos recordar que mucha de esta literatura insiste en que las transacciones son ante todo simbólicas, ceremoniales y rituales, como parte de ciclos cortos o largos de reciprocidad, sin que esta superestructura implique que no ocurra la desigualdad e incluso la explotación a nivel puramente infraestructural. Pero emitir juicios dependerá de cuál teoría de los valores se prefiera: objetiva (incluyendo valor-trabajo) o subjetiva. Una verdadera dialéctica no se confundiría con semejante dicotomía puramente artificial y analítica. Las tendencias actuales se correrían más hacia el lado de lo subjetivo (esto es, ideológico o ideacional, pero no completamente), pero sin perder una perspectiva crítica, fundamentada la base material (que no es exclusiva ni necesariamente lo objetivo).

Sin embargo, preferimos entender que el intercambio no se refería únicamente a objetos suntuarios o a materia prima exótica, sino que incluía conocimientos, saberes e informaciones, tanto de la vida cotidiana como lo que la trasciende en las relaciones sociales, inclusive las interétnicas. Preferimos ir más allá de los objetos fúnebres, que son tan sólo parte lo que el registro arqueológico ha conservado en los cementerios. Pero tenemos también las relaciones de intercambio de saberes y tecnologías que a nivel arqueológico implican las relaciones estilísticas observadas en la cerámica. Así, nuestra consideración de las relaciones de intercambio regional, interregional y a larga distancia, debe tener en cuenta las diferentes taxonomías y categorías aplicadas relevantes a nuestra región objeto de estudio, y en caso de recurrir a tipologías estilísticas, recurrir a categorías superiores al “Estilo” y a la “Serie”, tales como “Subtradición”, “Tradición” y “Macrotradición” que permitirían entrever tanto relaciones de intercambio prolongadas en el tiempo, así como unidades culturales mayores o menores, y su interacción. Para no hacer muy voluminosa la sección bibliográfica del presente avance, no se ha incluido referencias principalmente arqueológicas pero también etnográficas del noreste de Colombia que presenta fuertes similitudes y relaciones con el noroccidente de Venezuela, región a la que pertenece la depresión objeto de nuestro interés. Al igual que se entiende a Venezuela como una encrucijada, a Quíbor también se la ha definido geográfica y arqueológicamente como zona de transición entre los Andes, el Caribe, los llanos y la cuenca del lago de Maracaibo, quizá debiendo su desarrollo particular a esto, y no pese a esto, colocando al valle en condiciones privilegiadas. Entre los procesos privilegiados estarían las relaciones “comerciales” o de intercambio regional e interregional. Debemos estar alerta acerca de qué momento hablamos. Como señalaban Cruxent y Rouse, si nos ubicamos en momentos tempranos de la cronología, quizá las relaciones que establezcamos se parezcan a las supuestas por la “Teoría de la H”, con sus considerables limitaciones o sus afortunados aciertos, o en momentos tardíos y por el recurso a fuentes etnohistóricas, quizá se asemejen nuestras conclusiones a las relaciones supuestas para el “área intermedia” y/o el “área circumcaribe”.

Por lo mismo, y complicando el panorama, también podríamos considerar y discutir conceptos tales como los de “modelos de poblamiento”, “modelos de ocupación” aunque quizá a primera vista no se correspondan tanto a nuestro interés (pero se podría partir de un supuesto tal que la ocupación de un área por un grupo que se expande es precedida por una red de intercambios con los grupos que le precedieron en la zona), y por sobre todo a conceptos, evidentemente más pertinentes, tales como “esferas de interacción”, “sistemas de interdependencia regional” y el “sistema mundo” que han tenido un relativo éxito en los estudios sobre la Orinoquia (incluyendo los llanos), las Guayanas y la Amazonia venezolanas, zonas que aunque menos trabajadas que el occidente de Venezuela por la arqueología, han visto muy modificado el panorama que se trazaba tradicionalmente de ellas gracias a la etnohistoria y la etnología. Estas nociones tienen la virtud de no excluir sino privilegiar la diversidad societal y étnica, pudiendo permitir muy bien, pero sin exigirlo, la presencia o desarrollo de sociedades muy complejas. Para algunos, de hecho favorece su surgimiento, por la competencia y el dominio y control de “mercados” y circulación de bienes. Para otros, produce un juego cero de la economía, donde no hay perdedores ni ganadores, obligando a la igualdad. También somos escépticos con este igualitarismo exagerado, e insistimos en preferir suponer la diversidad societal, es decir, de organizaciones sociopolíticas y de bases económicas que coexisten, sin pretender que se trate de una coexistencia permanentemente pacífica o conflictiva.

Para ilustración previa y conjetural de lo que se puede lograr o lo que se podría hacer referido a los intercambios interregionales, haremos un aparente paréntesis explicando las motivaciones previas que condicionaron nuestro interés en comprobar o indagar en el registro arqueológico esta relación entre el intercambio y la organización social. Regresando al mundo concreto de los objetos y bienes materiales, pero sugiriendo que su importancia está a otros niveles, podríamos señalar la posibilidad que tienen los estudios arqueológicos y arqueobotánicos de recuperar información etnobotánica acerca de estas sociedades. De hecho, fue esto lo que nos llamó originalmente la atención sobre la posibilidad de discutir los intercambios a larga distancia y su relación con la estructura social y política. No será lo que intentemos resolver ni investigar en este trabajo, pero nos exigimos a nosotros mismos comprender las redes de intercambio a larga distancia y su relación con la organización social en Quíbor, para quizá tener disponer de futuros elementos de análisis para investigaciones posteriores en regiones alejadas de Lara. De hecho, si de un ya viejo marco teórico se puede partir con seguridad de que será en alguna medida productivo, es el de ver los objetos de intercambio, de dones, tales como los collares de cuentas de concha, bloques de sal o discos de piedra, como concreciones materiales de hechos sociales totales, que movilizan la economía, la política, la organización parental, las cosmovisiones, etc., sin que sus límites sean simplemente los establecidos en el análisis.

Aparte de trabajos previos acerca del contrabando colonial donde consideramos actores a criollos, peninsulares y extranjeros europeos (aunque los indígenas estuvieron fuertemente implicados), que intentamos llevar a una discusión acerca de indicadores arqueológicos para un sistema capitalista que transitaba de la ideología mercantilista a la liberalista clásica, el caso es que investigaciones documentales, ajenas a este seminario, acerca de etnoecología, etnobiología y etnobotánica que han tenido que referirse necesariamente a aspectos históricos de los grupos de nuestro interés (inicialmente Warao, pero también Pumé y otros grupos de la cuenca amazónica-orinoquense) nos ha permitido saber de la enorme extensión al menos prehispánica de redes de intercambio donde figurarían con importancia plantas de uso ritual (condensando esta noción de ritual muchos más hechos y procesos que dos o tres chamanes cantando desafinados). Estas redes se verían quebrantadas con la disolución de la sociedad tribal tras la invasión europea y los procesos de integración económica capitalista y de secularización asociados, aunque quizá en algún momento la irrupción europea pudo favorecer su existencia. Estas plantas, como parte un complejo de conocimientos y materiales etnocientíficos mucho mayor a estos vegetales, eran consumidas principalmente por los especialistas religiosos, que en grupos “simples” corresponderían a chamanes. Muchas plantas son psicoactivas: yopo (cuyo uso exige la concha de molusco o la cal que puede extraerse junto con la sal), capi, tabaco, hayo (coca), etc., y eran de gran importancia para la práctica religiosa, la cual es, sin ningún tipo de duda como se desprende de todos los análisis, la superestructura ideológica que sanciona el acceso a los recursos naturales y que organiza el trabajo en estas sociedades. Mientras algunos investigadores con aspiraciones místicas resaltan una suerte de hombres religiosos primitivos permanentemente drogados, otros sugieren que procesos de decadencia o disolución de estas sociedades en realidad sofisticadas se relacionan en alguna medida, con la incapacidad percibida de sus especialistas religiosos en conducir los rituales de la vida cotidiana o de los momentos más importantes del ciclo de vida y la reproducción social, y el consiguiente deterioro de su autoridad, basada, entre otras cosas, desde propiciar la fertilidad de las tierras y las mujeres, las iniciaciones de los jóvenes, curar las enfermedades endémicas y los debidos tratamientos funerarios, que vieron deteriorados su atención y sus procedimientos, violentando la relación con el mundo sobrenatural, y quizá cercenando el pacto entre los “dioses” y los hombres. Aunque ésta sería la percepción ideológica de los propios actores y que el transfondo real pueda deberse a la crisis producida en los cambios de la base económica por el quiebre conquistador, la fuerte reducción de la población indígena por enfermedades o violencia, y las modificaciones coloniales del paisaje y su ecología por adaptación a los modos de vida implantados. Así que más que proponer el uso de analogías etnográficas como herramienta en este trabajo, buscamos instrumentalizar ulteriormente los resultados de este trabajo, referidos a la arqueología y a la economía en Quíbor, para resolver problemas etnológicos (etnográficos y etnohistóricos) referidos a la ideología en otros lugares y tiempos.

El papel del especialista religioso en la producción económica sería de hecho más prominente en las sociedades semicultoras americanas con avanzado desarrollo de las fuerzas productivas, que en sociedades de cazadores-recolectores, a veces con agricultura incipiente y es ya añeja la tendencia a proponer una evolución desde la magia como control de la naturaleza, hacia la política como control de lo social. Los etnógrafos se han interesado en la naturaleza manipulada por especialistas religiosos, se han concentrado en estudios etnomédicos de las plantas, donde las sociedades agrícolas andinas y mesoamericanas descollarían. Los estudios etnocientíficos que han desarrollado los antropólogos lingüistas se han ocupado principalmente de los universales de la cognición humano, pero su interés asociado en la evolución de los sistemas cognitivos ha arrojado luz sobre desarrollos particulares de diferentes sociedades, tales como que en las sociedades agrícolas el conocimiento etnobotánico está más desarrollado y elaborado que en cazadores-recolectores (y éstos no saben poco, como lo muestran los estudios). Encarrilando este paréntesis hacia nuestra discusión, dado que los cementerios de las antiguas sociedades posiblemente complejas de Venezuela parecen mostrar la enorme importancia de los personajes de alto rango por su asociación al mundo religioso como gestión y control de la economía, la presencia arqueológica de restos botánicos, así como la distribución antrópica local de plantas económicamente útiles que sean significativas para la arqueología, muestran por dos lados la posible existencia e importancia de redes extensas de intercambio, que sí incluiría, contra lo supuesto por Gassón (1996), bienes de uso “común” así como bienes de uso suntuario, constituyéndose de hecho estos últimos en bienes de interés común, pese a sus limitados destinatarios últimos.

Para el segundo milenio de nuestra era, se ha apuntado que la complejización social está posiblemente relacionada con la explotación de la sal de tierra por los salineros de Quíbor. Dado que en otras regiones hay otras fuentes de sal, a veces mejores, como en las costas, o la sal de tierra de las orillas fluviales en los llanos, o la sal de Urao en los Andes, o incluso la elaboración de sal en zonas de excreta, podríamos pensar que la sal quiboreña no podía constituir la base de intercambios a larga distancia, es decir, no podía constituir un “rubro de exportación” importante más que hacia grupos muy vecinos, pero no hacia grupos lejanos. Si los intercambios a larga distancia tuvieron algún rol en los “cacicazgos” del segundo milenio, su base pudo haber sido agrícola, exportadora de alimentos para la subsistencia y productos manufacturados por sus especialistas, hacia grupos con menor desarrollo agrícola. Si quisiéramos incluir nuestra idea de vegetales ceremoniales dentro de este intercambio, quizá los quiboreños “importaban” alimentos “sagrados”, adquiridos de grupos que los recolectaban de tierras más propicias para su crecimiento que el semiárido valle de Quíbor, junto con materias primas exóticas. Esto es pura especulación, y repetimos casi inconsciente un esquema de interdependencia desigual, donde una nación tecnológicamente desarrollada vende costosos productos manufacturados a cambio de materia prima extraída por otra nación menos industrializada. Pero sirva de ilustración.

No será esta arqueobotánica económica nuestro interés central en la consideración de los intercambios a larga distancia y su relación con la complejidad de la organización social en el valle de Quíbor, pero la dejaremos apuntada. Sólo queremos señalar que la concha, la serpentina, la sal y alimentos mundanos y extramundanos pudieron haber constituido la parte visible de relaciones sociales entre grupos distantes que ocupaban y explotaban diferentes ecosistemas y regiones.

Textos citados

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Agosto 09, 2005

De las formaciones politicas en el valle de Quibor

La elaboración estrictamente antropológica (o arqueológica) acerca de la organización sociopolítica de las sociedades prehispánicas “venezolanas” podría remontarse a las etnologías antiguas dirigidas o elaboradas por Julian H. Steward. Desde que allí se señalara la presencia en Venezuela de “cacicazgos teocráticos” y “tribus marginales” y se postulara la existencia de un “área circumcaribe”, un “área de selva tropical” y luego un “área intermedia”, las opciones arqueológicas que reivindican desarrollos culturales importantes para un denigrado pasado venezolano han propuesto la existencia de formas sociales complejas, entendidas como supuestos cacicazgos, situadas dentro de esa área intermedia (ubicada entre los desarrollos mesoamericanos y de los Andes centrales).

Estos cacicazgos son definidos en oposición a formas sociales simples, políticamente igualitarias, incapaces de mayores elaboraciones por su precariedad tecnológica, fundamentada en un cultivo de la yuca, sujeta al bochorno tropical (que a su vez, produciría una suerte de rechazo al trabajo y a los afanes). Esquemas evolutivos importados y heredados de la tradición de Steward —en su forma más sencilla y grosera— plantean para estas sociedades simples un nivel de integración sociopolítica tribal que precede un nivel de jefatura, que prefigura al Estado como fin último de la evolución sociocultural (el esquema se inicia con un nivel de bandas, donde apenas el hombre ha merecido ser distinguido del animal). A pesar que quizá la mayor parte de la humanidad se organizaba (al menos hasta poco después de 1492) en formas tribales (en tanto sociedades “de parentesco”), con o sin agricultura, y que el estadio de jefatura-cacicazgo-señorío (separado de la organización tribal, siendo ya las relaciones de parentesco sustituidas por relaciones políticas pre-estatales y pre-capitalistas) era en un principio más bien hipotético —en cuanto visto como necesidad lógica de mediación entre la sociedad tribal y el Estado— o basado en ciertos recuerdos del pasado precivilizatorio de tres grupos europeos (griegos, romanos y germanos) o para-europeos (semitas) (y todos ellos en algún momento dominados por el parentesco y la “tribu”), fue este estadio intermedio de la jefatura más elaborado (según “indicadores”) por la arqueología que las antiguas sociedades tribales de las que habría surgido. Los indicadores arqueológicos de éstas permanecían (y en buen grado aún permanecen) sin elaboración y eran definidos por su carácter negativo frente a los indicadores de jefaturas: por ejemplo, este grupo era tribal-igualitario en cuanto a que nada indica que sea cacical-jerárquico. Estos “cacicazgos” y “jefaturas” ya habían aparecido tardíamente en la arqueología, precedidos por la dedicación de esfuerzos al hallazgo de grandes civilizaciones, imperios, Estados, reinos y ciudades-estados, y sus monumentos.

Excepto por los prehistoriadores dedicados al más remoto “pasado” sociocultural paleolítico (debido, sin duda a su relación con un proceso de hominización siempre racializado o de primera ocupación de un territorio nacionalizado), parece ser que la arqueología en sus programas de investigación ha seguido una trayectoria inversa a las secuencias evolutivas que propone. De esta manera, la investigación arqueológica de sociedades tribales ha quedado diferida, pospuesta y relegada a un momento que aún está por llegar. Por ello es comprensible que la buena voluntad del investigador venezolano, en tanto que intelectual público y hasta militante, haya querido ver en cualquier supuesto destello de originalidad y genialidad en el registro arqueológico como correspondiente a un gran desarrollo societal políticamente complejo comparable a las áreas nucleares de América o del Viejo Mundo, como dándole un lugar —hasta entonces denegado por la historia escrita por los oficiales de turno— a Venezuela en la civilización y en la historia universales.

Sin embargo, los logros humanos están en las particulares formas de convivencia que hayan elaborado y trajinado para sí. Lo societal son las relaciones sociales que la acción humana trabaja día a día a lo largo de su historia, y no precisamente en los instrumentos técnicos con que se enfrentan a una naturaleza hostil que amenaza con eliminarlo a falta de una adecuación a ella. El lugar de un grupo humano en la historia universal es su rol y contribución a la sociodiversidad desplegada en y por su acción. De esta manera, ni la tecnociencia ni el Estado son las formas naturales o prometidas del conocimiento y de la convivencia. Muchas otras acaecieron, acaecen y están por suceder. Así es como la complejidad social es el resultado y el proceso continuo de interacción entre los distintos hombres de un mismo grupo, y entre sociedades necesariamente diferentes, y no el resultado del surgimiento, desarrollo, presencia o ausencia de formas políticas centralizadas, jerarquizadas, donde el poder es arrebatado del conjunto de los hombres y monopolizado por una entidad, corporación o persona.

De este modo buscamos consolar a quien románticamente (en última instancia, ideológicamente) se haya empeñado en querer descubrir en las sociedades pasadas que ocuparon el territorio hoy venezolano la existencia (ideológicamente "necesaria" para un proyecto nacional reivindicativo) de “cacicazgos”, que un posterior análisis podría no apoyar, al menos según las visiones vigentes de lo que sería un “cacicazgo”. Esto es lo que se podría plantear en esta discusión de las formas sociales y políticas en el valle de Quíbor, eventualmente definidas o no como cacicazgos.

Marcando distancia de los enfoques normativos e histórico-culturales ceramocéntricos donde la sociedad estaba ausente del análisis, y a partir del precedente etnohistórico establecido por Steward y sus colaboradores, el viraje paradigmático de Sanoja y Vargas hacia el materialismo histórico recuperó la idea de “cacicazgos teocráticos” situados, especialmente, en el noroccidente de Venezuela, y lo adaptó preliminarmente a la categoría marxiana de “modo de producción”, refinando con un prolongado trabajo teórico el concepto de “modo de producción teocrático” a partir de una primera crítica de Miguel Acosta Saignes, hasta resultar en una formación económico-social tribal que podría contener (junto a distintas variantes de modos de vida igualitarios) un modo de vida jerárquico cacical, que supone ecológicamente la vida aldeana (sedentaria) y económicamente la producción agrícola de alimentos (intensiva).

Los elementos que permitieron la suposición de semejante modo de vida como presente en el valle de Quíbor fueron la semicultura (restos de maíz), cementerios con trato diferencial a los muertos (Las Locas, Boulevard), obras que implican trabajo colectivo (montículos de Guadalupe), diferenciación de la cultura material dentro del espacio de aldeas (p. ej., tamaño de budares), diferenciación entre aldeas (sitios con montículos y sin montículos), diferenciación entre espacios domésticos (privados) y públicos (plazas), cerámica especializada e industria de concha (con valor de uso ideológico) obtenida a través de intercambios a larga distancia, elaborados por especialistas, etc.

En esquemas marxistas sobresimplificados, la diferenciación social es interpretada como desigualdad política, y los desarrollos técnicos y tecnológicos como resultado de una producción excedentaria capaz de sostenerlos, y ser todo esto gestionado y propiciado por una élite que se beneficia de la situación. Aunque no existían documentos históricos que apoyaran la existencia de cacicazgos en el valle de Quíbor al momento del contacto con los europeos, sí existía tal información para el Estado Falcón, en particular las áreas alrededor de Coro. Las elaboraciones mas mitificantes al respecto extendían el poder de un cacique coriano histórico, Manaure, de las islas holandesas a los llanos, y que como en tantas leyendas y mitos, se habría retirado con su corte, cual éxodo, a una región incógnita al ser desmerecido por los conquistadores. Reportes y malos poemas permitían que Quíbor pudiera incluirse dentro del panorama cacical.

Fue asumiendo una sobresimplicación por parte de estos investigadores que Arvelo se planteó evaluar la relación entre la intensificación agrícola y la complejización social (entendida todavía como centralización política) a través de los patrones de asentamiento de los antiguos quiboreños, y una estimación de su producción y consumo de maíz. De acuerdo a dos modelos cronológicos alternos pero no excluyentes en su contenido, las evidencias de cacicazgos para 2.500 años de ocupación le parecieron negativas. La constante sería la presencia de sociedades tribales igualitarias.

El primer modelo excluye toda posibilidad de complejización social en la sucesión de los portadores de los Estilos Tocuyano, El Dividival, San Pablo, Tierra de los Indios y Guadalupe. El segundo modelo, sólo acepta la aparición de complejidad al final del período prehispánico, sin significar en ningún desarrollo de organización cacical. Los cacicazgos tempranos de quienes usaron cerámica especializada Estilo San Pablo en sus necrópolis, no habrían existido en tanto la diferenciación funeraria no indicaría realmente ninguna desigualdad política en el seno de la organización tribal.

La complejización social tardía en Quíbor se referiría a la interacción social entre los grupos tribales portadores de cerámica del Estilo San Pablo y del Estilo Tierra de Los Indios, que competían por el espacio en el valle. Este espacio en disputa no sería tierra cultivable, como supondría el esquema centrado en la semicultura, sino el acceso a fuentes naturales de sal de tierra. Esta competencia habría sido ganada por los portadores del Estilo Tierra de los Indios, que se diferencia de su estilo hermano Guadalupe sólo en su especialización funcional: Tierra de los Indios se asocia a las labores agrícolas (a las que se dedicarían también los San Pablo) mientras que Guadalupe se distingue por una olla destinada a contener sal de tierra preparada por evaporación de salitre diluido. La complejidad social es en este caso, diversificación de la base económica, bien conocida por la etnohistoria.

La complejidad se relacionaría aquí a dos grupos cerámicos de agricultores mixtos y de amplia gama que conviven en el valle de Quíbor, diferenciando sus espacios, existiendo una ulterior diferenciación espacial y ocupacional dentro de uno de los dos grandes grupos. Los inicios de la extracción de sal de tierra se remontarían al 400 A. D. según el primer modelo, y al 1000 A. D., según el segundo, pero en ningún momento asociándose la introducción del cultivo y consumo del maíz y la producción y comercio de la sal al surgimiento de un cacicazgo, que nunca habría tenido lugar en Quíbor. Nunca se habría realizado la intensificación de la producción, siempre por debajo de las capacidades de los suelos, nunca se habrían centralizado los asentamientos, siempre dispersos, ni nunca se habría producido una explosión demográfica relacionada a ambos aspectos.

La etnohistoria referida especialmente a la región de Barquisimeto y El Tocuyo, entre las que se encontraría el valle de Quíbor, señalaría también esta ausencia de organizaciones cacicales y la presencia de sociedades tribales igualitarias. Las relaciones filipenses de El Tocuyo y Barquisimeto son negativas acerca de señores, principales a quien tributasen los indígenas aún en tiempos de “su gentilidad” [Ponce de León et al, 1964: 151]. Ambas relaciones señalan que lo que podría ser entendido de alguna manera como “cabecera” [Ponce de León et al, ídem] o a un personaje al que más respetan" [González de Arévalo et al, 1964: 189], se trata de aquel que hubiera acumulado más comida (maíz y yuca) y bebida (mazato) y fuese capaz de redistribuirlas, desapareciendo su prestigio en tanto desaparecieran los bienes. A José R. Oliver, cuya base de datos etnográfica y etnológica acerca de Venezuela parece haber sido relativamente pobre, esto le parece vagamente similar a un Big Man. A nosotros, por el contrario, de la manera que queda expresado en ambas relaciones, nos parece un ejemplo clásico de Big Man.

Sin embargo, allí queda abierta la posibilidad de que la complejidad social en relación a cacicazgos deba referirse a un nivel espacial superior al valle de Quíbor, a un nivel macrorregional que podría incluir todo el noroccidente de Venezuela, en un sistema sociopolítico de dependencia interregional que comprende diferentes esferas de interacción con particulares formas sociopolíticas en su interior. Desde esta perspectiva Oliver plantea su trabajo, siempre enfocando su análisis sobre los Caquetíos. Siempre en base a su interpretación de la narración de Federmann, en detrimento de otros textos y aún de las interpretaciones de Pedro Manuel Arcaya, Oliver plantea cinco grandes formas sociopolíticas (polities). Utilizando una forma griega clásica en el derecho y en los estudios políticos, podríamos traducir polity por politeia.

La politeia de los Caquetíos costeros aunque alcanza los grandes números poblacionales, es de baja densidad debido a la dispersión de las aldeas. Su organización política es jerarquizada y centralizada alrededor de la figura del diao, de autoridad basada en su control de la naturaleza. No se trataría de una organización militarista, y de hecho el poder político del diao estaba contrarrestado por un consejo de ancianos, jefes de las aldeas y parcialidades menores, superiores al nivel comunal (se habla de dos grandes parcialidades caquetías costeras). Esto está muy lejos de la imagen romántica del todopoderoso cacique Manaure al que se ha identificado el histórico "cacique" Don Martín. Probablemente manaure (Cf. la relación geográfica de Caracas y Caraballeda) es un nombre tan genérico como diao y boratio, y probablemente se han fusionado en las interpretaciones de Don Martín muchas imágenes precontacto y poscontacto, falconianas y no falconianas, más legendarias y míticas que reales. Por lo tanto, no correspondería a la realidad un dominio de Manaure desde Aruba hasta el Meta y desde la Guajira hasta Caracas, pues ni siquiera establecían relaciones con otros grupos, relegados a las montañas, a pesar de su poco énfasis en la guerra. Efectivamente, la división del noroccidente por Oliver en 5 variantes de politeia desmiente una supraorganización caquetía con capital en Todaquiriva, y la integración macrorregional debería se buscada en otros aspectos o en otro tipo de relaciones distintas a la de la subordinación política, por ejemplo, amplias redes de intercambio de productos.

La politeia de los Caquetíos de Barquisimeto alcanza también una población muy alta, así como la densidad de sus asentamientos. Pero en lugar de tratarse esta nucleación de asentamientos de un proceso de urbanización y de centralización de recursos y de poder, los Caquetíos no presentan una autoridad central. En base a su interpretación de las relaciones geográficas y descartando demasiado apresuradamente un Big Man, Oliver propone una estructura dual para esta politeia caquetía: un jefe de paz (es decir, de tiempos de paz) y un jefe de guerra (es decir, de tiempos de guerra). Con el primero identifica aquella figura similar al Big Man buen productor y buen redistribuidor, resultando ser que en los tiempos de paz la solidaridad intragrupal es reforzada y por lo tanto la jerarquía es horizontalizada (por lo tanto, no entendemos por qué se mantiene el uso del término “jefe”). Este jefe de paz no es nunca el mismo que el jefe de guerra, ya que en tiempo de crisis estos Caquetíos son capaces de reunir a una gran cantidad de efectivos, verticalizándose la jerarquía social. Tampoco creemos que se del todo apropiado asimilar la idea de una “jefatura” a esta verticalización militar coyuntural. Mecanismos similares han mostrado grupos Arawak del Amazonas colombo-venezolano-brasileño (y se trata de sociedades de linajes con marcada desigualdad entre las fratrías o sibs), aunque Oliver no tenía noticia de esto en su momento. Evidentemente en uno u otro caso no se trata de cacicazgos, y Oliver no recurre a este concepto. Pero tanto contra los argumentos de Oliver como contra la idea de cacicazgos, la Relación de Nueva Segovia refiere una mayor identidad entre los eventos en tiempos de paz y la guerra, y de hecho, borra la distinción entre éstas: “en los tiempos anteriores a la llegada de los cristianos, su gobierno era juntarse la mayor parte de las generaciones, cada generación de por sí, y hacían mucho maçato… y acabando de beber se sale cada parcialidad en demanda de sus enemigos” [González de Arévalo et al, 1964: 190]. Las guerras a muerte interétnicas e intraétnicas parecen haber estado ritualizadas (así como también relacionadas de alguna manera con la exogamia y recluta de efectivos jóvenes por rapto, añadiría la Relación de El Tocuyo. Los sociobiólogos se encantarían con estas nociones, que tanto han sido abusadas en el caso Yanomami... que no cuentan con ningún sistema cacical).

Las restantes formaciones políticas se corresponden a los Caquetíos de Yaracuy, de Hacarigua y de los Llanos. La politeia de Yaracuy sería similar a la de Barquisimeto, excepto por tener los jefes menor capacidad de integración supracomunal en tiempo de paz, pero similar en la guerra. La politeia de Hacarigua sería similar a la de Falcón en su centralización alrededor del especialista religioso-jefe político, pero a nivel comunal (se trataba de un único asentamiento, Hacarigua, a lo largo del río) y no intercomunal, y en lugar de excluir y combatir a otros grupos, habría sido capaz de establecer una simbiosis con los pescadores Guaicaríes, con quienes intercambiaban productos agrícolas. La politeia de los Caquetíos llaneros era eminentemente guerrera, y sin embargo, no jerárquica.

[Hoy día parece evidente que estos "caquetíos llaneros" son inexistentes; se trataría de extender el uso del nombre genérico "caquetío", tal como era costumbre entre los españoles, a otros posibles grupos Arawak y favorables a los conquistadores (en oposición a los grupos "caribes" hostiles), como los Achagua, sobre los que Oliver comete una gran violencia interpretativa al asimilarlos a los Caquetíos. Tampoco hay "guajiros" en los llanos; muy probablemente se trata de "guajibos". Oliver es pedagógicamente ejemplar para los razonamientos de etnohistoriadores y arqueólogos acerca de los enormes peligros y errores de identificar o distinguir grupos según datos históricos, arqueológicos, lingüísticos y etnográficos ---especialmente si han sido acríticamente y anacrónicamente correlacionados].

Un problema del trabajo de Oliver es su énfasis en los Caquetíos. Aunque no constituye una única organización la de este grupo étnico, y por lo tanto no se trataría de los cacicazgos teocráticos que habría propuesto Steward ni del modo de producción teocrático en el primer planteamiento de Sanoja y Vargas, Oliver mantiene el noroccidente de Venezuela como una región esencialmente caquetía. En base a afirmaciones de Federmann y los patrones culturales esperados por Oliver en su uso de hipótesis lathrapianas, los Caquetíos se habrían distribuido siempre por las tierras bajas bañadas por ríos en la región, reproduciendo de esta manera la cultura de selva tropical o interfluvial de su hogar ancestral en el Amazonas central, empujando a los grupos no Arawak que ocuparon previamente la región hacia las montañas. Aunque un área cultural (por ejemplo, un área cultural Arawak) no se corresponde o no necesita corresponderse con un área lingüística (Arawak), ni con una politeia (Arawak), el caracterizar a las 5 formaciones políticas como Caquetías vela la sociodiversidad presente en la región, y esto es especialmente crítico en cuanto se muestre que no había del todo dominio político de los Caquetíos sobre los otros grupos.

Se presenta cierta confusión y los Caquetíos se hacen presentes en cada uno de los valles de la región. Esto es problemático cuando se considera el valle de Quíbor. ¿Estaba efectivamente éste ocupado y dominado en sus tierras bajas por Caquetíos? Existe diversidad estilística en el valle. Oliver había adjudicado el estilo Tierra de los Indios a los Caquetíos de Barquisimeto y el estilo San Pablo a los Caquetíos de Yaracuy. Si la evidencia fuera puramente cerámica, quizá no habría problema, excepto cuando se empieza a considerar la región de Sicarigua-Los Arangues y el valle de Carache. Moviéndose de este a oeste, hay un viraje estilístico hacia Mirinday, que Oliver identifica étnicamente con los Cuycas (Chibcha) de Trujillo, aunque la incluye dentro de la Macrotradición Dabajuroide, que se refiere según él a una expansión tardía de los Arawak. Primera inconsistencia que solventa aduciendo convergencia, quizá por el contacto.

Sin embargo, nuevas inconsistencias aparecen al considerarse evidencias no incluidas por Oliver en su estudio, ni por Arvelo, aunque Oliver puede ser excusado por no haber contado (del todo) con ellas para el momento de su tesis. Estas se refieren a las obras de control de aguas, sea para el almacenamiento, riego o drenaje, y las obras de terracería y monticulado. Aunque Oliver considera las noticias sobre el buco de Coro, cuyo mantenimiento estacional habría implicado la movilización de 5 mil hombres (según Federmann), y aunque pudiera establecerse que las obras públicas referidas al agua buscaban reproducir en el árido paisaje noroccidental el paisaje original del Amazonas, el problema es que la unidad tecnocultural con la que podría relacionarse Quíbor es la que podría conformar con Sicarigua-Los Arangues y Carache (donde las pasadas investigaciones no tuvieron por objetivo detectar estas obras), es decir, con grupos andinos posiblemente chibchas. De hecho, existe una intuición (más referida al simbolismo y a la cosmología que a la cultura material tal como aparece al ojo desnudo), por probar, de Sanoja y Vargas de que los montículos de Guadalupe pudieran ser una minireproducción en tierras bajas de las montañas. Tierra de los Indios quedaría más unido a Mirinday, de esta manera.

Podríamos suponer a la tradición o serie Tierroide como problemática, quizá mal definida: primeramente sufrió el arrebato del Estilo Caño del Oso hacia una nueva (pero más antigua) Serie Osoide. En la tesis de Oliver se presenta dentro de Tierroid la inconsistencia de que Tierran (Tierra de los Indios + San Pablo) es "Arawak" y Mirindayan es "Chibcha". Y después de la tesis de Oliver, a Tierran y Tierroid le sería arrebatada el Estilo San Pablo, que no sólo era también más antiguo de lo inicialmente supuesto (pues se correspondería con la Fase Boulevard del I Milenio) sino que podría presentar relaciones con esa misma serie Osoide, y por lo tanto, posiblemente no Arawak o relacionada con Arawak más tempranos que aquellos que dieron origen a los Caquetíos. De esta manera, Tierra de los Indios pertenece a un grupo Caquetío aislado de los demás… o de hecho, no es Caquetío en Quíbor. Ya Arcaya, y Arvelo lo sigue en su tesis de doctorado, había identificado al valle de Quíbor como repartido entre los Xagua (sean estos los Achagua Arawak o no, pero distinguidos de los Caquetíos), y los Coyón.

En cualquier caso, los portadores del Estilo Tierra de los Indios en Quíbor podrían no haber sido Caquetíos, y quizá ni siquiera Arawak sino Chibcha. A este problema de la tesis de Oliver para Quíbor se añade que los grupos identificados con la producción (los “salineros”) y el “comercio” de la sal de tierra desde Quíbor no son los Caquetío, sino los Coyón (posibles productores) y/o los Xagua (posibles productores y seguros “comercializadores”). Así que aunque Arvelo no consideró alguna relación de la complejización social en Quíbor con el control de aguas pero sí con la sal de tierra, ambos aspectos tecnológicos quiboreños, junto con las posibles identidades étnicas, no permiten que la idea de una politeia Caquetía en Barquisimeto incluya homogéneamente al valle de Quíbor, lo que es admitido por Oliver, pero también podría debilitar su identificación entre Tierra de los Indios y los Arawak. Sin necesidad de considerar la existencia de cacicazgos, así como tampoco sin necesidad de excluirlos, esto muestra en el noroccidente de Venezuela, y en el valle de Quíbor, un panorama más complejo aún de lo que quienes rechazan la simplificación han entrevisto.

Por lo tanto, quizá para entender la complejidad social cada vez menos relevante establecer tipologías o taxonomías, sean diacrónicas (evolutivas) o sincrónicas (formales), en compartimientos estancos, y más pertinente la consideración de una diversidad social siempre dinámica y siempre redefinida por los propios actores, aun cuando estos ya no existan en carne y hueso, lo que nos exige formular explicaciones antes que renunciar a ellas.

Bibliografía

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Agosto 08, 2005

Los cacicazgos prehispanicos en el noroeste de Venezuela

Vamos a empezar, con la tesis de José Oliver que basándose en datos etnohistóricos, arqueológicos y lingüísticos, propone dos macrotradiciones prehispánicas en la región del Noroccidente venezolano.

La primera macro-tradición es denominada Tocuyanoide, también llamada por el autor, tradición pintada amazónica antigua; Oliver rechaza que ésta primera tradición proviniera de Colombia, más bien, se sustenta de la hipótesis de Donald Lathrap, acerca del origen amazónico (específicamente de el Amazonas Central), de los grupos Arawaks, y que estos grupos se fueron expandiendo a través de las tierras bajas suramericanas, a través de las vías fluviales navegables; según Oliver la expansión se dio en cuatro etapas, la primera llamada de los Proto-Arawaks-Maipures con una fecha temprana de 4000 años a.C.; hasta una expansión tradía, llamada Proto-Maipures tardíos que a su vez se subdivide en dos etapas, una temprana que abarca desde el 500 al 1500 d.C y otra tardía o indohispánica desde el 1400 hasta el 1700 d.C. (Oliver, J. 1989).

Acerca de los grupos pertenecientes a la tradición Tocuyanoide (300 a.C. a 300 d.C) , Liliam Arvelo, refuta la tesis de Sanoja y Vargas, respecto a las sociedades cacicales tempranas; siendo para Arvelo la única actividad especializada para estos grupos la explotación y comercialización de la sal. (Arvelo, L. 1995). Por lo tanto nos vamos a concentrar en los cacicazgos tardíos, macro-tradición Dabajuroide, según Oliver.

Para Oliver, la macro-tradición Dabajuroide, a partir del 900 d.C. hasta la época hispána, incluye los estilos Dabajoroide y Tierroide; perteneciendo el primero a los grupos que habitaron la zona del Estado Falcón, especialmente la costa, y posiblemente las islas Aruba, Bonaire y Curacao; y la tradición Tierroide que corresponde a los grupos asentados tierra adentro (Estados Lara, Yaracuy) (Oliver, J. 1989).

Estos dos grandes grupos de Caquetios, muy posiblemente de lengua Arawak; se desarrollaron probablemente a partir de los tocuyanoides, aunque no se excluyen otras vías, como la migración o la expansión, por ejemplo. Según la evidencia etnohistorica y arqueológica, se pueden dividir en dos grupos principales: los caquetios de la costa y los caquetios del valle de Barquisimeto, que posiblemente se encontraban asentados en el valle de Quibor. Estos dos grupos poseían organizaciones políticas distintas, que podemos distinguir como jefaturas de paz y jefaturas de guerra. Para los primeros, Oliver menciona que se caracterizan por ser una sociedad jerarquizada, con un líder central, que también cumple el papel de "gran sacerdote" o Diao, y que se va a encargar de distribuir los tributos que ha recibido de sus contribuyentes; estos grupos caquetios realizaban alianzas, principalmente a través del matrimonio con otros grupos; o por vía de celebrar grandes fiestas, donde las bebidas alcohólicas hechas de maíz o yuca eran esenciales (Arvelo; 1995; Oliver; 1989). O por otras vías como el comercio inter-grupal de bienes exóticos; estas estrategias promueven la paz entre los pueblos; aunque no podemos descontar que entre ellos no existían relaciones tensas o bélicas entre grupos; lo que queremos decir es que la manera, general de resolver esos conflictos era a través de estrategias de alianzas o pacificación, siendo muy pocas violentas.

Al parecer, estos grupos costeros vivían en asentamientos no nucleados o dispersos; contrario a lo que pasaba con los grupos del valle de Barquisimeto, que eran asentamientos muy nucleados con poblaciones bastante grandes y con sistemas de defensa o "fortificaciones"; esto se debe a que sus relaciones con otros grupos e inclusive entre ellos (esto es para la época de las narraciones de Federmann); eran violentas; estos grupos vivían en las zonas de tierras bajas, expulsando a otros grupos a las regiones montañosas (así como los caquetios costeros, con la excepción de que estos no expulsaban de sus tierras a otros grupos). Así es como Oliver ha llamado a los jefes de estos cacicazgos del área de Barquisimeto y sus alrededores como jefes de guerra, siendo la estrategia política de estos pueblos, muy distinta a los caquetios de la costa. Se puede decir que poseen un sistema que contrasta entre jefe de guerra y jefe de paz; el primero tiende a acumular todos los bienes otorgados por sus "súbditos"; y es básicamente un jefe militar, sin otros poderes. Estos grupos se encontraban rodeados de otros grupos enemigos, en la época del relato de Federmann (1530-1); pero al parecer esta fue una situación relativamente reciente, siguiendo el mismo relato; por lo tanto Oliver propone que estos grupos practicaban las dos estrategias. (Oliver; 1989.).

La situación política y social de estos grupos tardíos era bastante compleja, pero nos encontramos en una ventaja al tener algunos documentos escritos que las describen, sin embargo ese no es el caso de sociedades más antiguas y no menos complejas, las cuales no pueden ser extensión de los relatos históricos, ya que las sociedades son dinámicas; por lo tanto debemos atenernos a este tipo de interpretación; y no podemos guiarnos solamente de estos documentos al estudiar sociedades indígenas ya dentro del período hispánico; debemos tomar otro tipo de evidencias (lingüística, botánica, arqueológica); para una profunda interpretación de estas sociedades.

Ananda L. Hernández P.

Bibliografía

Universidad Central de Venezuela
Facultad de Ciencias Económicas y Sociales
Escuela de Antropología
Departamento de Arqueología, Etnohistoria y Ecología Cultural
Seminario Proyecto Quibor

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Agosto 07, 2005

Los cacicazgos en el Valle de Quibor

El sistema social cacical, es definido por Sanoja y Vargas como "una forma de organización… [que]… implica la integración socio-política de diversas comunidades aldeanas" (Sanoja y Vargas; 1987). Las sociedades cacicales, poseen cierto número de características, entre ellas podemos mencionar: poseen un jefe principal o cacique, el cual va a redistribuir los excedentes económicos, que las poblaciones bajo su mando dan como tributo. Por lo tanto, existe especialización del trabajo, en otras palabras, artesanos, cada uno dedicado a una actividad particular, y que necesitan del intercambio de bienes para poder sobrevivir. Ahora bien, el jefe o cacique principal, puede haber ganado el poder ya sea por pertenecer a un linaje dominante (es decir, adscrito); o por haberse ganado esa posición en esa sociedad por logros propios, o poder adquirido; el cacique puede ser tanto el jefe político y militar, así como, el representante de dios en la tierra; es decir, mantenía control sobre las esferas políticas, económicas y religiosas.

Particularmente para la región del Valle de Quibor; se poseen varios indicadores arqueológicos y algunos etnohistóricos de encontrarnos en presencia de sociedades jerarquizadas; entre ellos se encuentran: la presencia de grandes cementerios o necrópolis (como los del Boulevard de Quíbor, el cementerio Las Locas), en donde existe evidencia de tratamiento diferencial, indicado en los enterramientos; debido a la presencia o ausencia de elementos votivos, como alfarería, artefactos de concha y líticos; entre otras distinciones que pudieran ser ya dentro de los restos óseos del individuo (ya a nivel de antropología física) como niveles de nutrición; desgaste dental que pudiera indicar alguna actividad económica; relaciones de parentesco entre individuos; etcétera.

Aunque se cree que estas organizaciones sociales, existieron desde tiempos muy tempranos; alrededor del 400 d.C. con la llamada fase Boulevard, la escasa existencia de lugares habitacionales, reduce o al menos puede poner en duda la existencia de cacicazgos a tan tempranas fechas, solo utilizando los datos rituales, especialmente de las grandes necrópolis, por más de que se tenga una gran gama de información acerca de este aspecto en la vida de estos pobladores prehispánicos; aunque no debemos desestimar el papel que cumplía el comercio o el intercambio a larga distancia de materias primas o artefactos (como la concha marina) dedicados muchos ellos para el uso en cultos religiosos, siendo utilizados gran parte de ellos solo una vez, por ejemplo, como ofrendas en enterramientos. Sin embargo, esta tesis se hace más creíble, ya para el último período prehispánico; es decir, a partir del 1000 d.C; existe evidencia habitacional y también religiosa, en la que se puede evidenciar la estratificación social, debido a que estos pueblos (pertenecientes a la tradición tierroide) requerían organizarse para poder realizar construcciones que facilitaran o tal vez mejoraran la producción agrícola.

Además de esto vemos ya para el período del contacto podemos observar que muchas de las crónicas europeas hacen mención a grupos indígenas con un alto grado de organización política, económica y social, que se encontraban liberalizados por un gran jefe, señor de señores, llamado por los caquetíos, Diao, siendo el más conocido Manaure, que desde las costas falconianas tenía facultades de mando hasta las tierras laranses; esto según muchas de las mencionadas crónicas (Federmann).

Ananda Hernández

Bibliografía

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Seminario Proyecto Quibor

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Agosto 04, 2005

Epoca paleoindia de la region de Quibor y sus relaciones con las zonas vecinas

Para explicar el poblamiento de América, han existido posiciones muy diversas; una de las primeras fue la de Ameghino, a finales del siglo XIX, donde proponía que el hombre era originario de este continente; se comprobó que esto no era cierto en las primeras décadas del siglo XX, a partir de los trabajos en la localidad de Folsom, en Nuevo México, realizados en 1926 por Figgins; surgió una nueva explicación, en la cual el hombre habría llegado al continente en el pleistoceno tardío, aproximadamente hace 13.000 años. (Jaimes; 1996: 37)

Este período de la arqueología americana se caracteriza por la gran influencia que tiene la escuela histórico-cultural, la cual desea establecer cronologías en marcos regionales a través de análisis tipológicos de artefactos arqueológicos; el problema es establecer las tipologías ya que son abstracciones creadas por el investigador y que muchas veces no se adaptan a todas las realidades. Es así como a partir de los años 30's se tiene una concepción muy firme respecto al poblamiento temprano en América, una de las causas de este modelo son los descubrimientos que se hacen en Norteamérica de asentamientos paleolíticos, en donde el esquema a seguir para las sociedades paleoindias era el modelo Clovis; que indicaba según la arqueología de la época, las fechas más tempranas de poblamiento humano en el continente. Pero otro tipo de teoría surgía para los años venideros, gracias a excavaciones en sitios sudamericanos, los cuales daban como resultados fechas muy tempranas que no llegaban a coincidir con las establecidas por la escuela Norteamérica; como es de esperar la reacción de ésta no fue de mucho agrado, porque destruía el modelo establecido, para que no pasará esto la solución fue asumir que existía un estadio anterior al clovis denominado por Krieger pre-puntas de proyectil. Los sitios más importantes en Sudamérica son: Punta Forada, en Brasil; Monte Verde y Cueva Fell, en Chile y El Jobo, en Venezuela.

Una de las regiones con evidencia de poblamiento temprano o paleoindio es el noroccidente de Venezuela, con los sitios Muaco, Taima-Taima, El Jobo, Monte Cano, Cucuruchú, ubicados en el Estado Falcón y La Hundición, El Vano, Los Tres Cruces, y el área de Quibor, en el Estado Lara. Las primeras investigaciones importantes fueron realizadas por Cruxent y Rouse en la zona de El Jobo, de donde identificaron cuatro complejos (Camare, Las Lagunas, El Jobo y Las Casitas), las cuales conforman la serie Joboide, se característica por puntas lanceoladas especializadas para la caza de megafauna.

Las investigaciones en el Estado Lara se realizaron más tarde, para la zona, Jaimes propone tres conjuntos arqueológicos: Los Tres Cruces, en el norte de Lara, que es homólogo al complejo Las Lagunas, con puntas lanceoladas bifaciales de hasta 30 cm. De longitud. El conjunto Joboide se encuentra en Los planes de Giosne, Los Planes del Guayabo, El Vano, La Hundición, Yai, Tumbacoa y algunas zonas de Quibor, caracterízado por puntas lanceoladas con una longitud entre los 10 y los 20cm. El tercer conjunto es Giosne encontrado en Los Planes de Giosne y La Hundición, donde se encuentran puntas tipo "cola de pescado". Jaimes clasificó los sitios según el uso del espacio realizados por estas sociedades paleoindias: los dividió en: sitios multifuncionales, recurrentes y poco recurrentes, en los cuales se realizaban los artefactos y en donde se encontraba asimismo la materia prima, según el autor los sitios que representan éste tipo de uso son: Monte Cano (Falcón), Los Tres Cruces (Lara) y Los Planes. Sitios semi- especializados con asociación de caza de magafauna, representado por El Vano (Lara) y por ultimo los sitios especializados como en La Hundición (Lara), donde existe presencia de puntas tipo "cola de pescado" y joboides. La posición de Jaimes puede resumirse, a una visión un tanto funcional con respecto al uso del espacio, y explotación de los recursos de estos grupos humanos como formas generalizadas y no especializadas de subsistencia, por lo tanto, pueden explicarse que existan pocos sitios arqueológicos de cacería especializada en megafauna, ya que ésta, según Jaimes, solo era una pequeña parte de todos los nichos ecológicos que estos grupos explotaban, y que solo recurrían a este tipo de caza en ciertas temporadas del año (particularmente en época de lluvias), cuando era más fácil cazar un animal de gran tamaño (generalmente cuando se encontraba en fuentes de agua dulce, satisfaciendo sus necesidades) a uno pequeño, difícil de encontrar o de cazar. Esto puede llevar a inferir sobre la amplia movilidad que tenían estos grupos, lo cual se ve reflejado en los artefactos similares encontrados en los sitios arqueológicos de la región Lara-Falcón.

Ananda L. Hernández P.

Nota: estos resúmenes que hemos estado enviado el Br. Alegrett y yo, son solo pequeños informes que realizamos como requisito para la asignatura Seminario Proyecto Quibor, sólo tienen la intención de resumir la información muchas veces amplia que se tienen sobre los temas correspondientes a cada sesión. Sin embargo, sería interesante el poder extender y discutir las ideas que se encuentran en ellos, especialmente para los interesados en la región y en los temas propuestos.

Bibliografía

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Agosto 02, 2005

Historia de la arqueologia en el area de Quibor y su relacion con la arqueologia venezolana

La zona del valle de Quibor localizado en el Estado Lara, ha sido en los últimos años uno de los principales focos de las investigaciones arqueológicas del país, a partir de los años setenta la labor de los científicos se concentró en el sitio conocido como el cementerio del Boulevard de Quibor. Sin embargo, estas investigaciones no hubiesen podido ser posibles sin una serie de iniciadores o exploradores que vieron en la región noroccidental del país, una posibilidad interesante para el conocimiento del pasado biológico primeramente, ya que esta zona tiene muchos de los requisitos necesarios para la conservación no solo de fósiles de animales pleistocénicos, sino también, para la conservación de restos humanos (artefactos, enterramientos, montículos).

Las actividades arqueológicas y paleontológicas de la región se iniciaron a partir de finales del siglo XIX, con la llegada de Adolfo Ernst al país se inicia una nueva etapa en la ciencia, y el inicio de la ciencia arqueológica de Venezuela; el trabajo de Ernst se enfoca en la descripción de objetos provenientes del Estado Lara, particularmente de El Tocuyo y Carora, se puede decir que la participación de Adolfo Ernst en la zona es indirecta ya que nunca realizó trabajos de campo o de exploración en ésta. (Molina, L. 1990:7-8). Otro punto a tomar en cuenta es que estos materiales que fueron recolectados en el siglo XIX, eran la mayoría de ellos casuales y hechos por pobladores de la región que no habían desarrollado habilidades adecuadas al trabajo de campo.

El siglo XX trae muchas cosas en el campo de la arqueología en la región y en el país, desde las ideas de una relación entre las culturas fenicia, egipcia y las prehispánicas o de haber encontrado los vestigios de la perdida Atlántida, siendo uno de los autores más conocidos Rafael Requena (uno de los promotores más importantes de la arqueología venezolana en los años 20 y 30), particularmente, a causa de sus estudios en la región del lago de Valencia.

A principios del siglo XX, el Dr. Rafael Rudesindo Freitez Pineda, realiza excavaciones en un cementerio prehispánico en el sitio de Las Veritas, en las zonas aledañas de Barquisimeto, y en la zona de Agua Grande, otro cementerio prehispánico, de estos descubrimientos realiza descripciones, pero su obra no fue muy extendida, y escasamente publicada. A raíz del descubrimiento de Freitez Pineda, empezó una interesante discusión en torno a los cráneos exhumados, y en la cual se encuentran dos figuras importantes de la ciencia venezolana, ellos son Samuel Maldonado, Lisandro Alvarado y Gil Fortoul; el centro del debate era la supuesta presencia del hueso de los incas, en los cráneos del cementerio de Agua Grande, los dos primeros investigadores aseguraba que se notaba la presencia de dicha característica, en algunos de los cráneos, siendo importante el concepto de raza, que tenían cada uno de estos investigadores, y todo el trasfondo ideológico que este concepto implicaba.
(Ibíd.: 13-19).

Nectario María realiza sus primeros trabajos entre los años de 1932 y 1947 cerca de las poblaciones de Barquisimeto y Guadalupe; Sitio Cerro Manzano a seis Km. al sur de Barquisimeto, cementerio complejo, enterramientos alrededor de un enterramiento central. Montículos habitacionales (cerca de Guadalupe); sitio Los Tiestos (también conocido como El Tiestal) y Las Dos Puertas.

Alfred Kidder II, perteneciente a la oleada de arqueólogos norteamericanos invitados por Rafael Requena para realizar trabajos en Venezuela (1934); fue el único de estos que explora, más no excava en sitios cerca de Barquisimeto como La Ruesga (a cinco Km. al norte de Barquisimeto); Las Veritas (15 Km. al suroeste); Cueva de la Vieja (5 Km. al sureste de Sanare) y Zumbador (a 10 Km. de Barquisimeto).

Osgood y Howard, además de ser los primeros arqueólogos que realizan una tabla cronológica para Venezuela, también informan acerca de las exploraciones y las investigaciones en el Estado Lara, hechas por ellos en 1941, recolecciones superficiales cerca de El Tocuyo y revisan las colección provenientes del área que se encuentran en el Museo de Ciencias Naturales y el Colegio La Salle en Barquisimeto.

A finales de los años 50, en 1958, se publica Arqueología Cronológica de Venezuela, obra de Cruxent y Rouse, en la cual clasifican toda la información sobre todo a nivel cerámico de esta región y de otras regiones del país, esta obra es clave para el desarrollo de la arqueología como disciplina científica, sencillamente por el hecho de compilar, ordenar y clasificar todas las piezas sueltas del rompecabezas que existía en el momento sobre los trabajos arqueológicos hechos en Venezuela, de hecho la inspiración para la realización de este libro fueron los arqueólogos Osgood y Howard. Los estilos que Cruxent y Rouse sugieren para la zona de Lara son llamados: estilo Tocuyano (período II, entre 1050 d.C.) y Tierra de los Indios.

Desde la segunda mitad del siglo XX, especialmente a partir de los años 60, la arqueología venezolana se ve atraída al sitio del Valle de Quibor, y la mayoría de los trabajos del país se realizan en la zona, posiblemente se puede llegar a hablar de una etapa en la historia de la arqueología de nuestro país centrada en la región de Quibor, este paso fue fundamental, porque aunque se desatendieron otras regiones no menos importantes la arqueología, o mejor dicho, los arqueólogos venezolanos se dieron cuenta que no bastaba con realizar una corta investigación y que muchas veces descubrir o tratar de interpretar sociedades ya extintas no es trabajo de un día, sino que requiere de muchos años de investigación, trabajo de campo y análisis del material para tratar de esclarecer los vestigios del pasado.

Bibliografía

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Seminario Proyecto Quibor

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Julio 20, 2005

Apuntes sobre la organizacion social en el valle de Quíbor

La región noroccidental venezolana ha sido hasta ahora ejemplar respecto a las primeras formas sociales americanas, gracias a las dataciones arrojadas por sitios paleo-indios en el Estado Falcón. Fechas menos espectaculares pero suficientemente antiguas muestran presentes en Lara y en el valle de Quíbor a grupos de cazadores-recolectores, probablemente organizados en “bandas” aparentemente nómadas, al menos hace 9 ó 10 milenios. En su modo de vida, definido por algunos como “apropiador” o incluso “depredador”, se ha querido ver muchas veces a los hombres como dependientes y sujetos a los avatares ambientales. Si el mundo se mostraba hostil, la igualdad sociopolítica —incluso entre géneros— que caracterizaría a estos grupos humanos, se mostraría más como un logro loable que como una incapacidad para generar una “complejidad” desgraciadamente confundida con la guerra y lucha, abierta o silenciosa, entre los hombres por el status, prestigio y poder. Nos parece, por el contrario, que los conocimientos que pudieron ser generados para “enfrentar” a la naturaleza, implican no la pasividad de una víctima de las circunstancias sino una creatividad por parte de seres altamente activos cuya transición a otros modos de vida definidos según sus reconstructores presentes puede haberse iniciado desde el primer día de su paso por estas tierras. De ello quizá la dificultad para conocer estas formas “intermedias” hacia organizaciones tribales aparentemente sedentarias y productoras de alimentos (“tribalización”), que podrían haber generado las prácticas agrícolas a partir de sus pretéritas relaciones con las plantas, o haberlas recibido introducidas como fuego prometeico junto con la cerámica polícroma (“neolitización”) por distantes núcleos creativos en los Andes o Mesoamérica, o al menos por una cadena de transferencias tecnológicas de alcance continental. De esta manera, existe desconocimiento acerca de los antecedentes y orígenes de la Tradición Tocuyano en el valle de Quíbor, y de sus portadores, señalados como los introductores de la producción o al menos el consumo agrícola. La presencia en el occidente de Venezuela de estilos polícromos tempranos similares a la cerámica de la costa norte de Colombia, Panamá y Costa Rica ha puesto en conexión a nuestra región con Mesoamérica y/o los Andes centrales, que ya para entonces habrían tenido complejos desarrollos sociopolíticos, incluso de formas urbanas. Sin embargo, aires más subversivos se han soplado desde las tierras bajas tropicales amazónicas, donde una “cultura de selva tropical”, que tenía a su disposición y manejo la mayor biodiversidad del mundo, habría podido desarrollar prácticas agrícolas y tradiciones cerámicas sin dependencia de otros centros alejados de creación, y que ha llegado a especular que los estilos polícromos tempranos fueron traídos por una primera oleada Arawak proveniente del Amazonas central. En todo caso, lo que se conoce del complejo tecnológico semicultor, de los “dispersos” y poco “densos” patrones de asentamiento y de los “uniformes” patrones funerarios de los Tocuyanoides se ha relacionado con una organización social tribal igualitaria. Dos planos pueden haber sido considerados para caracterizarla como “semicultor” en lugar de “vegecultor” (¿pero por qué no “mixto”?):

  1. empírico: la presencia de metates en sitios Tocuyanoides (procesamiento del maíz) y generalizaciones a partir de hallazgos contemporáneos en La Pitía (La Guajira) o del Complejo Caño del Oso;
  2. teórico:
    • según consideraciones temporales: es inmediatamente seguido por una supuesto modo de vida jerárquico (temprano);
    • según consideraciones espaciales: su localización dentro del Occidente de Venezuela, según la dicotomía propuesta por las teorías heredadas.

    En estas teorías, la práctica de la vegecultura es vista como esencialmente oriental, tropical, de tierras bajas y calientes, y como correspondiente a un grado relativamente bajo del desarrollo de las fuerzas productivas y que supone ciertas relaciones técnicas de producción o procesos de trabajo poco sofisticados y dispersores del esfuerzo humano, tratándose por lo tanto de un impedimento tecnológico para unas relaciones sociales de producción más complejas (lo que significa “desiguales”). Siendo los Tocuyanoides semicultores, la continuidad con un estadio más avanzado de la evolución social se establecería por la contradicción entre un grado relativamente alto de desarrollo de las fuerzas productivas para la infraestructura y una simplicidad superestructural, lo que resulta en relaciones políticas que se mantienen igualitarias, como esperando al finalizar los tiempos anteriores a Cristo una revolucionaria intensificación agrícola para que el plusproducto transforme a los hombres de hermanos a dominantes y dominados en el seno de la tribu.

    Cuando dentro de este esquema centrado en la evolución tecnológica (como indicador económico) se plantea la existencia de cacicazgos tempranos, es decir, situados en el primer milenio de la era cristiana, se tropieza con la dificultad de que tales inferencias se han basado fundamentalmente en patrones funerarios, ante la escasez (que sólo ahora comenzaría a resolverse) de áreas de producción y consumo de lo que engloba las formas sociales conocidas para este momento en el valle de Quíbor: la Fase Boulevard o estilo San Pablo. Las necrópolis de esta fase arqueológica o al menos de este período (porque no se presenta uniformidad estilística) presentan una cerámica de uso especializado, meramente funeraria o votiva, que junto con una sofisticada industria de objetos de concha (cuyo surgimiento, auge y decadencia coincidiría con esta Fase) posiblemente elaborada por especialistas en su manufactura, así como placas aladas (de concha marina y piedra probablemente andina), diferencialmente (en cantidad y cualidad) distribuida en los enterramientos, que a su vez seguirían ciertos patrones espaciales o deposicionales dentro del cementerio. Desgraciadamente la discusión de evidencias de paleopatologías muestra algunas debilidades conceptuales en cuanto a su relación al sistema de descendencia, además de la falta de un estudio paleopatológico publicado y argumentado, entre los varios los factores que permitirían hablar de formas jerárquicas cacicales: supuesta semicultura, trato diferencial a los muertos (que para algunos esquemas implica desigualdad política), intercambio a larga distancia de materia prima o productos exóticos (incluyendo asfalto, resinas, inciensos, quizá plantas y animales) para el consumo suntuario y ostensorio de las “élites”, la presencia de artesanos especialistas que pueden ser mantenidos fuera de la producción de alimentos mientras manufacturan estos objetos, un culto religioso ampliamente distribuido que sanciona ideológicamente las relaciones sociales existentes (eso, de hecho, ocurre y ocurrirá en cualquier forma de vida humana sobre la tierra, desde el chamán al showman, desde el culto solar al recuerdo de los próceres de la Nación hasta el culto racionalista a la ciencia dentro del Estado ético democrático), aun cuando la cerámica de los cementerios de Las Locas, Camay, Cerro Manzano y el Boulevard de Quíbor presente variabilidad estilística (San Pablo-Osoide (?), Tocuyano-Tocuyanoide, Santa Ana y Lagunillas) y formal (la cerámica Boulevard quizá corresponda a varias tradiciones y no sólo a una), lo que de hecho refuerza la idea de intercambios que favorecen la distinción funeraria. Es de notar también la distinción estilística y funcional que se ha encontrado en los sitios de habitación (¿hasta ahora los únicos?) y los enterramientos de este período y Fase en Sicarigua-Los Arangues, entre la cerámica doméstica y la funeraria. Que puedan existir cacicazgos contemporáneos en zonas vecinas como los llanos de Barinas (Complejo La Betania, serie Osoide) favorecerían también la idea de estos cacicazgos tempranos, al menos para los difusionistas. Como posible distinción de importancia respecto a los “cacicazgos” tardíos o del segundo milenio, estos “cacicazgos” tempranos (incluyendo los de Barinas) parecen tender a integrarse sobre localidades o microrregiones, a diferencia de los aparentemente regionales o macrorregionales posteriores.

    Múltiples objeciones se pueden plantear a la existencia de estos cacicazgos tempranos, pero principalmente se han referida a la escasa visibilidad arqueológica —hasta ahora— del sector primario de la economía, tan necesario para las reconstrucciones de los esquemas teóricos que plantean la existencia de estos cacicazgos. También por la escasa visibilidad de áreas domésticas, los patrones diferenciales —interpretados en estos esquemas como indicadores de desigualdad— de consumo sólo se han mostrado en cementerios, en los que las variables consideradas no han sido exhaustivamente exploradas, a la par que se han obviado otras. Las distinciones funerarias no exigen por sí mismas la desigualdad política, ni siquiera exigen las distinciones intratribales (como las de linaje), a pesar de que es muy probable que éstas existan. El principal problema sería el escaso trabajo de la arqueología nacional y global en el estudio de las sociedades tribales como tales (sean “igualitarias” o “jerárquicas”). Errores y problemas de concepto surgen cuando la investigación se dirige en distinciones simplistas de igualdad-desigualdad, o peor aún, cuando las sociedades jerárquicas se ven como siempre distintas de las tribales (por ejemplo, en el esquema de Fried, que separa a las “tribus” de las “jefaturas”), con una cantidad de atributos que no se presentan en el estadio evolutivo más simple. En los esquemas evolucionistas, se ha tendido a forzar la visión del cacicazgo como una forma intermedia entre el Estado y las sociedades primitivas, siendo una mezcla extraña y débil o confusamente definida de indicadores. Otros esquemas recurren a adaptaciones americanistas del modo de producción asiático o, peor aún, del modo feudal (por la mera coincidencia del término “señorío”). Los investigadores que han consultado los documentos etnohistóricos multiplican los cacicazgos arqueológicos cada vez que leen acerca de un cacique del siglo XVI, confundiendo la definición original del “cacique” como un jefe de aldea o de grupo doméstico (un padre, un tío materno, o un suegro, sin poder más allá de su caserío o ranchería y sus parientes más jóvenes) con la organización política pre-estatal y post-parental. En líneas generales, hay poca consistencia en la definición de “cacicazgo”. Quizá desarrollos muy complejos y civilizatorios definidos como Estados, Imperios o Reinos son meras jefaturas, quizá desarrollos complejos no se corresponden a algo tan elevado como el cacicazgo y se trata de presencias de Big Men y de Great Men, y quizá desarrollos simples sí sean cacicazgos, y la tecnología y la demografía no son indicadores seguros, sino las relaciones sociales. (En el Viejo Mundo las primeras formas urbanas estatales teocráticas pueden ser más pequeñas que aldeas tribales igualitarias).

    Para el Segundo Milenio de la era cristiana (recién finalizado) se ha establecido la extensión en el noroccidente de un segundo grupo de estilos polícromos (en este caso, “tardíos” y “geométricos”) que han sido agrupados bajo una Tradición Polícroma en Bandas (Sanoja) o una Macrotradición Dabajuroide (Oliver, “Macro-Dabajuroide” para resumir), que en el valle de Quíbor se presenta particularmente como la Tradición Tierra de los Indios (con dos posibles estilos en su interior: Tierra de los Indios propiamente dicho, y Guadalupe). De nuevo, sus relaciones se han establecido con estilos polícromos del noroeste de Suramérica o con una expansión Arawak tardía, lo que ha cobrado fuerza empírica, gracias a los documentos del siglo XVI. Esta relación entre grupos cerámicos y grupos étnicos históricos es importante para la discusión puesto que esta unidad estilística, asociada en su origen a los Arawak, se presentaría en una diversidad de grupos etnolingüísticos, incluyendo no Arawak. Esta relativa homogeneidad estilística, por lo tanto, a una integración sociopolítica o al menos económica o tecnológica, entre grupos culturales relativamente distintos que ocuparían mismas y diferentes regiones micro y macroambientales. Los indicadores arqueológicos utilizados para los cacicazgos de este período tienden a ser tecnoeconómicos y espaciales, buscándose enseguida establecer coincidencias con los datos históricos. La producción tiende a ser de amplio espectro y muy similar entre las diferentes regiones consideradas: Carache (Trujillo, Fase Mirinday), Sicarigua-Los Arangues (Lara, cerámica que relaciona diferentes estilos dabajuroides como Bachaquero y tierroides como Mirinday y Tierra de los Indios), Quíbor (Tierra de los Indios), y con sus particularidades costeras, Falcón (Dabajuroide). El mismo patrón dietético básico se repetiría en Carache, Sicarigua-Los Arangues y Quíbor: fundamentalmente agricultura de maíz pollo posiblemente intensiva y caza de venados, junto con frutales, palmas, moluscos terrestres, conejos, iguanas, cachicamos, etc. Moluscos y peces marinos provendrían de Falcón y del Golfo de Venezuela como especialidad de los Caquetíos, moluscos y peces fluviales de los llanos cercanos como especialidad de los Guaycaríes. La evidencia más importante que surge es los nombrados valles de Lara y quizá Trujillo (donde faltaría por establecer) es la presencia de modificaciones intencionales del paisaje que podrían implicar la distinción de áreas domésticas, áreas públicas, la intensificación de la agricultura y/o el trabajo organizado y planificado por agencias centrales, a la vez que el control de recursos por parte de éstas: montículos habitacionales, posibles montículos agrícolas, terracería e infraestructura (incluyendo arquitectura lítica) para el control de aguas: almacenamiento, drenaje, conducción y reconducción (regadío). Respecto a la totalidad de los valles, se distinguen los sitios habitacionales en los cerros o piedemonte o en la depresión. En la depresión (Quíbor), se podría distinguir entre sitios monticulados y sin montículos, y dentro de cada uno de ellos de acuerdo a su contenido (diferencial) de material arqueológico. Esto podría indicar la jerarquización vertical y/u horizontal del espacio de acuerdo al status y el rol en la producción y el consumo. Aumentando el nivel, se observarían o podría llegar a observar jerarquías entre aldeas, localidades, y hasta regiones. Se ha indicado arqueológicamente a Los Arangues como la aldea principal de un cacicazgo local, esto es, en el piedemonte andino. Históricamente, la aldea principal de un cacicazgo macrorregional correspondería al cerro Santa Ana, en Paraguaná, encarnado para el momento del contacto por Manaure, cuyo poder sobre la vida y la muerte de miles (o decenas o centenas de miles) alcanzaría los llanos y se basaría en un sistema de tributos recolectados por sus agentes, es decir, la apropiación de productos por parte de una élite asociada (no su redistribución ni gestión), y que para algunos anunciaría un Estado incipiente, una “formación clasista inicial”, abortada por la invasión europea.

    Preferimos diferir la consideración de ciertos indicadores planteados para los cacicazgos para la discusión de las propuestas de Oliver y Arvelo, por concentrarse en los momentos más tardíos y valerse abundantemente de información histórica. Nos concentraremos aquí en la arqueología.

    Queda por establecer la productividad de las estructuras supuestamente agrícolas con las que se modificó el paisaje. ¿Corresponderían ciertamente a la intensificación de la producción? ¿Hubo crecimiento demográfico? ¿Sería este previo o posterior a una intensificación agrícola? ¿Sería esto causa, consecuencia o factor independiente del surgimiento de cacicazgos? ¿Es de verdad la homogeneidad estilística producto de la integración política por parte de agente centrales diferenciados o de la dictadura colectivista de la tradición arrasadora de diferencias? Los cacicazgos arqueológicamente tienden a ser establecidos localmente, mientras que históricamente se establecerían por integración de regiones. Dada la uniformidad en la producción entre las regiones, su importancia podría estar en el sostén de una alta población: ¿se manifiesta ésta arqueológicamente? Esta uniformidad restaría importancia a la producción para resolver problemas de “hambre” de una región, que la solventaría a través del intercambio, que como mecanismo de simbiosis en una interpretación meramente económica exaltaría las diferencias —que tenderían a lo suntuario— en la producción local y asimetrías en la interregional, y no sus semejanzas —referidas a la autosubsistencia—. Los documentos históricos señalan dónde se realizaba con intensidad este intercambio o dónde existían hostilidades y negativas al intercambio. El surgimiento del poder cacical podría relacionarse menos con la intensificación agrícola para la apropiación y la redistribución por parte de la élite, que con el sostén de una población alta en la macrorregión (para contar con más efectivos y quizá un ejército de reserva, sea para la guerra o el trabajo con o sin intensificación), o más con el control de redes de intercambio (sin necesidad de adoptar tecnología productiva compleja), alianzas y confederaciones políticas, consumo de bienes suntuarios, captación de tributos y quizá por sobre todo, el control (mágico o no) de la naturaleza y la producción. Pero habría que considerar si efectivamente los “cacicazgos” históricos coinciden temporalmente con los “cacicazgos” arqueológicos (no parecen coincidir del todo espacialmente). Los cacicazgos arqueológicos pudieron ser anteriores, y haber desaparecido al momento del contacto. Quizá no fueron cacicazgos del todo, y habría que evaluar si los procesos de trabajo implicados requirieron la gestión por parte de una élite de la planificación, la dirección y la posible redistribución o apropiación, o si por el contrario grupos domésticos no diferenciados políticamente ejecutaron estas labores, estableciendo alianzas no subordinantes con grupos vecinos o emparentados cuando el trabajo requerido era mayor. Las sociedades tribales tienen múltiples mecanismos para evitar el surgimiento de la desigualdad y horizontalizar las relaciones (especialmente en tiempo de paz), a la vez que tienen mecanismos para verticalizar el poder (especialmente en tiempo de crisis), y esto se logra a través de sistemas de parentesco (incluyendo consaguinidad, afinidad, alianza) “real” o “imaginario”. ¿Sustituyen las relaciones políticas a las relaciones de parentesco en el cacicazgo? ¿Cómo puede evaluar la arqueología apropiadamente esto? ¿Ello llega a suceder verdaderamente dentro de la sociedad tribal, o es algo exclusivo a la formación del Estado? ¿Sería el cacicazgo parte de las sociedades tribales o una forma separada anterior al Estado? ¿Cuál es el papel de la invasión europea frente a los cacicazgos? ¿Qué detalle fino tenemos sobre la cronología? Los cacicazgos históricos quizá no tuvieron que ver con los supuestos por las evidencias arqueológicas, y ser tan tardíos como para basarse en otros principios o mecanismos causales, incluyendo la posibilidad de tratarse de jefaturas coloniales, estimuladas involuntaria o voluntariamente por la presencia europea, o incluso tratarse de una proyección del imaginario de los invasores. Todavía se requiere de investigación arqueológica (cacical y tribal en Falcón, tribal en Lara y Trujillo) y lecturas críticas de los datos etnohistóricos y su correspondencia con la arqueología. El trabajo conceptual necesita ser emprendido, especialmente aquel sobre la realidad o falsedad de una la noción de una equivalencia entre complejidad social, jerarquía y cacicazgo, y la elaboración de indicadores arqueológicos apropiados, menos dependientes y más refinados que viejos esquemas teóricos totales (y extranjeros) elaborados cuando poca evidencia estaba disponible, y pese a tanto papel y tinta acerca de cacicazgos, la discusión teórica, especialmente aquella que ofrezca diferentes perspectivas, queda aún por iniciarse.

    Bibliografía

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    Julio 14, 2005

    Sobre la intensificacion de la agricultura en el valle de Quibor: preliminares a la discusion de la organizacion social

    La existencia dentro de la arqueología de esquemas teóricos fundamentados en determinismos tecnológicos para los desarrollos societarios antes que en la dinámica interna de las relaciones humanas en su seno o su interacción con sus diferentes vecinos, se han manifestado en Venezuela en una dicotomía cultural prehispánica basada en la distinción técnica de vegecultura-semicultura y su aparente localización espacial en oriente y occidente, respectivamente. Un esquema causal semejante ha resultado en concebir la producción de alimentos como correspondiente a las organizaciones tribales. Estudios de etnociencia y etnotecnología con un mínimo de orientación o preocupación histórica, y evidencia arqueológica acumulada desde hace ya varias décadas, señalan reservas y fuertes objeciones al respecto, pero en los esquemas teóricos antes mencionados los procesos de trabajo más simples se adjudican a la vegecultura, cuya “simpleza” técnica y logística y modos de trabajos asociados se mostrarían como supuestos impedimentos para el crecimiento demográfico y la complejización social. A su vez, los grados de desarrollo de las fuerzas productivas más avanzados se adjudican a la semicultura, el cual resultaría ser el supuesto único motor de la complejización social, con nucleación de asentamientos, crecimiento demográfico y eventual diferenciación política en el seno de la organización tribal, hasta disolver las relaciones sociales basadas en el parentesco y sustituirlas por relaciones fundamentadas en el poder político y económico, legitimado por la ideología. Debido a que en la evolución social estos esquemas contemplan como importante factor la oposición dentro del modo de producción entre el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, se supone al momento del cambio en unas, una contradicción entre la infraestructura económica y la superestructura jurídico-político-ideológica. De este modo se comprende la caracterización de grupos vegecultores siempre igualitarios y de grupos semicultores eventualmente jerarquizados, que se ven mediados por una etapa semicultora igualitaria, que se correspondería al momento de adopción inicial de esta forma de subsistencia.

    Aunque sería una grosera falsificación por parte de otros bandos teóricos decir que de manera tan burda, mecánica y determinista han sido los esquemas históricos planteados por los arqueólogos que han dominado —al menos por su presencia, trabajo continuo y vocalidad— la discusión de las sociedades pasadas de la región noroccidental, no podría negarse que grosso modo ésta es su reconstrucción. La imagen que se ha delineado representa como introductores de la agricultura en la región a los grupos Tocuyanoides, de finales del primer milenio antes de la era cristiana, portadores de un primer horizonte de cerámica polícroma y consumidores (al menos) de maíz, como evidencian los hallazgos de metates y manos de moler, y que habrían cultivado de manera extensiva (horticultura, roza y quema) como revelaría la dispersión de los sitios en los que aparece su cerámica. De acuerdo al esquema arqueoetnológico mínimo al que hacíamos referencia, esto plantearía que sus desarrollos societales estaban limitados a la organización tribal igualitaria segmentaria, para sostener su forma de subsistencia. Su complejidad y más grandes elaboraciones culturales se limitarían al plano de ultratumba, como revelan sus sitios funerarios, donde practicaron enterramientos secundarios en elegantes urnas, especialmente “museables” en el caso de Camay. Arvelo ha planteado la extensión de los Tocuyanoides en el registro arqueológico del 400 a. C. al 400 A. D., pero con dos modelos alternos: en el primero (Cronología I), estarían representados por un Estilo Tocuyano, del 400 a. C. al 1 A. D., y un Estilo El Dividival del 1 A. D. al 400 A. D. señalado por la disminución en la decoración de las ollas y motivos menos curvilíneos, pero sin poder plantear mayores explicaciones sociales acerca de la variación estilística temporal. En la Cronología II (que no divide el lapso 400 a.C.-400 A. D.), plantea que la distinción estilística se corresponde a una distinción emblemática de los segmentos tribales, lo que no agrega a las reconstrucciones vigentes más que un refinamiento en las clasificaciones estilísticas, pues confirmaría el modo de vida (semicultor) igualitario.

    Así como no se conoce bien el destino de la ocupación Tocuyanoide del valle de Quíbor, tampoco se conoce suficientemente bien ni el origen ni la tecnoeconomía de la siguiente ocupación, correspondiente a la Fase Boulevard, situada por Lucena, Molina y Toledo entre los siglos II a VII de nuestra era (100-600 A. D.). Arvelo y Wagner la equiparan al Estilo San Pablo, definido por Cruxent y Rouse para el Yaracuy dentro de la tardía Serie Tierroide, pero que con la redefinición Arvelo la ubicaría entre el 300 y 1400 A. D., y con posible origen o relación Osoide (serie que a su vez era también producto de una redefinición estilística y cronológica de la Serie Tierroide). El programa de investigación de Arvelo se fundamenta en la puesta a prueba de la hipótesis de Vargas (al menos como la lee y la entiende Arvelo) del surgimiento de formas sociales complejas (en este caso, léase “cacicazgo”) para este período temprano en el valle de Quíbor hacia el 600 A. D. a partir de la introducción del cultivo (¿intensivo?) del maíz, lo que resulta en una crítica al supuesto determinismo tecnológico de Sanoja y Vargas con respecto a la relación entre la semicultura y una estructura social jerarquizada de los “cacicazgos” del Primer y del Segundo Milenio de nuestra era, rechazando formas jerarquizadas locales en cualquier momento en el valle de Quíbor, y sustituyéndola por una complejidad social no cacical a partir del segundo milenio a partir de la explotación de sal de tierra por los portadores del Estilo Guadalupe. No discutiremos aquí acerca de las formas políticas, y señalaremos que si bien concordamos fuertemente con el espíritu de las objeciones de Arvelo a las reconstrucciones de modos de vida cacicales, no concordamos con muchos de sus detalles ni con su representación algo sesgada y distorsionada de los planteamientos de Sanoja y Vargas, a pesar de nuestro distanciamiento de estos.

    Un nuevo planteamiento de Arvelo, y que nos parece que hace no sólo complejo sino un poco extraño el panorama, es el de la cronología (en su modelo I) del Estilo Tierra de los Indios, ubicado entre el 400 al 1000 A. D., que se vería continuado entre el 1000 y el 1600 A. D. por el nuevo Estilo Guadalupe, que habrían competido espacialmente con (y dominado a) los portadores del Estilo San Pablo por las fuentes de sal de tierra. La distinción estilística, temporal y funcional entre Guadalupe y Tierra de los Indios se introduce por la menor frecuencia de la decoración, y la aparición de una olla (Tipo C) de labios exteriores engrosados en el Estilo Guadalupe. En la Cronología II, Arvelo mantiene la cronología tradicional (1000-1600 A. D.) para los Tierroides, siendo la distinción estilística, local, no temporal, y funcional, asociando siempre, en cualquiera de los dos modelos cronológicos, el Tipo C de Guadalupe con la especialización en la explotación de la sal de tierra al norte del valle de Quíbor, mientras que sus hermanos portadores del Estilo Tierra de los Indios se habrían preocupado por labores agrícolas, manteniendo en todo caso los Tierroides competencia y dominio sobre los San Pablo, complejizando las estructuras sociales mas sin llegar a formas políticas cacicales en el valle de Quíbor, aunque quizá sí existiese un cacicazgo tardío a nivel macrorregional, dominado por los Caquetíos de Falcón. Reservaremos esta discusión para un informe posterior, señalando que lo pertinente aquí es la reconstrucción que hace Arvelo de los patrones de asentamiento y la población prehispánica de Quíbor, a partir del tamaño y distribución de sitios con cerámica. Basándose en modelos de William T. Sanders y de Kirkby para Mesoamérica y datos sobre la calidad de suelos cultivables y la producción maicera reciente del valle de Quíbor, Arvelo estima el máximo de población para los portadores de cada estilo o tradición cerámica, y su relación con un estimado de capacidad de carga para la depresión. Aunadas estas estimaciones a la pobreza en el registro de restos botánicos, concluye que no hay bases agrarias (es decir, no hay intensificación agrícola) para suponer la existencia de cacicazgos en ningún momento: la población y su producción y demanda de maíz siempre se habrían mantenido muy por debajo de la capacidad de carga. La distribución espacial de sitios (igualada a patrones de asentamiento) confirmaría esta conclusión negativa, atribuyéndose a delimitaciones territoriales interétnicas y control de fuentes de sal de tierra, único factor de nucleación de asentamientos en Guadalupe, y no al acceso y control de zonas cultivables. Objeciones que se nos ocurren se refieren


    Puede ser confuso adjudicar a qué sistema agrario corresponde una percepción del medio como más o menos productivo: por ejemplo, en el Delta del Orinoco la CVG sobreestimó en los 1960 la capacidad agrícola de los suelos, causando un desastre ecológico su modificación del régimen de aguas para habilitar tierras. Por el contrario, el Amazonas suele ser representado como oligotrófico, subestimado por su escaso valor agrícola intensivo industrial, percepción que es contradicha por el aprovechamiento indígena. ¿A qué sistema tecnológico corresponde la evaluación de la capacidad de carga de Quíbor por Arvelo?

    A pesar de que Arvelo toma en cuenta informaciones históricas (incluyendo las etnicidades reconocidas para el momento del contacto) y realiza prospecciones arqueológicas, parece leer sesgadamente la información. ¿Qué sucede con la constante mención en los documentos históricos de la maestría indígena en el control de aguas y las estructuras artificiales? Aunque insistimos en que se debe mantener duda sobre su relación con cacicazgos (como si sociedades policéntricas o no centralizadas no pudiesen desarrollar complejas tecnologías) y que se debe evaluar bien si efectivamente se correspondían o no a la intensificación de la producción, nos parece que no deben ser pasadas por alto.

    Preparando el terreno a las correspondencia posible entre Historia y Arqueología, al menos para las ocupaciones prehispánicas tardías, Salazar y Gil anotan de información histórica para Lara, y de cierta manera microcósmica para Quíbor (en el aspecto climático), una zona norte seca, con escasa lluvia, donde habrían habitado Gayones, Achaguas, Jirajaras, Camagos, que recolectaban plantas silvestres y que habrían cultivado granos y tubérculos en el invierno (estación de lluvias); y una zona sur, húmeda, con agua abundante de ríos y lluvia, cultivos de maíz y yuca, habitada por Achaguas, Cuibas y Gayones, que aprovechaban todo el año para la producción de alimentos: roza en enero (tiempo seco), siembra y quema en abril, cosecha y nueva siembra en agosto, nueva cosecha en enero, y así el ciclo. Se reconocía la vegecultura en esquejes y estacas, por montones, por roza y quema, de yuca amarga, yuca dulce, ñame, ocumo, batata, guapo, apio, etc. Para la semicultura se conoce la caraota, el maíz pollo y el maíz cuarentón (“Cariaco” y “Yucatán”) de diferentes rendimientos. Los frutales comprendían el mamey, el anón, la guanábana, la lechoza, el aguacate, las ciruelas, guayabas, piñas, la hierbamora y la auyama. Toda esta información se corresponde y completa muy bien con la disponible para otras regiones venezolanas cercanas y lejanas, quedando quizá el inventario más corto de lo que debe haber sido en realidad, siendo exóticas sólo plantas de zonas más húmedas (por ejemplo, selva lluviosa tropical) o más altas (Andes), y marinas. Plantas medicinales o rituales, como coca, yopo, tabaco, helechos y un largo etcétera podrían contemplarse, y el caso es que está o debe ser bien notada la variedad de ecosistemas presentes en Lara y aún en Quíbor, pese su tendencia a la aridez y el calor.

    Los sistemas locales y regionales de conocimientos botánicos y agrarios se manifiestan en la evidencia de conucos con policultivo que reproducen el paisaje natural y que de hecho lo enriquecen en variedades antes que empobrecerlo (esto incluso excluyendo toda imagen romántica del indígena como ecologista deudo feroz de la “Madre Tierra”). La información histórica también añade la variedad de fuentes posibles y efectivas de proteína animal. Se establece la semipermanencia de los asentamientos y los ciclos residenciales según los tiempos de labranzas, el destino final de los conucos que son quemados al retirarse (que no sólo promueve el barbecho, sino quizá también la competencia conflictiva por el espacio). Además, los juicios de valor contenidos en los documentos históricos que llaman a los indígenas poco amantes del trabajo y mucho del ocio, muestra que de hecho existía cierta opulencia: se producía lo suficiente en las jornadas de trabajo, y trabajos ulteriores eran plustrabajo, que podría ser evitado en aras de evitar la desigualdad entre las unidades socioeconómicas, o por el contrario ser redistribuido en ceremonias colectivas ora para establecer equilibrios y solidaridades entre todos por un Great Man (chamán sin poder político) o para promover algún Big Man (ambos mecanismos ulteriormente policéntricos e igualitaristas) que había organizado esta precaria acumulación temporal, o tal vez apropiado como tributo por un linaje predominante, una élite o un jefe central, quizá surgidos originalmente de las formas igualitarias anteriores, resultando entonces la desigualdad permanente sancionada por la ideología.

    Con las actividades de saqueo —mercantil o tradicional— de sitios, aún desde antes de las investigaciones arqueológicas pioneras ha sido notada la presencia en el valle de Quíbor de estructuras monticulares, asociadas con los Tierroides. Aunque quizá primordialmente habitacionales en Quíbor, las analogías con otras regiones los han asociado con los cultivos, y debido a las informaciones históricas, a la agricultura de maíz por montones. En los 1960 las excavaciones de Sanoja revelaron la presencia de mazorcas de maíz pollo en los montículos, lo que reforzaba la noción de un uso agrícola, y junto con el viraje conceptual que tomara más tarde, se establecería una cadena de inferencias que van de la presencia de montículos, a través de su supuesto papel en la intensificación de la agricultura, hasta la existencia de cacicazgos. Constituyendo posibles aldeas, la estructura circular o semicircular de sitios monticulados rodeando lo que se ha supuesto una “plaza” o espacio público común a los montículos, la distribución espacialmente desigual (implicando jerarquización del consumo) de manos, metates, budares aripos, maíz, fogones, restos zooarqueológicos y el tamaño desigual de los objetos en los espacios domésticos y en los espacios públicos, así como el contraste de sitios Tierroides sin montículos, indicaba a Sanoja y Vargas la jerarquización de asentamientos y la diferenciación social que en su marco teórico es interpretada como desigualdad política dentro de un cacicazgo.

    Fuera de Quíbor, el yacimiento L11 del valle de Oroche (Sicarigua-Los Arangues) fue identificado debido a la presencia superficial de gran cantidad de manos de moler, metates y cerámica, muy fragmentada por trabajos de remoción de tierra, relacionada con estilos polícromos tardíos de Quíbor (Tierra de los Indios), Trujillo (Mirinday), y la cuenca del lago de Maracaibo (Bachaquero, costa oriental), cuya fuerte similitud y claro parentesco ha sido tempranamente establecido por los arqueólogos, para los que el noroeste del Área Intermedia en Suramérica (noroeste de Venezuela, norte de Colombia, Panamá, y sur de Costa Rica) mostraría unidad estilística. Caracterizado L11 como sitio de habitación, presentaba montículos y una unidad de almacenamiento de agua, el “Tanque de los Indios”, construido en tiempos prehispánicos, en conexión a canales. Su relación con la práctica de la semicultura queda bien establecida por los artefactos líticos ya mencionados, acompañados de hachas pulidas, percutores, abrasivos y lascas. Budares de arcilla indican que se acompañaba de vegecultura. Se registra la lechosa. Los restos de vertebrados muestran la amplia gama de la dieta apoyada por la cacería de venados, báquiros, conejos e iguanas, principalmente, junto con la recolección esporádica de crustáceos, mientras que la mayor parte de los diversos moluscos asociados no se estiman comestibles, y algunos no correspondientes al biotopo actual, existiendo la posibilidad de ser indicadores paleoecológicos (a falta de datación) de una trasgresión marina claramente anterior a la ocupación humana en cuestión, o posiblemente debidos al intercambio de estos pobladores con grupos costeros, que podría estar apoyada por la presencia de ornamentos de concha (y de hueso, arcilla y lignito), de la que se fabricó una figura de rana, que ha sido relacionada por arqueólogos, etnógrafos y tradiciones, a la propiciación de la siembra y/o las lluvias. La tecnología en cuestión no necesitó establecer relación con una organización política jerarquizada y centralizada.

    Como se indicó, la cerámica pone en relación al valle de Oroche con Quíbor y Carache, donde para Mirinday y el Chao se reporta el cultivo de papa, apio, olluco, consumo de caracoles terrestres, venados, conejos, aves, y el cultivo y/o procesamiento del algodón para tejidos, como indican las agujas de hueso, volantes de huso, y figuras femeninas con representaciones de tejido. Existen allí hachas y azadas líticas y restos vegetales carbonizados en los enterramientos. Para la Fase Guadalupe en Quíbor también se señalaban recipientes de calabaza, el cultivo o procesamiento del algodón y la cocuiza, según los volantes de huso para el tejido, que habría sido teñido con el tinte extraído de las semillas de dividivi. En el sitio LJ-313 de La Pura y Limpia en Quíbor y en Oreja de Mato, en Sicarigua-El Jagüey, se presentan también terrazas, canales, aljibes y otros medios de control de aguas estacionales, que presentan variaciones según la cota, lo que se corresponde con diferentes regímenes naturales de agua. Existirían terrazas lineales y semicirculares de 1 a 4 m de diámetro con sistemas de represamiento y drenaje de aguas cuando los cerros no superan los 30 metros de altitud. En los sitios más bajos, como en la Ciénaga de Cabra, habría aprovechamiento del nivel freático. En los sitios más altos de Oreja de Mato, existirían hoyas circulares para el almacén de aguas de lluvia que son distribuidas por cursos de aguas naturales y artificiales. Queda por establecer la productividad de estas construcciones artificiales de montículos (si se corresponden a la intensificación o al rescate de tierras entre las zonas inundables) y de control de aguas, y si los procesos de trabajo implican grupos domésticos familiares u organizaciones más sofisticadas dentro de la complejidad social. El programa de investigación de Molina y Toledo se planteó la evaluación de la existencia de cacicazgos en esta región, que comenzó a ser interpretada como localización de la “gran aldea” de un sistema cacical regional por Sanoja y Vargas, debido a los trabajos de terracería, y de almacenamiento y distribución de aguas naturales, y la jerarquización de sitios según su distribución desde el piedemonte hasta las zonas planas. A nivel local, la distribución del espacio al interior de las viviendas indicaría un sistema de mitades en los grupos domésticos. A menos que se demostrase una desigualdad en la distribución de otros recursos (o en la “donación” o “recepción” de “mujeres”), a nivel puramente local no quedaría verificado un cacicazgo. Éste tendría que considerarse a nivel regional, macrorregional o interregional.

    La recurrencia de cultivos y cacería-recolección de plantas y animales en regiones diferentes podría no apoyar la interdependencia de comunidades, localidades y/o regiones para la autosubsistencia, y sería necesario recurrir a otros productos muy especializados o consumos (por ejemplos de bienes suntuarios por ser exóticos a una región o por el trabajo que debe invertirse en su elaboración) para establecer niveles de integración políticos y económicos. Sin embargo, esto sería una interpretación economicista superficial de las dinámicas tribales, puesto que no necesariamente se produce para el consumo local por la existencia de mecanismos que exijan el intercambio y la reciprocidad (al menos en la apariencia ideológica), haciendo circular entre regiones productos alimenticios no exóticos a las localidades receptoras. Es a través de este sistema de prestaciones y contraprestaciones exigido por la ideología antes que por la tecnoeconomía donde habría que establecer si se produce y reproduce igualdad o desigualdad. Como recordaba Arvelo acerca de lo que verdaderamente habría dicho Marx, lo determinante en las relaciones sociales de producción no es la tecnología en sí “contra” el medio ambiente, sino las interacciones que los hombres establezcan (voluntaria o involuntariamente) para sí.

    Bibliografía

    Arvelo B., Lilliam M. (1995): The evolution of Prehispanic complex social systems in the Quíbor Valley, Northwestern Venezuela. Submitted to the Graduate Faculty of Arts and Sciences in partial fulfillment of the requirements for the degree of Doctor of Philosophy. Pittsburgh: Graduate Faculty of Arts and Sciences de la University of Pittsburgh.

    Molina Centeno, Luis E. (1982): El área arqueológica de Sicarigua, Venezuela: investigaciones en curso. Boletín de Antropología Americana 5: 139-149.

    Molina Centeno, Luis E., y María Mercedes Monsalve C. [1979] (1985): Sicarigua: estudio preliminar del modo de vida y las formas agrarias en un yacimiento arqueológico del Noroeste de Venezuela. Serie Monografías y Ensayos, 1. Caracas: Ediciones de la Sociedad Venezolana de Arqueólogos SOVAR.

    Salazar, Juan José, y Félix Alberto Gil (1998): Tecnoeconomía agrícola en el Centro-Occidente de Venezuela. Técnicas y tecnologías en Venezuela durante la Época Colonial, editado por Luis E. Molina y Emanuele Amodio. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 6: 7-28.

    Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1999): Orígenes de Venezuela: regiones neohistóricas aborígenes hasta 1500 d. C. Caracas: Fundación Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela.

    Vargas Arenas, Iraida [1987] (1990): Arqueología, ciencia y sociedad: ensayo sobre teoría arqueológica y la formación económico-social tribal en Venezuela. Caracas: Editorial Abre Brecha.

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    Julio 07, 2005

    De las primeras evidencias de practicas agricolas en el valle de Quibor

    La producción de alimentos como desarrollo sociohistórico se ha visto señalada por la presencia en el arqueológico de alfarería, además de artefactos de piedra pulida, y de allí que se la haga temporalmente correspondiente a un Neolítico (en el Viejo Mundo) o Época del Neoindio (en América). Al surgimiento de la agricultura tradicionalmente también se ha asociado la sedentarización de las poblaciones, y eventualmente a partir de la concentración de efectivos y su diferenciación social, las primeras tendencias hacia la “urbanización” y la estratificación política.

    En el valle de Quíbor, la aparición de sociedades agroalfareras ocurriría de manera súbita, sin formas transicionales conocidas (aún) desde los cazadores-recolectores precerámicos de al menos hace unos 10 a 12 milenios, hasta la ocupación de portadores del Estilo Tocuyano, hacia finales del primer milenio anterior a nuestra era. La explicación de este evento se ha intentado por vías difusionistas, donde rasgos cerámicos discretos pueden llegar a moverse en el espacio y en el tiempo, independientes unos de otros. Por alguna razón inexplicada, una cierta decoración plástica u otra pintada se relacionarían con la difusión de la agricultura desde escasos centros creativos o de domesticación de plantas. Por su ocurrencia entre el norte de Suramérica y el sur de Centroamérica, las incisiones anchas y la policromía de la cerámica Tocuyanoide se habrían difundido, según Gordon R. Willey desde Ranchería, en el noreste de Colombia, en tiempos preagrícolas, hacia Lara y Venezuela, en sentido norte-sur y oeste-este. Esto pondría en relación genética, además de la mera semejanza estilística, al Primer Horizonte Pintado de Colombia, la alfarería de La Pitía, en la Guajira, y a la cerámica Tocuyanoide que se desarrollaría primeramente en el Estilo Tocuyano de Lara antes de extenderse más allá, hacia la costa central y los llanos; relaciones colombo-venezolanas que corroboraría por otro lado el Estilo Betijoque de Trujillo, presente también en Lara y particularmente en Camay.

    El peso que el difusionismo arqueológico coloca en los esqueletos cronológicos, implica que su alteración modificaría profundamente las simetrías establecidas alrededor de un eje geográfico. De esta manera, Michael D. Coe vería apoyada su tesis de un sentido sur-norte [y este-oeste], desde el Orinoco o el Amazonas hacia Centroamérica, de difusión de la policromía (y de alguna manera la agricultura) debido a la datación, hoy dudosa, de 920 a. C. (lo más temprano al sur del Río Grande para este rasgo estilístico) del Complejo Caño del Oso, en los llanos occidentales. Zucchi propondría de acuerdo a esto, un origen de la agricultura venezolana (según la policromía, independientemente, sin embargo de cualquier otro rasgo estilístico) en las tierras bajas, fuese como desarrollo local en los llanos de Barinas, o como una difusión desde los llanos orientales de Colombia, donde se originaría hacia el 1000 ó 2000 a. C. Los editores de la tesis de doctorado de Gallagher insertarían al final de su texto una nota [1976: 208] acerca de cómo las fechas de Barinas “strikingly confirmed” una sugerencia de Gallagher de la difusión de la policromía desde Venezuela a Colombia (al contrario que la incisión ancha barrancoide, de origen problemático), aunque su hipótesis inicial de trabajo veía su importación de Colombia. Una tesis similar, al menos en lo geográfico, era más recientemente propuesta por José R. Oliver, pero los estudios más recientes señalarían de nuevo un sentido norte-sur, originalmente apoyado por una mayoría de investigadores. Razón importante ha sido que la temprana fecha de Caño del Oso no ha recibido confianza, acercándose más bien a los inicios de la era cristiana, poco anterior o contemporánea a Tocuyano, así como también la presencia de formas transicionales en La Pitía, más o menos homólogo o hasta contemporáneo a los otros sitios más sureños con alfarería polícroma.

    Una vía algo más plausible de marcar el desarrollo de la agricultura, así como las diversas reconstrucciones que podrían hacerse de los sistemas agrarios, es la presencia o ausencia de metates y manos de moler (para la semicultura) y budares (para el cultivo o consumo de la yuca). Desde las excavaciones de Cruxent y Rouse, quienes quizá deliberadamente omitieron consideraciones sobre Camay, las asociaciones de la cerámica Tocuyano se han tenido como poco positivas o poco negativas a fin de extraer conclusiones, así que las reconstrucciones que se habían planteado acerca de su tecnoeconomía estarían basadas en inferencias a partir de los procesos evidenciados en la Fase Hokomo (1000 a. C-1000. d. C.) de La Pitía en la Guajira y la estrecha relación estilística, por ser miembro de la Serie Tocuyanoide, de Cerro Machado en la costa de Caracas, y el Estilo independiente Betijoque en Trujillo y sur del lago de Maracaibo, claramente asociado con el estilo Tocuyano en el cementerio de Camay, desdeñado quizá por ser excavado por el Hermano Esteban Basilio. Como en Camay, en estos otros sitios fuera de Lara aparecerían metates y manos de moler, junto con evidencias de caza y recolección, que varían en contenido según el contexto ecológico (por ejemplo, mariscos en La Pitía). Estas evidencias positivas del consumo de maíz son adicionales al consumo de yuca amarga que se ha señalado en Carache. Esta posible no prevalencia del maíz, podría estar indicando que el semicultor no es definitivamente el modo de vida característico, lo que es especialmente importante para definir o reconstruir otras esferas de la sociedad, especialmente si faltan hallazgos que completen la imagen de la adopción o desarrollo de un complejo tecnológico semicultor, más allá del par metate-mano. Las técnicas y tecnologías de producción del maíz podrían ser más “primitivas” que las que suponen su consideración como cultivo básico o su intensificación. Si bien la alta frecuencia de enterramientos en urnas cerámicas en Camay, Betijoque y Fase Hokomo podría estar reflejando en la superestructura de algún modo una gran identificación con la vida agricultora (quizá los difuntos serían formas embrionarias o germinales, contenidas en una cáscara), la poca concentración que se ha planteado de sus asentamientos implicaría la dispersión-segmentación de sus efectivos en base a la sustentabilidad de sus cultivos (si los tenían), y su complementariedad ecológica y ritual, política y económica, con la consiguiente igualdad entre las partes, en lugar de la disminución de explotaciones de microambientes distintos, centralización de asentamientos, crecimiento demográfico, y subordinaciones políticas concomitantes supuestos a formas de jerarquía desigual donde se intensifica la producción.

    Es importante introducir una distinción entre la producción y el consumo, ya que sin evidencias directas de cultivo, queda lugar a que las evidencias indirectas puedan ser interpretadas como relacionadas con el intercambio, lo que complica y complejiza la reconstrucción arqueológica. De este modo, la caracterización de modos de vida tempranos como semicultores maiceros se muestra de nuevo más osada o imprudente si no se consideran dentro del registro arqueológico evidencias directas de producción de granos y semillas, o al menos su consumo, a través de restos botánicos. Estos, a su vez, no bastan por sí mismos para garantizar que la sociedad o grupo al que se los asocia los producían, necesitando para ello la presencia de todo un complejo tecnológico que lo señale, como por ejemplo modificaciones intencionales del paisaje para la producción (y eventual pero no necesariamente, su intensificación).

    El caso es que las evidencias directas en Venezuela para el consumo (al menos) del maíz son relativamente más tardías, e incluso bastante más tardías (alcanzando tiempos "históricos"), que la “primera” irrupción de la cerámica polícroma. Los restos botánicos más antiguos de Venezuela parecen ser los de maíz de la raza primitiva pollo (definida como colombiana) en La Betania, hacia el 130 d. C., que aunque correspondiente a la Serie Osoide, es suficientemente posterior al Complejo Caño del Oso. Lo notable de esta raza pollo, asociado en Colombia a tierras altas de 1600 a 2160 metros de Cundinamarca y Boyacá y entre los 1300-2400 en los Andes venezolanos, es que su carácter primitivo lo hace más generalizado, como corrobora su localización en ecosistemas diversos, que razas “modernas” o de híbridos que resultan más especializadas en su adaptación a ambientes locales. Más al Oriente, en las tierras bajas de Parmana, aparece maíz similar al pollo para la Fase Corozal III, hacia el 700 d. C. Mangelsdorf y Sanoja dejaron planteadas las hipótesis alternativas de su proveniencia: del Confite Morocho de las tierras altas de Perú, de las razas Nal-Tel Tierra Alta y Serrano de Guatemala (lo que remite a Tehuacan, donde se originaría el maíz en la Fase Coxcatlán, 5200-3400 a. C.), o como desarrollo local independiente en Venezuela, incluso en tierras más bajas, como apoyan La Betania y Parmana.

    Los hallazgos de La Betania y de Parmana son contemporáneos al “principio” y “fin” de la Fase Boulevard, y es poco o nada lo que se sabe de la agricultura en el valle de Quíbor para este período. Si las relaciones estilísticas no sólo aclaran cronologías sino también rutas de intercambio de conocimiento, las investigaciones en Sicarigua-Los Arangues son las que podrían dar cuenta de lo qué sucedía en Lara occidental para este momento, siendo de considerar la diferencia que esa región se muestra entre su cerámica doméstica y la presente funeraria de la Fase Boulevard, que se ha propuesto como asimilable a la del Estilo San Pablo (Tierroide) de Yaracuy, más oriental, y que establecería sus nexos con la cerámica Tocuyanoide a través del nuevo Estilo El Dividival. El cementerio Las Locas se interpretaría quizá según el Estilo Santa Ana de Trujillo, que aunque puramente de corte ritual, relaciona claramente Quíbor con patrones andinos y subandinos. Para este primer milenio de la era cristiana, se tienen también en los llanos occidentales y el piedemonte oriental andino evidencias más o menos claras de intensificación de la agricultura, grandes obras públicas, y sociedades complejas, y quizá establezca nexos con Quíbor por supuesta presencia de material Osoide, que según Arvelo y Wagner podría tener relación genética con el Estilo San Pablo temprano, que hacen equivalente a Fase Boulevard, y excluido de la tardía Serie Tierroide. Habría que atender también a los desarrollos andinos tempranos de la agricultura, donde las evidencias directas, tardías, de maíz de raza primitiva, quizá la pollo, serían los restos de maíz de la Fase Mucuchíes entre el 1000-1500 d. C., y en Carache (Mirinday y El Chao), la Fase Mirinday, entre 1200 y 1550 d. C.

    Aunque con problemas por explorar de dicotomía estilística entre decoraciones plásticas y decoraciones polícromas, las Fases Mirinday de Trujillo y Guadalupe de Lara, componente de la Serie Tierroide, junto con la Serie Dabajuroide y sitios de la cuenca del lago de Maracaibo, están lo suficientemente correlacionadas estilísticamente (tradiciones polícromas tardías, relacionadas también con el Segundo Horizonte Pintado de Colombia) como para que no se revelen correlaciones tecnológicas en otros aspectos. Efectivamente, en el valle de Quíbor los sitios relativamente contemporáneos entre sí de la Tigrera, Ojo de Agua y El Botiquín en el valle de Quíbor también revelaron la presencia de mazorcas de maíz pollo, que en el caso de El Botiquín (LJ9), pudo ser fechado a partir de la excavación de uno (M2) de sus cinco montículos, arrojando una datación hacia el 1100 d. C., la más temprana del noroccidente apartando los Llanos y los Andes. Existen suficientes evidencias arqueológica como para caracterizar la dieta y la tecnoeconomía de la Fase Guadalupe, gracias a manos y metate, restos zooarqueológicos, instrumentos de cacería, y en montículos de El Tiestal maíz de raza pollo posterior a 1400 d. C. y cercano a 1500 d. C. Es notable que Sanoja hallara asociados a los restos de venado, aves, conejos, serpientes y larvas de insectos, una nuez de palma, posiblemente de corozo, y semillas de dividivi (utilizadas por los indígenas para tintes), con clara coincidencia de lo registrado en las relaciones geográficas del siglo XVI.

    Además de una notable diversidad etnolingüística que quizá —queda por explorar— no se corresponde del todo o nada con una diversidad tecnológica y sociopolítica, los documentos de valor etnohistórico del siglo XVI dibujan un espectro muchísimo más amplio aún de producción-caza-recolección, y quizá intercambio (El Botiquín presenta evidencias de intercambio a larga distancia de plantas y pescado), lo que sugiere que la información histórica directa puede guiar los planteamientos de problemas y de proyectos de investigación referidos a este período tardío, que no sólo permitirían reconstruirlo históricamente, sino también extraer lecciones para los desarrollos (“sustentables” y “participativos”) planteados actualmente en el sector agrícola regional y nacional, por ejemplo las investigaciones que supuestamente proyecta la ULA-Trujillo respecto a los sistemas locales de conocimientos agrícolas tradicionales. Efectivamente, los montículos habitacionales —y quizá funerarios por cremación— excavados por Sanoja y Vargas para 1967 son bastante tardíos, con fechas desde el 1482 ± 46 d. C. hasta 1790 ± 90 d. C., lo que implica la persistencia del conocimiento indígena durante la Colonia hasta su aparente cese abrupto en los tiempos republicanos “democráticos”, lo que sería congruente con los efectos perversos de la Modernidad y la globalización (aunque las tradiciones, prácticas e historia oral locales podrían mostrar su supervivencia pese a todo, cf. Arvelo, Gil y Gil, 1994 y los resultados inéditos del Censo 2002).

    Estos montículos de la Fase Guadalupe, por habitacionales y levantados muchas veces por acumulación de basura (pero también aparece arcilla intencionalmente acumulada), no implican por sí mismos necesariamente la intensificación de la agricultura, y tal vez meramente el intento de ganar terreno a zonas inundadizas, aunque no es aceptable la hipótesis del Hermano Nectario María acerca de una laguna primitiva en Guadalupe. Por otro lado, las relaciones filipenses de El Tocuyo y Barquisimeto indican para 1579 inexistencia de agencias centralizadas de gobierno indígena en esos pueblos, así que faltan elementos tecnológicos y políticos para hablar de intensificación agrícola y cacicazgos, y su interrelación. Sin embargo, esto podría diferir de lo apuntado 1) temporalmente, antes de la presencia violenta de los Welser (Hutten, Federmann), debido a un impacto desestructurante de estos; 2) espacialmente, puesto que El Tocuyo y Barquisimeto son lugares distintos a Quíbor y a Sicarigua-Los Arangues, donde podrían haber elaborados sistemas de terrazas y de control de aguas (acumulación, riego y/o drenaje) en Cerro Caboto (sitios La Pura y Limpia y La Villa) y Oreja de Mato, como muestran trabajos recientes y en curso, que junto con las consideraciones de estructuras artificiales deberán tener presentes la necesidad de investigaciones fitoarqueológicas, microbotánicas y macrobotánicas, de mayor resolución (más allá de la identificación de variedades, y la cronología de su asociación con restos culturales) y reconstrucciones (paleo)etnobotánicas (económicas y simbólicas), donde la arqueología produzca explicaciones e interpretaciones del punto de articulación humano entre la naturaleza y la cultura, más allá de las adaptacionistas ambientales, puesto que los trabajos de modificación del paisaje y los conocimientos etnobotánicos (apropiadores o productores) no son pasivos sino creativos.


    Bibliografía consultada

    Arvelo, Lilliam, Edgar J. Gil, y Félix Alberto Gil (1994): Informe de avance: Proyecto Arqueología de rescate en el área de afectación del sistema hidráulico Yacambú-Quíbor. Homenaje a Erika Wagner. Boletín del Museo Arqueológico de Quibor 3: 93-111.

    Anónimo [1578] (1964): Descripción de la Ciudad del Tocuyo, año de 1578. En: Relaciones geográficas de Venezuela, editado por Antonio Arellano. Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela 70. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Pp. 143-160.

    Gallagher, Patrick [1966] (1976): La Pitía: an archaeological series in Northwestern Venezuela. Yale University Publications in Anthropology nº 76. New Haven: Department of Anthropology, Yale University.

    Mangelsdorf, Paul C., y Mario Sanoja Obediente (1965): Early archaeological maize from Venezuela. Botanical Museum Leaflets 21 (4): 105-112.

    Martín La Riva, Carlos Alberto, y Stephen Tillett (1984): Maíz prehispánico en un abrigo rocoso del Estado Mérida, Venezuela. Boletín de la Sociedad Venezolana de Espeleología 21: 17-20.

    Molina Centeno, Luis E. (1985): Los inicios de la agricultura en la región Noroccidental de Venezuela. Gens: boletín de la Sociedad Venezolana de Arqueólogos 1 (4): 23-34.

    Molina Centeno, Luis E. (1995): Notas sobre la fecha de un contexto arqueológico con mazorcas de maíz prehispánico en el valle de Quíbor, Estado Lara, Venezuela. Boletín del Museo Arqueológico Quíbor 4: 113-119.

    Anónimo [1579] (1964): Relación geográfica de la Nueva Segovia de Barquisimeto, año de 1579. En: Relaciones geográficas de Venezuela, editado por Antonio Arellano Moreno. Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela 70. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. Pp. 175-199.

    Salazar, Juan José, y Félix Alberto Gil (1998): Tecnoeconomía agrícola en el Centro-Occidente de Venezuela. Técnicas y tecnologías en Venezuela durante la Época Colonial, editado por Luis E. Molina y Emanuele Amodio. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 6: 7-28.

    Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1967): Proyecto: Arqueología del Occidente de Venezuela. Primer Informe General. 1967. Economía y Ciencias Sociales 9 (2): 24-60.

    Sanoja Obediente, Mario [1982] (21997): Los hombres de la yuca y el maíz: un ensayo sobre el origen y desarrollo de los sistemas agrarios en el Nuevo Mundo. Colección Estudios, Serie Antropología. Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana.

    Wagner, Erika, y Alberta Zucchi (1966): Mazorcas de maíz prehistórico de Venezuela occidental. Boletín Informativo del Departamento de Antropología 4: 36-38.

    Zucchi, Alberta (1972): New data on the antiquity of polychrome painting from Venezuela. American Antiquity 37 (3): 439-446.

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    Junio 15, 2005

    Sobre las posibles correspondencias entre cultura material, intercambio y desarrollos de complejidad social en el valle de Quibor

    La ocupación cerámica más antigua de Lara parece ser la Fase Tocuyano. Tan sólo la presencia de esta tecnología alfarera correspondería a la introducción de la agricultura, pero aún faltaría evidencia concluyente acerca de si correspondería a la vegecultura o a la incorporación de la semicultura, existiendo evidencias contemporáneas o poco más antiguas de semicultura en regiones cercanas (por ejemplo, los llanos). Aunque casi seguramente la ocupación Tocuyanoide corresponde a una sociedad tribal, no sería prudente esbozar una reconstrucción superficial de su sistema sociopolítico particular sin una mejor noción del grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Quizá por esto mismo ha sido apresurada la caracterización de la que se estima sería la ocupación siguiente del valle de Quíbor, la Fase Boulevard, definida como correspondiente a una sociedad cacical a partir de la diferenciación de trato funerario, la presencia de materia exótica y la industria de concha o alfarera posiblemente a cargo de especialistas, indicadores que sin embargo pueden admitir otras explicaciones, especialmente ante la ausencia de sitios de habitación, áreas de actividad o de producción. Los sitios de habitación contemporáneos a esta Fase en Sicarigua-Los Arangues tienen su propia alfarería doméstica, siendo distinta a la funeraria (Boulevard/San Pablo), que además de una función especializada, podría estar indicando que podría ser de elaboración no local, lo que de extenderse al propio Quíbor, comprometería seriamente las reconstrucciones vigentes.

    Un indicador arqueológico favorito para la reconstrucción arqueológica ha sido la asociación de grandes obras “públicas” con complejidad social, especialmente aquellas relacionadas con modificación del paisaje natural: montículos, calzadas y campos elevados (y acequias, tanques y sistemas de regadío), que según alguna noción de la dialéctica entre el hombre y la naturaleza, requerirían de una “élite” capaz de coordinar el trabajo de las masas y de justificarlo ideológicamente. Se establecería en estos restos materiales de grandes obras, una relación entre jerarquización política (cacicazgos), con ceremonialismo, teocracia, intensificación agrícola, producción de excedentes (apropiados o redistribuidos por las “élites”), movilización de recursos (al menos humanos) y hasta militarismo. Mientras en los llanos occidentales hay cierta certidumbre para hablar de “cacicazgos” durante el primer milenio de nuestra era a partir de esta modificación tecnológica del paisaje, en Lara su poca presencia debilita hipótesis similares acerca de la organización sociopolítica. Mientras que ausentes, hasta ahora, en el registro arqueológico quiboreño, las modificaciones culturales del paisaje de Sicarigua-Los Arangues no parecen responder a la intensificación de la agricultura, como tampoco los montículos habitacionales, elevados sobre basureros, de la Fase Guadalupe en el Segundo Milenio, a pesar de la supuesta jerarquización de sus sitios. Respecto a esto quizá explorar las variaciones del material cerámico según el nivel del asentamiento o sitio en la jerarquía regional, que se ha observado en los llanos, podría ser una alternativa más viable para discutir acerca de la complejidad social que la ausencia o presencia en Lara, y Quíbor en particular, de grandes obras que señalasen una correspondencia entre intensificación de la producción y jerarquía. Si la concepción de la economía sigue basada en la producción (y sobre todo, desde los estudios acerca de la “opulencia primitiva”, de la idea de producción de excedentes), tal vez los estudios de cultura material que se orienten hacia los aspectos tecnológicos deban salir del estrecho marco de una dicotomía o binomio yuca-maíz para incluir otros cultivos (o recolecciones), o aun más lejos, trascender la visión de la producción de alimentos como única fuente de producción de valor correlacionada al trabajo social y su organización. La complejidad social podría estar asociada a otras actividades productivas (explotación de sal, por ejemplo), o incluso a actividades no productivas, tales como un importante rol en la intermediación o control de redes regionales e interregionales de intercambio. Esto no exigiría ni siquiera factores asociados por algunas teorías a las sociedades complejas y jerárquicas, como el crecimiento/presión demográfica, la circunscripción territorial o la guerra. Y quizá la presencia en el registro arqueológico de amplia diversidad estilística en una colección, la multiplicidad de influencias exteriores, y una marcada formalización (que aparentemente se mostraría con una pobreza estética del material), esté indicando esta posibilidad.

    Allí donde el análisis estilístico del material alfarero ha encontrado variabilidad o diversidad de tradiciones influyentes, se supone un área de “confluencia cultural”, si no necesariamente para la habitación u ocupación permanente, al menos para el intercambio. Áreas para las que se ha reconstruido esta situación, como los llanos altos de Portuguesa, están lo suficientemente cerca de Lara y aun del valle de Quíbor como para ser pasadas por alto en el estudio de la región de nuestro interés, especialmente cuando esto no hace sino corroborar su aparentemente privilegiada situación geográfica entre los Andes, el Caribe, la cuenca de Maracaibo y los llanos, en el noroccidente venezolano, conectado a su vez al área intermedia (con todas las implicaciones de estar entre las sociedades andinas centrales y las mesoamericanas). Parece que la cronología favorece sentido norte-sur en la difusión de estilos polícromos tempranos, como había sido establecido en las intuiciones de Cruxent y Rouse por las relaciones entre el Primer Horizonte Pintado de Colombia, La Pitía y los Tocuyanoides, mientras que no ha salido la hipótesis de Oliver de un sentido sur-norte, quizá debida a su interés en la expansión de los grupos de lengua Arawak desde el Amazonas central. En todo caso, las hipótesis contrapuestas mantienen el mismo eje larense. La extensión en otras áreas de Tocuyanoides y Tierroides, originalmente definidos para Lara, y la presencia en Lara de materiales definidos originalmente para Falcón, Yaracuy, Trujillo o Zulia, así como la posible relación del noroccidente de Venezuela con Colombia o Panamá, es evidencia de una “confluencia” con sus propias particularidades señalada con cierta seguridad ya desde al menos el trabajo de Kidder, descontando las especulaciones de quienes lo precedieron, que extendían la transferencia tecnológica incluso a procedencias mesoamericanas. Sin embargo, como la evidencia de tradiciones alfareras diversas o de estilos híbridos en una misma región puede ser imputada a comunidades multiétnicas, se ha hecho preferible para la arqueología conjeturar acerca del intercambio de ideas y de bienes y su relación con desarrollos culturales a partir de objetos claramente exógenos, sea por su elaboración foránea o al menos por su materia prima exótica.

    Además de las ideas difusionistas que marcaron el desarrollo de las teorías recibidas, desde el contacto con los europeos los documentos de valor etnohistórico han mostrado la importancia o notoriedad de la circulación de bienes, de circuitos “comerciales” en el territorio venezolano, especialmente registrados en el sur y el oriente (las regiones amazónica, guayanesa o costera). Aunque existe menos documentación escrita al respecto en el occidente, el registro arqueológico ha resaltado la distribución peculiar de objetos, especialmente cuentas de collar, elaborados en concha marina en el interior de tierra firme, y de placas aladas, a veces elaboradas en concha marina, pero predominantemente lítica. La presencia de ambos grupos de objetos es notada en contextos funerarios, por lo tanto, su valor de uso parece ser conferido como objeto votivo. Este uso especializado es una situación distinta a su manufactura por parte de posibles especialistas. Vargas y colaboradores en su reconstrucción de los procesos técnicos, la imputan a especialistas de tiempo completo, lo que para ellos sería indicador de estructura cacical, ya que estando fuera de la producción de alimentos, esta sociedad debe producir excedentes para mantenerlos mientras están ocupados en la elaboración de los objetos suntuarios de concha y piedra destinados a una élite. Perera, en cambio, no estima necesario que se tratasen de artesanos especializados ocupacional o rutinariamente como una forma de vida particular en su manufactura. Esto implicaría que el acceso a esta actividad era libre, por la edad, la destreza y según las aptitudes personales individuales, antes que a un “gremio” o una “casta” para la cual el oficio estaba adscrito antes del nacimiento. Por lo tanto, queda abierta la posibilidad de que su manufactura se realizara dentro de una sociedad policéntrica al menos en este aspecto, y no necesariamente a una sociedad de linajes políticamente jerarquizados.

    La presencia de una elaborada industria de concha manufacturada como objetos no utilitarios (es decir, de objetos diferentes a las herramientas de concha asociadas a los desarrollos costeros mesoindios) no es del todo sorprendente dada su amplia distribución americana y mundial en forma de cuentas de collar, pero es precisamente esta forma y distribución la que ha revelado para la etnología y la arqueología su importancia como objeto y medio de intercambio (primordialmente ceremonial antes que “comercial”) asociado a élites, y no precisamente por su valor de uso meramente ornamental. Su valor ornamental funerario debe considerarse desde los aspectos ceremoniales y suntuarios, más que a sus valores estéticos. Obliga a trascender interpretaciones economicistas de los modos de producción, pues tal vez señala la “dominación” de la ideología y la política como relación de producción antes que la mera infraestructura tecnoeconómica. Sin embargo, los procesos técnicos de trabajo se muestran necesarios para una interpretación acertada de su presencia en los cementerios de Lara, debido a las dificultades antecitadas para la reconstrucción del modo de vida de la Fase Boulevard. En una sociedad más o menos igualitaria, la presencia de este bien suntuario significaría un esfuerzo de cada unidad doméstico o grupo parental en honrar lo mejor posible a cada uno de sus muertos, debiéndose la diferencialidad en el trato a la casualidad o a las circunstancias, sin implicar una verdadera desigualdad de los vivientes; pero si otras evidencias mostraran la posible existencia de diferenciación política del poder, el tratamiento funerario diferencial corroboraría reflejamente la desigualdad política (el problema —el menor quizá— de una teoría del reflejo, para complicar las reconstrucciones arqueológicas, es siempre hay la posibilidad inversa: tratamientos indiferenciados —todos somos “objetivamente” iguales ante la muerte— en sociedades fuertemente jerarquizadas, pero este no es el caso). Sin embargo, sin otras posibilidades de reconstruir la sociedad y las actividades de sus miembros a partir de sus sitios de habitación y áreas de trabajo, la industria de la concha no es necesariamente local y posiblemente tan extranjera como la materia prima. Si este fuera el caso, la depresión de Quíbor durante el I Milenio d. C. sólo habría sido utilizada como cementerio por grupos de microrregiones vecinas, quizá del Yaracuy de aceptarse la equivalencia cerámica de Fase Boulevard y Estilo San Pablo, pero ese vacío de ocupaciones entre Fase Tocuyano y Fase Guadalupe parece más bien improbable para un período tan prolongado. El progreso de la arqueología regional debe fundarse en el atrevimiento a salir a pasear fuera del Boulevard, con un presupuesto basado más en la prudencia que en una duda acerca del poder teorías arqueológicas vigentes: debe evitarse en lo posible utilizar un único indicador (“bienes suntuarios” elaborados en materias exóticas) para caracterizar un conjunto arqueológico como residuo de una sociedad cacical. Sólo cuando una cantidad de indicadores diferentes —pero relacionados— lo pareciera señalar, podría el investigador atreverse a tanto. Y aún contando con cinco, seis o cantidad de indicadores que lo señalen, elaborar un modelo alterno de contraste que muestre cuán plausible es una reconstrucción u otra.

    Aunque por las razones expuestas acerca de los asentamientos quiboreños del primer milenio de nuestra era no quedan bien definidas la naturaleza técnica de las relaciones entre el Caribe, el Golfo de Venezuela y el Lago de Maracaibo con Quíbor para el uso funerario de objetos de concha, las hipótesis manejadas por Perera respecto a las placas líticas aladas son interesantes respecto a las relaciones andinas de este problema, puesto que si bien la materia prima es reconocida como proveniente de la cordillera andina venezolana, donde sí se han encontrado las canteras y talleres de extracción y manufactura de estas placas, Perera concluye que su origen está en las tierras bajas de Lara y en el piedemonte oriental andino, como centros de difusión. Esto es, aunque las placas líticas son elaboradas en la cordillera, la oferta y la demanda son de tierras bajas vecinas. O en otros términos: la producción en una periferia andina, y su distribución y consumo ceremonial en un centro larense y/o piemontano. Esto supone un control de los asentamientos de tierras bajas sobre la producción andina, con sugerencia de complejidad social y poder político para esta región basados antes en la ideología y la mediación en redes de intercambio interregional, que en la producción, económica (en sentido estrecho) de alimentos y tecnologías sofisticadas asociadas. Quizá también podría resaltar la guerra, también fundamentada en el ritual y la ceremonia antes que en factores meramente ecológicos (implicando dos concepciones y dos usos distintos del territorio y del espacio). Por lo tanto, existen las posibilidades alternas de desarrollos de complejidad social basados 1) en el control territorial de microambientes locales distintos (aldeas, relativamente iguales), donde el intercambio es resultado de una necesaria complementaridad o simbiosis de las localidades dentro de un ecosistema mayor (que sería la unidad política englobante de todas las aldeas, en un “cacicazgo”); y 2) en el control de redes (espacializadas en rutas y “ferias”, y señalizadas por petroglifos) de intercambio, esta vez como causa del desarrollo de complejidad social, debido a la competencia de diversos grupos productores favorecidos desigualmente por los grupos controladores o intermediarios, que como tales, se benefician sin la necesidad de adoptar un complejo tecnológico material, y por el contrario, haciendo relativamente uniformes y bastante difundidas ideologías o tradiciones ceremoniales sobrepuestas a los objetos y medios de intercambio, que como sugiere Perera, corresponderían a un complejo mítico-religioso, con variantes locales, ampliamente distribuido en diferentes regiones vecinas. Insistimos que esto parece orientar el interés de los modelos de análisis hacia la ideología y la política, críticamente entendidos, antes que a la economía (en sentido estrecho, quizá más aplicable a una sociedad capitalista) o a la ecología (quizá más aplicable a las “bandas”), como se ha sugerido tantas veces para sociedades precapitalistas.

    Bibliografía consultada

    Gassón P., Rafael A. (1996): La evolución del intercambio a larga distancia en el nororiente de Suramérica: bienes de intercambio y poder político en una perspectiva diacrónica. En: Chieftains, power & trade: regional interaction in the Intermediate Area of the Americas. Caciques, intercambio y poder: interacción regional en el área intermedia de las Américas, editado por Carl Henrik Langebaek Rueda y Felipe Cárdenas Arroyo. Bogotá: Departamento de Antropología de la Universidad de los Andes. Pp. 133-154.

    Gassón P., Rafael A. (1999): El piedemonte oriental andino y los Llanos altos de Barinas y Portuguesa. En: El arte prehispánico de Venezuela, editado por Miguel Arroyo, Lourdes Blanco y Erika Wagner. Caracas: Fundación Galería de Arte Nacional GAN. Petróleos de Venezuela PDVSA. Pp. 74-89.

    Kidder, Alfred, II (1944): Archaeology of Northwestern Venezuela. Papers of the Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology 26 (1). Cambridge: Peabody Museum of American Archaeology and Ethnology. Harvard University.

    Perera Gálvez, Miguel Ángel (1979): Arqueología y arqueometría de las placas líticas aladas del occidente de Venezuela. Colección Libros. Caracas: División de Publicaciones de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV.

    Vargas Arenas, Iraida, María Ismenia Toledo, Luis E. Molina Centeno, y Carmen Elena Mountcourt [1984] (1997): Los artífices de la concha: ensayo sobre tecnología, arte y otros aspectos socio-culturales de los antiguos habitantes del Estado Lara. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV. Quíbor: Museo Arqueológico de Quíbor. Alcaldía del Municipio Jiménez, Estado Lara. Fundacultura.

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    Junio 07, 2005

    Preliminares a las correspondencias y correlaciones de tecnologia, cultura y sociedad en el valle de Quibor

    La ocupación cerámica más antigua del valle de Quíbor se correspondería a la de la Fase Tocuyano. Los Tocuyanoides, definidos por la serie cerámica que para Cruxent y Rouse comprendía los estilos del Período II Tocuyano (presente en Quíbor), Aeródromo (Yaracuy), Agua Blanca (Portuguesa) y Cerro Machado (Vargas), y del Período III, Sarare (sureste de Lara). Se correspondería a estilos polícromos tempranos relacionados con u originados del Primer Horizonte Pintado (estilos Horno y Loma) del noreste de Colombia definido por Reichel-Dolmatoff, a través del Estilo La Pitía, del noroeste del Zulia. Su cronología, segunda mitad del Período II, se le adjudicó desde los hallazgos larenses por esta semejanza o relación con Colombia, cronología “confirmada” por la datación radiocarbónica del 2180 ± 300 a. p. o 150 a. C. Cruxent y Rouse juzgaron a la Serie Tocuyanoide como posible ancestro de los estilos polícromos tardíos que comprenden la Serie Tierroide (en su desarrollo tierra adentro) y la Serie Dabajuroide (en su desarrollo más costero), sin haber alcanzado el oriente de Venezuela. La presencia del Estilo Tocuyano para el 300 a. C. en Quíbor significaría la introducción de la agricultura en la región. El Estilo Tocuyano se caracterizaría por tiestos finos y medio-gruesos, la arena como desgrasante, pero también piedra molida, las bases variadas (anulares, de pata, de anillo y pata, de fondo plano), siendo sus patas huecas globula-res características. Presenta dibujos incisos y excisos geométricos, curvos, complejos, ofidioideos, ros-tros humanos, etc. sobre las panzas. Hay pintura negro y/o roja sobre engobe blanco, sin combinación de pintura e incisió. La vajilla incluiría boles y botijas de borde sencillo, siendo raros los apéndices y las asas. Se manufacturaron por medio de enrollado, no hay pulitura, y hay frecuencia de ahumado. No aparecen budares (relacionados a vegecultura) ni pipas (relacionados a comercio). Aparecen asociadas hachas petaloides, piedras martillo y afiladores. No es concluyente la reconstrucción de la tecnoeconomía de Tocuyano, y por lo tanto, existen aún dudas sobre el tipo de sociedad productora que existiría en Quíbor para este momento. Aparte de sus relaciones estilísticas con regiones más o menos lejanas en el espacio, no se conocen sus antecedentes locales, pues quedan alejadas en el tiempo las evidencias de sociedades de cazadores recolectores. Tampoco se comprende bien qué sucedió entre la ocupación Tocuyanoide de Quíbor y el inicio de la Fase Boulevard, a la que se la han asignado muestras de complejidad social y política.

    Según los datos de Cruxent y Rouse, En el valle de Quíbor primeramente aparecía un vacío entre el Estilo Tocuyano del Período II y el Estilo Tierra de los Indios de los Períodos IV-V, más no así para el Estado Lara. Para el Período II aparecerían en Lara también estilos independientes, similares a los Tocuyanoides: Santa Ana y Betijoque, definidos para el Área de Trujillo, y para el Período III el Estilo Sarare, del sureste del Área de Barquisimeto. La Serie Tierroide aparecería en el Período IV con el Estilo Tierra de los Indios, junto con los estilos Mirinday (Trujillo), Chipepe (Mérida), San Pablo (Yaracuy) y Caño del Oso (Apure). Todo este panorama se modificaría: no sólo Caño del Oso conformaría parte de una Serie Osoide bastante más antigua, sino que particularmente para Quíbor ocurre el descubrimiento y definición de una Fase Boulevard entre los II-VII de nuestra era, homologada luego como etapa temprana del Estilo San Pablo. La cerámica de Santa Ana, que aparecería años más tarda en las excavaciones del Cementerio Las Locas, contemporáneo al del Boulevard de Quíbor, originalmente se encontró en cuevas funerarias. Es fina, bien pulida, ornamentada con formas complejas, presenta las patas y la pintura tocuyanoides. Hay punteado, incisión, apéndices modelado-incisos como los que se presentan en los estilos Barrancoides. A la cerámica del estilo Santa Ana se la asignaba a los Períodos II al V, al igual que al Estilo Betijoque, presente en Trujillo (donde constituiría una Fase) y Santa Elena, sitio andino entre Carora y Quíbor, en el río Tocuyo, que desemboca en el Caribe. También se presentaría en el Cementerio de Camay, en Carora. Se la presentaba similar a Santa Ana, con dibujos más complejos, asas tubulares horizontales, sin modelado inciso pero sí con líneas incisas rectas. Su larga cronología se justificaba por las evidencia de contacto con materiales españoles. El Estilo Sarare habría sido el único representante tocuyanoide del Período III. Se lo definió a partir de los hallazgos en la Cueva Sarare, en las montañas del sureste de Lara hacia Portuguesa. Su cerámica no presenta engobe blanco ni fondos pintados, y las vasijas tienen lados altos y ligeramente entrantes.

    El Estilo San Pablo se definió originalmente para Yaracuy, con presencia en Carabobo, dentro de la Serie Tierroide Sus tiestos aparecían ásperos y gruesos, con patas largas y macizas, con ornamentación más simple que la del Estilo Tierra de los Indios. Presentaba dibujos en sólo 2 colores, sin budares, y con pipas de arcilla. Se lo definió como perteneciente a los Períodos IV-V. Sin embargo, aparecería como una extensión tardía y más oriental de la cerámica funeraria que aparece en algunos sitios de Lara, especialmente a partir de los 1960 con el (re)descubrimiento accidental de un cementerio en el Boulevard de la ciudad de Quíbor (LJ1). Para 1988, se reportan como recuperadas “386 vasijas cerámicas, miles de objeto de concha, varios cientos de fragmentos cerámicos, algunos instrumentos líticos y de hueso, así como restos alimenticios y de carbón”, asociados a cerca de 287 enterramientos, evidenciando algunos la existencia de cestería [Toledo, 1995: 76]. Aunque con una grave pérdida de información contextual como resultado de la manera en que se recuperaron los materiales en la primera campaña de excavaciones, a cargo de Adrián Lucena, Toledo establece a partir de 371 vasijas y 283 fragmentos, al menos 16 formas cerámicas presentes en LJ1. Debido a su desgaste, forma, distribución y contexto, 14 de estas formas se suponen manufacturadas para fines exclusivamente rituales, y sólo 2 parecerían estar asociadas con usos domésticos, ligados aun así a funciones de culto. Las formas más populares son los cuencos multí-podes (más de tres), asociados ocasionalmente a cuencos semiglobulares con pedestal; siguen vasijas globulares trípodes, asociadas a microbotellas. La tercera forma más popular es la de botellones. Se concluye que los objetos cerámicos de LJ1 presentan poca variabilidad formal. La pasta consiste de arci-lla y arena, compuesta de cuarzo, mica y arcilla ferruginosa, mayormente de grano fino-medio. Otros desgrasantes incluyen conchas y tiestos molidos e incluso materiales orgánicos. Se construían las piezas generalmente por enrollado y las más pequeñas por ahuecado. Se utilizaba decoración plástica y hay evidencias de alisado (frecuente) y el pulido; el engobe se observa principalmente en fragmentos. La pintura no es frecuente, combinada siempre con técnicas plásticas. Las zonas de los bordes y las panzas son las preferenciales para presentar decoración. Los fragmentos, probablemente aquellos que Cruxent y Rouse reportan como discos, y que en realidad presentan formas más variadas (siendo las más populares las discoidales y las cuadrangulares) son constante en los yacimientos arqueológicos quiboreños, siendo parte de los objetos de caza/saqueo de olicornios tradicional de Lara. La decoración de los frag-mentos se corresponde a las de las piezas completas, pero también hay algunos con rasgos atípicos. El ahumado también era utilizado como decoración, especialmente para los bordes de las piezas completas. El ahumado por cocción y por uso posterior es común, excepto en los fragmentos. La cocción parece ser reductora, pero existen ejemplares oxidados. Algunos esquemas teóricos interpretan los fines claramente especializados y la escasa variabilidad formal y técnica de la tecnología cerámica como correspondiente a un “patrón cultural rígido” y a una tradición cultural “fuertemente arraigada” (?), que indicaría la existen-cia de productores alfareros especializados soportados por el plusproducto del trabajo de los miembros de una sociedad compleja jerarquizada, puesto que esta jerarquía sería “condición necesaria” (?) para garantizar la organización de la producción, a través de una “ideología cohesionadora”. Semejantes inter-pretaciones son discutibles y disputables, y si bien pudieran o no ser plausibles en la caracterización o descripción de la tecnoeconomía, su concepción y teoría de la cultura (relegada a fantasmagórica super-estructura excrecente o refleja de la base económica, o a mero “subsistema ideológico” de un sistema cuyo “fin” es la teleológica adaptación) claramente no pertenecería a la etnología y a la antropología, con posibles graves deficiencias a nivel explicativo e interpretativo.

    La mayor dificultad que confrontan estas interpretaciones es la ausencia de sitios de habitación, talleres y otras áreas de actividad, al menos en Quíbor. La presencia de cerámica funeraria de LJ1 en otras zonas donde existen unidades habitacionales con vajilla doméstica distinta a la reconocida como perteneciente a la Fase Boulevard, complica el cuadro. ¿Han sido suficientes o insuficientes las prospecciones arqueo-lógicas? ¿El conocimiento exhaustivo de LJ1 ha sido un velo para el conocimiento al menos superficial de la arqueología regional? ¿Habitaban Quíbor aquellos difuntos? La enorme importancia que cobra en los cementerios la industria que elaboraba objetos a partir de materia prima exótica no hace sino resaltar estos problemas: ámbar, conchas y moluscos marinos, asfalto, piedra andina, ¿quién las trabajó? Los artefactos de concha que aparecen con prominencia en el Cementerio del Boulevard han sido el caballo de Troya de las interpretaciones que favorecen una desusada complejidad social en el Quíbor del primer milenio de nuestra era. A través de estas cuentas, discos, cubre-sexos, tapa-ojos, y pectorales alados, se ha logrado o se ha intentado una sofisticada reconstrucción de los procesos y gestos técnicos de artífices precolombinos. Semejante tecnología, industria o cultura material ha permitido la postulación de la pre-sencia de especialistas de tiempo completo o al menos itinerantes en o entre las hasta ahora invisibles aldeas Boulevard, sin talleres locales de confección conocidos. Sin embargo, se ha llegado a postular que Quíbor fue centro de difusión de esta industria hacia Valencia. Ciertamente, relaciones de intercambio a larga distancia están evidenciadas, pero cómo se conciben, explican e interpretan estas rutas comercia-les depende en enorme medida del marco teórico adoptado. Unos exigen cacicazgos poderosos como Estados tropicales sin carta magna ni monumentos, otros enfoquen permiten la igualdad más rasa. El caso es que la importancia de la industria de la concha en forma de collares está ampliamente registrada por la etnografía y la etnología, donde se evidencia su intermediario ceremonial, su valor de cambio pre-monetario en enormes redes que exceden el parentesco y que no exigen el poder mas sí el prestigio, y así como también queda registrada su importancia por la arqueología, teniendo pues amplias coordena-das espaciales y temporales en las sociedades sin Estado. Sin embargo, a pesar de su uniformidad en cuanto a los objetos (collares) y su valor de uso funerario, su dinámica, evolución y su contenido como valor de cambio muestra una gran dependencia de los procesos socioeconómicos y políticos globales según la etnohistoria, que el recurso a la analogía etnográfica o a la información etnohistórica no puede ser plausible sin una exhaustiva caracterización del modo de vida, que pese a toda inferencia funeraria, sigue faltando en un Quíbor sin unidades residenciales, áreas de producción y trabajo.

    La ocupación Tierroide o Fase Guadalupe, que se iniciaría en el 1000 A. D., se relaciona de nuevo con el noreste de Colombia. Como parte de una tradición tardía de estilos polícromos que incluye a las series Tierroide y Dabajuroide, Cruxent y Rouse la conciben como un posible desarrollo en el interior, hacia el suroeste de la región Occidental, de la Serie Tocuyanoide, pero también como relacionada con el Segun-do Horizonte Pintado de Colombia (Estilos Los Cocos y Portacelli de la Guajira), el Estilo Coclé del sures-te de Panamá y la alfarería Chibcha de las tierras altas de Colombia (como la Sierra Nevada). De los estilos más occidentales con presencia larense está Mirinday, quizá presente en Camay, que tendría entonces una cronología bastante prolongada. Al Estilo o Fase Mirinday originalmente se lo definió a partir de sitios de habitación y cavernas. Sus tiestos son menos finos que los de Tierra de los Indios. No hay cuellos con pliegues característica del Estilo Dabajuro de la Serie Dabajuroide, y que ocurrirían oca-sionalmente en Tierra de los Indios. Igualmente sus formas y ornamentación son simples. Entre sus objetos ocurren incensarios. Su cronología es del Período IV, 580 ± 50 a. p., esto es para 1350 A. D. Pero el estilo que define la serie, con clara presencia en Quíbor, es Tierra de los Indios. Su cerámica es fina y dura, utilizando como desgrasante arena fina, y con acabado suave y pulimentado. No habría impresio-nes de tejido. Sus formas son sencillas, sus bases redondas con patas globulares huecas o sin patas, sus bordes engrosados y redondeados. Tiene asas tubulares horizontales, apéndices sencillos en la parte superior de las patas. Existe poca importancia de la aplicación, el modelado y la incisión, presentándose pintura roja, negra y blanca, con dibujos rectilíneos, espirales, pájaros, motivos pectiniformes. Se encuentran figulinas femeninas. Hay fragmentos de budares, hachas líticas, metates, manos y colgantes. Su base económica es amplia, con gran importancia del cultivo de maíz y quizá la complejidad política, seña-lada como claramente correspondiente a cacicazgo, pudiera tener relación con la explotación de sal de tierra que subsistiría hasta tiempos históricos. Los sitios de habitación se levantan sobre la acumulación de basura en montículos, llegando algunos investigadores a transpolar quizá con un buen grado de exa-geración, el concepto de verticalidad o control vertical andino para explicar la aparente jerarquía de los sitios y la centralización, interrelación y subordinación de las aldeas periféricas a una principal en la que residiría el cacique mayor. Los reportes tempranos de los españoles complican el panorama histórico y antropológico en cuanto muestran a Quíbor como una región multiétnica, relacionados a su vez con otras grandes regiones con muestras de diversidad social y tecnológica, en las que convivieron grupos de filiación lingüística Arawak, Betoy-Chibcha, Caribe y de familias desconocidas o independientes, sin que una zona pueda adjudicarse efectivamente a al menos los miembros de un mismo tronco, siendo difíciles, a veces imposibles y buenas veces irrelevantes los esfuerzos por establecer etnicidades a través de co-rrespondencias de la lengua con la cultura material.

    Bibliografía consultada

    CRUXENT, José María, e Irving ROUSE [1958] (1982): Arqueología cronológica de Venezuela. Caracas: Ernesto Armitano Editor. Ediciones Unidad Prehispánica de la Asociación Juan Lovera.

    TOLEDO, María Ismenia (1995): La cerámica funeraria en el sitio Boulevard de Quíbor, Estado Lara, Venezuela. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 4: 75-112.

    VARGAS ARENAS, Iraida, María Ismenia TOLEDO, Luis E. MOLINA CENTENO, y Carmen Elena MOUNTCOURT (1997): Los artífices de la concha: ensayo sobre tecnología, arte y otros aspectos socio-culturales de los antiguos habitantes del Estado Lara. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV. Quíbor: Museo Arqueológico de Quíbor. Alcaldía del Municipio Jiménez, Estado Lara. Fundacultura.

    [Miércoles 12 de mayo de 2004]

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    Junio 02, 2005

    Practicas funerarias en el valle de Quibor

    Informaciones sobre sitios con restos funerarios son reportadas en Lara tempranamente dentro del desarrollo de la arqueología nacional. El valle de Quíbor señala su presencia en el mapa arqueológico debido al sitio funerario especializado del cementerio del Boulevard de Quíbor, ubicado en el centro de la población, a poca distancia de su Plaza Bolívar. Las excavaciones se iniciaron con dos a principios de siglo a cargo del Dr. Baudilio Lara, una antes de la construcción de su Quinta San Román, y otra después de haber sido construido su jardín, bajo el que se hallaría el cementerio [LUCENA, 1982]. Los materiales recuperados fueron enviados a Francia por el Dr. Fréitez Pineda, pionero local de la arqueología. Hacia los 1930 la instalación de la primera tubería de agua del pueblo permitió rescatar cerámica y concha. Una reinstalación a cargo del INOS en 1964 fue la que permitió el resonado redescubrimiento accidental del sitio, iniciando Adrián Lucena Goyo las excavaciones en 1965, y dando pie a la fundación de lo que sería el Museo Arqueológico de Quíbor. Lucena reportaría hasta 42 sitios funerarios en la depresión de Quíbor, “emparentados” con el Cementerio del Boulevard [LUCENA, 1982: 39-40]. Sorprende lo prolongado de las campañas de excavación del Cementerio del Boulevard de Quíbor, comparado con la escasa dedicación que se le ha podido dar a la sistematización de la evidencia y su análisis, señalando los investigadores posteriores que su tarea fue la de un rescate, no sólo in situ, sino dentro de las propias colecciones del Museo. La tarea ciertamente se presenta difícil en cuanto a que la primera etapa de excavaciones profesionales fue más destructiva para los datos que constructiva, junto con el carácter esotérico de los resultados, conocidos generalmente por dos publicaciones de Lucena, a pesar de una tercera que según éste [LUCENA, 1982], fue presentada como ponencia en el XXXIX Congreso Internacional de Americanistas en Lima, 1969, basado en una monografía inédita que al parecer su tenaz preocupación por supuestos pobladores pigmoides no le ha dejado suficiente tiempo para publicar.

    En el Estado Lara se encuentran o encontraban 4 sitios funerarios especializados de importancia: Cerro Manzano, Camay, Las Locas, y Boulevard de Quíbor. La cronología establecida para la región de Lara tiene por más antiguos los enterramientos secundarios en urnas cerámicas con objetos votivos, asociados a la ocupación Tocuyanoide, fechados hacia el 2000 a. p., y hallados en Camay, la depresión de Quíbor, y cuevas de las estribaciones andinas larenses. Camay fue excavado por el Hermano Esteban Basilio, de La Salle de Barquisimeto, y sus hallazgos desde los 1940 son museológicamente apreciados. En los Planes de las Cuibas (topónimo arqueológicamente llamativo) del Cerro Manzano, en las inmediaciones de Barquisimeto, fue descubierto accidentalmente a inicios de los 1930 un cementerio de los habitantes prehispánicos de Agua Viva, Río Claro y El Manzano. De esta necrópolis excavada por el también lasallista Hermano Nectario María sólo se conserva parte del ajuar funerario, habiéndose perdido los restos óseos, pulverizados por el deterioro. Su cronología es desconocida, pero se la supone situada a inicios de la era cristiana. Se trataría de dos yacimientos superpuestos, uno con una profundidad de 1 m ó 1,5 m, y otro de 0,5 a 1 m más abajo, presentando enterramientos múltiples dispuestos en “haces mortuorios”, dado que se observaron cráneos distribuidos en forma de corona alrededor de otro. La lectura del texto del Hermano Nectario María [1942] deja la duda de si encontró o no los esqueletos poscraneales, y si efectivamente estaban estos esqueletos (extendidos decúbito dorsal) dispuestos de acuerdo a cómo los representan gráficamente las plumas de “Vizcarrondo” y “Domínguez” en el artículo de Nectario María. Asociados a los esqueletos estaban vasijas, collares y placas aladas, colocadas bajo los cráneos a modo de almohada, lo que le permite dudar al Hermano que estos objetos ya reconocidos para la arqueología de la época fuesen pectorales, pese a que en sus propias excavaciones estos “ornamentos fúnebres religiosos” aparecen también depositados sobre el pecho. El esqueleto central del primer yacimiento no tenía otro adorno que la placa bajo su cráneo, mientras que los esqueletos que formaban un haz a su alrededor tenían todos collares. La materia prima incluía Strombus gigas y otras conchas, turquesas, ámbar. Cada esqueleto se acompañaría de una vasija cerámica, a veces dos, y raras veces tres. En el segundo yacimiento, el cráneo central reposaba sobre dos placas aladas, acompañado de vasijas, tinajas, floreros, siendo los ajuares más profusos, incluyendo grandes collares de Dentalium. Todos los esqueletos con excepción de uno tenían una olla o una tinaja, de nuevo a veces dos y raras veces tres, junto con collares de cuentas pequeñas. Había al menos un enterramiento secundario, y evidencias de restos de envolturas con hojas de árboles. Nectario María interpretó las placas aladas como parte de un culto a un dios murciélago o dios del sueño y los enterramientos múltiples como sacrificios humanos de un séquito de ultratumba para el gran señor que aparecería en el centro de los haces.

    Posteriormente, entre los siglos II a VII de nuestra era se ubica a la Fase Boulevard definida originalmente por los hallazgos del Boulevard de Quíbor, y que Arvelo asocia a los portadores del Estilo San Pablo, definido originalmente para la depresión de Yaracuy. Contemporáneo pero distinto es el cementerio que Lucena llama “El Tiestal” y Sanoja “Las Locas”, cuya alfarería muestra más semejanzas con producciones andinas como el Estilo Santa Ana que con alfarería larense, sin presentar sitios de habitación asociados. Durante este período se presentan enterramientos primarios indirectos y directos simples, aunque los hay secundarios y múltiples, acompañados de cerámica, concha y cestería. Este análisis se dedicará al Cementerio del Boulevard.

    Como Azócar y Ramos [1986], llamaremos Sector A á la porción del cementerio del Boulevard de Quíbor excavada por Lucena con interrupciones entre 1965 y 1979, y llamaremos Sector B a las excavaciones iniciadas por Molina y Toledo en 1981. Lucena definió para el cementerio del Boulevard 7 niveles culturales, esto es, 7 capas que contenían esqueletos, en 20 niveles estratigráficos, no indicando de qué capa natural o de qué nivel estratigráfico obtendría una datación absoluta de 1650 ± 70 a. p. Ubicó el cementerio en el 318 A. D., es decir, a finales del Período II de la cronología de Cruxent y Rouse. Para el Sector B, Molina y Toledo llegarán a disponer de los fechados 1805 ± 70 a. p. y 1375 ± 40 a. p., lo que indica que el cementerio tuvo un uso prolongado de quizá hasta más de 500 años (siglos II a VII). Bajo los esqueletos más profundos encontraron un lecho de cantos rodados, aunque sin dejar del todo claro si este lecho es antrópico o natural, indicando esterilidad arqueológica más allá. Aunque para 1982, sus hallazgos de 32 enterramientos no les permitían establecer constantes o capas culturales, los 50 que tendrían para 1986, junto 212 rescatados de las colecciones de Lucena, permitirán a Azócar y Ramos elaborar su tesis de grado, en la cual caracterizan al Cementerio del Boulevard de Quíbor como correspondiente a los restos de un modo de vida aldeano cacical, según la diferencialidad en el trato a los muertos. ¿Cuánta seguridad podemos tener en cualquier interpretación basada en la (des)información acerca del Sector A?

    Jugando a abogados del diablo, manteniendo una distancia escéptica de las interpretaciones recibidas para fomentar la discusión, hacemos notar que es distinto interpretar la diferenciación social que se evidenciaría en el cementerio del Boulevard como una desigualdad jerárquica vertical o piramidal, que interpretarla como una diversidad intratribal quizá horizontal e igualitaria. Las variables utilizadas como indicadores de rango por Azócar y Ramos son la profusión de la parafernalia asociada al enterramiento, la orientación espacial de los esqueletos y sus cráneos de acuerdo a los puntos cardinales, y la posición de reposo del esqueleto. Preliminarmente establecen que el rango es directamente proporcional a la profusión de parafernalia, e inversamente proporcional al número de individuos con parafernalia similar. Así, la escasez de individuos con abundante parafernalia es adjudicada a un linaje dominante, mientras que la riqueza de individuos pobres es adjudicada a una mayoría de comunes dominados. Esto parece históricamente cierto para una sociedad de clases, feudal o capitalista, pero no etnológicamente afortunado para sociedades tribales con clanes, sibs y fratrías bien documentadas. Se echa de menos variables como edad y sexo debido a la carencia de estudios al respecto, pese a la fuerte tradición osteométrica e identificatoria de nuestra antropología física nacional. Tampoco estudios de paleoparentesco de los restos óseos con colágeno estaban disponibles al momento de su trabajo. No lo están hoy del todo, pero con seguridad lo estarán en los próximos años y décadas. Un enfoque paleodemográfico se impone en el análisis del cementerio del Boulevard, ya que las discriminaciones que permitirían modificarían las interpretaciones o exigirían alternativas. El contraste de hipótesis y la propuesta de modelos alternos no son una manía o rasgo de una cierta filosofía o ideología de la ciencia, sino un requisito para una posición crítica ante el propio conocimiento y ante el mundo. También ha de resaltarse que de acuerdo a ya 60 años de consenso en la filosofía de la ciencia acerca del “contexto de justificación” (el disenso se refiere a la introducción de la historia y la sociedad en el “contexto de descubrimiento”), los resultados del análisis cuantitativo estadístico no constituyen demostración ni explicación, dado que implican la operación lógicamente insostenible de la inducción infinita de casos o enunciados particulares a principios o leyes generales y universales, y de hecho, su presentación puede manipularse para favorecer cualquier posición ideológica extracientífica. Aunque esta discusión va más allá de lo aquí pertinente, la señalamos en cuanto los datos cuantitativos de Azócar y Ramos no están presentados “amigablemente” ni suficientemente sistematizados ni ilustrativos. Se extraña la tabulación de proporciones o porcentajes, en lugar de cantidades absolutas, que permitirían un mejor manejo o interpretación de los datos. También se extraña una mejor correlación de las variables y que no se intente explicar porque las correlaciones podrían permitir patronizaciones distintas de la evidencia. Y sin la consideración de edad y sexo, la interpretación sólo puede ser tentativa, no exhaustiva. Una falla notable es que no se matice la interpretación tomando en cuenta la cantidad de enterramientos cuya orientación no pudo ser identificada.

    La ausencia de sitios de habitación y de otras áreas de actividad puede merecer bastante consideración a la hora de aceptar si efectivamente los indicadores arqueológicos utilizados para interpretar las evidencias muestran un modo de vida aldeano cacical con exclusión de un modo de vida aldeano igualitario. El desenvolvimiento de los estudios etnológicos y etnohistóricos no apoyan tan seguramente como antes estos indicadores. Viejas asignaciones a jefaturas y señoríos han perdido bases en investigaciones más recientes, y la teoría muestra un mayor escepticismo estos días frente a la búsqueda de intermediarios evolutivos entre las sociedades igualitarias (ya no consideradas tan simples) y las sociedades estatales. El trabajo de Azócar y Ramos presenta como limitante metodológica partir de la suposición de que efectivamente era una sociedad cacical, sin establecer la posibilidad de contraste de hipótesis o modelos que puedan suponer la igualdad, o al menos la recurrencia del Big Man, como alternativa teórica al cacique. Así, casi tautológicamente, cualquier diferencia cuantitativa que pueda indicar diversidad intrasocietal, es interpretada como desigualdad jerarquizada en rangos. Para este esquema, sólo la absoluta indiferenciación y uniformidad en los enterramientos podría haber restado apoyo a la suposición de un cacicazgo. Tal grado cero de diferenciación es dudoso: difícilmente existe una sociedad sin diversidad, y antes bien, ésta es requisito para la vida social, incluso la vida social animal de hormigas y abejas. La “limitada variabilidad formal” y los “escasos márgenes de diferenciación” de la cerámica funeraria del Boulevard son para Toledo [1995: 91] indicativos de un “patrón cultural rígido”. ¿Esto debe ser necesariamente interpretado como la fuerte cohesión de un colectivo igualitario indiferenciado o como la obediencia a los decretos divinos de un jefe de linaje dominante? El crecimiento teórico y la resolución de los problemas prácticos están en el planteamiento de interpretaciones alternativas.

    La interpretación de la evidencia de diferenciación social funeraria como desigualdad jerárquica de acuerdo a la profusión del ajuar funerario, se basa en la consideración del consumo suntuario como factor estimulante de la producción. Los procesos de trabajo de ésta se encontrarían tan desarrollados como para producir excedentes, dirigidos en parte a ser apropiados por los señores a fin de sustentar su posición religiosa, el fomento del intercambio a larga distancia, o el mantenimiento de un grupo, no comprometido en la producción de sus propios alimentos, de artesanos especializados en la manufactura a partir de materia prima exótica, como sugiere la gran elaboración de los objetos de concha asociados a los enterramientos. Se supone los personajes dominantes cumplen una función de gerencia social de los recursos naturales, humanos y sobrenaturales, esto es como coordinadores de la producción económica y de los procesos de trabajo, por lo que deben ser remunerados por tributo con objetos que contribuyen a la continuidad de su rol. Así, el consumo suntuario está en los cementerios relacionado al ámbito ritual y ceremonial que sanciona un estatus o adscripción que precede al nacimiento, como sugieren los ajuares que acompañan a los niños fallecidos, y perdura aún después de la muerte. En vida, el parentesco sanciona los mecanismos de distribución, pero los objetos votivos que acompañan a los difuntos son sacados de la circulación cada vez que son enterrados, por lo que su producción debe iniciarse una y otra vez. Esto garantiza la reproducción social, esto es la continuidad del ciclo económico y la actividad productiva, haciendo del consumo suntuario no un fin, sino un comienzo y un medio. Este modelo económico tiene el defecto ideológico de legitimar tanto la tecnocracia de gerentes bien pagados, como la burocracia y la planificación central redistributiva de un Estado colectivista y totalitario, y de reducir a los comunes a proletarios o esclavos ciegos dentro de un hormiguero.

    Las diferencias de datación absoluta entre el Sector A y el Sector B pueden o no ser cruzadas con las diferencias de profusión de parafernalia entre ambos sectores. De estimarse una mayor continuidad sociopolítica a lo largo del tiempo, se interpretaría como uso diferencial y preferencial del espacio funerario de acuerdo al rango o al menos de acuerdo a la adscripción a los diferentes linajes. En una sociedad de rango, existiría una sectorización espacial del cementerio donde A correspondería a los más privilegiados y B a los menos. En una sociedad igualitaria, simplemente habría diversidad o la cronología debe ser mejor establecida por niveles estratigráficos o capas culturales sincrónicos en A y B, tal como exigiría otra opción: interpretar la menor parafernalia en las fechas más antigua y la reciente pertenecientes al Sector B, y la mayor profusión asociada a la fecha intermedia del Sector A, como modificación de las costumbres funerarias a lo largo del tiempo. Azócar y Matos desestiman demasiado pronto esta opción por favorecer la continuidad del cacicazgo. Sin embargo, podríamos estar ante un desarrollo preclásico (inicio, menor profusión), clásico (auge y prosperidad, mayor profusión) y postclásico (decadencia, menor profusión) a lo largo de 500 años, sea de una sociedad de diversidad horizontal o en una sociedad de diferenciación vertical. Después de todo, queda por explicar qué sucedió con el estilo Tocuyano, y existe aún un vacío arqueológico entre el siglo VII cuando desaparecería la Fase Boulevard, y el siglo X, cuando aparece el estilo Tierra de los Indios. Tal solución de continuidad temporal, pero no necesariamente espacial, se borra si se hace equivalente la Fase Boulevard al estilo San Pablo como lo cree Lilliam Arvelo.

    La orientación estaría relacionada con la cosmología, el orden cósmico al que se proyectaría el orden social. Pensaríamos, de acuerdo a la etnología, que la orientación está menos dejada al albedrío individual de lo que Azócar y Ramos suponen, y quizá se la deba relacionar aún más con la identidad de los linajes. Las popularidades relativas (es nuestro cálculo aproximado) en los sectores A y B para la orientación son: NS A-16% B-12%; NESW A-4,7% B-20%; EW A-20% B-40%, SENW A-0,9% B-2%, SN A-1,9% B-2%; SWNE A-1,4% B-4%; WE A-19%, B-4%, NWSE A-8,5% B-12%, No identificados A-27% B-4%. Son 212 enterramientos en el sector A y hasta el momento 50 en el sector B. Ambos tienen deficiencias muestrales: en el sector A la mayor parte (27%) de los enterramientos no tuvieron orientación identificada, por lo que las interpretaciones de Azócar y Ramos al respecto son apresuradas; en el sector B la muestra es aún muy limitada y las excavaciones no hay finalizado. No nos queda claro por qué esta falta de identificación: mal manejo de Lucena, deterioro de los restos, o que se trata de enterramientos secundarios donde no hay o se ha perdido la orientación. Quizá los enterramientos de orientación no identificada son cruciales para mostrar un patrón respecto a la orientación, pero ciertamente se observa una tendencia. La flexión presenta similar problema. Los hay extendidos, flexionados y dispersos. Los hay extendidos decúbito dorsal y ventral, y los hay flexionados decúbito dorsal, ventral, lateral izquierdo y lateral derecho. Las popularidades relativas por sector A o B son (nuestro cálculo): EDD: A-35,38%, B-18%; EDV: A-3,77% B-0; FDD A-10,38% B-52%, FDV A-0 B-6%; FDLD A-0,47% B-6%, FDLI: A-0,47% B-4%; dispersos A-49,52%, B-14%. No es afirmado con claridad, pero parece que según Azócar y Ramos los restos dispersos corresponderían a enterramientos secundarios, si no es así, introduce sesgos en el muestreo. Dada la dificultad de señalar “la existencia de patrones que incluyan todos los rasgos” [Azócar y Ramos, 1986: 94], se relaciona tentativa las diferencias en la flexión con la cronología, aunque sin ofrecer datos cronológicos o estratigráficos que lo sustenten. No establecen ninguna relación con el carácter primario o secundario de los enterramientos, ni con el carácter directo o indirecto de los primarios. En los enterramientos primarios indirectos se han observado impresiones o restos de esteras de trenzas de plegado cruzado 2/2 y algunas de plegado simple 1/1, y leños, por debajo y por encima del enterramiento y de sus ofrendas cubiertos con esteras [Monsalve y Molina, 1986]. Quizá estos enterramientos correspondan a un horizonte, lo que merecería mayor estudio en ambos sectores del cementerio

    La profusión (cantidad de objetos) y su calidad (materia prima de los objetos votivos) las relacionan Azócar y Ramos directamente con el rango, dado que no obtienen seguridad respecto a la relación de éste con la orientación y la flexión. El criterio de profusión es el más creíble de todos, así que no lo discutimos. En cuanto a calidad, suponen que mientras más puramente de concha es el ajuar, mayor rango indica, y mientras más cerámico, menor, ya que todos tenían acceso a la cerámica. ¿Pero por qué los personajes de mayor rango no preferirían mayor diversidad de materiales? De hecho, ¿existían platos o vasijas de concha que sustituyeran a los de cerámica para contener ofrendas de alimentos? El criterio de calidad, tal como es establecido, nos parece dudoso, aunque muy pertinente. Estimamos que la calidad debe medirse por la variedad de materia prima, y no por consistir menos o más de una u otra. Ciertamente, lo que se observa en las tablas es que la mayor variedad de materias primas coincide con la mayor profusión, la que a su vez coincide con la orientación más popular. Esta coincide con la flexión más popular.

    Si otra variable distinta de la profusión es tomada como independiente, la interpretación podría diferir. Una interpretación alterna que se nos ocurriría es la de un linaje dominante (si no políticamente, al menos demográficamente) señalado por la orientación EW, que en lo interno presenta variabilidad, con los ajuares tantos más como menos profusos y las flexiones tanto más como menos populares, correspondiente a la jerarquía interna de un clan cónico. Para la jerarquía con respecto al resto de la tribu, parece privilegiado con respecto a los demás linajes, señalados por otras orientaciones. El segundo grupo en jerarquía subtribal podría ser el señalado por la orientación WE. De nuevo, en su seno hay “ricos” y “pobres”, pero en su totalidad son más “ricos” que otros linajes, y más “pobres” que el primer linaje que hemos discutido. Y así cada linaje como segmento de la tribu. Esto nos parece congruente con la estructura social de los clanes cónicos, y con la evidencia etnográfica de grupos actuales con sibs o fratrías tales como los Wayuu o los Kúrrim. Los grupos poderosos, en lugar de ser los de miembros más escasos, son los más grandes demográficamente, y de hecho los más pequeños son débiles y marginados. Debido a su tamaño, los linajes con un número de fectivos grande pueden cumplimentar los derechos, deberes y prerrogativas que les impone la solidaridad del parentesco, y prospera tanto el más numeroso como el más poderoso. Esto implica desigualdad, rangos y jerarquías en la tribu, pero no necesariamente implica un cacicazgo con un estrato dominante desligado permanentemente de la producción de alimentos.

    Para el segundo milenio de nuestra era, parece haber mayor confianza en la asignación de las sociedades en juego como cacicazgos. Desde el siglo X hasta el siglo XVI, momento de contacto con los europeos, se observan enterramientos primarios con vasijas cerámicas de decoración polícroma arqueológicamente asociados a grupos Tierroides, que según documentos etnohistóricos hacen corresponder al Quíbor tardío como una región multiétnica pese a la relativa unidad estilística. Haya sido jerárquico o igualitario, el modo de producción tribal sería disuelto.

    Bibliografía

    AZÓCAR, Marianela, y Juana M. Elvira RAMOS (1986): Rangos y atavíos: un aporte metodológico para el análisis cuantitativo de las costumbres funerarias de los antiguos habitantes del valle de Quíbor. Tesis de Grado. Tutora: Iraida VARGAS ARENAS. Caracas: Escuela de Antropología de la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV.

    LUCENA GOYO, Adrián (1982): Fabricantes antiguos de objetos de concha: excavaciones en el cementerio prehispánico de El Boulevard, Quíbor, Estado Lara, campaña de 1965-1979. Boletín Antropológico 1: 39-47.

    MOLINA CENTENO, Luis E. (1995): Costumbres funerarias de los antiguos habitantes del Estado Lara, Venezuela. En: Arte para el más allá: arqueología prehispánica de Venezuela. Gira Europea, Colección Arqueológica La Salle, octubre 1995-julio 1996. Barquisimeto: Museo de Barquisimeto. Consejo Nacional de la Cultura CONAC. Pp. 26-30.

    MOLINA CENTENO, Luis E., y María Ismenia TOLEDO (1986): Excavaciones arqueológicas en el Cementerio de Quíbor (Sitio LJ1), Estado Lara, Venezuela. Quiboreña 1 (1): 15-21.

    MONSALVE, María Mercedes, y Luis E. MOLINA CENTENO (1986): Uso funerario de cestería entre los grupos prehispánicos de Quíbor, Estado Lara, Venezuela. Quiboreña 1 (1): 22-47.

    NECTARIO MARÍA (1942): Contribución a los estudios etnológicos y arqueológicos de Venezuela. Memoria de la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle 2 (4): 17-21.

    TOLEDO, María Ismenia (1995): La cerámica funeraria en el sitio Boulevard de Quíbor, Estado Lara, Venezuela. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 4: 75-112.

    VARGAS ARENAS, Iraida, María Ismenia TOLEDO, Luis E. MOLINA CENTENO, y Carmen Elena MOUNTCOURT [1984] (1997): Los artífices de la concha: ensayo sobre tecnología, arte y otros aspectos socio-culturales de los antiguos habitantes del Estado Lara. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales FACES de la Universidad Central de Venezuela UCV. Quíbor: Museo Arqueológico de Quíbor. Alcaldía del Municipio Jiménez, Estado Lara. Fundacultura.

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    Breve panorama de la secuencia cultural prehispanica del valle de Quibor

    La discusión del pasado venezolano en la arqueología venezolana muestra la tendencia general de recurrir insistentemente a la cronología, independientemente de la perspectiva particular invocada por cada investigador en sus marcos teóricos. A riesgo de parecer más etéreos que heterodoxos, nos tendremos que resignar a la tendencia. La secuencia cultural del valle de Quíbor se iniciaría hacia los 11 o 10 mil años a. C. (grosso modo), con la evidencia de restos interpretados como de sociedades cazadoras recolectores. A pesar de que los enfoques relativamente recientes, que ganan más terreno, van desechando la idea simplista, reductora y estereotipada de cazadores especializados de megafauna, la investigación arqueológica de los primeros larenses mantiene el relevamiento de sus datos a partir de industria lítica, asociaciones con grandes herbívoros (aunque su rol se vea disminuido a víctimas de los oportunistas y versátiles paleo-indios) y la a veces obsesiva búsqueda de la datación más temprana posible, oscureciendo el hecho etnológico de que cazadores recolectores con tecnología “primitiva” son capaces de coexistir con grupos alfareros y agrícolas, alcanzar el período de contacto con el europeo y aun sobrevivirlo hasta nuestros globalizados días (mejor aun que las sociedades complejas). Esto se evidencia en la aparente necesidad de buscar a cazadores-recolectores en el pleistoceno tardío y el holoceno temprano a medio y relacionarlos con los hallazgos falconianos de El Jobo, Muaco y Taima-Taima, antes que intentar explicar el devenir durante casi 8 u 5 milenios y la “final” transición o la disolución de la sociedad de cazadores recolectores precerámicos a una sociedad tribal alfarera. Todas las fechas larenses tempranas aún presentan flancos débiles. Jaimes insistía en que su fechado de unos 10.710 ± 60 a. p. para el E. rusconni de El Vano es edad “mínima”, lo que no le resta sino que le presta incertidumbre, tal como la que anota Molina [1991] para los 6.840 ± 190 a. p. de La Hundición (desconfiada por reciente y por asociación dudosa de materiales), o los 7 u 8 mil años a. p. relativos de sus puntas colas de pescado con respecto a los homólogos mexicanos o ecuatorianos, o los 10.000 años asociados a los hallazgos superficiales de Las Mesas (Los Tres Cruces de Jaimes y Vierma) según semejanzas con El Jobo (cuyas dataciones todavía levantan ocasionales objeciones). Lo cierto es que mientras estas sociedades son empujadas hacia atrás en el tiempo por la buena voluntad de los investigadores, se va agrandando el vacío entre ellas, remotas y arcaicas, y las sociedades productoras de alimentos, que aparecen poco antes de la era cristiana. Este hoyo es de nuevo rellenado por analogía con las evidencias de desarrollo de la agricultura en otras regiones americanas antes que intentar una sistemática exploración del uso y domesticación de plantas (o utilizando un término más completo, una arqueoetnobotánica) por parte de cazadores-recolectores, si bien es justo decir que esta investigación es dificultosa, y habría propensión a la analogía etnográfica con el enorme (y en condiciones “naturales”, siempre creciente) conocimiento etnobotánico de sociedades “preagrícolas” y agrícolas.

    La interpretación general para el paso de sociedades apropiadoras a sociedades productoras es la de un previo énfasis en la recolección (una vez disminuido el rol y la presa de la cacería) que con-duce a una agricultura incipiente o en germen en los cazadores-recolectores, que se desarrolla a partir de su sedentarización, y que un desarrollo local de las prácticas agrícolas es capaz de contagiar con rapidez a las regiones vecinas, provocando repentinas explosiones demográficas por do-quier, pues esta vez los grupos podrían mantenerse en aldeas estables, sin recurrir a la cíclica fisión grupal supuesta para la sustentabilidad de las prácticas de los antiguos cazadores-recolectores. En el Estado Lara, esta “repentina” (para el registro arqueológico lleno de vacíos) revolución de los alimentos se corresponde a la aparición en el valle de Quíbor de la tradición [Sanoja y Vargas, 1999], estilo cerámico [Cruxent y Rouse, 1982; Rouse y Cruxent, 1963] o fase Tocuyano (Yacimiento Quebrada Tocuyano/Playa Bonita) y la serie Tocuyanoide, similar al Primer Horizonte Pintado de Colombia y al estilo La Pitía de la Guajira, al menos cuatro, tres [Arvelo y Oliver, 1999] o dos [el resto de los autores] o uno y medio [Cruxent y Rouse, 1982 1: 41] siglos antes de la era cristiana, acompañado de piedra pulida (recordemos la asociación conceptual Neolítico-Neoindio, donde artefactos de piedra pulida, agricultura, y sedentarización coinciden), correspondiendo al Período II de la crono-logía de Cruxent y Rouse (1982) y quizá se corresponda en parte a lo que Francisco Tamayo había llamado “cultura de caracteres ofidioideos”. La presencia de manos de moler y metates es la que permite suponer el cultivo de granos y su ocupación de ambientes variados significaría una amplio espectro de actividades económicas [ARVELO y OLIVER, 1999: 125].

    En 1963, Rouse y Cruxent presentaban dos alternativas de introducción de la agricultura a Vene-zuela; una un poco tardía pero probable con los Tocuyanoides, y una temprana pero muy conjetu-ral penetración desde Colombia por medio de Dabajuroides en el Período I, según las fechas de Rancho Peludo en el Zulia, que serían cuestionadas posteriormente por la intrusión de carbono vegetal. Correspondería al Hato La Calzada de Barinas la fecha más temprana para grupos agricul-tores en el 920 a. C. A la aparición de grupos tocuyanoides o al menos alfareros en la región de Quíbor se asocian también los primeros enterramientos y ritos funerarios (señalados por los ajua-res) registrados por la arqueología. Patrones de asentamiento no centralizado y tratamiento funerario no preferencial permiten a Sanoja y Vargas (1999) asignarlos a una sociedad tribal igualitaria. Al estilo Tocuyano se le asocia y sería contemporáneo de los estilos Sarare (de la misma serie) y el estilo Betijoque (independiente para Cruxent y Rouse), y aparecerían juntos en Camay.

    Hacia el 300 A. D. aparecería el Estilo San Pablo, definida originalmente para el área de San Feli-pe, Yaracuy, y que Arvelo identifica, quizá por razones de continuidad, con la Fase Boulevard defi-nida contemporáneamente para Quíbor, aunque con objeciones para dicha identidad. La Fase Boulevard (que incluiría los hallazgos en los cementerios de el Boulevard de Quíbor y Las Locas) estaría ubicada entre el II y el VII siglos de la era cristiana y sugiere sociedades complejas, jerar-quizadas, asociadas con los posibles cacicazgos del primer milenio, uniendo la supervivencia por medio de la producción para la autosubsistencia y la pervivencia en el más allá de quienes la ges-tionaban por su captación de excedentes. La desigualdad social es objetivizada en el registro arqueológico por el trato diferencial a los muertos según la ausencia o la profusión de su parafernalia mortuoria (es débil, debido al mal manejo conceptual del parentesco y no por el hecho en sí, la inferencia por las paleopatologías infantiles de Vargas, 1990 y Sanoja y Vargas, 1999). Y si bien las semejanzas estilísticas con otras áreas asignadas a difusión de rasgos y desplazamientos de población permitían entrever las relaciones con otras regiones, será la presencia de la industria de caracol en los cementerios, señalada desde el primer milenio, la que revela relaciones de largo alcance, otro indicador preferido para sociedades complejas jerarquizadas, que sólo para inicios del segundo milenio de la era cristiana (desde 1000 A. D.) permitiría “claramente” [MOLINA, 1991: 24] hablar de cacicazgos, para los cuales los asentamientos incluso se jerarquizan, consistiendo en redes de aldeas grandes supeditadas a una aldea principal, junto con la fuerte modificación intencionada, planificada y coordinada del paisaje para intensificar la semicultura, según evidencias de terrazas y tanques de agua en algunos sitios de Lara y la posibilidad de sistemas de regadío, que necesitarían de la gestión cacical de grandes obras efectuada por masas de comunes. En los últimos años, por parte de la comunidad internacional de investigadores hay replanteamientos o escepticismo creciente acerca de las teorías de los cacicazgos, originalmente basadas en modelos norteamericanos, traslaciones del modo de producción asiático o feudal, falacias productivistas (liberales o marxistas) de la modernidad justificando la tecnocracia o la planificación central, o “proyecciones” ideológicas de los cronistas coloniales a las sociedades indígenas y que habrían sido recogidas acríticamente por los estudiosos posteriores. Todavía queda lugar para semejantes re-planteamientos en la región de Quíbor. La complejización social que se asocia con la aparición de Tierroides y el estilo Tierra de los Indios (con caracteres “pectiniformes” en su decoración pintada y junto con la Dabajuroide presenta semejanzas con la el Segundo Horizonte Pintado de Colombia), es relacionada con la explotación y “comercialización” de sal de tierra [Arvelo y Oliver, 1999: 125], y perduraría hasta el período de contacto.

    Estas sociedades podían establecer fuertes sistemas de interrelación y amplias esferas de interacción, como mostraría la amplia difusión occidental (norte y sur) de los estilos polícromos tardíos al momento del contacto. Los documentos de valor etnohistórico arrojan que el valle de Quíbor y el actual Estado Lara eran de composición multiétnica, lo que unido a otros estudios etnohistóricos recientes en otras regiones del país como el Delta del Orinoco y Amazonas, y lo que ya se conocía del occidente, los llanos orientales y las márgenes del Orinoco, indica cada vez con mayor claridad que las ocupaciones multiétnicas y la sociodiversidad prehispánicas eran menos la excepción que la regla, lección que debe ser recogida por el Estado y el proyecto nacional, puesto que retorna y exige su(s) lugar(es) en este mundo “globalizado”.

    Bibliografía

    Arvelo, Lilliam, y José R. Oliver (1999): El noroccidente de Venezuela. En: El arte prehispánico de Venezuela, editado por Miguel Arroyo, Lourdes Blanco y Erika Wagner. Caracas: Fundación Galería de Arte Nacional GAN. Petróleos de Venezuela PDVSA. Pp. 120-136.

    Cruxent, José María, e Irving Rouse [1958] (1982): Arqueología cronológica de Venezuela. 2 v. Caracas: Ernesto Armitano Editor. Ediciones Unidad Prehispánica de la Asociación Juan Lovera.

    Molina Centeno, Luis E. (1991): Sociedades y culturas prehispánicas del Estado Lara, Venezuela 10.000 a. C. - 1.500 d. C. Armitano Arte 16: 5-26.

    Rouse, Irving, y José María Cruxent (1963): Arqueología venezolana. Caracas: Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas IVIC. Ediciones Vega.

    Sanoja Obediente, Mario, e Iraida Vargas Arenas (1999): Orígenes de Venezuela: regiones neohistóricas aborígenes hasta 1500 d. C. Caracas: Fundación Comisión Presidencial V Centenario de Venezuela.

    Vargas Arenas, Iraida (1990): Arqueología, ciencia y sociedad: ensayo sobre teoría arqueológica y la formación económico-social tribal en Venezuela. Caracas: Editorial Abre Brecha.

    CARACAS, MIÉRCOLES 22 DE ABRIL DE 2004

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    Cazadores-recolectores tempranos en las ocupaciones precerámicas de Quíbor y sus vecinos

    La hegemonía relativamente incontestada durante las primeras décadas del ejercicio profesional de la arqueología en Venezuela, esquematizó a los restos de grupos humanos de economía predominantemente cazadora-recolectora como precerámicos y en su estadio tecnológicamente “más primitivo”, el de cazadores especializados de industria lítica, los ubicó en la época paleo-india, dependiendo en su concepción de una versión simplificada para las Américas del paleolítico del Viejo Mundo (o al menos de su parte media a terminal, puesto que los americanos no podían permitirse el carácter añejo de los últimos paleoántropos y los primeros neoantrópos, que para los 1950, eran precisamente más europeos que asiáticos o africanos). El esquema caracterizaba a los primeros americanos como veloces pobladores dedicados a la caza especializada de grandes animales pleistocénicos, a los que habrían seguido en sus migraciones estacionales desde el noreste de Asia durante la última gran glaciación, hace 15.000 años. Fue así como los artefactos líticos, preferiblemente como puntas de proyectil asociados a restos de megafauna, se convirtieron en el indicador arqueológico de los paleo-indios.

    El esquema tipológico era evolucionista mecánico y unilineal en fusión con el difusionismo característico de la escuela normativa hegemónica en la arqueología profesional de los Estados Unidos, dando primacía temporal y cultural a los paleo-indios norteamericanos, de cuyas puntas tipo Clovis podían derivarse todos los complejos tecnológicos hallados al sur del Río Grande, legitimando una situación de dependencia incluso desde la prehistoria. Sin embargo, serían los continuadores de esta tradición teórica en Latinoamérica, y con notoriedad en Venezuela, quienes ofrecerían los primeros intentos de contestar al paradigma Clovis, con evidencias de poblamiento más temprano y de tradiciones tecnológicas posiblemente independientes. En Venezuela, al esta-blecimiento de tipologías de artefactos líticos, resultante en la serie Joboide, siguió la búsqueda de asociaciones con megafauna que podían ser fechadas absolutamente. La sorpresa vino de la última comida herbal contenida en el estómago de un joven mastodonte en cuya cavidad pélvica se halló un fragmento de punta Joboide: la caza de grandes herbívoros en Taima-Taima arrojó la edad de 14.000 años, bastante anterior a los 11.500 años de Clovis, que admitía las puntas cola de pescado sudamericanas de 9.000 años. Con mucha resistencia del Establishment, era acumulada la evidencia parcial de un poblamiento interglaciar, o al menos anterior al pleistoceno tardío del modelo Clovis. Eran dudosos los 16.000 años de Muaco. Pero los yacimientos paleoindios venezolanos, incluyendo Cucuruchú en Falcón y Manzanillo en Zulia, no serían los más antiguos: Pedra Furada, en Brasil, arrojaría unos bastante desconfiados 40.000 años de antigüedad. Cruxent y Rouse propusieron una secuencia evolutiva para la serie Joboide que se iniciaba con un “estadio pre-puntas de proyectil”, al menos de pre-puntas líticas, puesto que suponían la existencia de una suerte de “manufactura osteodontoquerática” para las ausentes puntas del Complejo Camare, cuya piedra presentaba choppers. En Las Lagunas se incluían puntas lanceloadas. En el Complejo El Jobo aparecían las puntas foliáceas y lanceoladas como especialización a la caza de megafauna, y tras su extinción, Las Casitas se armaría de arco y flecha de pequeñas puntas resignadas a la caza menor. Si bien se podía desafiar la cronología académicamente aceptada, persistía la concepción del paleo-americano exclusivamente carnívoro a la cola de los grandes animales. Posteriormente, recibiría embates el modelo de cazadores especializados en megafauna como exponentes de ajustada adaptación al pleistoceno tardío y holoceno temprano, especialmente de la irónicamente adaptacionista Nueva Arqueología (el papel de la analogía etnográfica, a través de la “etnoarqueología”, en la erosión de la vieja concepción no puede ser desdeñado).

    Un primer enfoque, el tipológico, legitimaba y creaba dependencia del paradigma dominante Clovis, en cuanto las industrias sudamericanas eran concebibles morfológicamente como derivadas de industrias norteamericanas. Un segundo enfoque, cronológico, operando a través de las asociaciones lítica/megafauna, desafiaría el modelo Clovis de poblamiento rápido glacial pleistocénico, alejando las fechas para la lenta colonización del continente y permitiendo no sólo el surgimiento americano y no paleosiberiano de la tecnología cazadora, sino también la independencia tecnológica de América del sur con respecto al norte. Un tercer enfoque, funcional, podría permi-tir corroborar que no sólo el poblamiento temprano no exigía cazadores ya especializados provenientes de Siberia o Norteamérica, sino que, con su perspectiva sistémica, arrojaba fuertes dudas acerca de semejante concepción estrecha de las actividades de subsistencia de los primeros americanos como adictos a la carne de mastodonte, megaterio y gliptodonte.

    En la región de nuestro interés, ensayos tipológicos para la economía de cazadores-recolectores conciernen a Falcón y a Las Mesas [Los Tres Cruces] en Lara. Las cronologías basadas en la asociación de materiales líticos con megafauna en Taima-Taima, Muaco, Cucuruchú (desde una perspectiva histórico cultural de Bryan, Cruxent y asociados), Las Mesas [Los Tres Cruces], y El Vano, siendo éste y Los Tres Cruces estudiados desde una perspectiva ecológico-sistémica por Jaimes, que inicia los análisis funcionales de áreas, donde continuará Vierma.

    El enfoque interpretativo del materialismo histórico de Sanoja y Vargas, modelo explícitamente intencionado como alternativa latinoamericana a las concepciones norteamericanas, propuso la formación económico-social de los cazadores-recolectores, reinterpretando los datos de Cruxent y asociados, y trabajó en el sitio superficial Monte Cano, Paraguaná, por medio de Rodríguez y Morgantti, interesados también en establecer sectores espaciales más allá del análisis y la comparación tipológicos. El materialismo histórico, como crítica de la economía política y uno de los constructos teóricos cimeros de la “Modernidad”, no es nada distante de una concepción productivista y recursivista de un enfoque sistémico o ecológico cultural, concibiendo el paisaje y la naturaleza como recurso a ser transformado (apropiado, producido o reproducido) por el hombre a través de la tecnología. Esta visión recursiva del espacio y la naturaleza caracteriza el estudio funcional (o funcionalista) por Jaimes de uso del espacio, es decir, la determinación de áreas de actividad, que mostraría estadísticamente que los sitios especializados, unifuncionales y visitados estacionalmente, dedicados a la cacería, matanza y destazamiento de las bestias pleistocénicas, eran minoría frente a las áreas contemporáneas multifuncionales y ocupadas por períodos más largos o semipermanentes. También se mostraba la diversidad ecológica y microambiental de las regiones ocupadas dentro de las tres grandes provincias bioclimáticas del noroccidente de Venezuela, quizá aún más ricas en el pasado según las evidencias paleoclimáticas más benignas, junto con una variada provisión de materias primas para la tecnología. La concepción de cazadores especializados cedía ante un modelo de cazadores-recolectores generalizados que estacionalmente aprovechaban la presencia de megafauna.

    Jaimes (1996) planteó para Lara tres conjuntos (“componentes” en 1999) arqueológicos, capaces de sostener una secuencia evolutiva no exactamente tradicional, ya que la economía cazadora recolectora nunca era enfáticamente especializada, sino oportunista, diversa y generalizada. El conjunto Los Tres Cruces, homólogo al Complejo Las Lagunas de Falcón, incluía puntas lanceoladas de hasta 30 cm, siendo el sitio (previamente llamado Las Mesas) un área multifuncional de uso continuo, utilizada como cantera-taller. El conjunto Joboide, presenta puntas lanceoladas y folifáceas, correspondientes a lo que se había estimado como prototípicas para el cazador especializado, pero su presencia en Los Planes (de Giosne y de El Guayabo) correspondía a sitios multifuncionales de uso recurrente, y La Hundición y El Vano, pese a presentar evidencias de caza de megafauna, tales como un megaterio con señales de destajamiento con una edad “mínima” de unos 10.710 años, correspondían a sitios solamente semiespecializados. Los Planes de Giosne y La Hundición también evidencia el conjunto Giosne, con puntas de cola de pescado de 3 a 10 cm dedicadas a la caza menor, tras la desaparición de la megafauna. Los sitios de Paraguaná, Siraba y Cayude, donde se presentan puntas cola de pescado, El Jobo y Clovis, por su cercanía al mar y puntos de agua dulce, podían prescindir de estos animales, pues Jaimes plantea que el uso de madera y hueso, la recolección y la caza menor estuvieron presentes en todo momento en el noroccidente venezolano: la dedicación a la caza mayor era estacional y estos cazadores recolectores no fueron dependientes de los grandes herbívoros para obtener proteína, quizá practicando incluso la conservación de alimentos antes de la extinción de estos, que tal vez abarata-ban los costos como complemento estacional en lugar de constituir el recurso principal. El bajo número de sitios especializados revela un “patrón de movilidad de logística generalizada”, siendo la especialización meramente sectorial, local o incluso individual. Esto garantizaba la interdependencia entre los miembros de los grupos de cazadores-recolectores diversificados y aun lo que podríamos llamar una “producción de excedentes simbólicos” previa a la producción económica material, que permitía el ejercicio de la solidaridad del grupo desde su superestructura ideológica. Esto eliminaría la necesidad de la fisión grupal cada vez que la caza especializada era ecológicamente insostenible debido a la presión demográfica del aumento de consumidores frente al oligotrofismo. Esto permitiría el aumento de conocimientos socio-ambientales de los grupos de cazadores-recolectores para una óptima adaptación, una mayor circunscripción territorial y la diversidad en la división del trabajo, y eventual y posiblemente, organizaciones sociales más complejas.

    Bibliografía

    BRYAN, Alan L., Rodolfo M. CASAMIQUELA, José M. CRUXENT, Ruth GRUHN, y Claudio OCHSE-NIUS (1978): An El Jobo mastodon kill at Taima-Taima, Venezuela. Science 200 (4347): 1275-1277.

    JAIMES QUERO, Arturo (1996): Visión crítica sobre la arqueología de cazadores-recolectores en el Occidente de Venezuela: bases para una reinterpretación. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 5: 37-62.
    ----- (1999): Nuevas evidencias de cazadores-recolectores y aproxi-mación al entendimiento del uso del espacio geográfico en el noroccidente de Venezuela: sus implicaciones en el contexto suramericano. Arqueología del Área Intermedia 1: 83-120.

    SANOJA Obediente, Mario, y Alessandro MORGANTTI (1985): La formación cazadora-recolectora del noroeste de Venezuela. Gens 2 (1): 5-22.

    VIERMA, Lilia (199): Análisis tipológico, tecnológico y espacial del sector V de Los Tres Cruces, Edo. Lara, Venezuela. Boletín del Museo Arqueológico de Quíbor 4: 31-62.

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    Junio 01, 2005

    La arqueología en el valle de Quíbor como parte del desarrollo nacional de la disciplina

    La región del valle de Quíbor reproduce a un nivel local las líneas generales del proceso global de desarrollo de la práctica arqueológica, quizá necesariamente para Venezuela, en tanto que se trata de un área que focaliza enorme parte de los esfuerzos de investigación de arqueólogos profesionales y aficionados al menos desde el siglo XIX, constituyéndose así como auténticamente representativa del ejercicio de la disciplina en el país. Su carácter de microcosmos o reflejo local es tanto más cierto al situarse en el Occidente (según de la “dicotomía” de Cruxent y Rouse), área de concentración inicial no sólo de la población venezolana, sino de los ensayos de comprensión histórica (por parte del científico) y “desarrollo” socioeconómico (por parte del político) del país. Al referirme en las siguientes líneas a Quíbor, pido que se lea en paralelo a la discusión acerca de esta específica depresión larense, una posible proyección no sólo a la práctica arqueológica del Estado Lara, sino también a la región noroccidental y finalmente, la “nacional”.

    La arqueología quiboreña es reportada desde el siglo XIX con los hallazgos, generalmente considerados hoy singulares o descontextualizados, por parte de quienes podríamos tratar sumariamente como anticuarios y curiosos locales, tal como sucedía en el Viejo Mundo o en otras regiones americanas. Basados en los sucesos en aquellos contextos foráneos, y aun sin noticias locales al respecto en Quíbor, se podrían suponer al menos casos aislados de prácticas de huaquería y saqueo desde tiempos anteriores al siglo XIX, como provisión al mercado de anticuarios ilustrados o para servicio personal de curiosos y coleccionistas no sistemáticos, vulnerando el patrimonio arqueológico regional. Pero como parte de la avanzada de las ideas positivistas en Venezuela, para finales del siglo XIX quizá se inicia un interés patrimonial o al menos científico en estas “antigüedades”. En el Museo Nacional en Caracas se crean colecciones con estos objetos, descritos minuciosamente por el decano del positivismo en Venezuela, el Dr. Adolfo Ernst, que de la región de nuestro interés recibe materiales caroreños y de El Tocuyo, elaborando comparaciones con hallazgos de otras regiones y culturas lejanas.

    Con similar celo descriptivo y objetivista, a principios de siglo intelectuales locales como R. R. Fréitez Pineda (recolector de vocabularios indígenas como el Ayamán que servirían a estudiosos como Luis Ramón Oramas para ensayos de lingüística histórica y comparativa regional) [Oramas, 1916] excava un cementerio en Las Veritas, y junto con el carácter metódico de sus procedimientos de excavación y observación, es capaz de adelantar hipótesis refinadas y acertadas acerca del origen del ajuar funerario fabricado en concha [MOLINA, 1990: 12]. Similar tratamiento prestan los pioneros locales y caraqueños a hallazgos de corte paleontológico y osteológico, pero permitién-dose también proponer hipótesis o comparaciones hoy consideradas fantasiosas, exageradas o simplemente falsas, así que a la par de acaloradas discusiones científicas entre José Gil Fortoul y Samuel Darío Maldonado acerca del origen de las poblaciones precolombinas en base a restos craneales, Pedro Antonio Carrascosa publica sus ideas acerca de la Atlántida [MOLINA, 1990: 13-24; 1997: 312].

    No fue extraña esta situación al momento global de la arqueología en el resto del mundo, aun en las décadas siguientes, semejante diversidad de concepciones, correspondiente a un conflicto no sólo en la hegemonía de escuelas de pensamiento antropológico o histórico emergentes, sino incluso a una crisis entre visiones de mundo que finalmente ganaría el positivismo empirista. Pero más que un momento de confusión, se trataría de procesos de aclaración, puesto que autores de alto vuelo como Rafael Requena a partir de los años 1930 serían quienes atraerían el interés y apadrinarían las labores sistemáticas de arqueólogos extranjeros como Wendell C. Bennett, Alfred Kidder II, Cornelius Osgood y George D. Howard (estos tres últimos pasan por la región de nuestro interés), favorecidos por la creciente “apertura”, o dependencia, de Juan Vicente Gómez e inmediatos sucesores, al gobierno de los Estados Unidos en materia económica, política e intelec-tual. El Programa de Arqueología del Caribe del Museo Peabody de la Universidad de Yale al que se adscribían estos profesionales inició la investigación intensiva y sistemática del país, e implantando la que sería la hegemonía del particularismo histórico y/o el normativismo en los futuros profesionales nacionales, formados bajo la tutela, directa o indirecta, de Irving Rouse y sus colaboraciones con J. M. Cruxent.

    Pese a este envolvimiento del valle de Quíbor en el proceso de globalización, la investigación local se mantendría destacada y pujante por varias décadas con la obra del Hermano Nectario María, quien reconoce montículos y cementerios en las áreas de Barquisimeto y Quíbor. Describe con detalle sus hallazgos en el cementerio de Cerro Manzano e inicia las labores en los “cerritos indígenas” de Guadalupe, con sitios como El Tiestal que rendirán para investigadores posteriores y paralelos. Los hermanos de La Salle tendrán otro importante representante en la arqueología con Esteban Basilio, que comienza en Camay la exploración de un yacimiento cuyos resultados siempre resultarán espectaculares al público. Consideración especial entre los investigadores nacionales merecen los primeros trabajos del entonces joven botánico y naturalista Francisco Tamayo acerca de la industria del olicornio. Primeramente establece una dicotomía etnogeográfica entre materiales caquetíos y gayones, para Falcón y Lara respectivamente, y luego está entre los primeros en establecer una tipología estilística asociando estos materiales con una cultura de caracteres ofidioideos para Mérida, Lara, Trujillo y Portuguesa, y una cultura de caracteres pectini-formes, para diversas localidades larenses como Carora, lo que entrevé la historia cultural regional y de sus contactos y movimientos culturales antiguos con las regiones vecinas.

    Los investigadores del Programa de Arqueología del Caribe destacan más la región a partir de los 1940. Osgood y Howard reconocen Los Tiestos (alias El Tiestal) y Tierra de los Indios, y Kidder Las Veritas, y logran vislumbrar nexos arqueológicos con Carache, Falcón y Mérida, que para la publicación en 1958 de Cruxent y Rouse ya estarán establecidos. Estos dos últimos arqueólogos reconocen sitios tales como Bobare y Tocuyano, y a partir de entonces la región de Quíbor no podrá ser ignorada por la arqueología profesional venezolana, pues habiéndose iniciado la ins-trucción profesional de la arqueología por Cruxent en la Escuela de Sociología y Antropología UCV, en los 1960 Sanoja y Vargas, de esta universidad, excavan el cementerio de Las Locas y se introducen también en Guadalupe. Para este momento la arqueología se permite ya estudios sistemáticos, detallados y exhaustivos, tal como muestra que los trabajos de Sanoja y Vargas incluyan preocupaciones arqueobotánicas y arqueozoólogicas, superando la mera recolección de tiestos. A partir de 1970, las labores de Sanoja y Vargas son considerablemente importantes por razones teóricas, ya que su explícita adscripción a un programa de investigación enmarcado dentro del materialismo histórico se ofrece como alternativa al diletantismo de los pioneros y al hegemónico particularismo histórico de la escuela normativa importado por los allegados al Programa de Arqueología del Caribe, asociados institucionalmente en Venezuela al IVIC.

    Será el descubrimiento del cementerio del Boulevard, primeramente trabajado por Adrián Lucena Goyo, el que convertirá a Quíbor en una vedette arqueológica, concentrando y monopolizando en el valle los esfuerzos de investigación regional. Apartando el falso problema del pigmeismo, estos cementerios pasarán de ser vistos como meros osarios con ofrendas, a llamar la atención sobre la posible presencia de organizaciones sociales complejas y jerarquizadas en la región.

    Aunque conservando su carácter cuasi estelar para la arqueología regional y nacional, sólo a partir de los 1980 Quíbor cede espacio a investigaciones en otras localidades y regiones vecinas, y arqueólogos como Molina, Monsalve y Toledo reparten sus actividades entre Quíbor y áreas tales como la de Sicarigua. Esto coincide con un momento teórico de la arqueología y un momento en la administración del patrimonio cultural nacional. Reflejando la “crisis” en las ciencias sociales que permite el pluralismo teórico y metodológico en disciplinas como la arqueología, diversas alternativas se hace presentes en Quíbor, como por ejemplo la arqueología sistémica o procesual con los trabajos de arqueólogos tales como Arvelo o Jaimes. Todos estos arqueólogos jóvenes para entonces encuentran apoyo institucional en el recién creado Museo Arqueológico de Quíbor, como alternativa local a la administración centralizada de las instituciones académicas basadas en Caracas, si bien esta oportunidad se constituye como desafío al concederse al mismo tiempo que finaliza la bonanza económica que permitía el sostén a la siempre maltratada investigación científica-social en Venezuela, fuese por aficionados e investigadores nacionales o extranjeros.

    Referencias

    GASSÓN P., Rafael A., y Erika WAGNER (1997): El Programa de Arqueología del Caribe y su impacto en la arqueología venezolana: antecedentes y consecuencias. En: Historias de la antropología en Venezuela, editado por Emanuele Amodio. Maracaibo: Ediciones de la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia. 1998. Pp. 323-344.

    MOLINA, Luis E. (1990): Animales antediluvianos, antigüedades indias, culturas: contribución a la historia de la arqueología y paleontología del Estado Lara, Venezuela 1852-1989. Caracas: CECOP. Consejo Nacional de la Cultura CONAC.
    ------ (1997): Tras las huellas de animales antediluvianos: pioneros de la paleontología y la arqueología en el Estado Lara, Venezuela. En: Historias de la antropología en Venezuela, editado por Emanuele Amodio. Maracaibo: Ediciones de la Dirección de Cultura de la Universidad del Zulia. 1998. Pp. 311-321.

    ORAMAS, Luis R. (1916): Materiales para el estudio de los dialectos Ayamán, Gayón, Jirajara, Ajagua. Caracas: Litografía del Comercio.

    VARGAS ARENAS, Iraida (1986): Evolución histórica de la arqueología en Venezuela. Quiboreña 1 (1): 68-104.

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