Julio 29, 2005
Merton

Merton concibe la ciencia como una institución social susceptible de estudio sociológico. Entiende la sociología de la ciencia como una subdivisión de la sociología del conocimiento ocupada de esta forma particular del saber basada en la experimentación controlada. Merton separa a la sociología del conocimiento de las cuestiones epistemológicas en cuanto que la validez o la falsedad del pensamiento no están necesariamente determinadas por el hecho de su génesis social y en la sociología de la ciencia cree encontrar un campo de investigación cuyos empíricamente verificables, aun en los estudios históricos, e incluso susceptibles a un tratamiento sociométrico, como muestran sus análisis de los años 70, poniendo coto a las implicaciones metafísicas o dogmáticas de la epistemología de la sociología del conocimiento europea. Merton plantea ocho problemas fundamentales atendidos por la sociología del conocimiento:
- determinación de los desplazamientos de los intereses, asociados a cambios en la estructura social;
- análisis de la mentalidad de un estrato social y sus pautas de aceptación o rechazo de ideas;
- estudios sobre la valoración de tipos distintos de conocimientos y de la proporción de recursos dedicados a ellos;
- condiciones del auge y de la caída de problemas y disciplinas novedosos;
- examen de la intelectualidad en cuanto organización social, y las normas, intereses y subvenciones que orientan su actividad;
- estudios de instituciones que posibilitan o dificultan la transmisión y la difusión de las ideas;
- estudios de los orígenes sociales del intelectual, de sus medios de selección, de la dinámica de sus lealtades de clase, intereses, motivos, etc.
- análisis de las consecuencias sociales del progreso científico y tecnológico.
Merton no sólo se ocupará de la influencia de la ciencia sobre la sociedad según un ingenuo u optimista discurso positivista, sino también investigará la naturaleza de la interdependencia entre la ciencia y la estructura social y su variación según los diferentes contextos.
Su perspectiva es lo suficientemente externalista para captar que las condiciones sociales producen los problemas que interesan a la ciencia y que marcan el ritmo de su progreso (en el origen de la ciencia, Merton señala el carácter fundamental del puritanismo como condición de arraigo de la ciencia), mas concibiendo que lo más concreto de la investigación científica se debe a los procedimientos internos, central a su trabajo es identificar los factores de la actividad científica que permiten constituirla y legitimarla como una institución social. Las explicaciones de Merton serán normativas y basadas en los valores morales supuestos al quehacer científico, proponiendo así la tesis de los Cudeos [QDOs]: el “comunismo”, el universalismo, el desinterés y el escepticismo organizado que como imperativos institucionales constituyen el ethos de la ciencia. Su vigencia es reforzada por el proceso de socialización al que son sometidos los neófitos y las sanciones impuestas a los transgresores.
Posteriormente se introduce la perspectiva del intercambio como motor de la actividad científica, pues el científico como persona busca el reconocimiento que siente merecer por sus aportes. Esto introduce la competitividad entre los científicos que esperan penetrar en un sistema de recompensas institucionalizadas, reforzando las normas y los valores morales de los científicos como comunidad. En las luchas por el reconocimiento a la originalidad y a la prioridad en el descubrimiento también se introducen posibilidades perversas de esta competencia por las recompensas dentro de la ciencia: el fraude, el plagio, la calumnia por plagio… Y precisamente las tesis de Merton produjeron un amplio debate, donde se oponía a los Cudeos el comportamiento real de los científicos, que incluía el particularismo, el secretismo, el elitismo monopolista u oligárquico, el interés demostrado en vencer en estas rivalidades profesionales, y la sacralización de los científicos del propio trabajo, considerando profano el ajeno. Los científicos eran capaces de establecer vínculos emocionales, afectivos e irracionales con sus producciones. Para M. Mulkay los valores y normas científicos son sólo orientaciones legitimantes estratégicamente utilizadas de acuerdo a los particulares intereses y situaciones, producto de la interacción social y de la historia, dando al ethos científico un componente de indeterminación y flexibilidad. L. J. Prelli indicaba que las normas de la ciencia eran elementos retóricos parte de estrategias discursivas que proveían a las audiencias los mensajes e imágenes convenientes a privilegiar la propia posición del científico.
La propuesta de Merton se defendería en cuanto el ethos de la ciencia consistiese de un conjunto supuesto de normas que proveen a la ciencia de su identidad y su singularidad, sirviendo como marcos referenciales que orientan las conductas dentro de esta institución. Esto hace a la comunidad científica heterogénea y de hecho las investigaciones de Merton y su escuela derivaron hacia las pautas de estratificación social entre los científicos, desapareciendo su comunalismo democrático y racional ante la desigualdad manifiesta en tres hechos que atentan contra el pretendido universalismo: el fenómeno del sillón 41, el efecto de trinquete y el efecto Mateo, en los que la ciencia se revela conservadora y gerontocrática antes que progresista e innovadora. El énfasis metodológico y empírico y la resistencia a la epistemología es evidente en estas investigaciones en la escuela mertoniana, pues descarta el problema de la validez de semejante conocimiento parcial a favor de la más rigurosa investigación que puede alcanzar el status de sociometría, pudiéndose medir las distintas posiciones, y sus mecanismos de localización, en la estructura de oportunidades de la ciencia como sistema de clases que interactúa con un sistema de status basado en el galardón y en la estima pública como reconocimientos, para los cuales existen élites científicas con poder de decisión y de distribución arbitraria. Si esto provoca el cuestionamiento epistemológico de la validez de la producción científica, se ha planteado que Merton y su escuela eludirían la cuestión concibiendo el problema de la generación y de la validación como una caja negra que se resiste al análisis sociológico.
Sin embargo, Merton habría concebido desde el inicio a las verdades del conocimiento científico como sociológicamente explicables, pero renunciando (o al menos postergando) estratégicamente a esta discusión debido a los peligros del dogmatismo y la especulación sin basamento empírico, al riesgo siempre presente del relativismo y a la precaria posición de la sociología de la ciencia como novedad frente a la filosofía y la historia internalista de la ciencia, apoyada por el entonces dominante y monolítico neopositivismo. En su primera etapa, Merton estaba dispuesto a aceptar de buena gana la poderosa y determinante influencia de los factores externos sobre la ciencia, y en su segunda etapa la restricción de la amplitud de este enfoque externalista en el análisis institucional y socio-estructural de la ciencia no implicaba una contradicción con fin mismo del análisis sociológico. De hecho, Merton y su escuela afirmarán la armonía de sus puntos de vista con los de T. S. Kuhn, quien lo ha confirmado y se ha visto subvencionado por el grupo de Merton. Contra las acusaciones del constructivismo, asegura no concebir la ciencia como una caja negra y pese a su énfasis estructural en el análisis de las influencias sociales sobre la estructura y desarrollo del conocimiento científico, no negaría su lugar a las nuevas sociologías del conocimiento científico que se ocupan de la construcción social del conocimiento y de señalar el aire de familia que guarda la ciencia con el mito y la ideología.
Resumen de:
Emilio Lamo de Espinosa, José María González García, y Cristóbal Torres Albero (1994): La sociología del conocimiento y de la ciencia de Robert K. Merton, en: Sociología del conocimiento y de la ciencia. Madrid: Alianza Editorial. Pp. 455-483.
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Julio 28, 2005
Sociologia del conocimiento norteamericana: Veblen, Znaniecki, Sorokin, Mills

Con toda su tradición de pequeños propietarios agrícolas y pequeños comerciantes, de pensamiento orientado a la acción en la vida cotidiana, siempre realista, empirista y pragmático, la tradición europea de las grandes teorías no podía cuajar del todo en los Estados Unidos. La sociología del conocimiento en Norte América se presentará en la labor de investigadores marginales, frente a la institucionalizada —según Merton— sociología de la comunicación de masas, siempre ocupada en sondeos de opinión que guiarían la actividad externa de los “representantes del pueblo”. Habrán de ser exilados, emigrados, marginados y renegados —como Sorokin y Znaniecki, Mills y Veblen— quienes incorporen los mismos espíritus europeos.

Las bodas de Herbert Spencer y Karl Marx son celebradas por Thorstein Veblen en su postulación de la determinación tecnológica de la evolución de las instituciones sociales, incluidos en ellas los esquemas de vida que conforman los hábitos de pensamiento. Su esquema adaptacionista de la evolución social concibe el progreso según el estado de las artes industriales que fuerzan a los hombres a la adopción de complejos habituales de conocimiento y conducta exigidos por sus formas de vida. Cuatro etapas históricas son esbozadas: la economía salvaje, agrícola y pacífica; la economía bárbara, pastoril, depredadora y guerrera, de la que surge la clase ociosa; la economía artesanal, donde se iría generando la industria; y la economía de la era moderna, alguna suerte de síntesis, donde se contraponen los negocios especulativos y la industria mecánica. En esta última se manifiesta la determinación socio-tecnológica de las orientaciones cognitivas, pues los hábitos del pensamiento se ven determinados por la situación dentro del esquema de la workmanship o la salesmanship. Los salesmen se orientan a las artes liberales, a la política y el derecho, tienen el carácter aventurero y el pensamiento animista de los guerreros de las sociedades bárbaras militaristas, mientras que los workmen se orientan al racionalismo, el conocimiento causalista impersonal, aplicado a la industria y al desarrollo tecnológico mecánico. Luego refinará el análisis de la era moderna en un estudio social de la ciencia, contraponiendo la actitud pragmática del interés industrial, moralista, didáctica, racionalizadora de medios y fines, que naciera en la economía artesanal, a la lúdica y exploradora curiosidad ociosa del científico, cuyo interés no es utilitario sino teórico, explicativo, desinteresado, y que ha de retrotraerse al pensamiento mítico de la economía salvaje. Sin embargo, la singularidad de la civilización moderna está en el lugar central e indiscutible de la ciencia, que caracterizará la modernidad y a la que se le rendirá culto. Los utilitaristas pragmáticos de la industria no han hecho sino reforzarlo, pues la imagen del artesano como mecánico con talento es la exigida por el pensamiento científico, que ha derrumbado la explicación providencial del antiguo pragmatismo medieval o bárbaro.

El interés en el lugar social de los sabios/intelectuales como privilegiados productores de conocimiento continúa en Znaniecki en visión positiva de la sociología del conocimiento que renuncia a la elaboración epistemológica a favor del método y la técnica. Dentro de una microsociología (cuyos procedimientos de tantos modos se asemejan a algunas técnicas primarias de la etnografía), Znaniecki propone una “regla metódica de modestia incondicional” (que no es sino una versión más bien torpe y positivista del "relativismo cultural" instrumental a la etnografía, y la crucial distinción epistemológica etic-emic de la antropología, desarrollada entre los 1940-50 por el antropolingüista y misionero Kenneth L. Pike, aunque precedido por toda la tradición etnográfica). Esta regla, aparte de la abstención acriticista de inmiscuirse con la epistemología, supone la abstención de proyecciones acerca de la validez del conocimiento del actor/portador del saber y que es éste quien ha de definir qué es lo que es su propio conocimiento. Se distingue además entre el actor del conocimiento investigado y la audiencia hacia quien va dirigida la producción de conocimiento por parte del investigador (este interés en la audiencia probará ser crucial para una sociología de la ciencia o para la suerte de meta-etnografía de la antropología postmoderna de los ochentas… que también fue alérgica como Znaniecki a la teoría), que constituye socialmente la auto-imagen del investigador y le concede o niega validez a su producción. Esto sirve a Znaniecki para elaborar una tipología de los hombres de conocimiento en cuanto a sur roles: los asesores tecnológicos, orientados al diagnóstico de situaciones y su racionalización formal; los sabios que justifican y legitiman a sus grupos conservadores o innovadores como ideólogos apologistas o idealistas utopistas; los académicos, que laboran sobre los cuerpos de conocimiento para iniciar escuelas, sistemas, hallazgos o descubrimientos, combates frente a escuelas rivales o divulgar sus productos; y los creadores del conocimiento, pioneros, descubridores y exploradores de problemas. Según Robert K. Merton, la labor de Znaniecki ha sido señalar las diversas presiones institucionales a las que se someten los nuevos conocimientos y que decidirán —socialmente— su aceptación. Esto a vista clara significaría un precedente para la concepción kuhniana de los paradigmas, la ciencia normal y la comunidad científica, elaborada a partir de la historia social de la ciencia.

Histórica es la concepción de Pitirim A. Sorokin de su sistema integralista —la sociedad como una realidad superorgánica con tendencia a la integración, coherencia y equilibrio del sistema social—, dentro de una filosofía fuertemente idealista, pues las ideas rigen el mundo y constituyen la totalidad de la cultura y la sociedad. Identifica como mentalidades culturales un supersistema de tipo puro ideacional, que piensa la realidad como inmaterial y eterna según verdades de fe y necesidades espirituales y éticas ascéticas que eliminan las necesidades físicas y el yo; un supersistema también puro sensorio, sensualista, que conoce por medio de la percepción y preocupado por la satisfacción de las necesidades físicas por medio de la acción sobre el mundo externo. Un tipo mixto, el supersistema cultural idealista equilibra las mentalidades ideacional y sensoria, orientando el conocimiento a las verdades de razón; cada uno de los tres tipos pose un principio de autonomía institucional que no necesariamente las conecta a la realidad social inmediata, pudiendo fluctuar independientemente de la materialidad. Ninguno de los tres sistemas contiene la verdad íntegra, lo que causa su transformación, fluctuación y alternancia cíclica, corsi e ricorsi en la historia, pudiéndose identificar dos ciclos ideacional-idealista-sensorial entre el 600 a. C. y 1920 en la historia occidental: es una visión cíclica más que lineal del trinomio evolucionista religión-metafísica-ciencia como grandes períodos globales y autónomos de algún espíritu u superorganismo, lo que lo acerca a los historiadores culturales Osvald Spengler y Arnold Toynbee más que a sociólogos con preocupación crítica en la historia como Comte, Marx o Weber.

La voz aparentemente crítica en la sociología norteamericana del conocimiento será la de C. Wright Mills. Rescata en la sociología del conocimiento una función epistemológica como propedéutica de la metodología sociológica. La dota además de una base sociopsicológica para encontrar la mediación entre la mentalidad, las ideas y la sociedad. Conocedor del pragmatismo norteamericano, su teoría social de la mente se desprende de George Herbert Mead, cuyo conductismo social exigía un análisis del lenguaje como vehículo del pensamiento y mecanismo de interacción y control social. Como los psicólogos y los antropólogos, notará que la adquisición del lenguaje es la incorporación e interiorización de los hábitos y valores grupales. También como los antropólogos, distinguirá la validez social del conocimiento y la validez teórica de los criterios de validez, socialmente determinados, lo que exige ocuparse de la epistemología y a la vez, evita la deriva y el desvarío de elaborar epistemologías alternativas. Esto alimentará también su meta-sociología en La imaginación sociológica donde el conocimiento empirista abstracto cuantitativo del sociotecnólogo es contrapuesta a la gran teoría formalista y vacía de Parsons, ambas ahogando la imaginación sociológica creativa que en el oficio produce categorías y conceptos epistemológicamente críticas con relevancia empírica e histórica.
La muerte temprana de Mills dejará en manos de Merton la síntesis entre la gran teoría europea y el metodologismo norteamericano en su análisis institucional de la ciencia, que se mantendrá dominante en la sociología del conocimiento hasta la crisis de fundamentos que se inicia en los 1970.
Resumen de: Emilio Lamo de Espinosa, José M. González García, y C. Torres Albero (1994): La sociología del conocimiento norteamericana, en: Sociología del conocimiento y de la ciencia. Madrid: Alianza Editorial. Pp. 371-399.
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